Crítica: ‘Turno de noche’

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ADN de serie B y espíritu tan naif como gamberro

Más adelante tocaremos la fuente de esta película rebautizada como ‘Turno de noche’. Pero desde sus primeros compases, ‘Cold Storage’ establece una conexión inevitable con ‘Horrorstör’ de Grady Hendrix. La idea de un espacio cotidiano (un entorno comercial o logístico aparentemente banal en el que el protagonista trabaja resignado) convertido en foco de lo sobrenatural remite directamente a esa novela que jugaba con el terror dentro de una gran superficie. Sin embargo, donde Hendrix articulaba una sátira feroz del consumismo y del corporativismo, la película de Jonny Campbell opta por un camino muy distinto. Aquí no hay intención crítica ni subtexto ideológico: el film prescinde por completo de cualquier lectura política o social para abrazar un tono más ligero, cercano a la comedia de terror desenfadada.

Esta diferencia no es menor. Si ‘Horrorstör’ construía su identidad en torno a la incomodidad y la crítica a entidades como Ikea. ‘Turno de noche’ se posiciona como un producto de entretenimiento puro, más interesado en el ritmo, el humor y la interacción entre personajes que en lanzar mensajes. El detonante fantástico (que a muchos recordará a ‘The last of us’) también marca distancia: la amenaza aquí no nace de lo paranormal y lo simbólico, sino de un elemento más físico y pulp, alineado con el gusto de su autor original, David Koepp. No conviene olvidar que Koepp, además de novelista de la obra que inspira este filme, es el guionista detrás de títulos como ‘Jurassic Park’, ‘Misión: imposible’, ‘Spider-Man’ o ‘Ángeles y demonios’. Esa experiencia se deja notar en la construcción de set pieces y en una narrativa que prioriza la eficacia sobre la profundidad, acercándose a

Liam Neeson y el arte de reírse de uno mismo

Uno de los elementos más llamativos del reparto es la presencia de Liam Neeson en un papel que, aunque secundario, resulta especialmente significativo. El actor, que en los últimos años ha quedado encasillado en thrillers de acción de corte similar, parece aquí consciente de su propia imagen pública y decide jugar con ella. Su personaje funciona casi como una parodia del arquetipo de tipo duro que él mismo ha contribuido a consolidar.

Neeson aporta un componente meta que eleva sus escenas por encima del conjunto. Su interpretación introduce una capa de ironía muy bienvenida cuando se deciden realmente a explotarla. No es el héroe infalible de antaño, sino una figura desgastada, consciente de sus limitaciones físicas y del paso del tiempo. Ese matiz, tratado con humor y cierta melancolía, conecta con la idea de un actor que se enfrenta a su propia evolución dentro de la industria. En este sentido, ‘Turno de noche’ encuentra en él un valor añadido que compensa su limitada presencia en pantalla.

Joe Keery y Georgina Campbell: química sin romance y humor sin freno

El verdadero motor de la película reside en la dupla formada por Joe Keery y Georgina Campbell. La dinámica entre ambos recuerda inevitablemente a la que Keery desarrollaba en ‘Stranger Things’, especialmente en su interacción con un contrapunto más racional. Aquí vuelve a encarnar a ese personaje bocazas, que lo quiere molar y algo inconsciente, que se lanza a la aventura sin medir las consecuencias. Frente a él, Campbell aporta el equilibrio intelectual y emocional necesario para sostener la narrativa.

Lo interesante es que, pese a moverse dentro de un esquema bastante reconocible, la película logra evitar uno de los clichés más agotados del género: el romance forzado. En lugar de empujar a los personajes hacia una relación sentimental predecible, ‘Turno de noche’ apuesta por mantener su vínculo en el terreno de la camaradería y la supervivencia compartida. Esta decisión no solo refresca la propuesta, sino que permite que el humor fluya de manera más orgánica.

La interacción entre Keery y Campbell se convierte así en el principal atractivo del film. Sus diálogos, marcados por el contraste de personalidades, generan situaciones cómicas que alivian la tensión sin romper el ritmo. Aunque el guion no profundiza especialmente en sus arcos individuales, sí consigue que resulten lo suficientemente carismáticos como para sostener el interés del espectador.

Teniendo en cuenta que el director Jonny Campbell suele moverse por terrenos ácidos o agridulces como los de ‘Shameless’, ‘Westworld’ e incluso el ‘Drácula’ protagonizado por Claes Bang, cabía esperar algo más de mordacidad en el guión. Pero si uno capta el guiño a ‘The Body Snatchers’, la novela precursora de ‘Los ladrones de cuerpos’, y reconoce el viraje a lo salvaje y sanguinolento, puede disfrutar desde lo naif esta propuesta.

