Crítica: ‘Palestina 36’

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La biopsia de unas heridas no cerradas que están a una década de cumplir 100 años

Hay películas que reconstruyen el pasado y otras que consiguen hacernos ver que el pasado aún se reproduce delante de nuestros ojos. ‘Palestina 36’, de Annemarie Jacir, pertenece a la segunda categoría. Su punto de partida es la Gran Revuelta Árabe de Palestina de 1936-1939, pero su verdadera ambición consiste en demostrar que aquel levantamiento no surgió de la nada, sino de una acumulación de decisiones políticas, coloniales y territoriales cuyas consecuencias todavía resuenan.

Jacir abre el filme con imágenes de archivo restauradas y coloreadas. No es un simple recurso estético: la propia directora ha explicado que quiso recuperar esas imágenes para que no parecieran un pasado muerto, sino una realidad que continúa avanzando hacia el presente. El resultado es extraordinario. El material documental y la ficción se funden hasta convertir Palestina en el auténtico protagonista. La única lástima es que ese material de archivo no consiste en pruebas concretas sobre lo que se denuncia, solo conforma imágenes cotidianas, ninguna retrata ningún hecho concreto relevante o que fuese parte real de la narración que nos transmite, solo es ambientación y nostalgia de lo que era aquella tierra.

Colonialismo, resistencia y una historia incómoda

La película construye un amplio mosaico de personajes para explicar cómo el Mandato británico fue transformando la vida cotidiana. La huelga general de 1936, las restricciones, la represión, las detenciones y el progresivo paso de la protesta a la lucha armada aparecen como respuestas a una situación que los protagonistas perciben como insoportable. No estamos ante una rebelión presentada como un estallido irracional: Jacir intenta reconstruir sus causas políticas y sociales.

Y ahí aparece uno de los mayores méritos de ‘Palestina 36’: mostrar el colonialismo no únicamente mediante soldados y armas, sino a través de sus herramientas administrativas. La prensa, la radio, la circulación, el control territorial, los permisos, las políticas de tierra y la creación de estructuras de vigilancia forman parte de un mismo mecanismo de poder.

La película sostiene además una tesis muy clara sobre el papel británico en el crecimiento del proyecto sionista. La Declaración Balfour y la posterior política del Mandato forman el telón de fondo de una transformación que los personajes palestinos viven como pérdida de control sobre su propio territorio. La Comisión Peel, presentada dentro de este proceso, adquiere una importancia especial: en 1937 recomendó la partición de Palestina, una prueba para Jacir de que el conflicto territorial ya había alcanzado un punto de ruptura.

Del pasado al presente

La producción adquiere una dimensión casi paradójica. ‘Palestina 36’ es una coproducción en la que participan Palestina, Reino Unido, Francia, Dinamarca, Noruega, Qatar, Arabia Saudí y Jordania, con respaldo de instituciones británicas como BBC Film y el BFI.

Y el rodaje estuvo condicionado por la guerra iniciada tras octubre de 2023: la producción tuvo que afrontar interrupciones y dificultades para trabajar en los escenarios previstos, antes de poder completar parte del rodaje en Palestina. Ese dato convierte inevitablemente la película en algo más que una reconstrucción histórica.

Hay, además, una imagen final particularmente hermosa: un palestino tocando una gaita. ¿Por qué una gaita, instrumento que asociamos inmediatamente con Escocia y el ejército británico? Jacir explicó que las gaitas llegaron a Oriente Próximo desde Europa durante las Cruzadas y que, con el tiempo, también pasaron a formar parte de la cultura musical de la región. La imagen funciona así como una apropiación simbólica: un instrumento que asociamos al poder europeo termina integrado en una identidad palestina propia.

‘Palestina 36’ no pretende ser una lección neutral. Es una película de memoria, resistencia y denuncia. Y precisamente por eso resulta más interesante discutirla desde la historia que descartarla por su posicionamiento político. Muchas de las circunstancias que utiliza como materia dramática están documentadas: la Revuelta de 1936, la huelga general, la represión británica, la política del Mandato y la propuesta de partición de Peel no son invenciones cinematográficas. Os recomiendo hacer como yo, tomar nota de ciertos eventos que relata y contrastarlos con la hemeroteca.

Puede discutirse la interpretación, el reparto de responsabilidades o aquello que Jacir decide dejar fuera de campo. Lo que resulta mucho más difícil es negar que detrás de la película existe un episodio histórico real, complejo y extraordinariamente violento que durante décadas ha ocupado un espacio sorprendentemente pequeño en el cine occidental teniendo en cuenta la de vidas que ha sesgado.

Ficha de ‘Palestina 36’

Estreno en España: 14 de agosto de 2026. Título original: Palestine ’36. Duración: 120 0min. País: Palestina, Reino Unido, Francia. Dirección: Annemarie Jacir. Guion: Annemarie Jacir. Música: Ben Frost. Fotografía: Sarah Blum, Tim Fleming, Hélène Louvart. Reparto principal: Hiam Abbass,Kamel Al Basha, Yasmine Al Massri, Jalal Altawil, Robert Aramayo, Saleh Bakri, Yafa Bakri, Karim Daoud Anaya, Wardi Eilabouni, Ward Helou, Billy Howle, Dhafer L’Abidine, Liam Cunningham, Jeremy Irons. Producción: Distribución: La Aventura. Género: drama, hechos reales. Web oficial.

Crítica: ‘X-Men 97’ Temporada 2

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Cuando el homenaje mutante se convierte en un puzle incompleto

Hay algo especialmente valioso en esta segunda temporada de ‘X-Men ’97’: su voluntad de recordar que los X-Men nunca fueron simplemente un grupo de superhéroes. Son una familia, una comunidad, un conflicto ideológico y, sobre todo, uno de los universos de ciencia ficción más desbordantes que ha dado el cómic. La temporada abraza esa naturaleza poliédrica hasta sus últimas consecuencias, recuperando personajes, conceptos y sensibilidades procedentes de distintas etapas de Marvel.

El tributo a guionistas como Chris Claremont resulta evidente. La serie mezcla ecos de ‘La era de Apocalipsis’ con ‘Días del futuro pasado’, juega con diferentes líneas temporales y vuelve a demostrar que adaptar los cómics no significa reproducirlos literalmente. Hay modificaciones importantes respecto a las historias originales, pero lo verdaderamente destacable es que se conserva su espíritu y, al mismo tiempo, el ADN de la serie animada de los noventa.

No es casualidad que el primer episodio lleve por título ‘Days of Past Future’: la temporada convierte el tiempo en otro personaje y utiliza las diferentes épocas para explorar las consecuencias de las decisiones de los mutantes. Además, la primera entrega está dedicada a Karen Hathaway, montadora y profesional de postproducción fallecida en 2025 que trabajó también en esta temporada. El problema aparece cuando todas esas piezas tienen que encajar.

Una temporada construida a golpe de piezas

‘X-Men ’97’ temporada 2 es, en buena medida, una serie hecha por parches. Y esto no tiene por qué ser necesariamente negativo. La narración fragmentada puede ser una herramienta magnífica cuando el espectador termina comprendiendo que cada pieza estaba colocada para conducir hacia un mismo punto. El problema es que aquí el ensamblaje no alcanza la contundencia esperada.

La temporada gira alrededor de Apocalipsis y de la profecía que condena a Cable a dedicar prácticamente toda su existencia a acabar con él. De ese conflicto nacen algunos de los mejores momentos de la temporada, pero también se abren demasiadas puertas. La relación entre Pícara y Gambito adquiere una nueva dimensión, mientras que, de forma más secundaria, se profundiza en Cíclope y Jean Grey o en la compleja amistad entre Magneto y Xavier.

Y después están X-Factor y X-Force, cuya presencia constituye una nueva demostración de la riqueza del material original. Para quienes conozcan menos los cómics, la experiencia puede recordar a lo que supuso ‘Deadpool 2’: descubrir que el universo mutante es muchísimo más grande que los protagonistas habituales.

Pero esa misma abundancia juega en contra de la temporada. Hay tantos personajes, tantas líneas argumentales y tantos conceptos que algunos quedan necesariamente relegados. Los X-Men son así en los cómics, sí, pero la televisión exige administrar el tiempo de otra manera.

Apocalipsis merecía mucho más

El gran problema llega con el clímax. Después de convertir a Apocalipsis en el eje de la temporada, su derrota resulta demasiado sencilla. El villano, cuya presencia debería justificar una auténtica culminación épica, termina siendo menos formidable de lo que la construcción previa hacía esperar. Es una sensación similar a la que produjo el tratamiento de Galactus en la reciente ‘Los 4 Fantásticos’: un personaje gigantesco sobre el papel al que la narración no termina de sacar todo el partido.

Y quizá haya que mirar también al número de episodios. La segunda temporada tiene nueve capítulos, uno menos que la primera. Beau DeMayo, creador y showrunner original despedido por Marvel, afirmó que la compañía había descartado el décimo episodio que había preparado. Según su versión, aquel capítulo resolvía la trama con Onslaught y terminaba con Gambito liberando a Bishop de una prisión situada en la realidad de ‘La era de Apocalipsis’, mientras ambos huían de un Cíclope malvado. Además, DeMayo aseguró que su plan era dedicar toda la tercera temporada a esa realidad alternativa. Todo bastante diferente a cómo ha sido.

No podemos saber si aquella versión habría sido mejor, pero sí resulta tentador pensar que un episodio adicional habría permitido que el enorme puzle de esta temporada respirase antes de llegar al desenlace. La escena postcréditos, además, deja claro que el objetivo es seguir ampliando el tablero. Es una declaración de intenciones tan evidente que resta algo de contundencia al cierre.

Y, pese a todo, ‘X-Men ’97’ sigue siendo una serie extraordinariamente disfrutable. Su capacidad para defender la diversidad de los personajes, su naturaleza de ciencia ficción sin límites, su respeto por el material original y su voluntad de explorar todas las caras del universo mutante compensan buena parte de sus desequilibrios. Puede que el puzle no encaje perfectamente, pero las piezas siguen siendo demasiado buenas como para dejar de jugar con ellas.

