Crítica: ‘En el corazón de la bestia’

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Lo mejor de David Ayer en muchos años

Parece que ahora los actores tienen que marcar en su currículum la casilla de “película de aventuras con perro”. Después de ‘Arthur’ (Mark Wahlberg), ‘Dog, un viaje salvaje’ (Channing Tatum) y la reciente ‘La constelación del perro’ (Jacob Elordi), llega ‘En el corazón de la bestia’, y en este caso la propuesta sale bastante mejor parada que todas las anteriores. David Ayer coloca a Brad Pitt en mitad de la naturaleza de Alaska junto a Odín, un perro de combate, y construye un thriller de supervivencia que entiende que el animal no es simplemente un recurso para provocar ternura. Es un personaje más.

La premisa es sencilla: un accidente aéreo deja aislados al oficial de las Fuerzas Especiales James Belmont y a su compañero canino, obligándoles a atravesar un territorio que parece diseñado expresamente para acabar con ellos. Y es que les pasa absolutamente de todo. El guion de Cameron Alexander llevaba años circulando por Hollywood después de aparecer en la Black List de 2017 y, finalmente, ha encontrado en Ayer y Pitt una combinación bastante eficiente.

Y aquí está, para quien esto escribe, lo mejor de la película: Ayer vuelve a ser reconocible sin caer tanto en ese videoclipismo que ha contaminado parte de su filmografía reciente. Hay nervio en la puesta en escena, pero también espacio para observar. La naturaleza tiene presencia dramática y la relación entre hombre y animal permite que Pitt trabaje el dolor, el cansancio, el respeto y el afecto.

La aventura que acaba doliendo

No recomiendo ir de risas a ver ‘En el corazón de la bestia’ como si fuese un episodio de Bear Grylls, porque el guantazo de dramatismo y realidad que te llevas puede ser considerable. La primera escena ya desvela cierto desenlace, pero eso no evita que durante el trayecto lo pases realmente mal.

Ayer juega con un imaginario de supervivencia reconocible: hay pantano a lo ‘Historia interminable’, lobos que remiten a ‘Alpha’, osos que recuerdan inevitablemente a ‘El renacido’ y una comunión con la naturaleza que hacía tiempo que no encontraba en un cine comercial desde ‘El oso’, de Jean-Jacques Annaud. Incluso hay momentos en los que la conexión entre protagonista y animal recuerda, salvando las distancias, a esa comunicación casi instintiva que asociamos con Arya Stark y su wargo.

La película puede ser cruda como un documental de La 2 y, unos minutos después, sacudirte hasta sacar la lágrima como ‘Hachiko’. Ahí resulta fundamental la mirada del perro, utilizada con inteligencia para convertir determinadas situaciones en algo emocionalmente incómodo. En ese sentido, recuerda incluso a ‘Good Boy’: la cámara entiende que basta con observar los ojos de un perro para conseguir que el espectador baje la guardia.

Ayer recupera el camino, aunque con bandera

‘En el corazón de la bestia’ es lo mejor de David Ayer en años. Para recuperar la senda (al menos conmigo) ha tenido que regresar al terreno militar y volver a fichar a Brad Pitt. No veía una película suya que me emocionase desde ‘Corazones de acero’ (2014), y la reunión entre ambos demuestra que todavía existe química entre director e intérprete.

Lo que sí me sobra es el ensalzamiento del militar norteamericano. Ayer vuelve a territorio conocido y, con él, regresa también cierta mitología patriótica que no necesitaba para que funcionase el relato. La supervivencia, el trauma, la culpa y el vínculo con Odín ya proporcionan suficiente material dramático sin soltar vídeos propagandísticos a lo ‘Call of Duty’.

Aun así, ‘En el corazón de la bestia’ funciona porque no intenta ser más de lo que necesita. Es una aventura física, áspera y emocional que consigue que suframos por sus personajes. Y cuando una película de supervivencia consigue que te importe tanto que un hombre y su perro salgan vivos del bosque, ya ha ganado buena parte de la batalla.

Ficha de ‘En el corazón de la bestia’

Estreno en España: 25 de septiembre de 2026. Título original: Heart of the Beast. Duración: 101 min. País: EE.UU. Dirección: David Ayer. Guion: Cameron Alexander. Música: Jared Michael Fry. Fotografía: Mauro Fiore. Reparto principal: Brad Pitt, J.K. Simmons, Anna Lambe. Producción: Cave Films, Domain Entertainment, Gulfstream Pictures, Paramount Pictures, Plan B Entertainment, Temple Hill Entertainment, Wild Chickens Productions. Distribución: Paramount Pictures. Género: aventura, drama. Web oficial.

‘Gatibu, agur esan barik’, entrevista a Jabi Elortegi

“Me parece súper valiente decir adiós cuando ves que es mejor dejarlo ahora”

Gatibu se despide después de más de 25 años de trayectoria y lo hace con un documental (‘Gatibu, Agur esan barik’) dirigido por Javi Elortegi que busca explicar qué hay detrás de una decisión que, desde fuera, resulta difícil de entender. La banda pone punto final a su historia precisamente cuando parecía atravesar uno de sus mejores momentos.

“Yo quería entrar dentro para entender por qué”, explica Ortegui, que reconoce que su primera reacción como seguidor fue preguntarse cómo podían dejarlo en ese momento. “Desde fuera todo parece que va muy bien, pero hay cosas que no te llenan”.

El director tenía claro que no quería realizar un simple repaso musical. “No me gustaría hacer un documental que sea un videoclip detrás de otro. Quería enseñar otras cosas y darle un relato cinematográfico a toda esta despedida sin decir adiós”.

 Una despedida desde dentro

Para conseguir esa mirada íntima, Elortegi tuvo que ganarse la confianza de los cuatro integrantes de Gatibu. “Cada vez que entraba una cámara se comportaban distinto, como lo hacemos todos. Cuando te pones una pértiga encima ya empiezas a estar nervioso y a hablar de otra forma”.

El resultado muestra también las tensiones existentes dentro de la banda durante su último año juntos. “La banda decide separarse y, a pesar de eso, tiene que estar conviviendo un año. Siempre pongo el ejemplo de una pareja que decide separarse, pero desde que lo decide pasa el siguiente año conviviendo en la misma casa. Entonces saltan chispas por chorradas muchas veces”. Para el director, ocultar esos momentos habría significado falsear la historia. “Yo quería enseñar la realidad de cómo es. No quería evitar las tensiones”.

Uno de los temas más delicados es la ausencia de Mikel Caballero. “Yo sabía que era un tema delicado, pero sabía que era un tema del que había que hablar”. Elortegi considera que el documental ha permitido a los miembros del grupo despedirse públicamente de él y rendirle homenaje.

 La valentía de saber parar

La película también reflexiona sobre la decisión de abandonar un proyecto que todavía podía seguir funcionando. “Puedes dejarte llevar por la inercia, empezar a sacar canciones, petarlo, vender… ¿Pero eso te llena? No”. Una decisión que el director considera especialmente valiente: “¿Quién tiene los huevos de decir “lo dejo porque no estoy a gusto”? Pues muy poca gente”.

Por eso, su intención ha sido mostrar también esa parte del proceso: “La valentía de decir adiós cuando ves que es mejor dejarlo ahora que cuando dentro de tres años ya estén echándose los trastos a la cabeza”. El documental aborda además la importancia de Gatibu como vehículo de la cultura vasca. “La música es una de las mejores formas de mover un idioma, de enseñar tu cultura en otros sitios, porque dentro de la música viajan el idioma, la cultura, las raíces y todo”.

Y aunque está pensado especialmente para quienes han seguido al grupo durante décadas, Elortegi cree que puede conectar también con quienes nunca fueron fans. “Si no eres fan de Gatibu también creo que hay un viaje, porque es un viaje durante 25 años a tu propia vida”.

Entre los testimonios del documental aparecen figuras vinculadas a los orígenes de la banda, como Fito, mientras que la ausencia de Robe queda como una de las grandes espinas del director. “En aquel estudio estaban Fito, Robe y Gatibu. O sea, allí mismo se crea Fito y los Fitipaldis, Extremoduro y Gatibu […] Se me ha quedado la espinita clavada de poder contar con Robe”.

El documental ‘Gatibu, agur esan barik’ llegará a los cines el 27 de noviembre y posteriormente tendrá también recorrido en plataformas. Una oportunidad para recuperar la historia de Gatibu y sobre todo, entender por qué una banda decide despedirse cuando todavía tiene canciones, público y escenarios por delante.

Crítica: ‘Gatibu, agur esan barik’

Una despedida para quienes nunca quisimos despedirnos

Estando yo muy mal, un buen amigo quiso animarme descubriéndome un grupo en el que tocaba su tío. Aquel tío era Batiz y aquel grupo era Gatibu. Y Gatibu me salvó de una situación muy difícil, una de esas a las que uno nunca se había enfrentado antes. Desde entonces me tienen cautivo (que es, precisamente, lo que significa gatibu) y sé de primera mano qué significa eso de LA MÚSICA NOS SALVARÁ. Por eso conviene dejar algo claro desde el principio: soy exactamente el público objetivo de este documental y, por tanto, voy a ser subjetivo. No puedo corresponder de otra manera a la fidelidad de un grupo que a mí y a miles de personas nos ha regalado alegría, amistad y, sobre todo, GANAS DE VIVIR.

Una despedida desde dentro

Jabi Elortegi construye ‘Gatibu, agur esan barik’ como una despedida consensuada y pactada. No hay sensación de ruptura traumática ni voluntad de alimentar el morbo: la película quiere funcionar como explicación oficial para los seguidores, entre los cuales me encuentro aunque aún me NO PUEDO CREER que ya no sigan juntos. Y, al mismo tiempo, como tributo a quienes hicieron posible estos 25 años. Once discos y más de 800 conciertos justifican sobradamente el homenaje.

El grupo se muestra DESNUDO delante de la cámara y permite que esta entre en sus casas, en sus conversaciones y en la intimidad de los días previos a los últimos conciertos. Ahí está una de las virtudes del documental: no se limita al escenario, sino que intenta mostrar a las personas que existen detrás del personaje público. Y lo hace intercalando ese presente crepuscular con sus orígenes, las primeras grabaciones junto a Iñaki ‘Uoho’ Antón y Batiz, el apoyo de Fito Cabrales y hasta una trayectoria que acabaría llevando sus canciones a Idaho y a otros rincones del mundo. La relación con Uoho, Fito y Batiz no es un simple dato decorativo: aquellos primeros años están en el ADN sonoro de Gatibu.