Ficha de ‘Turno de noche’

Estreno en España: 22 de abril de 2026. Título original: Cold Storage. Duración: 99 min. País: EE.UU. Dirección: Jonny Campbell. Guion: David Koepp. Música: Mathieu Lamboley Fotografía: Tony Slater Ling. Reparto principal: Joe Keery, Georgina Campbell, Liam Nesson. Producción: StudioCanal, Ciné+OCS, Bibi Film tv, HunkyDory Films, Moroco Shooting and Support. Distribución: DeAPlaneta. Género: comedia, ciencia ficción. Web oficial.

Acudimos a la presentación de ‘Una conversación pendiente’ en Madrid

El peso de lo nunca dicho como motor dramático

Esta mañana ha tenido lugar la presentación en Madrid del cortometraje ‘Una conversación pendiente’. Se celebró con una notable asistencia de rostros conocidos que desfilaron por el photocall, consolidando el interés que ha despertado el proyecto.

Acudieron al acto la directora Cecilia Gessa y sus dos actores protagonistas: Salva Reina y Carlos Bardem. Pero por el photocall previo a la proyección pasaron artistas como Mónica Bardem, Javier Botet, Víctor Clavijo, Carolina Bona, Nerea Barros, Christian Checa, Denise Peña, Mauricio Morales, David Pareja, David M. Santana, Arlette Torres, Mario Mayo, Sara Escudero Tati Ballesteros, Sara Jiménez o Aldhara que es la cantante del cortometraje. Podéis ver a estos y otros asistentes en la galería que ubicamos al pie de esta noticia.

La proyección: una propuesta muy íntima y desafiante dirigida por Cecilia Gessa

Tras el paso por el photocall, tuvo lugar la proyección de ‘Una conversación pendiente’, el nuevo trabajo de Cecilia Gessa, quien planteó una obra de corte íntimo centrada en el poder de la palabra y los sentimientos reprimidos.

El cortometraje, protagonizado por Carlos Bardem y Salva Reina, presenta interpretaciones sostenidas por el peso emocional que ambos actores han sabido transmitir. No solo ha sido buena decisión contar con estos dos actores, sino que es muy interesante que dos hombres interpreten esta obra en la que los tópicos y la educación de hermetismo volcada en la niñez están en tela de juicio.

Una historia sobre lo no dicho

Rodado en localizaciones de Cuenca, el cortometraje construyó su atmósfera a partir de espacios cerrados. La ciudad de las casas colgantes es el escenario para tocar esos temas que a muchos les quedan pendientes hasta bien entrada su adultez. El relato no puede recibir otro calificativo que el de íntimo y quizá por ello la pantalla recorta el espacio presentándose en 4:3.

La historia aborda temas como la amistad, la verdad en la vida y el deseo contenido, proponiendo una reflexión sobre cómo las palabras que no se pronuncian pueden condicionar profundamente las relaciones personales y el devenir de nuestras relaciones. Y hace todo esto en poco más de 10 minutos, poca broma.

Web oficial del corto.

Crítica: ‘Prime Crime: A True Story’

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Van Sant recupera el eco incómodo de una Norteamérica que nunca se fue

Hablar de Gus Van Sant es hablar de un cineasta que siempre ha transitado entre lo experimental y lo profundamente humano. En ‘Prime Crime: A True Story’, el director vuelve a esa línea difusa entre realidad y recreación que ya exploró en títulos como ‘Elephant’ o ‘Last Days’, pero aquí lo hace con una intención casi arqueológica: reconstruir un fragmento de la historia criminal estadounidense desde la textura visual y emocional de otra época.

Desde varios de sus compases, la película se posiciona como un falso documento que bebe del lenguaje televisivo de los años 70. La fotografía granulada, el uso de zooms abruptos y los encuadres imperfectos no son un capricho estético, sino una declaración de intenciones. Van Sant no quiere que el espectador vea la película; quiere que la experimente como si estuviera viendo una retransmisión olvidada en un archivo.

Este enfoque se refuerza con decisiones técnicas que el uso de lentes vintage y cámaras adaptadas para replicar las limitaciones tecnológicas de la época. Incluso algunas escenas fueron rodadas con iluminación mínima para mantener esa sensación de crudeza casi accidental. El resultado es una obra que parece encontrada más que filmada, todo un acierto en ese sentido. Nunca sabremos cómo habría salido esta película con Werner Herzog dirigiendo y Nicolas Cage protagonizando pues así se proyectó en principio.