Crítica: ‘El final de Oak Street’

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Mitchell se pasa el cine de aventuras con una anomalía repleta de personalidad y sabor clásico

¿Recordáis aquella película de animación en la que una familia debía huir en su coche desde su cómodo barrio de casas y jardines porque eran atacados por seres implacables? Trataba de cómo familias acomodadas veían rota su rutina y tenían que ponerse en pie de guerra o atrincherarse en sus hogares. Se llamaba ‘Los Mitchell contra las máquinas’. Todo eso lo tenemos en esta nueva película que además está dirigida por alguien que se apellida Mitchell. David Robert Mitchell, director de ‘It Follows’ y ‘Lo que esconde Silver Lake’, es uno de esos cineastas que dificultan cualquier intento de anticipar su siguiente película. Entre ambas obras ya existía una distancia considerable y ‘El final de Oak Street’ confirma que su filmografía no parece dispuesta a acomodarse en una fórmula. El volantazo respecto a sus anteriores propuestas de terror psicológico y suspense es considerable: aquí Mitchell se adentra de lleno en el cine de criaturas, la ciencia ficción y la aventura familiar.

La película, protagonizada por Anne Hathaway, Ewan McGregor, Maisy Stella y Christian Convery, parte de una premisa tan sencilla, de esas que te sumergen en una cotidianidad de la que no quieres salir. Un barrio residencial de los años ochenta es arrancado de su realidad y transportado a un entorno prehistórico. La comparación inmediata con ‘Jurassic Park’ resulta inevitable, aunque Mitchell utiliza el concepto para construir algo diferente. Podría parecer un ‘Jurassic Park’ sangriento trasladado a la estética de ‘Cadillacs and Dinosaurs’, pero debajo de los dinosaurios hay una historia familiar que intenta sostenerse por sí misma.

Un Spielberg con la mirada puesta en lo desconocido… y en lo conocido

La música, la ambientación ochentera y el tono familiar remiten inevitablemente al cine de Steven Spielberg. Durante buena parte del metraje tenemos esa sensación de aventura al son de la música de John Williams, de hecho, la banda sonora la pone quien es considerado su heredero natural, Michael Giacchino. La familia se enfrenta a algo extraordinario, que conecta con el imaginario de los grandes clásicos de aquella época. Sin embargo, Mitchell introduce elementos que no encajarían tranquilamente en una película amigable al estilo Spielberg. Hay momentos de auténtico horror y violencia que alteran esa sensación de seguridad.

También aparece una dimensión casi verniana. Como en Julio Verne, el ser humano vuelve a sentirse diminuto ante la magnitud de un mundo que no comprende. Oak Street deja de ser un barrio conocido para convertirse en una isla diminuta frente a secretos que pertenecen a un pasado remoto. La serie ‘The Outer Limits’ ya había jugado con una idea semejante en ‘A Feasibility Study’, episodio en el que un vecindario entero era capturado misteriosamente. La coincidencia resulta especialmente curiosa porque la película parece tomar aquella premisa y convertirla en una aventura prehistórica a más escala.

Los dinosaurios son además uno de los grandes atractivos. La película se distancia de cierta imagen tradicional del cine Cretácico (a menudo confundido con el Jurásico) y apuesta por criaturas más próximas a la reconstrucción paleontológica contemporánea, con Sarcosuchus y Spinosaurus e incluyendo animales con plumas como el Gallimimus o el T-Rex. No se trata simplemente de recuperar dinosaurios reconocibles, sino de utilizarlos para convertir un barrio residencial en un territorio hostil y fascinante.

Mucho más que dinosaurios en un barrio

La principal virtud de ‘El final de Oak Street’ aparece cuando Mitchell entiende que las criaturas no pueden ser el único motor. El verdadero conflicto está también en la familia protagonista, en una pareja que arrastra problemas propios y en la manera en que ambos utilizan diferentes vías de escape para evitar afrontar una realidad que les resulta incómoda.

Por eso la película funciona mejor cuando alterna aventura y drama. El barrio convertido en escenario prehistórico podría haber sido únicamente un ejercicio de imaginación, una excusa para enfrentar a ciudadanos estadounidenses contra criaturas del Cretácico. Mitchell intenta darle una dimensión emocional que justifique que permanezcamos junto a estos personajes incluso cuando los dinosaurios no están en pantalla.

También resulta inevitable hablar de las expectativas generadas alrededor de J.J. Abrams y Bad Robot. El proyecto llegó a despertar teorías sobre una posible conexión con el universo ‘Cloverfield’, especialmente con su última entrega, ‘Paradox’ por los saltos espacio temporales y porque inicialmente se presentó también bajo otro nombre (‘Flowervale Street’). Sin embargo, aunque pudiese serlo y no esté realizada junto a Paramount Pictures, ‘El final de Oak Street’ no pertenece al universo ‘Cloverfield’. Las especulaciones fueron comprensibles (incluso yo hice mis hipótesis al respecto), pero conviene juzgar la película por lo que realmente es y no por la película que algunos espectadores imaginaron que podía ser. Y todo esto a pesar de la curiosa conexión extracinematográfica: Ewan McGregor es pareja de Mary Elizabeth Winstead, protagonista de ‘10 Cloverfield Lane’. McGregor llegó al proyecto después de que Oscar Isaac abandonara el reparto.

El único gran talón de Aquiles, de tamaño de una pata de Triceratops

La película concluye pero lo hace no solo con algo de fan service, sino también dejándonos un tanto descolgados. Porque Mitchell no es un director de franquicias, sino diría que esto podría ser un inicio de saga. La conclusión del filme tiene algo de ‘Tiempo’ de Shyamalan y de ‘The Cabin in the Woods’ de Drew Goddard. Nos dejan con la sensación de que lo ocurrido puede modificar un paradigma mucho mayor que el de los protagonistas, que tiene impacto mucho más allá de su círculo íntimo pero que en escala es mucho más difícil de desarrollar, como ya comprobamos con ‘Jurassic World: Dominion‘. Mitchell no se moja con explicaciones ni soluciones específicas, ni da pistas para que podamos desarrollar interpretaciones. ‘El final de oak street’ queda colgado como tantos misterios de la ya citada ‘The Outer Limits’ o de la mítica ‘The twilight zone’. Y como en esas series, se conforma con dejarnos una pequeña ligera moraleja y un final reconciliador.

Ficha de ‘El final de Oak Street’

Estreno en España: 14 de agosto de 2026. Título original: The End of Oak Street. Duración: 100 min. País: EE.UU. Dirección: David Robert Mitchell. Guion: David Robert Mitchell. Música: Michael Giacchino. Fotografía: Mike Gioulakis. Reparto principal: Anne Hathaway, Ewan McGregor, Maisy Stella, Christian Convery. Producción: Bad Robot, Good Fear Content, Jackson Pictures, Tommy Harper Productions, Warner Bros. Discovery. Distribución: Warner Bros. Género: ciencia ficción, suspense. Web oficial.

Crítica: ‘Marsupilami’

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Philippe Lacheau y su tropa convierten al mítico personaje en una divertidísima gamberrada

Philippe Lacheau vuelve a demostrar que posee un talento especial para la comedia física desatada, el humor de acumulación y las referencias cinematográficas. Con ‘Marsupilami’, el director francés firma una continuación espiritual (y también argumental) de ‘En busca de Marsupilami’ (2012), recuperando incluso al personaje de Pablito Camaron interpretado por Jamel Debbouze, convertido en la única persona del mundo que conoce el paradero del legendario animal creado por André Franquin. No hace falta haber visto aquella película para seguir esta aventura, aunque el enlace entre ambas recompensa a quienes sí lo hicieron.

Paradójicamente, el gran problema del filme es precisamente aquello que promete su título. Se suponía que reproducir al Marsupilami mediante una marioneta física y efectos animatrónicos permitiría una presencia más tangible y creíble del personaje. Y, cuando finalmente aparece, esa apuesta se agradece muchísimo. La criatura posee textura, peso y una naturalidad que difícilmente habría conseguido un modelo completamente digital. Sin embargo, durante buena parte del metraje da la impresión de que el presupuesto hubiese obligado a esconderlo tanto como si estuviera realizado únicamente mediante CGI. El Marsupilami tarda cerca de media hora en hacer acto de presencia, una espera excesiva para una película construida alrededor de él.

Hasta ese momento, Lacheau, convertido también en protagonista, junto al resto de su reparto habitual, mantiene el interés gracias a una sucesión constante de situaciones absurdas, caídas, persecuciones y equívocos. La película nunca deja de entretener, es divertida sin peros al respecto. Simplemente permanece la sensación de que habría sido mucho más satisfactoria con una mayor presencia del animal.

Humor desenfrenado, parodias y una criatura adorable

Cuando el pequeño Marsupilami entra realmente en escena, el filme encuentra por fin su auténtica personalidad. Aquí no pronuncia el mítico «¡Houba!», sino que emite pequeños sonidos que recuerdan inevitablemente a Gizmo, una decisión lógica si entendemos que se trata de una cría del Marsupilami clásico. Conserva, eso sí, toda esa naturaleza salvaje, imprevisible, indómita y dada al caos que convierte auténticas barbaridades en simples travesuras entrañables.

Además, Lacheau aprovecha cualquier ocasión para desplegar su pasión por la parodia. El pequeño Marsupilami puede perrear, recrear momentos de ‘Titanic’, homenajear a ‘E.T.’ o incluso evocar ‘Liberar a Willy’. No sorprende demasiado viniendo del responsable de ‘Super ¿quién?’, una película que ya demostraba su habilidad para burlarse con cariño de los grandes éxitos del cine comercial. Tampoco conviene olvidar que esta no es su primera adaptación de una obra ilustrada. En 2018 dirigió ‘City Hunter’, cuya irreverencia terminó conquistando incluso al autor del manga original. Aquellas mismas pillerías narrativas aparecen aquí una y otra vez.

Como ya es habitual, Lacheau vuelve a rodearse prácticamente de toda La bande à Fifi, ese grupo de colaboradores con los que lleva más de una década construyendo sus comedias (casi como Santiago Segura haciendo filmes con sus amiguetes). A ese equipo suma dos nombres de enorme peso dentro de la comedia francesa como Jamel Debbouze y Jean Reno, cuya sola presencia aporta un plus de carisma.

Una comedia más adulta de lo que parece, entre la nostalgia del cómic y el cine popular

Aunque visualmente resulte una película accesible para el público infantil gracias a las monerías del Marsupilami, la abundancia de humor verde y algunos chistes de doble sentido dejan claro que buena parte de sus destinatarios son quienes crecieron leyendo los álbumes del personaje. No porque adapte fielmente las viñetas y por sus subidas de tono, sino porque también conecta con la nostalgia de una generación concreta.

Curiosamente, muchos de los mejores gags ni siquiera dependen del Marsupilami. Funcionan gracias al reparto humano y a una maquinaria cómica perfectamente engrasada. Eso provoca una sensación contradictoria: durante bastantes minutos podría tratarse de cualquier otra comedia de Philippe Lacheau sin pertenecer necesariamente al universo del animal de Palombia.