Pero también queda claro que el grupo ha pasado de ser una familia de fans a convertirse en una familia personal, como les ocurre a tantas bandas cuando 25 años compartiendo carretera, composición y escenario empiezan a pesar. Elortegi no necesita subrayarlo constantemente: basta con observar determinadas miradas y silencios. El grupo no ha querido disfrutar HASTA EXPLOTAR sino brindar una despedida lo más dulce posible.

Cuando ser Gatibu también deja de ser una forma de vivir

Aquí aparece la principal diferencia respecto a ‘Dardara’, documental también distribuido por Atera Films. Aquella película sobre Berri Txarrak evitaba el recorrido biográfico convencional y prefería explicar al grupo a través del impacto que había provocado en sus seguidores. ‘Gatibu, agur esan barik’, en cambio, mira mucho más hacia dentro.

Y quizá por eso es una película menos arriesgada cinematográficamente. Su mayor mérito técnico consiste precisamente en no despegarse de Gatibu: observación, entrevistas, archivo, backstage y actuaciones se ensamblan para construir un retrato cercano, pero sin buscar una estructura formal especialmente novedosa. La fotografía de Lander Andonegi y el montaje de Hannot Mintegia acompañan con solvencia, reflejando en sus cambios el SALTO al vacío que los miembros del grupo necesitan para cambiar sus vidas y rutinas.

Hay luces, pero también sombras. Sin entrar en detalles explícitos, se percibe que la relación creativa entre Alex Sardui y Haimar Arejita estaba bastante encasquillada, hasta el punto de generar enfrentamientos y dificultar que el grupo siguiera avanzando. El documental no convierte esas discrepancias en espectáculo, sino que las integra como parte inevitable del proceso creativo y el día a día. Y ahí aparece una idea especialmente interesante que no sé si es voluntaria o es únicamente percepción mía: Gatibu nació, paradójicamente, para dejar de ser cautivo de las obligaciones y termina separándose cuando continuar juntos amenaza con convertir la música en otra obligación. Todos han querido clausurar y poder decir SOY LIBRE.

Agradezco que el documental no intente fabricar una reconciliación sentimental de manual sirviendo a la vez para mostrar a los ajenos la repercusión de este grupo. Gatibu se va porque ha llegado a un límite. Lo hace a su manera, con una despedida gigantesca en el BEC, pero también recuperando lugares simbólicos como el Zeppelin, Kafe Antzokia, Urepel o Boise. Emplazamientos todos donde han VIVIDO Y AMADO LIBRES.

Yo, personalmente, no quiero que este documental sea una despedida. No quiero quedarme con el sabor triste de una banda que se marcha y poder decir con alegría TE RECUERDO. Yo ya pude despedirme de Gatibu cantando y bailando con ellos en su último concierto en Madrid, y prefiero quedarme con ese recuerdo. Con el sudor, las canciones, los amigos y la sensación de que durante unas horas todo estaba bien.

Porque quizá esa sea la mejor forma de entender Gatibu: una banda que nació para dejar de ser cautiva y que, después de 25 años, ha decidido volver a ser libre con el mismo espíritu joven e indomable con el que nació. Y quienes hemos vivido alguna parte de ese viaje solo podemos responderles como ellos mismos sugieren en su título: SIN DECIR ADIOS.

Ficha de ‘Gatibu, agur esan barik’

Estreno en España: 20 de septiembre de 2026. Título original: Gatibu, agur esan barik. Duración: 82 min. País: España. Dirección: Jabi Elortegi. Guion: Jabi Elortegi. Música: Hannot Mintegia. Fotografía: Lander Andonegi. Reparto principal: Alex Sardui, Haimar Arerjita, Mikel Caballero, Gaizka Salazar. Producción: Pausoka Entertainment. Distribución: Atera Films. Género: documental. Web oficial.

Crítica: ‘El otro Chiquito’

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Arrojando luz sobre un caso que adquirió el estatus de leyenda urbana

Hay documentales que recuperan una historia olvidada y otros que directamente abren un cajón de nuestra memoria colectiva que parecía cerrado a cal y canto y que en muchas conversaciones se tiñe de leyenda urbana. ‘El otro Chiquito’ viene para desmentir bulos o verdades asumidas sobre un caso que llega hasta lo más profundo del ADN del español de los 90. Y tiene, además, una premisa de partida irresistible: ¿qué demonios ocurre cuando alguien imita a uno de los mayores fenómenos cómicos de la España reciente hasta el punto de que el asunto termina en los tribunales?

Con Diego San José detrás del guion y de la concepción del proyecto, el equipo creativo podría haber construido una comedia desmadrada. No habría faltado material. Entre sus responsables encontramos títulos como ‘El crítico’, ‘Vamos Juan’, ‘Mala persona’ u ‘Ocho apellidos vascos’. Sin embargo, ‘El otro Chiquito’ opta por algo bastante más inteligente: contener la carcajada para mirar a Chiquito de la Calzada con una mezcla de cariño, respeto y cierta solemnidad.

El centro de la historia es el conflicto entre Gregorio Sánchez y los responsables de Lucas Grijander, el personaje interpretado por Florentino Fernández en ‘Esta noche cruzamos el Mississippi’. El parecido no era precisamente sutil: Chiquitistán, el “torpedo pecador”, “hasta luego Lucas”, el lenguaje inventado, el deje flamenco, los movimientos, las camisas y hasta esa manera imposible de construir una frase. Resultaba difícil no pensar en plagio. Pero ahí está precisamente la gracia del documental: preguntarse dónde termina la imitación y empieza la propiedad intelectual.

Jarl, comor y la España de los noventa

La película utiliza el litigio como columna vertebral, pero no se queda en el juzgado. Hace una radiografía bastante certera de aquella España de principio y mediados de los noventa en la que Chiquito pasó de ser un cómico veterano a convertirse en un fenómeno transversal. Los tazos, los discos de bakalao, los programas de chistes, las campanadas y la televisión convertida en fábrica de personajes ayudan a comprender por qué aquello podía parecer una gallina de los huevos de oro.

Por el documental desfilan Ramón García, Juan y Medio, Mariola Cubells, Sergio Mora, Pedro Alarcón, Celia Villalobos, Manolo Sarria, Mario Conde o Nieves Herrero, además de juristas y periodistas. Y aparecen dos testimonios especialmente jugosos: Pepe Navarro y Florentino Fernández. No conviene destripar qué defiende o reconoce cada uno, pero sí señalar que el retrato de Navarro como figura crápula televisiva capaz de perseguir audiencia sin filtros añade una reveladora dimensión al conflicto.

También resulta fascinante recordar hasta qué punto aquellas coletillas aparentemente absurdas (“jarl”, “comor”, “te das cuen”, “al ataquer”) se incorporaron al habla popular. Chiquito no solo hacía chistes: estaba construyendo un código lingüístico. Décadas de imitaciones posteriores y hasta el interés de lingüistas demuestran que aquello trascendió la televisión y varias décadas.

Un juicio tan absurdo como revelador

Uno de los mayores aciertos de ‘El otro Chiquito’ consiste en no convertir el juicio en una simple anécdota televisiva. Hay mucho de leyenda urbana alrededor de aquel proceso: si realmente hubo juicio, quién ganó, qué se llegó a decir en la sala y hasta si los términos del universo Chiquito tuvieron que ser pronunciados ante un juez e incluso si estos causaron la risa generalizada.

El documental juega con esa incredulidad y recupera la dimensión casi surrealista de una vista en la que llegaron a entrar en escena las famosas muletillas del humorista. Pero, bajo la carcajada, aparece una cuestión mucho más seria: ¿puede alguien apropiarse de un personaje que ha creado, de sus gestos, de su forma de hablar y de sus gags? ¿Es robar imitar a un famoso cuando esa imitación genera dinero? ¿Dónde queda la parodia? ¿Habría sido diferente con las leyes de protección a los autores que hay hoy en día y que ponen multas que no las quitan ni Perry Mason?

Quizá lo más triste sea que Chiquito no esté aquí para participar en este ejercicio de memoria. ‘El otro Chiquito’ llega cuando ya no puede defender su propia versión de los hechos, pero consigue algo importante: devolverle la voz dentro de un relato que durante años estuvo dominado por la anécdota. Y dicho sea de paso, hacer que las generaciones más jóvenes nos entiendan a los nacidos en los sesenta, setenta y ochenta cuando decimos eso de “eres un fistro”.

Más que un documental sobre un juicio, estamos ante una película sobre la propiedad de la cultura popular. Y también sobre una época en la que un señor de Málaga consiguió que toda España hablara como él y como la gente del Huelin. Eso, por la gloria de mi madre, no lo consigue cualquiera, ¿te das cuen?

Ficha de ‘El otro Chiquito’

Estreno en España: 1 de octubre de 2026. Título original: El otro Chiquito. Duración: 77 min. País: España. Dirección: Javier Morales, Juan Zavala. Guion: Diego San José, Javier Morales, Juan Zavala. Música: Lucas Vidal. Fotografía: Lati Maraña. Reparto principal: Pepe Navarro, Florentino Fernández, Ramón García, Juan Y Medio, Manolo Sarria, Celia Villalobos, José Mercé, Paz Padilla, Manuel Jabois, Luz Sánchez-Mellado, Nieves Herrero, Manuel Campo Vidal, Mariola Cubells. Producción: Globomedia, Movistar Plus+. Distribución: Movistar Plus+. Género: documental, comedia. Web oficial.

Crítica: ‘La bola negra’

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Los Javis convierten cuatro páginas en dos horas y media de pura reflexión y conmemoración

Había algo casi inevitable en que ‘La bola negra’ acabara siendo la película escogida por España para los Oscar: ganadora del premio a la Mejor Dirección en Cannes y ahora del Premio del Público en Toronto, temática LGBT, una guerra de la que parece que no hemos pasado página y por supuesto el ser la nueva película de Javier Calvo y Javier Ambrossi, dos de los mayores exponentes y talentos jóvenes de nuestro país.

El punto de partida ya resulta fascinante. Lorca dejó apenas cuatro páginas de una obra inacabada titulada ‘La bola negra’. En ellas aparecía un joven rechazado de un selecto casino de Granada después de recibir la bola negra en una votación de sus socios. El motivo de la exclusión era su homosexualidad. Lorca murió antes de poder continuar aquella historia y Los Javis convierten precisamente esa interrupción en materia narrativa.