Un relato potente que se diluye en su tramo central

Sin embargo, no todo en ‘Prime Crime: A True Story’ funciona con la misma eficacia. Si bien su arranque es magnético y su cierre tiene un peso social notable, el tramo central acusa una cierta fatiga narrativa. La acción, si es que puede definirse así, se vuelve completamente estática, apoyándose casi exclusivamente en diálogos tensos y silencios prolongados.

Aquí es donde la propuesta de Van Sant puede dividir al público. Los tira y afloja psicológicos, que en un principio resultan absorbentes, terminan por saturar. Hay una reiteración de dinámicas que no siempre aportan nuevas capas al conflicto, lo que provoca que el ritmo se resienta. No estamos ante un thriller al uso ni ante una película de acción, es más bien un estudio de comportamiento, y como tal exige paciencia.

Este tipo de narrativa recuerda, en cierto modo, al minimalismo extremo de ‘Gerry’, donde el tiempo y el espacio se dilatan hasta incomodar. Pero mientras en aquella propuesta la experiencia era casi hipnótica, aquí se percibe un ligero estancamiento que puede desconectar al espectador menos predispuesto. También hay que reconocer que el magnetismo de dos actores como Bill Skarsgård y Colman Domingo juegan a favor de este nuevo estreno.

Un retrato cultural inquietantemente vigente

Donde la película recupera toda su fuerza es en su lectura cultural. ‘Prime Crime: A True Story’ no es solo la recreación de un crimen real en busca de enganchar a los fans del true crime. Es un retrato de una Norteamérica que construyó sus héroes a base de violencia, coraje individual y una fe casi ciega en la justicia por mano propia.

Los créditos finales, que incorporan imágenes de archivo, funcionan como un golpe de realidad. De pronto, lo que parecía una estilización se revela como un reflejo directo de una época. Van Sant inserta fragmentos que evocan el imaginario del western clásico, con referencias implícitas a figuras como John Wayne, símbolo de ese héroe solitario que resolvía conflictos a punta de pistola.

No es casualidad. La película sugiere, sin subrayarlo de forma explícita, que esa mitología sigue latente. Que existe una pulsión social que añora a esos “héroes de a pie”, cansados del sistema y dispuestos a actuar al margen de él. En este sentido, aunque no establece un paralelismo directo con la actualidad, el subtexto resulta inquietantemente contemporáneo.

Y es aquí donde inevitablemente surge la comparación con ‘Tierra prometida’ o ‘No te preocupes, no llegarás lejos a pie’, obras que abordaban de forma más clara y comprometida las tensiones sociales modernas. Frente a ellas, ‘Prime Crime: A True Story’ parece menos intencional y más conmemorativa a efectos de mostrar un país que no deja de estar enfermo.

Ficha de ‘Prime Crime: A True Story’

Estreno en España: 17 de abril de 2026. Título original: Dead Man’s Wire. Duración: 104 min. País: EE.UU. Dirección: Gus Van Sant. Guion: Austin Kolodney. Música: Danny Elfman. Fotografía: Arnaud Potier. Reparto principal: Bill Skarsgård, Dacre Montgomery, Al Pacino, Colman Domingo, Cary Elwes, Myha’la Herrold. Producción: Elevated Films, Pressman Film, Pinstripes, Co Created Media, Wrong Turn Productions, Artemis, Yo Productios, Velodrome, Edith Productions, Punch Once, Va Bene Productions. Distribución: Vértigo Films. Género: biográfico, drama, suspense. Web oficial.

Crítica: ‘La buena hija’

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Su capacidad de incomodar sin efectismos ni drama fácil la convierte en pedagogía

En su traslación del cortometraje al largo, la directora Júlia de Paz Solvas construye con ‘La buena hija’ una obra de vocación pedagógica que no busca el golpe de efecto inmediato, sino la sedimentación emocional. Lejos del impacto visceral de títulos como ‘Custodia compartida’, aquí el dolor se filtra de forma más sutil, más progresiva, pero igualmente persistente.

La película, que llega precedida por el reconocimiento a su corto previo y su paso por el Festival de Málaga, se adentra en un terreno complejo: la convivencia con un padre maltratador desde la perspectiva de una hija adolescente. No se trata únicamente de denunciar, sino de comprender (sin justificar) los mecanismos emocionales que atan a la víctima con su agresor.

Uno de los mayores aciertos de la cinta reside en cómo aborda la ambigüedad afectiva. La protagonista no parte de un rechazo frontal hacia su padre, al contrario, lo percibe inicialmente como una figura cercana, cómplice, alguien que la trata “como a un colega más”. Este matiz, incómodo pero profundamente realista, sitúa al espectador en un terreno ético complejo: el tránsito desde la identificación hasta el miedo no es abrupto, sino progresivo, lleno de contradicciones, negaciones y silencios.