El componente familiar aparece sobre todo mediante la relación entre el protagonista infantil y la criatura, una amistad que intenta llenar el vacío emocional provocado por unos padres continuamente en disputa. Esa dimensión aporta algo de corazón entre tanta locura.

Pero quizá el aspecto más interesante sea otro. Más allá de su obsesión por imitar superproducciones hollywoodienses o elevar ligeramente el rango de edad de sus películas, Lacheau reivindica aquí una tradición muy francesa: la del humor heredero del cómic franco-belga. No solo recupera a uno de sus personajes más emblemáticos, sino que salpica el relato de referencias generacionales como ‘E.T.’, ‘Liberar a Willy’ o la inolvidable serie ‘Érase una vez… la vida’, estableciendo un puente entre varias décadas de cultura popular.

Ficha de ‘Marsupilami’

Estreno en España: 12 de agosto de 2026. Título original: Marsupilami. Duración: 99 min. País: Francia. Dirección: Philippe Lacheau. Guion: Julien Arruti, Pierre Dudan, Philippe Lacheau, Pierre Lacheau. Música: Maxime Desprez, Michaël Tordjman. Fotografía: Pierric Gantelmi d’Ille. Reparto principal: Philippe Lacheau, Jamel Debbouze, Elódie Fontan, Tarek Boudali, Jean Reno. Producción: Pathé, Baf Prod, TF1 Films Production, Logical Content Ventures, Artémis Productions, Shelter Prod, Canal+. Distribución: YouPlanet. Género: comedia, adaptación. Web oficial.

Crítica: ‘Ghost in the Shell’ (2026)

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‘Ghost in the Shell’: volver al manga ochentero para encontrar el futuro

Desde que Shirow Masamune publicara el manga en 1989, ‘Ghost in the Shell’ ha vivido múltiples vidas audiovisuales: la película de Mamoru Oshii de 1995, su continuación ‘Ghost in the Shell 2: Innocence’, las series ‘Ghost in the Shell: Stand Alone Complex’ y ‘2nd GIG’, ‘Solid State Society’, la etapa ‘Arise’, la película de 2015, la adaptación estadounidense de imagen real de 2017 y ‘SAC_2045’. Ahora Prime Video recupera el material original con una nueva serie producida por Science SARU que, paradójicamente, parece entender mejor que ninguna otra adaptación de dónde procedía realmente la singularidad de Shirow.

El ‘Ghost in the Shell’ más cercano a Shirow Masamune

Dirigen Touma Kimura y Tooru Hasutani (acostumbrados a series rápidas y ágiles como ‘Dan Da Dan’ o ‘Scott Pilgrim da el salto’) junto a Jun’ya Iwake (más vinculado a animes juveniles y preciosistas como ‘La princesa Kaguya del cosmos’) con el guión de Tô Enjo (que nos sorprendió en 2021 con ‘Godzilla Singular Point’) fuertemente inspirado en el manga de Shirow Masamune. 10 episodios de emisión semanal que escogen muy bien qué adaptar del manga original.

Y aquí está la principal virtud de la serie: es mucho más parecida al manga original, de hecho casi un calco en cuanto a estilo, personalidad de personajes y tramas. La animación puede parecer que da un paso atrás cuando vemos que los personajes adoptan en ocasiones un aspecto casi chibi (una representación deliberadamente deformada, con cabezas grandes, cuerpos simplificados y proporciones casi infantiles que Shirow utilizaba para introducir humor y ligereza), pero basta con detenerse en los fondos, la cantidad de elementos animados, los movimientos, los detalles mecánicos o las transiciones al mundo virtual para comprobar el extraordinario trabajo de Science SARU. De hecho el estilo puede recordar a series actuales como ‘Dorohedoro’. Y por otro lado es la primera adaptación que adopta deliberadamente el estilo visual del manga y que se atreve con la sexualidad del mismo. Si siempre se ha dicho que las adaptaciones cosificaban al personaje de Motoko Kusanagi, esta puede escandalizar a puritanos.

Cyberpunk sucio, humor y mucha más Motoko

Este ‘Ghost in the Shell’ es mucho más cyberpunk sucio que sus anteriores adaptaciones. Hay más calle, más mugre, más máquinas imperfectas y una sensación de futuro vivido que contrasta con la elegancia casi metafísica de Oshii. En algunos momentos se percibe compleja por su geopolítica y sus conceptos transhumanistas, pero resulta menos enrevesada o filosófica que las películas.

También hay más acción y, sobre todo, una Kusanagi más abierta y habladora, sin ese halo de misterio permanente que la acompañaba en otras versiones. Es más cómica, pero nunca deja de ser la tipa dura y eficiente que triunfa tanto en el mundo real como en el virtual. Es una recuperación muy inteligente de la Motoko de Shirow, capaz de pasar de una conversación técnica a una situación absurda sin perder autoridad.

El resultado tiene además un delicioso aroma a los años noventa: los títulos de crédito, el dibujo, las inquietudes científicas y hasta la manera de presentar la tecnología remiten a una época en la que el manga se adelantó muchísimo a su tiempo. Shirow bebía de ideas que iban desde ‘Neuromante’ hasta el transhumanismo y conceptos filosóficos como la paradoja de la nave de Teseo, pero lo hacía mezclándolos con una fascinación casi obsesiva por las máquinas y la ingeniería. Y todo esto sin perder de vista personajes tan bobalicones como Chicho Terremoto.

Hay un detalle para cafeteros que me encanta. Como en el manga, aparecen anotaciones del autor explicando tecnología, geopolítica y pormenores sociales. También se dibujan onomatopeyas. Lejos de infantilizar el relato, estos recursos devuelven la obra a la tradición del manga clásico y recuerdan que su complejidad nunca estuvo reñida con el humor. La serie comprende algo fundamental: ‘Ghost in the Shell’ no nació siendo solemne.

Una adaptación que mira hacia atrás para avanzar

Quizá lo más estimulante de esta nueva versión sea precisamente su aparente contradicción. Mientras buena parte de la ciencia ficción contemporánea intenta modernizar ‘Ghost in the Shell’, esta serie decide volver a 1989 para descubrir que allí ya estaba buena parte del futuro que seguimos intentando imaginar.

No pretende competir con la profundidad filosófica de Oshii ni con la complejidad política de ‘Stand Alone Complex’. Su apuesta es distinta: recuperar el manga, su humor, su ritmo, su suciedad y su imaginación tecnológica. Y funciona especialmente bien porque no se limita a copiar su estética, sino que entiende qué había detrás de ella.

Cuida todos los detalles. Incluso los títulos finales hacen un breve repaso a la historia de la robótica, como una última declaración de intenciones. ‘Ghost in the Shell’ vuelve así a demostrar que quizá la mejor manera de actualizar un clásico no consiste en cambiarlo, sino en recordar por qué fue revolucionario.

Crítica: ‘El síndrome Rembrandt’

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Una premisa fascinante con un desarrollo irregular

Hay películas que plantean grandes preguntas y otras que buscan ofrecer grandes respuestas. ‘El síndrome Rembrandt’ pertenece claramente al primer grupo. Pierre Schoeller construye una obra de vocación intelectual que utiliza el arte como catalizador para reflexionar sobre la ética científica, la energía nuclear, el cambio climático y la responsabilidad individual. El problema es que, en su empeño por resultar trascendente, termina sacrificando buena parte de la implicación emocional del espectador.

La premisa es, sin duda, sugerente y muy intrigante. Una prestigiosa física nuclear ve cómo la contemplación de varias pinturas de Rembrandt altera su percepción del mundo y la lleva a cuestionar todo aquello en lo que ha creído durante décadas. Es una idea fascinante porque enfrenta dos formas aparentemente incompatibles de entender la realidad: la objetividad de la ciencia frente al poder irracional del arte. Sin embargo, el guion desarrolla ese conflicto de manera excesivamente abstracta. La transformación de la protagonista se acepta más como una metáfora que como un proceso psicológico plenamente convincente.

Camille Cottin y Romain Duris sostienen el relato

Camille Cottin soporta buena parte del peso dramático con una interpretación contenida, llena de pequeños matices y silencios que transmiten la creciente fractura interior de su personaje. A su lado, Romain Duris aporta equilibrio interpretando a un hombre que observa cómo la mujer con la que ha compartido toda una vida comienza a convertirse en alguien casi irreconocible. Ambos construyen una relación creíble incluso cuando el relato se vuelve más simbólico que narrativo.

Una puesta en escena elegante al servicio de las ideas

Visualmente, Schoeller apuesta por una puesta en escena sobria. La fotografía evita cualquier artificio y encuentra en los cuadros de Rembrandt un recurso visual poderoso, utilizando la luz y las sombras como prolongación del estado emocional de los personajes. No es casual: el claroscuro característico del pintor se convierte aquí en una metáfora constante de las zonas grises entre conocimiento, intuición y conciencia moral.

Un ritmo pausado que no conectará con todo el público

Donde la película puede dividir más al público es en su ritmo. Es un cine pausado, construido a partir de conversaciones, silencios y largos momentos de contemplación. Quien espere un thriller sobre una conspiración nuclear probablemente salga decepcionado, porque el suspense nunca es el verdadero objetivo. La tensión procede de las dudas éticas y existenciales de sus protagonistas, no de la acción.

El mayor mérito de ‘El síndrome Rembrandt’ reside precisamente en no ofrecer desvelar sus cartas de manera explícita. Invita al espectador a preguntarse hasta qué punto el conocimiento científico basta para comprender el mundo o si el arte puede revelar verdades que escapan a la razón. No obstante, esa misma ambición intelectual acaba jugando en su contra cuando la película prioriza el discurso sobre la emoción y convierte algunas secuencias en ejercicios de reflexión más que en auténticos momentos dramáticos.

En definitiva, Pierre Schoeller firma una obra elegante, inteligente y profundamente europea, destinada a un público dispuesto a dejarse llevar por las ideas más que por la trama. Es una película de  esas que requieren una conversación post visionado.

Ficha de ‘El síndrome Rembrandt’

Estreno en España: 7 de agosto de 2026. Título original: Rembrandt. Duración: 107 min. País: Francia. Dirección: Pierre Schoeller. Guion: Pierre Schoeller, Anne-Louise Trividic. Música: Pawel Mykietyn. Fotografía: Nicolas Loir. Reparto principal: Camille Cottin, Romain Duris, Denis Podalydès. Producción: Trésor Films, France 3 Cinema, Zinc, Artémis Productions, BE TV, Proximus, Canal+, Netflix. Distribución: Vercine. Género: drama, suspense. Web oficial.