El reto era descomunal: transformar cuatro páginas en una película de dos horas y media sin que el invento pareciese una apropiación oportunista del nombre de Lorca. Y ahí aparece una de las mayores virtudes de la película: Los Javis no intentan completar simplemente lo que Lorca escribió, sino imaginar todo aquello que podría haber quedado suspendido en esas páginas relacionándolo con varios momentos posteriores a él, incluyendo la actualidad.

Para hacerlo se apoyan también en ‘La piedra oscura’, la obra teatral de Alberto Conejero que recupera la figura real de Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca y compañero sentimental de Lorca. Conejero participa además en el guion. De este modo, una pieza aporta el rechazo y la estigmatización homosexual y la otra introduce a Rapún como amante, conservación de la memoria y presencia ausente de Federico. El resultado es un puzle narrativo que solo funciona porque Los Javis saben encontrar humanidad allí donde otros se quedarían en el personaje histórico o la burda polémica.

Tres tiempos para hablar del mismo dolor

‘La bola negra’ se articula en tres épocas: 1932, 1937 y 2017. Tres momentos que no funcionan como compartimentos estancos, sino como vasos comunicantes. El presente busca las huellas de un pasado que la Guerra Civil quiso borrar, el pasado real se encuentra con la tragedia de Rodríguez Rapún, y el tercer nivel imagina las páginas que Lorca nunca pudo escribir.

Es una estructura arriesgada y, por momentos, excesivamente ambiciosa, pero también una de las razones por las que la película consigue trascender el biopic convencional. Los Javis llevan años demostrando que saben mirar debajo de la caricatura cuando abordan personajes que han sido objeto de burla, escarnio o prejuicio social. Aquí la dificultad era todavía mayor: acercarse a Lorca exige cierta solemnidad, porque estamos ante una figura cuya dimensión cultural y política puede convertir cualquier exceso en una frivolización. Por fortuna, ‘La bola negra’ entiende que homenaje no significa estatua de mármol.

La película está salpicada de homoerotismo, aunque Los Javis renuncian buena parte del tiempo a la provocación explícita. Hay cuerpos, deseo y tensión sexual, pero predominan la mirada sentimental y la poesía. Es una decisión inteligente. No estamos ante una película concebida para escandalizar, sino ante una obra mucho más reflexiva y conmemorativa sobre lo que significa haber tenido que ocultar quién eras.

Y precisamente por eso resulta inquietante comprobar cuánto dialoga con el presente. Los jóvenes exaltados por el discurso sublevado que aparecen en la película pueden producir una sensación incómodamente contemporánea. Cambian los uniformes, los contextos y las consignas, pero determinados mecanismos de exclusión siguen reconocibles. La película no necesita subrayarlo demasiado para que la comparación aparezca sola. Pensadlo cada vez que veáis a un grupo de cayetanos gritar eso de “España despierta”.

También hay una clara voluntad antibelicista. En una de sus ideas centrales, Lorca plantea que su obra puede servir para otros, especialmente para los más jóvenes. ‘La bola negra’ recupera esa posibilidad de recordar y conciliar para no repetir la violencia de un país que tantas veces ha contado su Guerra Civil desde el enfrentamiento entre hermanos.

Cuando Los Javis encuentran a Lorca

Visualmente, la película mezcla melodrama, reconstrucción histórica, musicalidad y una puesta en escena muy ambiciosa. En algunos momentos recuerda al Berlanga más esperpéntico o al Almodóvar de pueblerinos sencillos y composiciones populares. La secuencia de Penélope Cruz es precisamente donde esa herencia resulta más evidente. Y, personalmente, me sobra. No porque Cruz esté mal, sino porque la escena me aporta poco al conjunto y parece pertenecer a otra película. Incluso evoca por momentos el espíritu de ‘¡Ay, Carmela!’, algo que refuerza todavía más esa sensación.

Mucho más lograda me parece la escena de Glenn Close. Su diálogo concentra buena parte de las preocupaciones de la película y adquiere además una dimensión especial por estar rodada en el Ateneo de Madrid, espacio cargado de memoria republicana y un club exclusivo de distinta índole pero con la misma exclusividad que aquel al que quiere acceder el protagonista de ‘La bola negra’. El detalle funciona como síntoma de una película obsesionada con documentarse y llenar cada rincón de significado.

Los Javis no han querido hacer simplemente una película sobre Lorca. Han querido hacer una película desde Lorca. Y esa diferencia es fundamental. ‘La bola negra’ no es perfecta. Algún compás narrativo parece innecesario, determinadas subrayados ideológicos son demasiado evidentes y la duración termina pasando factura. Pero cuando funciona, funciona con una contundencia extraordinaria. Es una película sobre homosexualidad, memoria histórica, guerra y deseo, pero sobre todo es una película sobre aquello que ocurre cuando una sociedad decide convertir al diferente en enemigo, algo que se observa con mucho subtexto en la historia de 2017.

El que quiera entender que entienda

Habrá quien rechace la película precisamente por su mirada sobre el fascismo o por su defensa explícita de la memoria LGTBIQ+. Pero reducirla a eso sería perderse lo verdaderamente interesante. Los Javis han construido una obra que intenta comprender antes que condenar, aunque tenga muy claro qué lado de la historia está contando.

Y quizá ahí resida su mayor triunfo. Partiendo de cuatro páginas inconclusas, ‘La bola negra’ consigue imaginar una historia que habla de los muertos, pero también de quienes todavía están vivos. De los que pudieron amar y de los que no pudieron hacerlo. De lo que se destruyó en una guerra y de aquello que, noventa años después, todavía estamos intentando reconstruir.

Una bola negra como símbolo de rechazo. Una piedra oscura como memoria. Y Lorca como una presencia que, paradójicamente, sigue hablando porque alguien intentó entenderle y decidió continuar aquello que él no pudo terminar.

Ficha de ‘La bola negra’

Estreno en España: 25 de septiembre de 2026. Título original: La bola negra. Duración: 155 min. País: España. Dirección: Javier Calvo, Javier Ambrossi. Guion: Javier Calvo, Javier Ambrossi, Alberto Conejero. Música: Raül Refree. Fotografía: Gris Jordana. Reparto principal: Guitarricadelafuente, Carlos González, Milo Quifes, Miguel Bernardeau, Lola Dueñas, Penélope Cruz, Glenn Close. Producción: Atresmedia Cine, Crea SGR, El Deseo, Le Pacte, Los Esquiadores, Movistar Plus+, Suma Content. Distribución: Elástica Films, Movistar Plus+. Género: drama. Web oficial.

Crítica: ‘Resident Evil’ (2026)

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El Resident Evil de Zach Cregger es un pasaje del terror del tamaño de una ciudad

Las adaptaciones de ‘Resident Evil’ han tenido una relación bastante complicada con el material original. Curiosamente, la mayoría de las versiones animadas han sabido entender mejor el espíritu de los videojuegos que sus hermanas de acción real. En imagen real todo empezó con las películas de Paul W. S. Anderson y Milla Jovovich, que inicialmente entusiasmaron a buena parte del público, pero cuya deriva rápidamente se fue desfigurando hasta alcanzar seis entregas. Johannes Roberts rozó el palo con ‘Resident Evil: Bienvenidos a Raccoon City’, especialmente por su ambientación y escenografía, aunque tampoco consiguió redondear la adaptación.

Todas aquellas versiones tenían algo en común: intentaban llevar al cine personajes, acontecimientos o escenarios reconocibles de los videojuegos. La película de Zach Cregger toma otro camino. ‘Resident Evil’ transcurre paralelamente al universo de los juegos y nos introduce en el estallido zombi provocado por Umbrella Corporation, pero sin llevarnos literalmente por ninguno de los recorridos que conocemos. Es una estrategia parecida, en espíritu, a la que intentó la serie de Netflix, aunque aquí el resultado tiene bastante más sentido.

Y la pregunta inevitable, tratándose de Cregger, es: ¿estamos ante algo más cercano a ‘Barbarian’ o a ‘Weapons’? Definitivamente, a ‘Barbarian’. Hay violencia, terror grotesco y una voluntad muy clara de incomodar al espectador. Puede haber algún parentesco con ‘Weapons’ en determinados juegos con la infancia y, especialmente, en la utilización de la sangre, pero esto es fundamentalmente un gigantesco pasaje del terror.

Una sucesión de ideas para los próximos videojuegos.

La sensación de estar jugando se encuentra precisamente en esa sucesión de amenazas. Bichos verrugosos, criaturas amorfas, mutaciones y enemigos explosivos convierten prácticamente cada desplazamiento en una huida. Los puristas de las primeras entregas probablemente encontrarán motivos para protestar, pero Cregger demuestra conocer muy bien el lenguaje del videojuego y, sobre todo, su sensación de vulnerabilidad. No es necesario copiar una localización concreta para reproducir esa experiencia.

La película parece situarse en los primeros momentos del brote de Raccoon City. Bryan, interpretado por Austin Abrams, funciona como nuestros ojos. Es un protagonista deliberadamente desorientado, alguien que contempla lo que sucede con la misma perplejidad que nosotros. Su existencia consiste básicamente en correr, disparar de manera más o menos afortunada y preguntarse qué demonios está pasando. Dice tantas palabrotas que por momentos parece una versión involuntaria de Samuel L. Jackson o de El Nota de Jeff Bridges. A ver si alguien hace el recuento, porque esta película se puede meter en el podio de las películas con más palabrotas de la historia.

Además, ‘Resident Evil’ evita una estructura excesivamente fragmentada. No está planteada como un gigantesco plano secuencia, pero sí produce la impresión de que estamos ante una única carrera hacia adelante, con muy pocos descansos narrativos. Apenas hay elipsis que permitan respirar. Cregger convierte el montaje en una herramienta para mantenernos dentro de la cabeza del protagonista: sorpresa, miedo y, sobre todo, desconcierto.

Eso también permite que la película funcione como una historia paralela. Raccoon City siempre ha sido un lugar poblado y, si aceptamos que detrás de cada superviviente puede existir otra historia, resulta lógico que Cregger quiera explorar una de ellas. El director ha defendido precisamente esa idea: los grandes protagonistas de la saga ya tienen sus historias contadas en los videojuegos. Estoy seguro que si se está desarrollando ya un nuevo Resident Evil aquí van a coger muchas ideas.