En este sentido, ‘La buena hija’ se alinea con una corriente de cine social que apuesta por la observación minuciosa antes que por el subrayado dramático. La violencia no estalla constantemente en pantalla, sino que se intuye, se respira, se infiltra en los gestos cotidianos.

Adolescencia, rebeldía y psicología en construcción

La película acierta al situar su relato en una etapa vital particularmente vulnerable: la adolescencia tardía, ese momento liminal entre el instituto y la vida adulta. Es un periodo donde la identidad está en construcción, donde la rebeldía emerge como lenguaje propio y donde los límites familiares, sociales, emocionales se ponen constantemente a prueba.

Aquí, ‘La buena hija’ despliega una mirada especialmente lúcida sobre la psicología infantil y juvenil. Los pequeños actos de desafío, las mentiras aparentemente triviales o los cambios de actitud no se presentan como simples “problemas de conducta”, sino como síntomas de un conflicto más profundo. La directora evita el juicio fácil centrándose en la observación de estos comportamientos.

El trabajo actoral resulta fundamental para sostener esta propuesta. La protagonista encarna ese vaivén emocional con una naturalidad desarmante. A su lado, Janet Novas y Julián Villagrán aportan una densidad interpretativa que eleva el conjunto. Villagrán, en particular, construye un personaje inquietante precisamente por su aparente normalidad: no es un monstruo evidente, sino alguien capaz de alternar cercanía y amenaza en cuestión de segundos.

Un cine que educa sin imponer respuestas

‘La buena hija’ no es una película cómoda, pero tampoco pretende serlo. Su carácter pedagógico no radica en ofrecer soluciones, sino en plantear preguntas. ¿Cómo se rompe el vínculo con un agresor cuando ese agresor también ha sido una figura de afecto? ¿Cómo se reconoce la violencia cuando esta se disfraza de normalidad cotidiana?

La película evita caer en el didactismo explícito, apostando por una narrativa que confía en la inteligencia emocional del espectador. Este enfoque puede restarle inmediatez frente a propuestas más contundentes, pero le otorga una capacidad de permanencia mucho mayor. Es un cine que no se agota en el visionado, sino que continúa resonando tiempo después.

Esta película podría consolidarse como una obra relevante dentro del panorama del cine español contemporáneo. ‘La buena hija’ no revoluciona el género, pero sí aporta una mirada honesta y matizada sobre una realidad compleja. Su mayor virtud es, precisamente, esa capacidad para incomodar desde la empatía, para mostrar sin subrayar y para invitar a la reflexión sin dictar conclusiones.

Ficha de ‘La buena hija’

Estreno en España: 10 de abril de 2026. Título original: La buena hija. Duración: 101 min. País: España. Dirección: Júlia de Paz Solvas. Guion: Júlia de Paz Solvas, Nuria Dunjó. Música: Natasha Pirard. Fotografía: Sandra Roca. Reparto principal: Kiara Arancibia, Julián Villagrán, Janet Novas, Petra Martínez. Producción: 3Cat, Astra Motion Pictures, Avalon, ICEC, ICAA, Krater Films, Movistar Plus+, RTVE. Distribución: Avalon. Género: drama. Web oficial.

Crítica: ‘Buena suerte, pásalo bien, no mueras’

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Un bucle narrativo que nos pasa examen y plantea dónde va nuestra humanidad

Cada vez son más voces que se suman a ideas como la que planteaba el cómic original de Valerian, que luego fue película con Valerian y la ciudad de los mil planetas dirigida por Luc Besson, el cual arrancaba con una propuesta bastante desalentadora en la cual la humanidad convive con sus máquinas y vive anclada a sus sillones o camas viendo constantemente entretenimiento. Esto es algo que años después, películas como Matrix o Wally también plantearon. Estamos abocados a vivir entretenidos y mantenidos por nuestras máquinas. Esta es quizás una de las muchas lecturas que plantea ‘Buena suerte, pásalo bien, no mueras’, pero hay más.

La nueva propuesta de Gore Verbinski se adentra en uno de los territorios más transitados (y, aun así, inagotables) del cine fantástico: los bucles temporales. Pero aquí no se trata únicamente de repetir eventos con ligeras variaciones, sino de utilizar esa repetición como reflejo de una sociedad atrapada en sus propios hábitos digitales. Verbinski, conocido por su capacidad para alternar entre lo comercial y lo inquietante, construye una obra que oscila entre la brillantez conceptual y el agotamiento estructural.