Crítica: ‘En mar abierto’

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Renny Harlin regresa a un territorio conocido, con pretensiones honestas y factura española

Tras haber estado muy entretenido con la trilogía remake de ‘The Strangers’, Renny Harlin cambia de tercio. El director de ‘Deep Blue Sea’ vuelve a rodar con sobre tiburones y también regresa al género del cine de acción pues es también el más lucrativo para él. Recordemos que Harlin es el director de ‘Jungla de Cristal 2’, ‘La isla de las cabezas cortadas’ o ‘Máximo riesgo’, entre otras. Con todo esto y aunque la calidad de las películas de este finés siempre se pone en entredicho (es el autor de ‘Hércules: el origen de la leyenda’), cabía esperar una película que no fuese de mera explotación. ‘En mar abierto’ es exactamente eso, pero con bastante buena calidad técnica.

¿Se puede tener tan mala suerte de que, tras la fortuna de sobrevivir a un aterrizaje forzoso en el mar, te veas rodeado de tiburones? Harlin piensa que es plausible y es la premisa que plantea para desarrollar la acción. Y lo hace a partir del texto los guionistas de películas calificadas casi de serie B como son Shane Armstrong y S. P. Krause, autores de ‘Bait’, ‘Black Chamber’ o ‘The Darkness’. Se percibe el bajo presupuesto pese a los nombres de su reparto, pero la película sale airosa por lo que comentaba anteriormente, hay una mano diestra tras la cámara y en postproducción que sabe darle a todo un halo de realismo y de película más costosa de lo que realmente es. Quien sabe, quizás si se hubiese concebido como originalmente se pensaba, que era como secuela de ‘Bait’, la cosa habría sido peor.

Harlin demuestra desde los primeros minutos que sabe manejar el ritmo. Tiene alguna que otra toma curiosa a la hora de reflejar la dimensión de la catástrofe o de darle espectacularidad a la acción, especialmente durante el accidente, donde la planificación transmite una sensación de caos bastante conseguida. Resulta llamativo que varias de las secuencias acuáticas se rodaran en grandes depósitos de agua combinados con escenarios físicos y efectos digitales, una solución habitual en este tipo de producciones que aquí logra un resultado más convincente de lo esperado.

También es interesante comprobar cómo el director recupera una idea que ya dominó en ‘Deep Blue Sea’: los tiburones funcionan mejor cuando son una amenaza constante que cuando ocupan el centro del plano. La tensión nace más de la espera que del ataque. Y por otro lado el coste, a raíz de tener que recrear menos tiburones, se reduce.

Un entretenimiento consciente de sus excesos

Uno de los mayores aciertos del guion de ‘En mar abierto’ consiste en no limitar toda la acción a un único espacio. La película dispone varios escenarios dentro del mismo desastre. Encierros, tensión social, carreras delante de un tiburón… Entre las tres consiguen mantener nuestra atención, que por supuesto solo quiere ver muertes con escualos. Esa fragmentación evita que la propuesta caiga en la monotonía y permite alternar momentos de suspense con otros mucho más cercanos al cine de aventuras.

Eso no significa que el libreto esté libre de decisiones cuestionables. Como en toda película de estas características hay alguna que otra decisión por parte de los protagonistas que carece de sentido o lógica. Hay personajes que parecen olvidar el peligro en el momento más inoportuno o que escogen siempre la alternativa más arriesgada. Sin embargo, Harlin parece plenamente consciente de ello y, en ocasiones, incluso juega con esos tópicos. No es casual la inclusión de un personaje que, en mitad del caos, grita el clásico «soy ciudadano americano», una frase que funciona casi como una broma metacinematográfica sobre determinados clichés del cine de acción estadounidense.

Dentro del reparto sorprende especialmente la presencia de Ben Kingsley. Su participación es prácticamente una broma, reducida a un papel tan breve que cuesta creer que un intérprete de su prestigio figure entre los principales reclamos del cartel. Más que un personaje, parece un elegante cameo destinado a aportar un nombre de peso a la producción.

Aaron Eckhart sostiene la aventura

Quien realmente carga con el peso del relato es Aaron Eckhart. El actor recupera el rol de piloto como ya hizo en ‘Sully’. Es uno de los protagonistas en esta historia que realmente tiene protagonismo compartido al fragmentarse en distintas situaciones, pero es evidente que la narración regresa a él una y otra vez. Eckhart aporta la presencia, más que demostrada anteriormente, como líder y cumple con el perfil de héroe clásico.

Y sí, llega ese momento que resume perfectamente la filosofía del filme: Aaron Eckhart liándose a golpes con un remo con un tiburón que le triplica en tamaño. Es una escena que supone una declaración de intenciones y que seguro que más de un superviviente real te diría que no es tan loca como parece. Sea como fuere está claro que Harlin no busca realismo, sino una diversión extraída de la tensión.

Un desastre aéreo que sabe cómo no acabar estrellándose

La producción es consciente en todo momento de qué clase de película quiere ser. No aspira al terror sofisticado ni a la profundidad psicológica. Aporta ciertos dramas para cada personaje pero su objetivo es mantener al espectador tenso durante poco más de hora y media enlazando accidentes, ataques, rescates imposibles y algún que otro sacrificio heroico.

‘En mar abierto’ no alcanzará el estatus de clásico dentro del subgénero de tiburones, pero sí representa cierto sector del terror actual que esquiva la parte peyorativa de la etiqueta serie B comprendiendo perfectamente cuáles son sus fortalezas. Renny Harlin aporta el oficio suficiente para ello. Es un pasatiempo honesto y a veces eso basta para disfrutar.

Por último, cabe señalar que la película tiene factura española pues está producida por Nostromo Pictures y parte de su rodaje ha transcurrido en Canarias. La banda sonora es del getxotarra Fernando Velázquez y han trabajado en ella estudios de efectos como Orca Studios o El Ranchito. Es pro ello que está dedicada a la memoria de Lionel Estivill, experto en VFX quien con solo 34 años fue profesor de la ESCAC y trabajó en películas como ‘Transformers’, ‘Thor’, ‘Paddington’ o ‘Apocalipsis Z’.

Ficha de ‘En mar abierto’

Estreno en España: 7 de agosto de 2026. Título original: Deep Water. Duración: 110 min. País: EE.UU., España. Dirección: Renny Harlin. Guion: Pete Bridges, Shayne Armstrong, S.P. Krause. Música: Fernando Velázquez. Fotografía: DJ Stipsen. Reparto principal: Ben Kingsley, Aaron Eckhart, Angus Sampson, Molly Belle Wright. Producción: Nostromo Pictures, Arclight Films, Aristos Films, Aventura, Blue Rider Pictures, Pink308, Rabbits Black, SSS Entertainment, Simmons/Hamilton Productions, Top Film Distribution. Distribución: DeAPlaneta. Género: acción, terror. Web oficial.

Crítica: ‘Spider-Man: Brand New Day’

En qué plataforma ver Spider-Man: Brand New Day

Una fresca y nueva perspectiva a través del Spider-Man más solitario, pero a la vez el más multitudinario

Tras el terremoto emocional de ‘Spider-Man: No Way Home’, parecía evidente que el siguiente paso del Peter Parker de Tom Holland debía ser mirar hacia dentro antes que hacia el multiverso. ‘Spider-Man: Brand New Day’, dirigida por Destin Daniel Cretton, entiende perfectamente esa necesidad y construye un relato donde la melancolía pesa tanto como la acción. No llega a convertirse en una película oscura, pero sí adopta un tono más tenebroso y adulto que el de entregas anteriores, explorando la soledad del héroe derivada del conjuro que hizo que el mundo olvidara quién es realmente Peter Parker. Y ese enfoque, para mí es de las mejores bazas de este filme.

Nada más comenzar, el largometraje rompe una de las principales expectativas que había generado su campaña promocional. Como muchos sospechábamos, prácticamente todo el material más espectacular del tráiler pertenece a la secuencia de apertura. Las imágenes que recreaban viñetas míticas del cómic y ese desfile de villanos que prometía una amenaza coral se concentran en esos primeros minutos. Es una decisión inteligente porque prepara al espectador para descubrir que, en realidad, esta vez no existe un gran supervillano central que monopolice el conflicto.

De paso, la película desmonta buena parte de las teorías conspirativas que inundaron las redes sociales durante meses. Aquellos autoproclamados «expertos» que aseguraban que Sony había eliminado personajes del tráiler o escondía medio reparto han visto cómo todas sus predicciones se desmoronan. Quizá sirva para que muchos aficionados aprendan a distinguir entre quienes analizan el cine por amor al arte y quienes simplemente alimentan el algoritmo con especulaciones sin fundamento en busca de notoriedad y autobombo.

Un puente emocionante hacia el futuro… que a veces frena demasiado

Uno de los grandes aciertos del libreto consiste en recuperar la esencia científica de Spider-Man. Peter va enlazando encuentros, experimentos y situaciones donde la pseudociencia vuelve a desempeñar un papel fundamental, recuperando una tradición muy arraigada en los cómics del personaje. A ello se suma un equilibrio bastante conseguido entre la tristeza que provoca el recuerdo de MJ (Zendaya) y el humor característico del protagonista. Peter ha madurado, pero sigue echando de menos su etapa estudiantil, sus amigos y ese punto friki que siempre ha definido al personaje y que más aflora cuando está con Ned (Jacob Batalon).

Las escenas de acción también merecen una mención especial. Los balanceos por Nueva York y varias coreografías parecen diseñadas pensando directamente en quienes han disfrutado de los videojuegos recientes del personaje. Hay movimientos, encuadres y persecuciones que recuerdan claramente a esa forma tan dinámica de entender al trepamuros.

Sin embargo, donde la película deja una sensación más agridulce es en su incapacidad para culminar dos ideas realmente prometedoras. No porque vayan demasiado lejos, sino precisamente porque se quedan a medio camino.

La primera tiene que ver con los mutantes. Marvel y Sony rozan un terreno apasionante (además de recordarnos a la película ‘Fallen’), pero pisan el freno justo cuando parecía que iban a cruzar una línea importante. Jean Grey aparece (el secreto que hace tiempo que dejó de serlo) y su reinterpretación resulta muy distinta tanto para ella como para otro personaje relacionado con esa trama. Da la impresión de que Marvel Studios y los acuerdos entre compañías han preferido reservar determinadas sorpresas para producciones completamente controladas por el estudio marvelita.

La segunda oportunidad desaprovechada afecta al propio Spider-Man. Se insinúa una evolución física del héroe que podría haber acercado la historia a terrenos próximos al body horror que en su día tampoco culminó Sam Raimi, pero nuevamente la película opta por detenerse antes de cruzar ese umbral. Es fácil imaginar que Sony haya considerado que ese camino podría resultar demasiado extremo para una versión cinematográfica tan popular del personaje, pero habría estado bien aproximarse a cómics como ‘The Spectacular Spider-Man’, ‘The Other: Evolve or Die’ o ‘Mutant Agenda’.