Terror, humor y una lluvia de referencias

Aquí aparece otra diferencia importante: el humor. Aunque sus últimas películas son bastante terroríficas, Cregger procede de la comedia y su cine de terror nunca ha renunciado a ella. ‘Resident Evil’ tiene bastante más humor del que algunos seguidores podrían esperar, aunque el propio director confirmó que eliminó numerosos chistes después de las proyecciones de prueba porque consideró que estaban perjudicando el equilibrio del conjunto.

Personalmente, cuesta imaginar qué habría sido de ese montaje más cómico, porque los cambios de tono funcionan precisamente como una montaña rusa. Una situación puede arrancar casi como una broma y terminar convertida en una carnicería. Para quienes busquen terror puro y duro puede ser un inconveniente, pero en mi caso contribuye a transmitir mejor el nerviosismo Y me gustaría ver un montaje del director con esas escenas eliminadas.

También hay guiños para los jugadores, aunque Cregger no convierte la película en un catálogo de referencias. Son pequeños detalles que permiten disfrutarla como un juego paralelo de reconocimiento. Y eso termina siendo una de sus mejores decisiones: ‘Resident Evil’ no necesita reproducir los videojuegos para parecerse a ellos. Quizá ahí esté la clave de esta nueva adaptación. No pretende ser ‘Resident Evil 2’, ‘Resident Evil 3’ o ninguna otra entrega trasladada literalmente al cine. Quiere reproducir la sensación de avanzar por un mundo hostil sin saber qué monstruo aparecerá tras la siguiente esquina.  Personalmente creo que el director es de esas personas que ha entendido bien aquello que adapta.

Ficha de ‘Resident Evil’

Estreno en España: 18 de septiembre de 2026. Título original: Resident Evil. Duración: 95 min. País: EE.UU. Dirección: Zach Cregger. Guion: Zach Cregger, Shay Hatten. Música: Hays Holladay, Ryan Holladay. Fotografía: Dariusz Wolski. Reparto principal: Austin Abrams, Zach Cherry, Kali Reis, Paul Walter Hauser. Producción: Capsom Entertainment, Columbia Pictues, Constantin Film, Davis Films, PlayStation Productions, Robert Kulzer Productions, Stillking Films, TriStar Pictures, Vertigo Entertainment. Distribución: Sony Pictures. Género: terror, acción, adaptación. Web oficial.

Crítica: ‘Cotoye vs. ACME’

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Una película que no merece el habitual fracaso de su protagonista

Hay películas que nacen para triunfar, otras que sobreviven a varios accidentes durante su producción y luego está ‘Coyote vs. Acme’, una película que estuvo a punto de convertirse en material de archivo antes incluso de que el público pudiera verla. Warner Bros. decidió enterrarla cuando ya estaba terminada y llegó a plantearse como una pérdida fiscal, hasta que el proyecto consiguió escapar de ese destino y encontrar una nueva oportunidad. En España, Beta Fiction Spain es la encargada de llevarla a los cines el 18 de septiembre.

El Coyote contra el mundo empresarial

La premisa resulta tan sencilla como perfecta. Después de décadas sufriendo accidentes provocados por productos ACME, el Coyote decide que ya está bien de recibir explosiones, golpes, caídas y toda clase de desgracias. Esta vez no pretende atrapar al Correcaminos: pretende demandar a la compañía que fabrica todo aquello que sistemáticamente sale mal.

Y aquí aparece Kevin Avery (Will Forte), un abogado de poca monta que se convierte en su improbable aliado. La película encuentra así una manera muy inteligente de trasladar a imagen real la eterna persecución de los Looney Tunes. El Coyote sigue siendo el Coyote, pero ahora sus desgracias tienen consecuencias legales.

Hay algo particularmente reconocible en esta premisa. Vivimos en una época en la que parece que cualquier accidente puede terminar convertido en una reclamación y cualquier consumidor se siente con cierto poder solo por poder pedir una hoja de reclamaciones por aquello que considera un perjuicio. La película juega con esa mentalidad, pero también concede al Coyote una razón legítima para protestar. Después de todo, ACME le ha vendido durante décadas productos que, como mínimo, funcionan de una manera bastante cuestionable.

La paradoja es que el pobre Coyote tampoco puede considerarse un consumidor inocente. Sigue comprando. Sigue confiando en ACME. Sigue utilizando cohetes, explosivos, catapultas y artilugios absurdos para intentar alcanzar al Correcaminos. Su fidelidad a la marca roza lo irracional.

El guion aprovecha esa relación para introducir un discurso sobre el corporativismo y el desequilibrio entre el individuo y las grandes empresas. ACME es una entidad gigantesca, impersonal y prácticamente inalcanzable. El Coyote, en cambio, es un individuo que lleva décadas recibiendo las consecuencias de sus decisiones.

Una comedia con bastante más debajo de la superficie

Dave Green, responsable de ‘Ninja Turtles: Fuera de las sombras’, mantiene aquí su gusto por el espectáculo gamberro y por una puesta en escena que no teme abrazar el absurdo. La película entiende que no tiene sentido convertir al Coyote en un personaje realista. Su mundo debe seguir funcionando con la lógica de los dibujos animados, aunque alrededor de él existan abogados, tribunales y personas de carne y hueso.

Ahí está buena parte de su encanto. ‘Coyote vs. Acme’ pertenece a esa tradición de híbridos entre acción real y animación que inevitablemente hace pensar en ‘¿Quién engañó a Roger Rabbit?’, ‘Space Jam’ o ‘Chip y Chop: los guardianes rescatadores’. Sin embargo, su diferencia está en que no utiliza a los personajes animados únicamente como reclamo nostálgico. Los integra dentro de una historia que tiene algo que decir sobre el mundo real. Y lo hace sin ponerse trascendente.

El Coyote se sacude el polvo y mantiene su esencia

El filme es, ante todo, una sucesión de gags físicos, accidentes imposibles, persecuciones y situaciones disparatadas. El humor visual sigue siendo fundamental. El Coyote continúa siendo un personaje condenado al fracaso y precisamente por eso resulta tan fácil empatizar con él. Su existencia es una versión animada del mito de Sísifo: empujar eternamente la piedra montaña arriba para verla caer una y otra vez. Lo interesante es que aquí esa piedra adquiere forma de pleito judicial.

El guion recupera además el espíritu del artículo ‘Coyote V. Acme’, escrito por Ian Frazier para The New Yorker en 1990. Frazier imaginaba un documento jurídico en el que el Coyote demandaba a ACME por los daños provocados por sus productos, convirtiendo los habituales gags de los dibujos en pruebas de un caso de responsabilidad civil. La película toma aquella idea y la amplía hasta convertirla en una historia de superación, desigualdad y resistencia. (The New Yorker), es decir materializar el tesón y insistencia del personaje.

John Cena no se come la película

Aunque James Gunn participa como productor y en la historia y John Cena interpreta al abogado de ACME, ‘Coyote vs. Acme’ no se convierte en una película diseñada alrededor de la estrella. Aunque está el nuevo ojito derecho de Warner, el verdadero protagonismo corresponde a Will Forte, al Coyote y a la relación que ambos construyen.

Forte funciona especialmente bien como ese abogado desencantado que encuentra una causa por la que merece la pena volver a creer en su profesión. Su personaje aporta el contrapunto humano al silencio expresivo del Coyote y permite que el filme conserve su estructura de comedia judicial.

Nostalgia víctima de su propia historia

También hay espacio para la nostalgia. La película recupera numerosos elementos de la mitología Warner y hasta introduce al doctor Lorre, personaje inspirado en el actor Peter Lorre, otro de esos guiños que pueden pasar desapercibidos para los espectadores más jóvenes pero que funcionan como recompensa para quienes conocen la historia de la compañía y sus dibujos.

Lo más curioso de todo es que el discurso de la película terminó chocando contra su propia realidad. Una historia sobre un individuo que se enfrenta a una corporación gigantesca estuvo a punto de desaparecer precisamente por una decisión corporativa. Esa coincidencia convierte a ‘Coyote vs. Acme’ en algo más que una comedia simpática: su propia existencia parece el último gag de una historia escrita por los Looney Tunes.

No es perfecta. Puede alargar algunos de sus conflictos y en determinados momentos su mezcla de géneros resulta irregular. Pero funciona porque comprende algo esencial: el Coyote no necesita ganar para que queramos verle intentarlo. Después de tantas décadas cayendo por barrancos, explotando por los aires y estampándose contra las paredes, quizá ya le tocaba ganar una batalla.

Y, sobre todo, esta película no se merece el fracaso que estuvo a punto de sufrir. Al contrario que tantos planes del Coyote, este es probablemente el mayor que ha elaborado jamás y, por una vez, merece llegar hasta el final.

Ficha de ‘Cotoye vs. ACME’

Estreno en España: 18 de septiembre de 2026. Título original: Cotoye vs. ACME. Duración: 103 min. País: EE.UU. Dirección: Dave Green. Guion: Samy Burch, Ian Frazier, James Gunn, Jeremy Slater, Samy Burch. Música: Steven Price. Fotografía: Brandon Trost. Reparto principal: Will Forte, Lana Condor, P.J. Byrne, John Cena Producción: Distribución: Beta Fictions. Género: Keylight Pictures, Troll Court Entertainment, Two Monkeys, A Goat and Another, Dead, Monkey, Warner Bros. Web oficial.

Crítica: ‘Sus hijos’

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Bill Nighy ofrece toda una masterclass sobre las distintas concepciones del legado

‘Sus hijos’ arranca con ‘Nature Boy’, la misma canción que abría ‘Moulin Rouge’, de hecho nos introduce en la casa donde transcurrirá casi toda la acción con un plano idéntico. Pero Pablo Trapero hace algo muy distinto con ella: donde Baz Luhrmann encontraba exotismo, lujo y una exuberancia casi circense, aquí la música acompaña un universo decadente, apagado y enfermizo. Es una declaración de intenciones bastante clara. La película va a hablar de la belleza del legado, pero también de todo aquello que se pudre cuando detrás de una obra brillante hay una persona incapaz de cuidar a quienes tiene cerca.

Andrew Dyer (Bill Nighy) lleva cerca de dos décadas recluido en su mansión. Es un escritor venerado, una eminencia literaria cuyo primer libro se convirtió en un fenómeno, pero hace veinte años que no escribe una sola línea y prácticamente ha desaparecido del mundo. Incluso su agente tiene que responder correos haciéndose pasar por él debido a su aislamiento y a un carácter que oscila entre la misantropía, el alcoholismo y una evidente pérdida de facultades.

