Crítica: ‘Dorohedoro’ T2

En qué plataforma ver Dorohedoro

Caos, identidad y una violencia con alma bizarra

Fue una de las series que nos dieron la vida en los últimos estertores del confinamiento por la pandemia del COVID-19 y por fin ha regresado. La segunda temporada de ‘Dorohedoro’ llega tras una espera inusualmente larga dentro del ecosistema anime contemporáneo (casi seis años), y lo hace sin renunciar a nada de lo que convirtió a la primera tanda en una obra de culto: violencia gráfica, humor negro y una narrativa deliberadamente fragmentada. Desde su estreno global el 1 de abril de 2026 (con un inusual arranque de tres episodios simultáneos), la serie producida por MAPPA no solo reafirma su identidad, sino que la radicaliza. Ya era rara dentro del género cyberpunk o el anime más extraño pero consigue ir más allá.

Lo primero que conviene señalar es que ‘Dorohedoro’ sigue siendo profundamente incómoda (y no busca lo contrario) además de quedarse abierta para una tercera entrega. Hay que tener en cuenta que el manga original consta de 23 volúmenes. La clasificación de contenido ya advertía de una violencia “severa” y escenas intensas que rozan lo grotesco, pero en esta segunda temporada esa cualidad se convierte en lenguaje propio. No hay concesiones: cuerpos mutilados, experimentos aberrantes y un universo donde la muerte es casi un trámite burocrático. Sin embargo, lejos de caer en el exceso vacío, la serie articula esta brutalidad como parte de su discurso estético (una especie de punk visual donde el caos es la norma, no la excepción).

El lema promocional de esta temporada, nos sugiere sumergirnos en el caos y no es casual. La dirección vuelve a apostar por una puesta en escena sucia, cargada de texturas digitales que simulan lo orgánico, lo viscoso, lo podrido. Y ahí reside una de sus virtudes: el mundo de Hole y el reino de los hechiceros no son solo escenarios, sino organismos en descomposición constante.

Caimán y la identidad como eje narrativo

Si la primera temporada planteaba el misterio de Caimán, esta segunda lo disecciona. El personaje deja de ser únicamente un vehículo para la acción (un antihéroe amnésico con cabeza de reptil) y se convierte en el núcleo temático de la serie. Su búsqueda de identidad ya no es solo una excusa argumental, sino una exploración casi existencial.

Recordemos que Caimán es un ser marcado por la pérdida de memoria y la deformación física, producto de la magia de los hechiceros. En esta nueva entrega, la narrativa se fragmenta aún más para ofrecer distintas capas de su pasado, jugando con la percepción del espectador (¿quién fue realmente?, ¿cuántas versiones de sí mismo existen?). Este enfoque multiplica la sensación de desconcierto, pero también enriquece el relato.

Pero aquí es donde la temporada da un paso más interesante: aunque el relato pivota claramente sobre Caimán como protagonista, la serie se permite expandirse con generosidad hacia sus secundarios. No se limita a utilizarlos como meros acompañantes o contrapuntos, sino que construye verdaderas historias paralelas que aportan profundidad al mundo. Personajes como En, Shin, Ebisu o Noi no solo ganan tiempo en pantalla, sino también capas psicológicas y contexto histórico. Sus motivaciones, relaciones y conflictos internos se desarrollan con una riqueza que equilibra el foco central de la narrativa.

Este enfoque coral refuerza la sensación de universo vivo. Cada personaje parece tener su propia historia fuera de cámara, su propio pasado y sus propias reglas. Incluso figuras que en la primera temporada podían parecer excéntricas o anecdóticas adquieren aquí un peso dramático inesperado. Es una decisión narrativa arriesgada (porque dispersa la atención), pero coherente con la naturaleza caótica de la serie.

Además, el guion se detiene más en las relaciones entre personajes, especialmente en la conexión entre Caimán y Nikaido, que gana en ambigüedad emocional. No es una relación sentimental al uso, sino una alianza forjada en la supervivencia y el trauma compartido.

Un anime más punk, más caótico y sorprendentemente más humano

Lo que diferencia a esta segunda temporada de otras secuelas es su negativa a “ordenarse”. En lugar de simplificar su narrativa o hacerla más accesible, ‘Dorohedoro’ abraza el caos como principio estructural. Las subtramas proliferan, los personajes secundarios adquieren mayor peso, y la historia se convierte en un mosaico de perspectivas que rara vez encajan de forma convencional.

Sin embargo, en ese aparente desorden emerge algo inesperado: humanidad. La serie encuentra belleza en lo grotesco y convierte a sus personajes en figuras trágicas atrapadas en un sistema violento que no controlan. Incluso los antagonistas poseen motivaciones complejas, alejadas del maniqueísmo.

Técnicamente, la animación mantiene el híbrido entre CGI y dibujo tradicional que tanto dividió al público en su momento. Aquí se percibe más pulido, más integrado en la estética general, aunque sigue siendo una apuesta arriesgada. Esa textura visual, casi sucia, sigue siendo clave para transmitir la identidad de la obra. Desde luego, en mi opinión, la calidad de la animación de esta serie no tiene pega alguna.