Una película de transición marvelita pero con personalidad propia

Aunque funciona claramente como puente hacia acontecimientos futuros del Universo Cinematográfico Marvel, ‘Spider-Man: Brand New Day’ consigue evitar convertirse únicamente en un episodio de transición. Incluso encuentra tiempo para desarrollar una idea sorprendentemente original alrededor de una palabra recurrente durante el relato, construyendo una especie de pequeño ‘Ciudadano Kane’ que aporta un giro diferente dentro del cine superheróico.

No todo funciona con la misma precisión. Hay varias secuencias cuya resolución transmite cierta sensación de improvisación, especialmente una situada inmediatamente después del clímax principal, donde parece que el montaje no encuentra la mejor forma de cerrar lo que acaba de ocurrir.

Destin Daniel Cretton vuelve a demostrar la sensibilidad narrativa que ya había exhibido en ‘Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos’ o en ‘Wonder Man’. El director mantiene además un perfil especialmente interesante dentro de Marvel. Conviene mantenerle en nuestro punto de mira por eso y por ser el encargado del esperado live action de ‘Naruto’.

Entre los numerosos guiños para los aficionados destaca también la dedicatoria final a Gerry Conway, creador de The Punisher aquí interpretado nueva mente por Jon Bernthal. El homenaje resulta especialmente apropiado si recordamos que El Castigador debutó precisamente en las páginas de un cómic de Spider-Man.

Puede que ‘Spider-Man: Brand New Day’ no alcance el impacto emocional que tuvieron en su día algunas películas de Tobey MaGuire o Andrew Garfield, ni se atreva a desarrollar todas las ideas que plantea, pero sí ofrece una evolución coherente del personaje. Combina entretenimiento con melancolía y deja preparado un tablero que promete movimientos muy interesantes en el futuro del MCU.

Como añadido final y avisando de spoilers he de mencionar la escena post-créditos. Se nos avisa de la presencia de Spider-Man en el espacio exterior. Por supuesto, correrán, ríos de tinta y ahora serán todo teorías. Así es que podemos imaginar que este Spider-Man que hemos visto pertenece a otro universo, que va a recibir la visita de un equivalente de un universo paralelo o incluso podría tratarse de 2099, el Spider-Man, que veremos en la nueva película animada que cerrará la trilogía de Miles Morales, aunque este realmente de lo que viene es del futuro. Lo más probable es que tenga que ver con lo que va a pasar en ‘Secret Wars’. Pero ya sabéis que con una semillita como esta muchos sacarán oro.

Ficha de ‘Spider-Man: Brand New Day’

Estreno en España: 29 de julio de 2026. Título original: Spider-Man: Brand New Day. Duración: 144 min. País: EE.UU. Dirección: Destin Cretton. Guion: Chris McKenna, Erik Sommers, Justin Kuritzkes. Música: Michael Giacchino. Fotografía: Brett Pawlak. Reparto principal: Tom Holland, Zendaya, Jacob Batalon, Sadie Sink, Jon Bernthal, Mark Ruffalo. Producción: Columbia Pictures, Marvel Studios, Pascal Pictures, Sony Pictures. Distribución: Sony Pictures. Género: ciencia ficción, adaptación. Web oficial.

Crítica: ‘Juggernaut’

Una narración consistente y poderosa que no necesita palabras

Hay ocasiones en las que un cortometraje demuestra que el cine sigue siendo, ante todo, un arte visual y narrativo que no entiende de tiempos. ‘Juggernaut’, dirigido por los hermanos Daniele Ricci y Emanuele Ricci, pertenece a esa categoría de obras que prescinden deliberadamente del diálogo para confiar toda su expresividad a la imagen, el sonido y la interpretación física. Es un cortometraje italiano, sí, pero también una propuesta profundamente universal, porque su historia podría comprenderse en cualquier rincón del mundo sin necesidad de traducción.

Lejos de convertirse en un mero ejercicio de estilo, el silencio es aquí una herramienta narrativa. No hay una sola línea de diálogo ni un solo texto explicativo, pero tampoco hacen falta. La historia es sencilla y está construida desde la acción, permitiendo que el espectador descubra poco a poco un universo mucho mayor del que realmente aparece en pantalla. Esa capacidad para sugerir un imaginario completo sin verbalizarlo es uno de los mayores logros del trabajo de los Ricci.

El protagonista transmite una resistencia casi sobrehumana sustentada en el estoicismo, como hacía el protagonista de ‘Sisu’, por ejemplo. Del mismo modo que el personaje creado por Jalmari Helander avanzaba soportando todo tipo de adversidades con una determinación inquebrantable, el héroe de ‘Juggernaut’ interpretado por Eugenio Krilov encuentra en la perseverancia su principal arma. Son personajes definidos mucho más por sus acciones que por sus palabras, auténticos supervivientes cuya personalidad se construye golpe tras golpe.

Una fantasía medieval de enorme riqueza visual

Si algo destaca desde el primer plano es el extraordinario trabajo fotográfico. La imagen posee un color muy trabajado, con un etalonaje que dota de personalidad propia a cada escenario. La fotografía juega constantemente con los contrastes entre espacios dominados por la oscuridad y pequeños estallidos cromáticos que enriquecen la composición sin romper la coherencia estética. Una prenda, una llama, un cielo, el color aparece para destacar entre lo tenebroso del ambiente.

La propuesta visual remite a esa fantasía medieval europea de tono oscuro que en los últimos años ha encontrado excelentes representantes. Es fácil pensar en el imaginario desarrollado por Paul Urkijo o recordar atmósferas cercanas a ‘Black Death’ y ‘El caballero verde’. No se trata de una imitación, sino de compartir una sensibilidad estética donde los bosques, las ruinas, la piedra y la naturaleza adquieren un peso dramático tan importante como los propios personajes.

Sorprende también el diseño de producción. A pesar de tratarse de una producción modesta, el cortometraje presenta un notable cuidado en la construcción de su universo. El vestuario, el atrezo y los diferentes elementos escénicos (props) poseen una credibilidad que ayuda enormemente a la inmersión. En ningún momento da la impresión de que el presupuesto limite la ambición artística, al contrario, la imaginación compensa cualquier restricción material.

Un ejercicio de cine puro que trasciende su condición de cortometraje

Quizá el mayor mérito de ‘Juggernaut’ sea precisamente su capacidad para sugerir mucho más de lo que enseña. En apenas unos minutos logra que el espectador intuya una mitología previa, un contexto histórico y unas reglas internas que nunca necesitan ser explicadas. Ese respeto por la inteligencia del público conecta con el mejor cine fantástico contemporáneo, donde la exposición deja paso a la observación.

También resulta llamativo el equilibrio entre espectáculo y sobriedad. La acción nunca cae en el exceso, sino que sirve para desarrollar al personaje y mantener un ritmo constante. No busca impresionar mediante la acumulación de secuencias grandilocuentes, sino construir una aventura de apariencia sencilla cuya verdadera riqueza reside en todo aquello que permanece implícito.

‘Juggernaut’ demuestra que el formato corto sigue siendo un extraordinario laboratorio creativo para el cine fantástico. Con una identidad visual muy marcada, una dirección artística sorprendentemente sólida y una narración completamente muda que jamás pierde claridad, Daniele Ricci y Emanuele Ricci firman una obra pequeña en duración pero grande en personalidad. Un recordatorio de que el cine puede seguir emocionando únicamente con imágenes cuando detrás existe una mirada cinematográfica auténtica.

Ficha de ‘Juggernaut’

Estreno en España: 2024. Título original: Juggernaut. Duración: 20 min. País: Italia. Dirección: Daniele Ricci, Emanuele Ricci. Guion: Eugenio Kirlov, Daniele Ricci, Emanuele Ricci. Música: Diego Guarnieri. Fotografía: Daniele Ricci. Reparto principal: Eugenio Krilov, Adriana Papana, Nicolò Cerreti. Producción: Mondo Rosso Productions. Género: terror. Web oficial.

Crítica: ‘Insaciable’

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Natalie Erika James vuelve a convertir el terror en un espejo incómodo

Desde su misma secuencia inicial, entre rutinas de fitness, dietas y una obsesión enfermiza por la comida, ‘Insaciable’ inevitablemente despierta el recuerdo de ‘La sustancia’. Sin embargo, sería un error considerar que el nuevo trabajo de Natalie Erika James pretende ir a rebufo del fenómeno protagonizado por Demi Moore. Ambas comparten un mismo campo de reflexión (la dictadura de la imagen, la obsesión por el cuerpo perfecto y la presión estética alimentada por las redes sociales), pero cada una desarrolla un camino muy distinto.

Si existe una producción que realmente puede entenderse como una continuación espiritual de ‘La sustancia’, esa sería ‘Thinestra’, mucho más condicionada por las inevitables comparaciones. ‘Insaciable’, en cambio, utiliza un punto de partida parecido (la aparición de un supuesto compuesto milagroso capaz de acercarte al físico que deseas), aunque pronto deriva hacia un territorio propio. La pregunta, por tanto, resulta inevitable: ¿consigue demostrar que posee una identidad diferenciada? En gran medida sí, aunque no sin ciertas contradicciones.

Natalie Erika James ya había demostrado en ‘Relic’ que el terror era únicamente el vehículo para hablar de conflictos profundamente humanos. Después llegaría su notable precuela de ‘Rosemary’s Baby’, donde volvió a exhibir una sensibilidad poco habitual para combinar el horror psicológico con dramas íntimos. En ‘Insaciable’ regresa precisamente a ese terreno donde mejor se mueve: un cine en el que el miedo nace mucho antes de que aparezca cualquier elemento sobrenatural.

El verdadero horror está en la necesidad de agradar

Lo más interesante de ‘Insaciable’ reside en que nunca limita su discurso únicamente a los trastornos alimentarios. Evidentemente estos ocupan el centro del relato, pero Natalie Erika James amplía el foco para hablar del control de las pulsiones en un sentido mucho más amplio.

La necesidad compulsiva de consultar constantemente el teléfono móvil, la facilidad con la que se ridiculiza a las personas con sobrepeso o la ansiedad por responder a unos cánones de belleza imposibles aparecen como síntomas de una misma enfermedad social. El filme plantea que la presión por agradar no solo nace del deseo de seducir a una posible pareja, sino también de la necesidad de satisfacer las expectativas familiares, especialmente las de unos padres cuya aprobación puede convertirse en una prisión invisible.