La muerte de uno de sus pocos amigos provoca el regreso de Andrew al mundo exterior y, sobre todo, una reflexión sobre su propia mortalidad. El funeral funciona como uno de los detonantes dramático para preguntarse si alguna vez es demasiado tarde para reparar el daño causado. Porque ‘Sus hijos’ habla de muerte, sí, pero sobre todo habla de legado, culpa, errores irreparables y de esa especie de diáspora física y emocional que puede producirse dentro de una misma familia.

La familia como obra inacabada

Los hijos de Andrew viven bajo la sombra de una figura monumental que todo el mundo admira y que ellos, puertas adentro, detestan. Su prestigio es casi una institución, mientras que para ellos no deja de ser el padre que cometió un error imperdonable y después se marchó emocionalmente de sus vidas. Lo interesante es que Trapero no plantea simplemente el conflicto entre un padre ausente y unos hijos resentidos: todos ellos han acabado dedicándose, de una manera u otra, a contar historias.

Richard es guionista y Jamie trabaja en el terreno documental. Andy, el menor, todavía convive con su padre. De algún modo, los tres han heredado aquello que Andrew considera su gran talento, aunque también han heredado las heridas y taras asociadas a él.

La mansión es, en ese sentido, mucho más que un escenario. Está construida como una prolongación de la memoria de Andrew, un gigantesco mausoleo de recuerdos, libros, premios y objetos familiares. Es la imagen física de una familia que ya no existe y que quizá él intenta reconstruir a través de aquello que conserva. Resulta especialmente irónico que desprecie a sus lectores cuando son precisamente ellos quienes han convertido sus novelas en una prolongación de su vida. Andrew siente que el éxito como escritor tuvo un precio: el fracaso como padre.

El propio título original, ‘& Sons’, remite a esa fórmula empresarial que tradicionalmente anuncia un negocio familiar heredado de padres a hijos. Aquí la herencia no es una empresa, sino algo mucho más problemático: una identidad, un apellido y una carga genética. No resulta casual que Trapero dedique la película a su padre, porque la paternidad atraviesa prácticamente cada decisión narrativa.

Ciencia, identidad y una incómoda pregunta moral

Cuando Andrew reúne a sus hijos, ellos esperan una disculpa. En cambio, reciben una revelación que transforma el drama familiar en otra cosa y obliga al espectador a plantearse una cuestión ética relacionada con la ciencia. Trapero mantiene durante buena parte del metraje dos interpretaciones posibles del secreto: podemos estar ante una verdad extraordinaria o ante la fantasía de un hombre que lleva demasiado tiempo aislado y consumiendo alcohol.

Ahí está uno de los mayores aciertos del filme, aunque también uno de sus riesgos. La película utiliza la ciencia ficción como una extensión de su conflicto sobre naturaleza, educación, herencia y libre albedrío, pero nunca abandona del todo el registro de drama familiar. El problema es que algunas de las implicaciones de su planteamiento darían para una película mucho más ambiciosa.

Aun así, el reparto sostiene buena parte del conjunto. Bill Nighy está magnífico como ese escritor desagradable, ególatra y roto, mientras Imelda Staunton aporta una enorme humanidad y termina convirtiéndose en el contrapeso emocional de la función. Pero hay que destacar especialmente a Noah Jupe. Su Andy reproduce gestos, movimientos, modales e incluso la particular manera de hablar de Nighy, hasta convertir esa imitación en una herramienta narrativa y no en una simple gracia interpretativa.

‘Sus hijos’ no siempre consigue que todas sus ideas tengan el mismo peso, pero sí propone una interesante paradoja: quizá el verdadero legado de un padre no sea aquello que deja escrito, sino aquello que deja dentro de sus hijos.

Ficha de ‘Sus hijos’

Estreno en España: 18 de septiembre de 2026. Título original: & Sons. Duración: 119 min. País: Reino Unido. Dirección: Pablo Trapero. Guion: Sarah Polley, Pablo Trapero. Música: Cristobal Tapia de Veer. Fotografía: Diego Dussuel. Reparto principal: Bill Nighy, Imelda Staunton, Dominic West, Johnny Flynn, George MacKay, Noah Jupe. Producción: Infinity Hill, Bankside Films, Calculus Media (in association with), Content Engineers, DK Entertainment International, Dauphin Films, Double Garage Films, Elevation Pictures, LONY Productions, Matanza Cine, Maven Screen Media, Media Finance Capital (financier), Nativa Contenidos, Off Media, Onza Entertainment, Original Films, Prisma Cine, Screen Capital, Tricky Knot. Distribución: Divisa Films. Género: drama. Web oficial.

Crítica: ‘En la zona gris’

En qué plataforma ver En la zona gris

Un thriller de extracción que se extirpa a sí mismo cualquier atisbo de marca de la casa

Hay algo curioso en el reparto de ‘En la zona gris’. Guy Ritchie ya había trabajado con Henry Cavill en ‘The Man from U.N.C.L.E.’ y ‘The Ministry of Ungentlemanly Warfare’, mientras que Jake Gyllenhaal hizo lo propio en ‘Guy Ritchie’s The Covenant’. Eiza González, por su parte, también coincidió con Cavill y con el cineasta en ‘The Ministry of Ungentlemanly Warfare’. Sin embargo, había una combinación pendiente: Henry Cavill y Jake Gyllenhaal nunca habían compartido pantalla hasta este filme. Ese cruce pendiente termina convirtiéndose en uno de los principales reclamos de una producción que vuelve a reunir a varias de las piezas habituales del universo reciente del director británico.

Entre la palabrería y el carisma

‘En la zona gris’ se presenta desde la voz de Rachel Wild (Eiza González), una abogada acostumbrada a sobrevivir en los bajos fondos encontrando siempre las grietas legales y las zonas grises del sistema. Su narración introduce un entramado criminal que pretende transmitir una complejidad casi laberíntica, aunque en realidad el mecanismo que mueve la historia resulta bastante más sencillo de lo que aparenta.

Sid (Henry Cavill) y Bronco (Jake Gyllenhaal) representan dos eslabones intermedios dentro de esa maquinaria. No son matones de barrio ni delincuentes callejeros como aquellos que poblaron las primeras películas londinenses de Ritchie. Son profesionales refinados, ejecutores elegantes de los trabajos más desagradables. Esa sofisticación impregna los diálogos y la puesta en escena, pero también termina siendo un arma de doble filo. El director reviste la narración de constantes explicaciones, personajes con tanta personalidad como balas en la recámara y rótulos que organizan la información, aunque bajo esa apariencia el relato es mucho menos intrincado de lo que pretende hacer creer.

Cuando el sello de Guy Ritchie se diluye

Como ocurre en tantas historias de golpes y operaciones de alto nivel, el filme dedica buena parte de su metraje a reunir un equipo lleno de especialistas y rostros conocidos. La acción tarda más de media hora en desplegarse realmente. Hasta entonces predominan las presentaciones, los diálogos estratégicos y la construcción del tablero.

Para algunos espectadores ese desarrollo pausado puede resultar más tedioso que complejo. Otros encontrarán precisamente ahí la diferencia respecto a otros filmes del género, al apostar por una estructura muy reconocible dentro del cine de Ritchie, aunque esta vez con una dosis de humor bastante más contenida de lo habitual.

El problema aparece cuando la historia deriva hacia una película de extracción. En ese momento desaparece parte de la personalidad del director y el relato entra en una dinámica más funcional y repetitiva. Todo está ejecutado con solvencia, pero también con una sensación de familiaridad que reduce la sorpresa.

Tenerife disfrazada de otro lugar

Entre las curiosidades de la producción destaca su rodaje en Tenerife. La acción sitúa parte de la historia en la ficticia isla de Salazar, gobernada por el personaje interpretado por Carlos Bardem. En pantalla aparecen una bandera española, una ambulancia de España e incluso se menciona expresamente la intervención de las autoridades españolas. Sin embargo, pese a todas esas referencias y al extenso historial de rodajes internacionales realizados en nuestro país, la ambientación y algunos acentos vuelven a sugerir un territorio latinoamericano indefinido. Es una decisión que inevitablemente recuerda a aquellas producciones estadounidenses capaces de mezclar referencias españolas con estereotipos ajenos (como aquella inolvidable secuencia de ‘MacGyver’ con los supuestos vascos).

‘En la zona gris’ funciona mejor cuando deja que el carisma de su reparto ocupe el centro de la escena que cuando intenta convencernos de la enorme complejidad de una trama que nunca termina de ser tan enrevesada. Guy Ritchie sigue dominando la puesta en escena y el ritmo verbal, pero esta vez se mueve en una zona gris donde el estilo acaba imponiéndose sobre la verdadera emoción.

Ficha de ‘En la zona gris’

Estreno en España: 18 de septiembre de 2026. Título original: In the grey. Duración: 98 min. País: Reino Unido. Dirección: Guy Ritchie. Guion: Guy Ritchie. Música: Christopher Benstead. Fotografía: Ed Wild. Reparto principal: Jake Gyllenhaal, Henry Cavill, Eiza González, Rosamund Pike, Carlos Bardem. Producción: Black Bear International, C2 Motion Picture Group, Toff Guy Films. Distribución: Diamond Films. Género: acción, suspense. Web oficial.

Crítica: ‘Tiempo de victoria’

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Era cuestión de tiempo que se hablase de cómo se gestionó el tiempo y no es una pérdida de tiempo

Puede parecer que las productoras de cine ya no saben qué hacer para seguir hablando de la Segunda Guerra Mundial. Después de miles de películas, series, documentales y reconstrucciones del desembarco de Normandía, resulta legítimo preguntarse si hay algún relevante que haya que contar. Es la misma reflexión que hice cuando se estrenó ‘Nuremberg’. ‘Tiempo de victoria’, dirigida por Anthony Maras, encuentra para esa pregunta una respuesta bastante estimulante: mirar el Día D desde una habitación llena de mapas, pronósticos y hombres que saben que una mala decisión puede costar miles de vidas.

El protagonista es el meteorólogo James Stagg (Andrew Scott), el hombre que tuvo que convencer a Eisenhower (Brendan Fraser) de retrasar la invasión ante unas condiciones meteorológicas que podían convertir la operación en una carnicería. Y ahí está una de las virtudes del guion: convertir algo aparentemente poco cinematográfico (la discusión sobre nubosidad, viento, oleaje y patrones meteorológicos) en un thriller de tensión creciente.