La película está fragmentada en episodios o flashbacks que, en más de una ocasión, parecen variaciones directas (casi calcos) de capítulos de ‘Black Mirror’. Y no es por usar una expresión fácil o muletilla recurrente, es que algunos argumentos los hemos visto tal cual en la serie de Charlie Brooker. Esta decisión narrativa tiene una doble lectura: por un lado, refuerza el carácter episódico de nuestra relación con la tecnología (consumo rápido, estímulo constante, poco tiempo para pensar), por otro, genera una sensación de déjà vu que puede resultar tan deliberada como cargante. Es una película que, como los propios algoritmos que critica, parece diseñada para retenerte incluso cuando ya estás saturado. Es evidente que en montaje las secuencias están planteadas para dar la sensación de scroll de red social y así potenciar esa sensación de repetición obsesiva. Desde luego tiene un ritmo deliberadamente imparable y frenético.

Humor negro y apocalipsis digital: cuando reír es incómodo y retratista

Donde la película encuentra su mayor acierto es en el uso del humor negro como herramienta de disección social. ‘Buena suerte, pásalo bien, no mueras’ no pretende sermonear, prefiere incomodar. El título funciona así como advertencia y sarcasmo: una frase que podría leerse en cualquier red social antes de un reto absurdo, pero que aquí adquiere tintes casi proféticos. Verbinski podría haber optado por mostrar personajes de esos que llevan al extremo su necesidad de validación digital, pero en lugar de ello prefiere tejer una serie de situaciones que nos muestra cuan idiotizados estamos.

La sombra de ‘Terminator’ planea sobre toda la obra, especialmente en su tratamiento de la inteligencia artificial como amenaza latente. No es una rebelión de máquinas inmediata ni espectacular, sino progresiva, silenciosa, integrada en nuestras rutinas. La película establece paralelismos emocionales con la relación entre Sarah y John Connor, trasladándolos a un contexto donde la “protección” ya no es física, sino digital: proteger la identidad, la autonomía y, en última instancia, la capacidad de decisión humana.

Aquí es donde Verbinski introduce una de sus ideas más inquietantes: la IA no necesita destruirnos, basta con sustituirnos. En un mundo saturado de contenido, donde los memes generados automáticamente inundan cada espacio de atención, el ser humano queda relegado a un papel secundario. La película sugiere que ya estamos viviendo ese proceso, y que lo que hoy parece entretenimiento trivial es, en realidad, el preludio de una obsolescencia colectiva.

Sam Rockwell y el arte de sostener el caos

En medio de este entramado conceptual se encuentra Sam Rockwell, quien vuelve a demostrar por qué es uno de los intérpretes más versátiles de su generación. Su actuación es un equilibrio constante entre la extravagancia y la humanidad, entre el absurdo y la lucidez. Aunque el filme se compone de muchos secundarios y sus propias historias, Rockwell mantiene la obra viva.

Su personaje funciona como catalizador emocional dentro del caos estructural. Es consciente, en mayor o menor medida, del bucle en el que se encuentra, lo que le permite ofrecer momentos de ironía y desesperación a partes iguales. En ciertos pasajes, su interpretación recuerda a sus trabajos más excéntricos, pero aquí hay una capa adicional de desgaste psicológico que aporta profundidad al conjunto.

Estamos ante una película contradictoria: tan estimulante como exasperante, tan lúcida como alborotada. Verbinski plantea preguntas incómodas sobre nuestra dependencia tecnológica y con ello plantea un espejo en cuyo reflejo nos vemos todos y lo que vemos no siempre es agradable. Por ese planteamiento y por su calidad técnica, ‘Buena suerte, pásalo bien, no mueras’ es, sin duda, el mejor filme de Gore Verbinski en mucho tiempo.

Ficha de ‘Buena suerte, pásalo bien, no mueras’

Estreno en España: 10 de abril de 2026. Título original: Good Luck, Have Fun, Don’t Die. Duración: 134 min. País: Estados Unidos. Dirección: Gore Verbinski. Guion: Matthew Robinson. Música: Geoff Zanelli. Fotografía: Jim Whitaker. Reparto principal: Sam Rockwell, Haley Lu Richardson, Michael Peña, Zazie Beetz, Asim Chandhry, Tom Taylor, Juno Temple Producción: 3 Arts Entertainment, Blind Wink Productions, Constantin Film, Robert Kulzer Productions, WAM Films. Distribución: Universal Pictures. Género: comedia, ciencia ficción. Web oficial.