La directora construye esa angustia mediante la sugestión antes que mediante el sobresalto fácil. Su puesta en escena vuelve a apostar por imágenes desagradables, por una sensación física de incomodidad y por un ambiente malsano que consigue transmitir que algo se está pudriendo mucho antes de que el horror se haga explícito.

En ese sentido también resulta especialmente interesante la utilización de los trastornos del sueño. Aunque algunas escenas puedan parecer fantásticas, la película introduce una referencia muy real al Trastorno Alimentario Relacionado con el Sueño (TARS), una parasomnia en la que el paciente consume alimentos de forma compulsiva e incontrolada durante despertares nocturnos. Esa conexión con una condición médica existente aporta una dimensión especialmente inquietante a varias de sus secuencias.

Una parte sobrenatural menos inspirada que su discurso

El principal problema de ‘Insaciable’ aparece cuando decide explicar su componente sobrenatural. Hasta ese momento, Natalie Erika James consigue que todo funcione como una poderosa metáfora sobre la obsesión contemporánea por el aspecto físico. Sin embargo, conforme avanza el relato, esa dimensión fantástica termina desligándose del mensaje principal.

Las reglas que gobiernan esa amenaza sobrenatural responden a mecanismos mucho más convencionales, cercanos al J-Horror de principios de los años 2000 que a un terror psicológico moderno preocupado por desarrollar sus metáforas hasta las últimas consecuencias. Esa ruptura hace que el desenlace pierda parte de la fuerza acumulada durante su excelente primera mitad.

No obstante, incluso con esa irregularidad, ‘Insaciable’ continúa siendo una propuesta mucho más interesante que buena parte del terror comercial reciente. Natalie Erika James demuestra nuevamente que le interesa utilizar el género como herramienta para analizar conflictos profundamente contemporáneos tal y como hacen Alex Garland, Julia Ducournau, Damian McCarthy o Paco Plaza.

Ficha de ‘Insaciable’

Estreno en España: 24 de julio de 2026. Título original: Saccharine. Duración: 112 min. País: Australia. Dirección: Natalie Erika James. Guion: Natalie Erika James. Música: Hannah Peel. Fotografía: Charlie Sarroff. Reparto principal: Midori Francis, Danielle Macdonald, Madeleine Madden. Producción: Carver Films, IPR.VC, Thrum Films. Distribución: Diamond Films. Género: terror. Web oficial.

Crítica: ‘Rufus. La serpiente que no sabía nadar’

En qué plataforma ver Rufus. La serpiente que no sabía nadar

Vistosa actualización del clásico de Tor Åge Bringsværd

La animación europea continúa demostrando que posee personalidad propia a la hora de abordar el cine familiar. Rufus. La serpiente que no sabía nadar, dirigida por Endre Skandfer y basada en la popular obra del escritor noruego Tor Åge Bringsværd, recupera uno de los personajes más queridos de la literatura infantil nórdica para construir una historia sencilla, pero eficaz, sobre la importancia de aceptar aquello que nos hace diferentes. Aunque el punto de partida se apoya en el imaginario del monstruo del Lago Ness y las leyendas escocesas, la película pronto deja claro que su auténtico interés reside en hablar de problemas muy actuales, utilizando la fantasía como vehículo para conectar con el público infantil.

Una historia sobre el acoso con ecos de El patito feo

Más allá de la aventura, Rufus. La serpiente que no sabía nadar construye un relato que recuerda inevitablemente a clásicos como ‘El patito feo’. Su protagonista es un joven que no encaja dentro de su propia comunidad, es señalado por ser distinto y debe aprender a convertir aquello que los demás consideran una debilidad en su mayor fortaleza.

La película aborda el rechazo, la exclusión y el acoso desde una perspectiva accesible para los más pequeños, transmitiendo un mensaje claro sobre la autoestima, la cooperación y la necesidad de aceptar las diferencias. Sin caer en discursos excesivamente moralizantes, consigue que su mensaje resulte comprensible para el público al que va dirigido.

El Lago Ness como escenario de fantasía

El universo en el que transcurre la historia aprovecha el mito del monstruo del Lago Ness para crear un mundo donde las criaturas fantásticas conviven bajo sus propias reglas. Precisamente por partir de una de las leyendas más conocidas del imaginario popular, la película puede permitirse numerosas licencias creativas sin necesidad de buscar una explicación realista.

Dentro de ese contexto fantástico resulta natural aceptar la presencia de personajes imposibles o situaciones que desafían cualquier lógica científica, reforzando el tono de cuento que acompaña toda la narración.

Una decisión estética discutible

Quizá uno de los aspectos más llamativos sea el diseño de las serpientes marinas. La decisión de dotarlas de pelo resulta, cuanto menos, cuestionable tanto desde un punto de vista científico como estético.

Sin embargo, parece evidente que no responde a una búsqueda de realismo, sino a una intención comercial y narrativa: ofrecer una mayor variedad visual entre personajes y hacerlos más atractivos para el público infantil, siguiendo una tendencia que ya han explotado con éxito producciones como ‘Trolls’. Aunque esta elección puede sorprender a los espectadores adultos, termina integrándose dentro del tono fantástico de la propuesta.

Una producción que confirma el buen momento de la animación europea

La película vuelve a poner de manifiesto la capacidad de la animación europea para desarrollar proyectos familiares alejados de los grandes estudios estadounidenses. La coproducción entre Noruega y Bélgica ofrece un acabado visual cuidado y una historia que prioriza los valores humanos por encima del espectáculo constante. ‘Rufus. La serpiente que no sabía nadar’ encuentra su lugar gracias a un relato cercano y un protagonista con el que resulta fácil empatizar.

Es un filme que propone una aventura familiar de corte clásico que utiliza el universo del monstruo del Lago Ness para construir una historia sobre el rechazo, la aceptación y la superación personal. Mantiene vivo el espíritu de la obra original de Tor Åge Bringsværd reinventando su estética, con una aventura amable y cargada de valores que conecta con temas tan universales como el miedo, la diferencia y la importancia de encontrar nuestro propio lugar.

Ficha de ‘Rufus. La serpiente que no sabía nadar’

Estreno en España: 24 de julio de 2026. Título original: Rufus – The Sea Serpent Who Couldn’t Swim. Duración: 81 min. País: Noruega. Dirección: Endre Skandfer. Guion: Karsten Fullu, Johan Bogaeus, Lotte Scheutz. Música: Peder Kjellsby. Reparto principal (doblaje original): Mudit Gupta, Gisken Armand, Torstein Bae, Sigrid Bonde Tusvik, Kåre Conradi. Producción: Anima Point, Atmosphere Media, Maipo Film, NeXFrames Media. Distribución: Vercine. Género: aventura, infantil, fantasía. Web oficial

Crítica: ‘Stuart no consigue salvar el universo’

En qué plataforma ver Stuart no consigue salvar el universo

Todo un laboratorio de posibilidades

Cuando se anunció que Stuart Bloom sería el protagonista de un nuevo spin off de ‘The Big Bang Theory’, pocos podían imaginar que la franquicia optaría por abandonar casi todas las convenciones que la hicieron mundialmente popular. Al contrario que ‘El joven Sheldon’, ‘Stuart no consigue salvar el universo’ no intenta repetir la fórmula de la sitcom original. Al contrario. La utiliza como punto de partida para lanzarse a un experimento mucho más ambicioso, extraño y, sobre todo, imprevisible.

La premisa de esta nueva serie, que se puede ver si haber visto la original y que se estrena el 23 de julio, es tan sencilla como efectiva. Una cadena de acontecimientos provoca que Stuart deba recorrer diferentes universos alternativos tratando de reparar un desastre que amenaza la realidad. A partir de ahí, la serie se convierte en un festival de ideas donde prácticamente cualquier escenario es posible.

Cada episodio propone un nuevo mundo con reglas completamente distintas. Lo mismo visitamos una sociedad postapocalíptica propia del mejor cine de ciencia ficción que un siglo XXI gobernado por la magia, una civilización completamente vegana o una delirante distopía donde las multas por pronunciar determinadas palabras (en un evidente guiño a ‘Demolition Man’) se llevan hasta consecuencias absolutamente absurdas.

Las referencias que se me vienen a la cabeza

Lo interesante es que la serie nunca se toma demasiado en serio. Cada realidad sirve tanto para desarrollar una aventura como para satirizar aspectos de nuestra sociedad, del fandom o incluso de la propia cultura popular.

Muchos establecerán inevitablemente comparaciones con ‘Doctor Who’, especialmente por la estructura de viajes entre realidades y el tono fantástico que adopta en determinados momentos. Sin embargo, la referencia que realmente viene a la cabeza es ‘Sliders’ (‘Salto al infinito’). Igual que ocurría en aquella reivindicable producción de los años noventa, los protagonistas saltan de una realidad alternativa a otra intentando regresar a su mundo original, lo que permite reinventar completamente el escenario en cada capítulo.

La conexión resulta incluso simpática si recordamos que en ‘Sliders’ participaba Jerry O’Connell, a quien muchos recuerdan por compartir reparto con Wil Wheaton en ‘Stand by Me’. Precisamente Wil Wheaton terminó convirtiéndose en uno de los cameos más recurrentes y divertidos de ‘The Big Bang Theory’, ejerciendo casi siempre como el gran dolor de cabeza de Sheldon Cooper.

Un cambio de tono que demuestra que la franquicia todavía tenía margen para sorprender

Lo primero que llama la atención es que desaparecen las risas enlatadas. Esa simple decisión transforma completamente la experiencia. La serie deja de sentirse como una sitcom tradicional para acercarse más a una aventura de ciencia ficción con abundantes dosis de humor y por supuesto mayor número de planos.

También nos congratulan con la presencia de momentos sorprendentemente sangrientos, algo completamente impensable en la serie matriz. No llega a convertirse en una producción especialmente violenta, pero sí demuestra que sus responsables buscan explorar territorios narrativos diferentes.

Aun así, el ADN de ‘The Big Bang Theory’ continúa presente. Siguen apareciendo cameos, referencias científicas y constantes guiños al mundo del cómic, los videojuegos, el cine y la televisión. Toda la narración gira alrededor de esa mezcla entre divulgación científica y cultura popular que siempre definió a la franquicia.

Resulta especialmente simpático comprobar cómo algunos objetos del decorado esconden referencias visuales a personajes y acontecimientos de la serie original, mientras determinados episodios incluyen pequeños detalles destinados únicamente a los espectadores más observadores.

Mención aparte merece la magnífica cabecera compuesta por Danny Elfman. Quizá no sea una melodía especialmente pegadiza, pero sí transmite perfectamente esa sensación de rareza permanente que envuelve toda la serie. Además, los títulos de apertura incorporan pequeñas variaciones visuales y mensajes ocultos entre episodios, un detalle que invita a prestar atención incluso antes de comenzar cada aventura.