El título original, ‘Pressure’, juega precisamente con ese doble sentido. Es la presión atmosférica que Stagg necesita interpretar, pero también la presión insoportable que recae sobre quienes deben decidir cuándo lanzar la mayor ofensiva aliada de la guerra. Y perdonarme el titular de esta crítica, pero si los creativos de marketing que han traído esta película se han permitido el juego de palabras, por qué no yo.

Detalles que solo se encuentran en museos

Además, la película recupera episodios que suelen quedar eclipsados por las imágenes del desembarco. Entre ellos está la desastrosa Operación Tiger, el ensayo de la invasión en el que murieron centenares de soldados estadounidenses y que funcionó como un terrible recordatorio de lo que podía salir mal. También aparecen las operaciones de engaño destinadas a confundir a los alemanes, con ejércitos ficticios, vehículos inflables y los curiosos paracaidistas falsos conocidos como “Ruperts”.

Y hay algo especialmente interesante en la forma de abordar la meteorología: los personajes trabajan con mapas y datos, pero todavía no disponen de los sistemas informáticos actuales. Los patrones del pasado pueden orientar, pero no garantizan absolutamente nada. La película entiende que ahí reside buena parte del conflicto: el tiempo atmosférico no obedece a la estrategia militar y nuestro clima cambia igual que lo hacen los mapas políticos.

Andrew Scott, Brendan Fraser y una curiosa casualidad

Andrew Scott lleva el peso dramático con un personaje que no busca despertar simpatía. Stagg es seco, obsesivo, poco dado a las concesiones y, en algunos momentos, directamente antipático. Pero Scott consigue algo más complicado: que terminemos poniéndonos de su lado. Es una interpretación basada más la soberbia que aporta el conocimiento y en precisamente saber desarrollar discusiones técnicas.

El otro gran aliciente es Brendan Fraser. Para muchos nunca se fue realmente (su trabajo en ‘Doom Patrol’ lo mantuvo muy presente), pero su regreso a la primera plana después de ‘The Whale’, unido a la preciosa ‘Rental Family’ y a la expectativa generada por ‘La momia 4’, hace que resulte especialmente interesante observar su evolución. Aquí interpreta a Eisenhower y no teme construir un personaje áspero, autoritario y agotado. Se rapó la cabeza y estudió exhaustivamente la biografía del general, además de profundizar en los preparativos militares de la ofensiva. La transformación física recuerda inevitablemente a Russell Crowe en ‘Nuremberg’: dos estrellas reconocibles que desaparecen detrás de personajes históricos.

Pero la producción también tiene su propia pequeña historia increíble. Para trabajar ordenando las imágenes de archivo se contrató a un ayudante de montaje llamado Jamie Stagg sin saber que era el nieto del auténtico meteorólogo interpretado por Scott. Él tampoco sabía inicialmente que el proyecto trataba sobre su abuelo. Una de esas casualidades que ningún guionista se atrevería a inventar.

El desembarco vuelve a la pantalla

Maras tampoco evita representar el desembarco, pese a que hacerlo después de ‘Salvar al soldado Ryan’ supone jugar en un terreno complicado. Evidentemente, ‘Tiempo de victoria’ no pretende competir con Spielberg en escala, brutalidad ni inmersión física. Su interés está en otro lugar: mostrar cómo una decisión tomada alrededor de una mesa acaba teniendo consecuencias sobre quienes desembarcan en las playas.

La incorporación de imágenes de archivo coloreadas resulta particularmente efectiva. No solo amplía la escala de la producción, sino que crea una transición visual entre la recreación y la realidad. El montaje contrapone el artificio cinematográfico con rostros y cuerpos que estuvieron realmente allí, reforzando la sensación de verosimilitud. Esto logra una carga dramática mayor pero se queda lejos del éxito de Maras ‘Hotel Mumbai’.

Al igual que la ya citada ‘Nuremberg’, reúne intérpretes muy conocidos y eficaces para contar una historia interesante. Ambas son películas que hablan de decisiones políticas, conflictos internacionales y dirigentes convencidos de que la historia está de su lado. Y lamentablemente, como aquella, probablemente pasará demasiado desapercibida para el gran público.

Ficha de ‘Tiempo de victoria’

Estreno en España: 18 de septiembre de 2026. Título original: Pressure. Duración: 101 min. País: Reino Unido. Dirección: Anthony Maras. Guion: Anthony Maras, David Haig. Música: Volker Bertelmann. Fotografía: Jamie Ramsay. Reparto principal: Andrew Scott, Brendan Fraser, Kerry Condon, Damian Lewis, Chris Messina, Tamsin Topolski. Producción: StudioCanal, Working Title Films. Distribución: DeAPlaneta. Género: suspense. Web oficial.

Crítica: ‘Man finds tape’

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La memoria como territorio de lo monstruoso

“Dios no te pide que entiendas sus caminos, solo que confíes en ellos”. Una frase aparentemente inocente, salida de la boca de un reverendo, que en ‘Man Finds Tape’ adquiere poco a poco una resonancia bastante más inquietante. Porque pocas cosas hay más terroríficas que una frase religiosa cuando empieza a encajar demasiado bien con aquello que estamos viendo, sea esto religioso o no.

Desde las fotografías de monstruos de principios del siglo XX hasta las grabaciones de Bigfoot, los vídeos de supuestos ovnis o las imágenes que cada cierto tiempo se convierten en fenómenos virales, nuestra cultura lleva décadas fascinada por la posibilidad de haber capturado algo que no debería existir. Y aquí aparece una pregunta estupenda: si hoy prácticamente vivimos rodeados de cámaras, teléfonos, sistemas de vigilancia y dispositivos capaces de grabarlo todo, ¿cómo es posible que sigamos sin tener pruebas incontestables de monstruos, criaturas fantásticas o fenómenos sobrenaturales? Esa pregunta es el punto de partida perfecto para ‘Man Finds Tape’.

Metraje encontrado, paranoia y memoria

Me acerqué a la película después de habérmela perdido en Sitges 2025 y, además, con un argumento añadido para darle una oportunidad: detrás de ella aparecen XYZ Films y como productores Justin Benson y Aaron Moorhead, dos nombres que para mí funcionan como una considerable garantía de interés. Los responsables de ‘The Endless’ o ‘Something in the Dirt’ dirigieron además episodios de ‘Archive 81’ y participaron en ‘V/H/S: Viral’, donde firmaron el segmento ‘Bonestorm’, por lo que no resulta extraño encontrarlos asociados a una propuesta que vuelve a jugar con las posibilidades narrativas del metraje encontrado.

En esta ocasión los directores son Paul Gandersman y Peter S. Hall. Construyen un híbrido entre falso documental, found footage, thriller conspirativo y terror sobrenatural en el que diferentes fuentes audiovisuales van componiendo una historia de repercusión colectiva. Vídeos en la red, grabaciones domésticas, imágenes de vigilancia, entrevistas y llamadas telefónicas se mezclan hasta generar una sensación de investigación casi periodística. Estas últimas, además, me han recordado inevitablemente a la serie ‘Calls’, porque aquí una simple llamada también puede convertirse en una herramienta narrativa capaz de provocar inquietud sin necesidad de mostrar aquello que supuestamente está sucediendo.

Y funciona especialmente bien cuando la película entiende que enseñar menos puede ser mucho más efectivo. El montaje va administrando la información con paciencia, saltando entre materiales y puntos de vista mientras el espectador intenta reconstruir un acontecimiento que parece afectar a todo un pueblo. Es una estructura casi caótica que convierte la propia búsqueda de respuestas en parte del suspense.

Los monstruos viven entre nosotros

Una de las caras más interesantes de ‘Man Finds Tape’ consiste en convertir la investigación sobre criaturas sobrenaturales en algo más incómodo: la posibilidad de que los monstruos ya estén entre nosotros y simplemente seamos incapaces de detectarlos o lo que es peor, que les tengamos normalizados.

La película juega estupendamente con la idea de un acontecimiento que, durante sus primeros compases, podría hacernos pensar en una especie de variación sobre la premisa de la inconclusa serie ‘FlashForward’: la población sufre un apagón de sus cerebros, las personas reaccionan de maneras difíciles de explicar y la investigación parece conducir hacia una revelación de dimensiones mayores. Pero no tarda en demostrar que sus intenciones van por otros derroteros (y hasta aquí puedo contar).

Lo interesante es que el misterio fantástico nunca funciona únicamente como excusa para acumular sustos o desarrollar un nuevo universo de terror. Bajo su apariencia de criatura sobrenatural y conspiración local aparecen cuestiones bastante más humanas: la necesidad de alimentarse de otros, la dificultad de regresar al lugar del que uno procede y, sobre todo, esa necesidad de pertenecer a una historia.

El concepto de comunidad adquiere así una dimensión especialmente siniestra. ¿Qué ocurre cuando compartir un pasado significa también compartir algo que preferiríamos no conocer? ¿Y hasta qué punto nuestra identidad depende de los recuerdos que conservamos frente a los que otros aseguran que deberíamos tener?

‘Man Finds Tape’ no siempre consigue que todas sus piezas encajen con la misma precisión y su ambición narrativa puede provocar cierta sensación de dispersión. También exige al espectador bastante paciencia antes de empezar a revelar la naturaleza de aquello que está investigando. Pero precisamente ahí reside buena parte de su personalidad.

Como debut, es una propuesta sorprendentemente segura a la hora de utilizar el lenguaje del falso documental no como simple envoltorio estético, sino como parte esencial de su relato. Una película pequeña en escala que termina pensando a lo grande y que entiende que, en una época en la que todos grabamos absolutamente todo, quizá el verdadero horror no sea que no tengamos imágenes de los monstruos. Quizá sea que los estamos grabando continuamente y todavía no sabemos reconocerlos.

Ficha de ‘Man finds tape’

Estreno en España: por determinar. Título original: Man finds tape. Duración: 84 min. País: EE.UU. Dirección: Paul Gandersman, Peter S. Hall. Guion: Paul Gandersman, Peter S. Hall. Música: Jimmy LaValle. Fotografía: David Coone. Reparto principal: Kelsey Pribilski, William Magnuson, John Gholson, Brian Villalobos, Nell Kessler. Producción: Arcanum Pictures, Rustic Films, XYZ Films. Distribución: por determinar. Género: terror, suspense. Web oficial.