Crítica: ‘Incontrolable’

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Una lección feel good que acaba con el estigma cómico del síndrome Tourette

Durante décadas, el cine ha tratado el síndrome de Tourette casi exclusivamente como un artefacto cómico, una suerte de recurso narrativo para generar risas incómodas. Lo hemos visto en personajes puramente caricaturescos como los de ‘Gigoló’, en la versión más cómica de ‘The predator’ e incluso en títulos españoles como ‘Toc toc’. Por fin, con el estreno de ‘Incontrolable’, la gran pantalla abandona la mofa para abrazar la complejidad del individuo. Kirk Jones nos entrega un relato en clave dramática que, lejos de buscar la carcajada ante el exabrupto, se sumerge en la psique del protagonista para ofrecernos una visión mucho más humana, digna y, sobre todo, necesaria.

‘Incontrolable’ asume el reto de desarrollar un drama donde, si bien existen situaciones irremediablemente graciosas por la naturaleza del trastorno, estas no restan potencia al relato. Jones consigue que la película no caiga en la caricatura, logrando un equilibrio muy elegante y, sobre todo, profundamente humano.

La humanidad de Robert Aramayo y el reencuentro con Peter Mullan

No es de extrañar los premios que ha recibido Robert Aramayo por este papel. Su interpretación es un ejercicio de contención y verdad; no cae en la parodia y expone con una crudeza necesaria la incomprensión social y familiar que sufre su personaje. Es especialmente notable la química en pantalla al ver que Aramayo repite con Peter Mullan, con quien trabajó en ‘Los Anillos de Poder’. Pero es aún mejor la fórmula que se desarrolla con Maxine Peake. Esta dupla actoral protagoniza lo que quizás sea la faceta más ejemplar del filme. En sus escenas compartidas se desarrolla la intención principal de la obra: alcanzar la verdadera comprensión de un síndrome que aísla a quien lo padece.

De la impotencia adolescente al reconocimiento real

Se nota que el equipo de producción ha estado en estrecho contacto con el personaje real en el que se han inspirado, John Davidson. La narrativa nos guía por un viaje emocional que va desde la burla y la impotencia que vivió en su adolescencia hasta su consolidación como activista en la vida adulta. El guion no edulcora el camino lleno de piedras que Davidson tuvo que transitar antes de alcanzar sus pequeños y grandes éxitos.

El momento cumbre, que en su día llenó portadas, es su condecoración como Miembro de la Orden del Imperio Británico, recibida de manos de la mismísima Reina de Inglaterra. Sin embargo, Kirk Jones decide que este honor no sea el único foco, sino el símbolo de una lucha por la visibilidad. ‘Incontrolable’ termina siendo una pieza fundamental para dar voz a un colectivo que, por lo general, sufre el estigma de ser el centro de las bromas ajenas, transformando el dolor en una lección de resiliencia y lección de vida. La película se alza como una feel good movie genuina que inyecta una dosis de originalidad y frescura muy por encima de lo que veníamos viendo últimamente en el género biográfico. Es ese tipo de cine que te deja con el corazón hinchado y la mente mucho más abierta.

Ficha de ‘Incontrolable’

Estreno en España: 10 de abril de 2026. Título original: I swear. Duración: 120 min. País: Reino Unido. Dirección: Kirk Jones. Guion: Kirk Jones. Música: Stephen Rennicks. Fotografía: James Blann. Reparto principal: Robert Aramayo, Peter Mullan, Maxine Peake, Shirley Henderson, Scott Ellins Watson, Paul Donnelly, Douglas Rankine. Producción: One Story High, Tempo Productions. Distribución: SelectaVisón. Género: drama, hechos reales. Web oficial.

Crítica: ‘Super Mario Galaxy: la película’

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Referencias y sabor a gran franquicia por encima de ambición narrativa

Con ‘Super Mario Galaxy: la película’, el trío formado por Aaron Horvath, Michael Jelenic y Pierre Leduc da un paso más allá en la consolidación del universo cinematográfico de Nintendo. No es casual: vienen de trabajar en productos tan reconocibles como ‘Teen Titans Go!’, el entorno animado de Batman o la maquinaria de éxitos de ‘Gru’. Sin embargo, el verdadero eje creativo aquí es el guionista Matthew Fogel, responsable de títulos como ‘La LEGO película 2’, ‘Minions: el origen de Gru’ o ‘Esta abuela es mi padre’. Su firma se nota: estructura clásica, ritmo ágil y una tendencia clara a priorizar el gag sobre la profundidad narrativa.

La película parte con una premisa ambiciosa: trasladar la escala cósmica del videojuego ‘Super Mario Galaxy’ al cine. El resultado es, en términos visuales, apabullante. La animación de Illumination vuelve a demostrar un dominio absoluto del color, las texturas, la iluminación y la expresividad de los personajes. Cada planeta, cada galaxia y cada criatura está diseñada para ser reconocible por el fan y accesible para el espectador casual. El salto del pixel al 3D que muchos personajes ya han dado en las consolas no afecta para nada el espíritu original.