En última instancia, esta temporada 2 de ‘Dorohedoro’ es una intensificación de todo lo que la define: violencia, humor absurdo, caos narrativo, una obsesión casi filosófica por la identidad y un descomunal trabajo de animación. Pero además, añade una dimensión coral que enriquece el conjunto, demostrando que el mundo de la serie es mucho más amplio que su protagonista. No es una serie para todos, pero precisamente ahí radica su valor. Es una anomalía fascinante.

Crítica de ‘Dorohedoro’

‘Dorohedoro’, piel de cocodrilo y de anime retro

Surgida de un manga creado por Q Hayashida (editado en España por ECC) tenemos ya en Netflix la serie de doce episodios de veinticinco minutos ‘Dorohedoro’. Un anime que os digo desde ya que tenéis que ver si sois consumidores habituales de anime y añoráis las series de los años noventa. También os gustará si os va el estilo directo, el humor macabro y los argumentos estrafalarios y fantásticos. Me ha encantado por ser capaz de devolverme al estilo sin tapujos de hace más de veinte años acompañado además de un dibujo similar al de aquella época e incorporando algunos movimientos y detalles que claro está, son debidos a las técnicas actuales.

Yûichirô Hayashi (‘Batman: Gotham Knight’, ‘Kakeguri’) dirige con algún que otro director de apoyo y Hiroshi Seko (‘Ataque a los titanes’, ‘Inuyashiki’) escribe. Este mundo en el que el estudio Mappa y Netflix nos invitan a entrar está ambientado en la ciudad de Hole (Agujero). Un lugar sucio y se podría decir que futurista desde el que pasamos a otro mundo mágico. Es ahí donde el protagonista es víctima de un experimento de un mago que le deja convertido en un hombre con cabeza de reptil, que además pasa a ser inmune a la magia. Eso despierta el interés de otros magos que empiezan a perseguirle mientras él añora recuperar su memoria y su rostro.

Caiman es un personaje con cabeza sauria que podría haber salido perfectamente de la película de ‘Super Mario Bros.’, por su dibujo y por su carácter. Es un tontorrón y osado protagonista que sigue casi los mismos esquemas de los personajes principales de series como ‘Golden Boy’, ‘Trigun’ o ‘Louie, el guerrero de las runas’. Es osado, a veces inconsciente, algo pardillo y muy glotón. Te partes con él aunque se encuentre embadurnado en sangre en plena pelea.

Se topa con una compañera de armas (Nikaidō) que le ayuda en su búsqueda gracias a sus habilidades y su cocina. Juntos se tienen que enfrentar a todo tipo de magos, con especialidades muy variopintas. Dos de ellos me recuerdan mucho a los personajes Hazel y Cha Cha de ‘The Umbrella Academy’ y también a Travolta y Jackson en ‘Pulp Fiction’. Ningún personaje en esta serie está en sus cabales, todos tienen alguna rareza y eso la hace muy divertida y versátil.

La trama lleva a Caiman a momentos cada vez más peligrosos, según va desentrañando su pasado. Algunas teorías apuntan a que ‘Dorohedoro’ viene de traducir el título por partes: barro (doro) y lodo (hedoro). Podemos aprovechar muy convenientemente la expresión “de aquellos barros estos lodos” para aplicarla a lo que le pasa a Caiman y a las consecuencias derivadas de lo que ha hecho en su pasado.

¿Cómo investiga? Matando y metiendo la cabeza de los magos a los que se enfrenta en sus fauces, para que el hombre que tiene dentro vea si les reconoce y averiguar así si alguno de ellos es el causante de su mágica mutación. Hay mucha sangre y magia entremezclada en este anime. Si la acotamos hay que introducirla en las series de tipo seinen, para adultos. Es un disfrute de momentos ridículos con amputaciones y despellejamientos de caras.

También cabe señalar que es muy rarita. Los magos realizan su magia a través de un humo que exhalan. Y esto pueden hacerlo a través de su boca o mediante heridas autoinfligidas en los dedos, por ejemplo. No solo experimentan poniendo cabezas de pulpo o loro a las personas, también les convierten en kafkianas criaturas como una cucaracha gigante o en setas comestibles. Los magos, por cierto, llevan todos máscaras, algunas de ellas con formas tan excéntricas como un corazón humano o un pavo (si, a lo Friends).

Me ha encantado ese capítulo en el que unos monjes recorren la ciudad cual Moza de Ánimas en La Alberca y luego todo desemboca en una cacería anual de muertos vivientes. Hechiceros, zombies, demonios, mutantes, tecnología ciberpunkarra… Enganchado a ‘Dorohedoro’. Quedo a la espera de ver si os gusta tanto como a mi y si llegan a España las seis OVA’s que van a lanzarse a parte de esta serie, creo que en futuros lanzamientos en formato Blu-ray, porque de ellos va a depender el desenlace de esta historia que por desgracia se ha quedado colgada.