Crítica: ‘Dulce sabor a muerte’

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Eli Roth y su versión gore de ‘Quién puede matar a un niño’

Eli Roth nunca ha sido precisamente un cineasta interesado en pedir permiso. Desde ‘Cabin Fever’ hasta ‘Hostel’ o ‘Black Friday’, su cine ha entendido el terror como un parque de atracciones particularmente desagradable, donde la sangre, los cuerpos mutilados y el humor macabro forman parte del mismo juego. ‘Dulce sabor a muerte’ continúa exactamente por ese camino, aunque llega acompañada de una polémica que resulta imposible separar completamente de la película.

Roth se ha ganado enemigos por sus posicionamientos públicos sobre Palestina y, ahora, también puede recibir críticas desde otro frente: el uso de inteligencia artificial. El problema no es únicamente utilizar esta herramienta, una cuestión ya suficientemente controvertida en la industria, sino la manera en que se comunicó inicialmente. El director explicó que las animaciones con estética de los años veinte procedían de un trabajo artesanal que él mismo había dibujado y desarrollado junto a animadores. Posteriormente tuvo que recular en sus declaraciones y admitir que la IA había intervenido en una pequeña parte de algunas escenas animadas. También se percibe en la escena de la avalancha desde el columpio. La presencia de Dark Half en los créditos, compañía especializada en efectos visuales con IA, en los créditos alimentó todavía más la controversia.

La cuestión resulta especialmente llamativa y contradictoria porque ‘Dulce sabor a muerte’ presume de una filosofía muy física. Hay prótesis, cabezas y manos de plástico, litros de líquido rojo (más que en la Tomatina) y unas tripas cuyo sonido parece directamente el de unos macarrones con bechamel. Roth vuelve a reivindicar el gore artesanal, genera suspicacias entre los más recatados y mantiene una filosofía que hoy en día parece regresar gracias a sagas como ‘Terrifier’.

Un festival de barbaridades con aroma a serie B

Al margen de la polémica, ¿qué tal funciona ‘Dulce sabor a muerte’ como producto de entretenimiento macabro? Pues bastante mejor cuando se abandona cualquier pretensión de solemnidad. La película es una broma de muy mal gusto convertida en festival de barbaridades. Hay momentos en los que Roth parece estar rodando un sketch de ‘Scary Movie’ y otros en los que parece rendir homenaje a las películas de serie B más desquiciadas, con ‘Troll 2’, ‘The dentist’ o ‘The Stuff’ como espíritu perfectamente reconocible.

El heladero macabro tampoco es una invención de Roth. El terror estadounidense ya había explotado anteriormente esa figura aparentemente inocente, incluso en ‘Masters of Horror’, donde Tom Holland dirigió el episodio ‘We All Scream for Ice Cream’. Por tanto, el vendedor de helados siniestro forma parte de un imaginario bastante más amplio.

También resulta inevitable pensar en ‘¿Quién puede matar a un niño?’, una referencia que Roth ha reconocido como fundamental. El director ha explicado en numerosas ocasiones hasta qué punto le fascina la película de Chicho Ibáñez Serrador, hasta el punto de que durante años consideró que acercarse al tema de los niños asesinos después de aquel clásico era casi imposible.

De ahí que las comparaciones con ‘Weapons’ sean comprensibles, aunque yo situaría ‘Dulce sabor a muerte’ más cerca del espíritu de ‘Terrifier’. No porque Roth pretenda subirse ahora al carro del éxito del gore slasher, sino porque lleva décadas jugando en ese terreno. De hecho, ha reconocido que el impacto de ‘Terrifier 3’ ayudó a demostrar que existía público para películas extremas proyectadas en salas comerciales.

Cuando el tercer acto derrite la película

El problema llega cuando Roth intenta convertir esta orgía de asesinatos en algo más parecido a una historia convencional. Mientras ‘Dulce sabor a muerte’ funciona como sucesión de atrocidades, humor negro y criaturas infantiles convertidas en pequeñas máquinas de matar, mantiene una identidad muy clara. Cuando llega el momento de frenar el caos y explicar qué está ocurriendo y por qué, todo se vuelve bastante más ridículo de lo que probablemente pretendía.

Ahí la película se desinfla considerablemente. Lo que parecía una decisión consciente de abrazar el absurdo termina pareciendo una explicación demasiado vaga para justificar todo el caos anterior. El tercer acto no está a la altura de la carnicería que lo precede y deja un sabor de boca bastante peor del que debería tener una película que, en esencia, prometía poco más que una masacre sin complejos. Incluso existe una escena tras los créditos que podría interpretarse como una puerta abierta a futuras historias (aunque también funciona perfectamente como último gag). La película queda como una gamberrada irregular pero coherente con el cine de Eli Roth. Su falta de sutileza es deliberada y sus excesos constituyen buena parte de su encanto. Lástima que, cuando decide explicar demasiado, termine descubriendo que detrás de tanta sangre no había una idea tan jugosa como el propio helado.

Ficha de ‘Dulce sabor a muerte’

Estreno en España: 4 de septiembre de 2026. Título original: Ice Cream Man. Duración: 86 min. País: EE.UU. Dirección: Eli Roth. Guion: Noah Nelson, Eli Roth, Noah Belson. Música: Brandon Roberts. Fotografía: Simon Shohet. Reparto principal: Ari Millen, Benjamin Byron Davis, Eli Roth, Karen Cliche, Dylan Hawco, Sarah Abbott, Shiloh O’Reilly, Kiori Mirza Waldman, Charlie Zeltzer, Charlie Storey. Producción: The Horror Section, MCT Studios, Head Gear Films, Sixth Dimension, Metrol Technology, Mass Appeal, Dentsu. Distribución: Diamond Films. Género: terror. Web oficial.

Crítica: ‘Batman: Knightfall Part 1 – Knightfall’

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Una adaptación que mantiene intacto el clásico pero que no teme romper al héroe

Hay historias de Batman que forman parte del imaginario colectivo incluso para quienes jamás han abierto un cómic del personaje. ‘Batman: Knightfall’ es una de ellas. Publicada por DC Comics entre 1993 y 1994, la saga se articuló en tres grandes arcos (Knightfall, Knightquest y KnightsEnd) y ahora recibe una adaptación animada dividida también en tres entregas. La segunda llegará en 2026 y la tercera está prevista para 2027, por lo que, si no hay cambios, tendremos la trilogía completa antes de terminar el año que viene.

Jeff Wamester, responsable de buena parte de la animación superheroica reciente de DC y director de ‘Justice League: Crisis on Infinite Earths’, ‘Justice League: Warworld’ o ‘Green Lantern: Beware My Power’, se enfrenta aquí a uno de esos relatos que exigen conocer bien las posibilidades del personaje. También tiene experiencia en Marvel, donde trabajó en producciones como ‘Guardians of the Galaxy’, mientras que en ‘The Legend of Vox Machina’ participó como diseñador de personajes.

El resultado es una adaptación extraordinariamente fiel al espíritu del cómic, hasta el punto de que resulta inevitable encontrar paralelismos con ‘The Dark Knight Rises’. Hay un Batman agotado, una amenaza física aparentemente imposible de detener, un enemigo que conoce cómo llevarlo hasta el límite y una ciudad convertida en campo de batalla. Sobre todo se acerca a la película de Nolan a la hora de centrarse en el villano, Bane. Pero aquí está la diferencia fundamental: ‘Batman: Knightfall Part 1 – Knightfall’ no tiene que contenerse dentro de las reglas del cine de acción real ni de las exigencias de un actor o un estudio que puede querer continuar con la franquicia. Puede llegar hasta donde el cómic quería llegar y, sobre todo, puede ser mucho más cruel con Bruce Wayne.

Bane, Robin y el legado del murciélago

Porque esta no es solamente una historia sobre cómo derrotar a Batman. Es, en buena medida, una historia sobre qué queda de Batman cuando Batman ya no puede ejercer como Batman.

La cuestión de si el héroe debe matar vuelve a aparecer, como es habitual, pero el verdadero corazón de la película está en el legado. ¿Qué ocurre cuando una persona ha construido toda su identidad alrededor de una misión y esa misión deja de estar en sus manos? ¿Quién puede ocupar su lugar? ¿Y qué precio tiene convertir a un símbolo en una responsabilidad que otros deben cargar?

El filme es toda una antesala para algo que a muchos les cuesta asimilar, que Batman envejece y antes o después ha de ceder el testigo. Y para dar voz a todo ese discurso crepuscular se ha contado con una nueva voz. Si con la serie de Batman de Prime Video hablábamos del buen trabajo de Hamish Linklater en lugar del fallecido Kevin Conroy, en este caso toca hablar de Anson Mount ejerciendo de Batman. ¿Qué tal lo hace? No está mal, va por los derroteros del Batman de Affleck, de hecho hasta Bruce Wayne se le parece, pero no nos encontramos con la mejor voz de Batman. El actor retoma la tarea que ejerció en 2021 con ‘Injustice: Dioses entre nosotros’ y cumple el encargo.

Y es que este filme no trata únicamente del hombre murciélago. Ahí entra una de las grandes virtudes de esta adaptación: además de funcionar como una historia de caída, funciona como una historia de orígenes. Bane adquiere una dimensión mucho mayor que la de simple monstruo físico. El filme se detiene en su pasado y permite comprender cómo se ha construido el hombre que finalmente llega a Gotham para quebrar al Caballero Oscuro. Michael Mando encuentra una voz grave y algo enlatada, amenazante y con una presencia formidable. También destaca David Dastmalchian como Nygma, mientras Jack Giffin consigue que Tim Drake sea uno de los Robin más agradecidos de ver en una adaptación animada.

Studio Mir lo cruje con el murciélago

Visualmente, ‘Batman: Knightfall Part 1 – Knightfall’ es un auténtico festín. La animación corre a cargo del estudio surcoreano Studio Mir, responsable de trabajos como ‘The Legend of Korra’, ‘The Witcher: La pesadilla del lobo’, las primeras temporadas de ‘My Adventures with Superman’ y ‘X-Men ’97’. Fundado por Yoo Jae-myung, antiguo director de animación de ‘Avatar: La leyenda de Aang’, el estudio se ha convertido en uno de los grandes nombres de la animación occidental realizada en Corea del Sur.