Una serie tremendamente entretenida… con un desenlace demasiado prudente

‘Stuart no consigue salvar el universo’ funciona porque entiende perfectamente cuál es su objetivo. No pretende revolucionar la televisión ni construir complejas reflexiones filosóficas sobre el multiverso. Quiere divertir. Y lo consigue con enorme facilidad.

Cada episodio termina despertando la curiosidad por descubrir cuál será la siguiente realidad absurda, qué nuevo cameo aparecerá o hasta dónde estarán dispuestos a llevar una idea aparentemente imposible. Esa sensación convierte la serie en un producto francamente adictivo que invita a encadenar capítulos casi sin darse cuenta.

Precisamente esa capacidad para reinventarse constantemente es su mayor virtud. Nunca sabemos qué clase de universo visitaremos a continuación ni qué referencias cinematográficas, científicas o comiqueras aparecerán escondidas entre los diálogos.

Por desgracia, esa valentía desaparece parcialmente en el desenlace. El final resulta bastante flojo y transmite la sensación de que sus responsables prefieren dejar múltiples puertas abiertas antes que ofrecer una conclusión realmente satisfactoria. Se percibe claramente como un intento de mantener viva la posibilidad de futuras temporadas si la recepción del público acompaña.

No arruina el viaje, porque el recorrido continúa siendo enormemente divertido, pero sí deja un pequeño sabor a oportunidad desaprovechada. Quizá sea el único momento donde la serie parece contenerse cuando durante el resto del trayecto había demostrado no tener miedo a abrazar el disparate más absoluto.

En cualquier caso, este spin off confirma que el universo de ‘The Big Bang Theory’ todavía podía ofrecer propuestas inesperadas. No busca sustituir a la serie original, sino demostrar que sus personajes todavía pueden protagonizar historias completamente diferentes sin perder su esencia. Y eso, en una franquicia tan conocida, ya es un mérito considerable.

Crítica: ‘La Odisea’

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A pesar de los años que tiene La Odisea, Nolan consigue extraerle una nueva interpretación

Han pasado unos 28 siglos desde que Homero escribió ‘La Odisea’. Desde entonces es una obra que sirve de molde, patrón o inspiración para gran parte de las historias que conocemos en lo que respecta al viaje y retorno del héroe. Si nos ceñimos al cine ha pasado más de un siglo desde que se publicó la primera película inspirada en tan magna obra. Fue F. Bertolini en 1911 quien en clave de cine mudo nos contaba la historia. Tiempo después vimos la película que protagonizó Armand Assante en dos partes, la recientemente protagonizada por Ralph Fiennes… Es difícil enumerar todas las que han precedido a esta película que prácticamente es un evento.

Había una parte del público que parecía haber decidido odiar ‘La Odisea’ antes incluso de verla. El reparto, algunas decisiones de casting y la mera idea de que Christopher Nolan adaptara uno de los pilares de la literatura occidental habían generado un rechazo previo que, tras ver el resultado, resulta difícil sostener. No estamos ante una película que reinvente el relato de Homero ni que pretenda desmontar el mito para convertirlo en otra cosa. Tampoco busca una revisión posmoderna ni una actualización política evidente. Y precisamente ahí reside una de sus mayores virtudes.

Nolan opta por una estructura fragmentada, coherente con el resto de su filmografía, pero sin convertirla en un rompecabezas. El punto de partida es especialmente interesante: Odiseo permanece en la isla de Calipso afectado por una amnesia (una licencia narrativa respecto al poema original) y es a través de recuerdos, testimonios y diferentes líneas argumentales como el espectador recompone el viaje. No toda la película mantiene esa estructura retrospectiva, ya que, llegado un determinado momento, el relato se instala definitivamente en el presente y avanza hacia el desenlace, mientras otros personajes adquieren un protagonismo poco habitual en adaptaciones anteriores. Ese equilibrio entre el misterio inicial y la progresión clásica funciona con notable eficacia y evita que el montaje termine devorando la emoción.

Más allá de Troya: el verdadero peso del héroe

Lo más interesante de ‘La Odisea’ es que Nolan no parece especialmente interesado en la Guerra de Troya, lo cual también tiene su lógica. Lo que realmente le fascina es aquello que la concluyó y lo que vino después. La película convierte el célebre caballo en mucho más que una estratagema militar. Según plantea el director, aquel engaño supuso la ruptura definitiva entre hombres y dioses, el momento en que una civilización decidió traicionar unas reglas sagradas que habían sostenido su equilibrio durante siglos.

A la Odisea se le pueden extraer multitud de lecturas y siempre será retomada por uno u otro director. Está claro que la época puede marcar la adaptación y en este caso Nolan, sin dejarse influir excesivamente por tantas películas que establecen paralelismos con nuestra realidad se centra en algo que a mí por lo menos no se me había ocurrido. El caballo de Troya actúa aquí como un auténtico troyano moral que destruye desde dentro y cual efecto mariposa el sistema de valores sobre el que descansaba aquel mundo. A partir de esa decisión, todo el Mediterráneo entra en un efecto dominó del que ya no existe retorno. No es tanto una reflexión sobre nuestro presente como un recordatorio de que cualquier civilización está condenada a repetir los mismos errores cuando olvida los principios que la sostienen.

Si sumamos esto a que Odiseo sabe y comprende que, haga lo que haga, únicamente él llegará al destino final. Todos los demás quedarán atrás, víctimas de decisiones que comenzaron mucho antes de embarcarse hacia Ítaca. La película encuentra así una dimensión melancólica muy poderosa, alejándose del simple relato de aventuras.

Nolan siempre nos ofrece algo diferente y visualmente tampoco decepciona. Están los el gigantes, un cíclope, el remolino de Caribdis, secuencias de la caída de Troya… Quizás a muchos decepcione el diseño de estas escenas o personajes, pero por ejemplo no hay nada que reprochar al diseño de vestuario. Si Nolan ya nos dejó alucinados con la bomba de Oppenheimer aquí la magnitud se le ha ido de las manos al recrear al cíclope con una marioneta de seis metros de altura.

Un reparto desigual y una escena inolvidable

Mucho gigante, remolino, batalla de Troya y cíclope, pero la escena con la que me quedo es la de Circe con Samantha Morton. Nolan se pasa al body horror con este fragmento que tiene un momento plástico, agobiante e hipnótico.

La secuencia de Circe supone probablemente el momento más sorprendente de toda la película. Samantha Morton ofrece una interpretación hipnótica en una escena donde Nolan se aproxima al body horror con una elegancia visual inesperada. Es un pasaje plástico, incómodo y absorbente que rompe durante unos minutos el tono épico para introducir una pesadilla casi física. No resulta extraño que haya sido una de las interpretaciones más elogiadas desde los primeros pases del filme.

Matt Damon encuentra el equilibrio perfecto entre la astucia legendaria y el inmenso cansancio emocional de Odiseo. Anne Hathaway construye una Penélope desesperada y resistente sin caer nunca en el victimismo. Robert Pattinson compone un personaje despreciable con enorme convicción, mientras John Leguizamo sorprende muy positivamente como Eumeo, protagonizando algunos de los momentos más emotivos de toda la historia.

También conviene acallar las críticas previas hacia la presencia de Elliot Page. Quienes llevaban meses utilizando su participación como argumento contra la película sencillamente se quedan sin razones. Si hay una decisión discutible dentro del reparto, probablemente sea el tratamiento que recibe Lupita Nyong’o como Helena de Troya. No es ni de lejos por el color de su piel o por su belleza, sino por un giro argumental con licencia de regalo que sin duda generará debate entre los espectadores.

Paradójicamente, quienes salen peor parados son tres intérpretes que coinciden también en ‘Spider-Man: Brand New Day’. Zendaya nunca termina de convencer como la versión sabia e imponente de Atenea, Jon Bernthal interpreta a Menelao con unos registros demasiado cercanos a su habitual Punisher y Tom Holland, aun estando correcto, afronta un par de escenas que exigían una presencia dramática mayor de la que consigue transmitir.

¿Hay que verla en IMAX?

Nolan ha diseñado buena parte de su puesta en escena para verla en este formato y no hacerlo no debería invalidar cualquier opinión con respecto a lo técnico. Hay que reconocer que la enorme resolución del negativo de 70 mm, la profundidad del encuadre y la espectacular relación de aspecto permiten apreciar con una claridad extraordinaria tanto la inmensidad de los paisajes como el nivel de detalle de las secuencias más ambiciosas. Escenas como el encierro con el cíclope, la huida por el bosque e incluso el claustrofóbico enfrentamiento final merecen una escala grande, mientras que los momentos más íntimos también se benefician de una definición y una textura difíciles de replicar en otros formatos. En una película donde la sensación de viaje y de inmensidad forma parte esencial de la experiencia, verla en IMAX de 70 mm no es un simple lujo para cinéfilos, sino la forma más cercana de experimentar exactamente la visión que Nolan concibió para el espectador.

No hay una ocasión mejor para recomendaros ver esta película en un cine IMAX. Y es que el filme ha quedado por último dedicado a la memoria del fallecido David Keighley, que es quién asesoró y garantizó la tecnología IMAX para las películas de Nolan.

Ficha de ‘La Odisea’

Estreno en España: 17 de julio de 2026. Título original: The Oddysey. Duración: 172 min. País: Reino Unido. Dirección: Christopher Nolan. Guion: Christopher Nolan. Música: Ludwig Göransson. Fotografía: Hoyte van Hoytema. Reparto principal: Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Robert Pattinson, Lupita Nyong’o, Zendaya, Charlize Theron, Elliot Page. Producción: Universal Pictres, Syncopy, Wildside. Distribución: Universal Pictures. Género: aventura, adaptación. Web oficial.

Crítica: ‘Posesión infernal: en llamas’

En qué plataforma ver Posesión infernal: en llamas

Uno pide irse de spa tras este baño de tensión, sangre y dolor

La franquicia ‘Posesión Infernal’ hace tiempo que dejó de competir por quién provoca más miedo. Su verdadera batalla consiste en descubrir hasta dónde puede llevar el sufrimiento físico de sus personajes sin perder esa sonrisa macabra que acompaña al espectador. Con ‘Posesión Infernal: En llamas’, Sébastien Vanicek entiende perfectamente cuál es el juego y entrega una película que apenas concede un segundo para recuperar el aliento.