Sin embargo, este despliegue técnico tiene un coste: la narrativa queda subordinada a la construcción de franquicia. Lo que debería ser una aventura autocontenida se percibe más como una pieza intermedia dentro de un engranaje mayor. Hay una clara intención de sentar las bases de algo más grande, y eso afecta al equilibrio interno del filme, que se entretiene mucho en ciertas pates.

Humor, referencias y una clara orientación hacia el público infantil

Confieso que esperaba una evolución similar a la saga de ‘Sonic the Hedgehog’ en el cine, donde cada entrega ha ido afinando su tono hasta conectar mejor con el público adulto. En este caso, aunque ‘Super Mario Galaxy: la película’ no decepciona de forma contundente, sí resulta menos divertida para ese espectador que busca capas adicionales.

Gran parte de esta sensación viene de una decisión llamativa: la ausencia de un número musical destacado de Jack Black. Tras el impacto cultural de su interpretación en la anterior entrega, su falta de protagonismo musical aquí se siente como una oportunidad perdida. El humor sigue presente y de hecho su personaje es de los más divertidos, pero en general el filme está más orientado al slapstick y a la inmediatez, con menos ironía o doble lectura.

Eso sí, el largometraje funciona como un festival de referencias. Para los seguidores de Nintendo, es un auténtico deleite: criaturas, escenarios, power-ups, melodías clásicas y hasta detalles como cambios de look o sonidos icónicos aparecen integrados con notable fidelidad. Esta acumulación de guiños, lejos de ser anecdótica, es uno de los pilares del atractivo de la película.

Además, la relación de Illumination con Universal Pictures permite introducir referencias externas bastante evidentes. Hay secuencias que evocan el espectáculo de ‘Jurassic World’, reforzadas por la presencia de Chris Pratt en el doblaje de Mario, y otras que recuerdan al icónico puente de ‘King Kong’ en la versión de Peter Jackson, donde curiosamente también participó Jack Black.

¿El inicio de un universo cinematográfico al estilo Nintendo?

El aspecto más discutible (y a la vez más revelador) de ‘Super Mario Galaxy: la película’ es su clara vocación de expansión. Si Disney tiene su universo Marvel y Warner sus personajes de DC, quizás el gran universo para Universal no va a ser el universo de monstruos, sino el de Nintendo. Hay dos elementos que apuntan directamente hacia la construcción de un universo compartido. El primero es la introducción del concepto de múltiples princesas, una decisión que abre la puerta a explorar personajes y líneas argumentales más allá de la clásica Princesa Peach. Teniendo en cuenta que Mario celebra ya cuatro décadas de historia, el material disponible es prácticamente inagotable.

El segundo elemento, mucho más significativo, es la aparición de un personaje ajeno al universo principal de Mario. Sin entrar en spoilers, su inclusión parece diseñada para preparar el terreno hacia un evento mayor, algo que inevitablemente remite a la posibilidad de un ‘Super Smash Bros.’ cinematográfico. No es una idea descabellada: el modelo de universo compartido ha demostrado su eficacia en otras casas.

El problema es que este enfoque tiene consecuencias narrativas. La trama principal pierde fuerza, algunos gags no terminan de ir más allá de lo ñoño o lo tontorrón y una de las escenas post-créditos es más un anuncio que un cierre satisfactorio.

Ficha de ‘Super Mario Galaxy: la película’

Estreno en España: 1 de abril de 2026. Título original: Super Mario Galaxy: the movie. Duración: 98 min. País: EE.UU. Dirección: Aaron Horvath, Michael Jelenic. Guion: Matthew Fogel. Música: Brian Tyler. Reparto principal: Chris Pratt, Anya Taylor-Joy, Charlie Day, Jack Black, Donald Glover, Keegan Michael Key, Kevin Michael Richardson, Brie Larson, Ben Safdie, Luis Guzman, Issa Rae. Producción: Universal Pictures, Nintendo, Illumination Entertainment. Distribución: Universal Pictures. Género: Web oficial.

Crítica: ‘Noise’

Hacía mucho que una película de terror no me recordaba al clásico j-horror

‘Noise’, de Kim Soo-jin, irrumpe como una obra que, con menos brillanteces técnicas de las que esperaba, apuesta por el sonido como eje narrativo. La película se sitúa en esa tradición del terror asiático que entendía el miedo como una grieta emocional antes que como un espectáculo, la misma que encumbró títulos como ‘The Eye’, y que aquí encuentra una inesperada reactivación.