Aquí su trabajo es especialmente notable en la iluminación, el color y el diseño de personajes. Los rostros tienen dureza, los cuerpos transmiten desgaste y el trazo consigue que Gotham parezca un lugar hostil incluso cuando no está ocurriendo una pelea o luce el sol. Personalmente nunca he sido demasiado fan del Batman de las hombreras puntiagudas, pero aquí funcionan porque forman parte de una estética deliberadamente heredada de los cómics de los noventa.

La suma de animación, montaje, diseño sonoro y una música nada baladí convierte el conjunto en una adaptación potentísima. Además, no estamos ante una producción infantil suavizada: es animación adulta, compleja y bastante salvaje, con violencia sangrienta y escenas especialmente brutales. El giro final, el cliffhanger de esta película así lo demanda.

‘Batman: Knightfall Part 1 – Knightfall’ demuestra una vez más que, cuando DC quiere explorar de verdad a sus personajes, la animación sigue siendo uno de sus territorios más fértiles. Esta primera parte no se limita a romperle los huesos a Batman. Lo más interesante es que empieza a preguntarse qué queda del mito cuando el hombre que lo sostiene ya no puede sostenerlo. Si eres de los que no soportan ver a los héroes recibir palizas o de los que apuntillaste eso con el ‘Superman’ de Jame Gunn, realmente vas a sufrir con este filme.

Ficha de ‘Batman: Knightfall Part 1 – Knightfall’

Estreno en España: 25 de agosto de 2026. Título original: Batman: Knightfall Part 1 – Knightfall. Duración: 78 min. País: EE.UU., Corea del Sur. Dirección: Jeff Wamester. Guion: Jeremy Adams. Música: John Jennings Boyd, Eric V. Hachikian. Reparto principal (doblaje original): Anson Mount, Jack Giffin, Michael Mando, Max Mittelman, David Dastmalchian, Simon Templeman, Mick Wingert, Bruce Boxleitner. Producción: DC Entertaiment, Warner Bros. Animation. Distribución: Pime Video. Género: ciencia ficción, adaptación. Web oficial.

Crítica: ‘Black Box: vuelo 298’

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Steven Quale firma un eficaz ejercicio de suspense cósmico

Hay algo casi circular en la carrera de Steven Quale. El realizador dirigió ‘Destino final 5’, una de las entregas de la popular saga iniciada con aquella inolvidable visión premonitoria de un accidente aéreo que marcó a toda una generación de aficionados al fantástico. Entonces el avión era el detonante del relato, pero no fue el escenario principal de su versión. Ahora, con ‘Black Box: vuelo 298’, Quale sitúa prácticamente toda la acción a bordo de un aeroplano que a veces parece que está sobrevolando la colorida y saturadamente iluminada ciudad de Vigo en Navidad. Y demuestra que, incluso con un presupuesto contenido, todavía es posible construir una propuesta entretenida a base de suspense, incertidumbre y una acertada administración del misterio.

El planteamiento puede hacer pensar en una película de terror sobrenatural al uso, pero la realidad es algo distinta. El filme se mueve con mayor comodidad dentro del terreno del terror cósmico, donde la amenaza resulta mucho más inquietante precisamente porque escapa a la comprensión humana. Esa sensación de enfrentarse a algo imposible de racionalizar o a algo tan recientemente cercano como un virus, es la que sostiene buena parte de una historia que, pese a no reinventar el género, sabe dosificar la información para mantener el interés constante.

Quale posee una amplia experiencia como miembro de segundos equipos en grandes producciones, aprovecha las limitaciones espaciales del avión para convertirlas en una virtud narrativa. El resultado recuerda inevitablemente a esos relatos de confinamiento donde el verdadero enemigo es en buena parte la desconfianza. La premisa y solución de la película comparten además un elemento original que lastimosamente no se aprovecha pues de haber presentado todo el filme como metraje encontrado habría resultado más eficiente.

Un misterio que crece gracias a sus personajes

En muchos aspectos, ‘Black Box: vuelo 298’ comparte ADN con ‘La niebla’, de Frank Darabont. Ambas construyen su tensión menos desde el sobresalto inmediato que desde la acumulación progresiva de miedo, paranoia y conflictos entre personas obligadas a convivir en un espacio del que no pueden escapar. Cada nuevo acontecimiento añade una capa de incertidumbre y obliga a replantearse continuamente qué está ocurriendo realmente.

También resulta inevitable pensar en ‘La cosa en la niebla’, de Chedey Reyes, una película reseñada recientemente en este mismo medio. Más allá del evidente elemento fantástico y la ubicación aérea, ambas comparten esa sensación de aislamiento absoluto, donde la amenaza exterior termina contaminando las relaciones internas del grupo. En los dos casos el espectador avanza casi al mismo ritmo que los protagonistas, descubriendo pequeñas piezas de un puzle que nunca termina de mostrar todas sus cartas hasta el desenlace. Incluso la gestión del espacio cerrado y el creciente deterioro psicológico de los personajes generan sensaciones muy similares, pese a sus diferencias de tono.

Tom Brittney sostiene gran parte del peso dramático. Su personaje funciona como punto de referencia para el espectador y, al mismo tiempo, dispone de un pequeño arco emocional que aporta algo más que simples mecanismos de supervivencia. Esa dimensión personal evita que todo quede reducido a una sucesión de situaciones fantásticas y permite que el protagonista evolucione conforme aumenta la amenaza.

El actor británico demuestra suficiente carisma para liderar la función y deja la impresión de estar reclamando oportunidades más allá del circuito televisivo que le ha dado notoriedad con series como ‘Grantchester’ o ‘Los Westies’, conocidas principalmente en sus respectivos mercados. Aquí encuentra un escaparate interesante para demostrar que puede asumir un protagonismo cinematográfico con solvencia.

Una resolución conocida, pero eficaz

Uno de los mayores aciertos de ‘Black Box: vuelo 298’ reside en saber jugar sus cartas. La película nunca acelera innecesariamente y permite que el misterio sea quien marque el ritmo. Más que provocar miedo desde el primer minuto, opta por alimentar preguntas constantes. Esa estrategia consigue que el espectador vaya enlazando hipótesis mientras la tensión aumenta de forma orgánica.

Cuando finalmente llega el tercer acto, el terror estalla con mayor contundencia. La resolución probablemente no sorprenderá a quienes consumen habitualmente este tipo de propuestas, ya que no plantea una idea especialmente novedosa dentro del fantástico contemporáneo. Sin embargo, funciona porque todo el recorrido previo prepara adecuadamente ese desenlace y hace que resulte satisfactorio dentro de las reglas que el propio filme establece.

Como postdata. Señalar que una actriz española, previamente vista en ‘Jurassic World: dominion’, aparece en este filme con un papel muy presente en el tramo final. ¡Enhorabuena a Teresa Cendon-García por este nuevo trabajo!

Ficha de ‘Black Box: vuelo 298’

Estreno en España: 4 de septiembre de 2026. Título original: Black Box. Duración: 85 min. País: EE.UU. Dirección: Steven Quale. Guion: Steven Quale. Música: Raffertie. Fotografía: Steven Quale. Reparto principal: Tom Brittney, Holly White, Betsy-Blue English, Asa Ali. Producción: Capstone Pictures, Hammerstone Stuios, Inzide Media. Distribución: Vértice Cine. Género: suspense, terror. Web oficial.

Crítica: ‘Una noche al año’

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Divertida manera de termina el verano

La vuelta al cole está cerca y siempre podemos refugiarnos en una buena comedia romántica en el cine. Will Gluck nos trae la estupenda ‘Una noche al año’ con Callum Turner y Monica Barbaro como protagonistas.

Una noche para el exceso

En una Nueva York ficticia, donde se ha prohibido el sexo extramatrimonial, el gobierno les da una noche al día para poder mantener relaciones entre solteros. Esa noche todos los solteros de la ciudad salen a la caza. Aquí es donde Owen y Allie se conocen, pero no empiezan las cosas con buen pie. Uno abandonado por su futura prometida, la otra, deseando encontrar al hombre de sus sueños en una noche donde nadie piensa en el amor. Miles de desventuras en una noche que sin duda no van a olvidar en la vida.

La película es divertida, muy entretenida y con bastantes locuras. Vemos a la fauna que aparece buscando una noche desesperada de placer, una noche que llevan esperando un año. Personajes de todo tipo mostrando sus mejores galas para conseguir una presa. Sexo por todos lados de la ciudad, donde se pierde el pudor después de tanto tiempo esperando el momento.

El romance en un marco poco romántico

Will Gluck regresa con una comedia romántica, sencilla y divertida. Con dos protagonistas que ahora mismo están en auge. El guion ha estado en la Hollywood Blacklist desde hace años, que es una lista donde se encuentran los mejores guiones que aún no han conseguido producción. Este fue escrito por Travis Braun y reescrito por Wil Gluck.

Callum Turner y Monica Barbaro, están estupendos y sin duda logran una gran una gran química en pantalla. Ella que ya nos sorprendió en FUBAR y además ha demostrado su buen trabajo en ‘A Complete Unknown’ con la que se ganó la nominación al Oscar. Y él, nominado al Emmy por ‘Masters of the Air’ y conocido por ‘Animales Fantásticos’, logran crear muy buen royo en pantalla con dos personajes bastante tiernos.

Tenemos dos pequeños cameos en forma de fotografías de Glen Powell y Sydney Sweeney, los dos protagonistas de ‘Cualquiera menos tu’, película dirigida por Will Gluck.

El final del verano con una estupenda comedia

‘Una noche al año’ me parece una estupenda manera de terminar el verano en una buena sala de cine. Es muy entretenida, logra hacer reír con esta idea tan majara y también pensar en que pasaría si tuviésemos un decreto así en la actualidad, donde las prohibiciones pueden llegar a ser tan locas.

Ficha de ‘Una noche al año’

Estreno en España: 26 de agosto de 2026. Título original: One Night Only. Duración: 102 min. País: EE.UU. Dirección: Will Gluck. Guion: Travis Braun, Will Gluck. Música: Este Haim, Christopher Stracey. Fotografía: Yaron Orbach. Reparto principal: Callum Turner, Monica Barbaro, Maya Hawke, Julia Fox, King Princess, Ziwe, Ben Marshall, Molly Ringwald, Levar Burton. Producción: Universal Pictures, Olive Bridge Entertainment. Distribución: Universal Pictures. Género: comedia, romance. Web oficial.