Eso sí, conviene avisarlo desde el principio. Quienes no estén familiarizados con la saga, o quienes no disfruten del terror más sangriento, probablemente encuentren esta propuesta excesiva. Aquí no hay medias tintas. Cada muerte busca superar a la anterior mediante una sucesión de mutilaciones, heridas imposibles y un gore recreado con todo lujo de detalles. Si en ‘Posesión Infernal: El despertar’ muchos todavía recuerdan la escena del rallador de queso, esta nueva entrega convierte aquella secuencia casi en una anécdota. Es una película muy burra, extremadamente física y construida para hacer que el espectador sienta dolor simplemente contemplando lo que ocurre en pantalla. Y  sé que el director no buscaba el gore por el gore, pero le ha saldo eso.

No es casualidad y el director es víctima de sus propias intenciones. El propio Vanicek explicó durante el desarrollo del proyecto que pretendía crear una experiencia tan visceral que el público saliera del cine completamente agotado. Y, desde luego, cumple su promesa. Cuando terminan los créditos, tras tanta tensión, sangre y dolor, uno siente que necesita más un spa que una secuela. Precisamente por eso merece la pena quedarse sentado en la butaca, porque hay una escena a mitad de los créditos y otra al final que conectan con el pasado y el posible futuro de la franquicia.

Aparcando ‘Vermin’ y para saciar al fan de ‘Posesión infernal’

Quien disfrutara con ‘Vermin’ quizá espere encontrar aquí aquella sensación de angustia constante que convertía las arañas en una auténtica pesadilla. Sin embargo, Vanicek no consigue transmitir el mismo nivel de terror psicológico ni de agobio o nerviosismo. También es verdad que la propia identidad de ‘Posesión Infernal’ nunca ha residido únicamente en el miedo. La saga siempre ha preferido sorprender con nuevas barbaridades antes que con simples sobresaltos.

En ese sentido, el director francés demuestra haber entendido perfectamente el legado recibido. Sam Raimi eligió personalmente a Vanicek tras quedar impresionado con su anterior trabajo, mientras Bruce Campbell continúa implicado como productor ejecutivo, una presencia que además va mucho más allá del apartado industrial gracias a varios guiños dirigidos directamente a los seguidores más veteranos.

También resulta simpático que el realizador deje pequeñas pinceladas de su procedencia, tanto mediante algunos apuntes musicales como con la elección de un actor que repite con él tras ‘Vermin’ y el fichaje de Souheila Yacoub como protagonista. La actriz suiza, muy vinculada al cine francés gracias a trabajos como ‘Climax’ o la serie ‘No Man’s Land’, aporta una intensidad física que encaja perfectamente con el tono del filme.

Más sangre que mitología, pero un entretenimiento salvaje para los fans

Personalmente, sigo inclinándome hacia la segunda entrega lanzada tras el remake de 2013. Me pareció una película que encontraba un mejor equilibrio entre el espectáculo gore y una historia capaz de sostenerse por sí misma. En ‘Posesión Infernal: En llamas’ el componente familiar vuelve a ocupar buena parte del relato, aunque en esta ocasión el argumento existe principalmente para enlazar una brutalidad con la siguiente.

Quizá por eso se echa de menos una mayor expansión de algunos elementos del universo de la saga, especialmente todo lo relacionado con el círculo de hombres sabios o la mitología kandariana, aspectos que aparecen apuntados pero nunca desarrollados con la profundidad que muchos aficionados agradecerían.

También resulta curioso cómo Vanicek juega deliberadamente con las expectativas del público. En un par de ocasiones parece que va a repetir dos de los momentos más icónicos de la franquicia: la pronunciación de las palabras de invocación y el inevitable protagonismo de la motosierra durante el clímax. Sin embargo, introduce pequeñas fintas cargadas de humor autoconsciente que funcionan bastante bien precisamente porque saben que el espectador espera esos instantes. Rebeldía de autor, supongo.

Eso no impide que el filme caiga en algunos tópicos muy vistos dentro del género. La acción vuelve a desarrollarse prácticamente en una casa decrépita, reaparece el recurso del perro para generar inquietud y tampoco falta ese personaje construido con todos los clichés posibles de la depresión (uñas oscuras, pelo teñido y sudadera con capucha incluida). También repite algunos recursos que hemos visto en ‘La Momia de Lee Cronin’, que se supone que está dentro de este universo, pero aún no llega la ansiada conexión.

Pero cuando uno entra en ‘Posesión Infernal: En llamas’ sabe exactamente qué viene a buscar. Y la película cumple con creces. Es grotescamente divertida, tremendamente salvaje y probablemente una de las entregas más extremas de toda la franquicia. Puede discutirse si supera o no sus predecesoras, pero cuesta negar que Vanicek ha firmado una experiencia tan agotadora como memorable para cualquier amante del horror más descarnado.

Ficha de ‘Posesión infernal: en llamas’

Estreno en España: 17 de julio de 2026. Título original: Evil Dead Burn. Duración: 110 min. País: EE.UU. Dirección: Sébastien Vanicek. Guion: Sébastien Vanicek, Florent Bernard. Música: Xavier Caux, Douglas Cavanna, Double Danger. Fotografía: Philip Lozano. Reparto principal: Souheila Yacoub, Tandi Wright, Hunter Doohan y Luciane Buchanan. Producción: Ghost House Pictures, New Line Cinema, New Zealand Film Commission, Ontario Creates, Screen Gems, Warner Bros. Distribución: Sony Pictures. Género: terror. Web oficial

Crítica: ‘A 500 millas de casa’

En qué plataforma ver A 500 millas de casa

Una de las sorpresas más emotivas del año

‘A 500 millas de casa’ es una película dirigida por Morgan Matthews que se presenta inicialmente como una entrañable aventura infantil. Dos hermanos deciden escapar de una realidad que amenaza con romper definitivamente su mundo para emprender un viaje desde Inglaterra hasta Dingle en la costa oeste de Irlanda. Esa pequeña villa, además de albergar la tradición del delfín Fungie (extraída de nuestra mismísima realidad) es el lugar donde conservan el último recuerdo de una familia unida: la casa en la que pasaban las vacaciones junto a sus abuelos. Sin embargo, bajo esa apariencia de relato ligero y amable se esconde un drama sobre las cicatrices invisibles que dejan determinadas decisiones y eventos.

La separación de los padres funciona únicamente como el detonante. La verdadera distancia que separa a esta familia no es geográfica, sino emocional, y el filme va dejando pequeñas pistas de que existe un acontecimiento mucho más importante que permanece oculto hasta su demoledor desenlace.

Durante buena parte del metraje, Matthews convierte la película en una deliciosa road movie infantil llena de trastadas, pequeños engaños y situaciones disparatadas que recuerdan a esas aventuras familiares donde la imaginación de los niños siempre encuentra una salida antes que la lógica de los adultos. Ese equilibrio entre humor y melancolía es uno de los grandes aciertos del filme, porque nunca pierde de vista que toda esa rebeldía nace del miedo a perder el único lugar donde ambos hermanos todavía se sienten seguros.

Un reparto que sostiene la emoción incluso cuando el guion fuerza la maquinaria

El mayor descubrimiento de la película vuelve a ser Dexter Sol Ansell. Muchos espectadores lo reconocerán por interpretar a Egg en ‘El caballero de los siete reinos’, pero aquí demuestra un registro completamente distinto. Su Charlie rebosa energía, descaro y una vitalidad contagiosa. Su personaje, nacido cuatro meses antes de lo previsto, transmite una sensación casi instintiva de niño que celebra cada minuto vivido como una pequeña victoria.

Roman Griffin Davis vuelve a demostrar el enorme talento que ya dejó entrever años atrás. Su interpretación aporta pequeños pasos hacia la madurez ejerciendo ya de hermano mayor y alejándose de la ternura de papeles anteriores, igual que ha hecho en ‘La larga marcha’ o en ‘Greenland’. La diferencia aquí es que consigue desarrollar una trama psicológica sin caer en el sentimentalismo fácil.

Y cuando la historia necesita veteranía y un ancla emocional aparece Bill Nighy. El mítico actor apenas necesita elevar la voz para llenar la pantalla de humanidad. Su presencia transmite ese tipo de afecto contenido que solo algunos intérpretes consiguen expresar con una simple mirada.

También participa en el filme Maisie Williams, inolvidable Arya Stark en ‘Juego de Tronos’. Su intervención es breve y funciona principalmente como el mecanismo que impulsa la aventura hacia delante. No pretende robar protagonismo, sino servir de catalizador para que el viaje comience.

Un desenlace imperfecto pero profundamente conmovedor

Aunque la sensación que deja es tan preciosa como abrumadora, la película hace alguna pequeña trampa narrativa. Revisada una vez conocido el desenlace, existen determinadas escenas cuya construcción resulta difícil de reconciliar con la revelación final. Son licencias que el guion utiliza para proteger el misterio.

Sin embargo, el impacto emocional del giro termina imponiéndose sobre esas pequeñas incoherencias. Matthews entiende que la sorpresa únicamente tiene valor si transforma retrospectivamente todo lo visto hasta ese momento, y aquí lo consigue con bastante eficacia. El último tramo obliga a reinterpretar muchas conversaciones y silencios, convirtiendo lo que parecía una sencilla aventura infantil en un relato mucho más doloroso sobre una familia incapaz de afrontar ciertas cosas.

Visualmente, Irlanda adquiere un papel casi terapéutico. Sus paisajes abiertos contrastan con los hogares rotos de los personajes y simbolizan ese lugar donde los recuerdos todavía permanecen intactos. No es casual que los niños persigan una casa antes que una persona: buscan regresar a un tiempo en el que todavía existía la felicidad. Y de camino les acompañan acordes del folk irlandés, de ese que aúna espíritus y voces en tabernas y caminos.

‘A 500 millas de casa’ emociona porque comprende perfectamente cómo piensan los niños cuando el mundo adulto se rompe delante de ellos. Y también cómo los adultos a veces olvidan que eran niños y permanecen inaccesibles a esas situaciones. La película hace uso de una enorme sensibilidad y la capacidad de plasmar la mirada infantil. Es tierna, conmovedora y sincera hallando en el viaje físico una metáfora ideal.

Ficha de ‘A 500 millas de casa’

Estreno en España: 10 de julio de 2026. Título original: 500 miles. Duración: 102 min. País: Reino Unido. Dirección: Morgan Matthews. Guion: Malcolm Campbell. Música: Jamie Duffy, Atli Örvarsson. Fotografía: Tom Comerford. Reparto principal: Bill Nighy, Roman Griffin Davis, Dexter Sol Ansell, Maisie Williams. Producción: New Origin, Head Gear Films, Metrol Technology, Minnow Films, Origin Pictures, Post Pictures, Sampsonic Media. Distribución: Divisa Films. Género: drama, aventura. Web oficial.