La premisa es aparentemente sencilla: una mujer con problemas de audición se traslada al apartamento de su desaparecida hermana y comienza a percibir sonidos inexplicables que parecen conectar con una presencia maligna. Kim Soo-jin, en su debut en el largometraje, demuestra una comprensión de las obsesiones y la locura. Esto se nota sobre todo cuando consigue incomodar desde lo invisible. Y es que el uso del sonido está ahí no como simple recurso de susto, sino como elemento narrativo central, capaz de sostener la atmósfera de principio a fin.

El sonido como amenaza: cuando el silencio deja de ser refugio

Uno de los grandes aciertos de ‘Noise’ es su capacidad para convertir un problema cotidiano como es el ruido de los vecinos en un dispositivo de terror. El fenómeno del “ruido entre pisos”, una cuestión social real en Corea del Sur, sirve como base para una historia que explora la ansiedad urbana y la alienación contemporánea. Este detalle, lejos de ser anecdótico, dota a la película de una textura casi documental que refuerza su credibilidad.

La protagonista (interpretada por Lee Sun-bin) no solo lucha contra una amenaza externa, sino contra sus propias limitaciones sensoriales. Aquí es donde la comparación con ‘The Eye’ resulta inevitable: ambas comparten esa idea de un cuerpo “defectuoso” que, paradójicamente, abre la puerta a lo sobrenatural. Pero mientras aquella jugaba con la visión, ‘Noise’ apuesta por el oído… o por su ausencia.

El film utiliza el silencio y los ruidos molestos como arma. En un género saturado de estridencias, aquí los momentos más inquietantes son aquellos en los que no ocurre nada audible. O, mejor dicho, en los que el espectador duda si ha escuchado algo. Esa ambigüedad genera una tensión sostenida que se apoya en una puesta en escena minimalista: pasillos estrechos, paredes que parecen respirar, apartamentos que se convierten en cajas de resonancia emocional.

Luces y sombras de un debut prometedor

No obstante, ‘Noise’ no es una obra exenta de fisuras. Su tramo final explota de manera un tanto predecible y ofrece pocas respuestas. Esto sucede mucho en el terror cuando se juguetea con lo sobrenatural y se quiere dejar puertas abiertas a una secuela o hay miedo a ofrecer soluciones concretas.

Aun así, estos tropiezos no empañan el conjunto. Si algo logra ‘Noise’ es reconectar con una forma de entender el terror que parecía olvidada: aquella que no busca el sobresalto inmediato, sino la inquietud persistente. La película se inscribe así en una tradición que va desde el J-horror más atmosférico hasta el thriller psicológico contemporáneo, pero lo hace con identidad propia.

Visualmente sobria, yendo del pastel a lo mugriento, ‘Noise’ es, en última instancia, una buena experiencia. Una película que obliga al espectador a escuchar, de verdad, y a enfrentarse a la incomodidad de no poder confiar en sus propios sentidos.

Ficha de ‘Noise’

Estreno en España: 1 de abril de 2026. Título original: Noijeu. Duración: 95 min. País: Corea del Sur. Dirección: Kim Soo-jin. Guion: Lee Je-hui. Fotografía: Hong-Gyu Jeon. Reparto principal: Lee Sum-bin, Kim Min-seok, Han Su-a, Ryu Kyung-soo, Jeon Ik-ryung. Producción: Finecut, KC Ventures. Distribución: Marmitako Films. Género: terror. Web oficial.

Crítica: ‘Superman: man of tomorrow’

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Un origen reinventado que no termina de despegarse de lo de siempre

Hablar de ‘Superman: man of tomorrow’ es volver a confirmar una idea que se ha repetido durante años: el Universo DC siempre ha funcionado mejor en la animación que en imagen real. Mientras el llamado Snyderverse dejaba sensaciones encontradas (especialmente con personajes como Martian Manhunter, cuyo potencial quedó en nada), esta película apuesta por un enfoque más contenido, directo y, sobre todo, coherente con la esencia del personaje.

Nos encontramos ante una reinterpretación del origen de Superman que, sin romper con la tradición, introduce matices interesantes, aunque poco explotados. La historia se sitúa en un mundo con tintes retrofuturistas, una elección estética que no es casual. Este entorno mezcla tecnología avanzada con una sensibilidad visual que remite a la América de mediados del siglo XX, lo que encaja perfectamente con el simbolismo del personaje: un ideal clásico enfrentado a un mundo cambiante.

La animación es, sin duda, uno de los puntos fuertes. El trazo es limpio, dinámico y muy “americano” en el mejor sentido del término: musculatura marcada, acción clara y una narrativa visual que prioriza el espectáculo a la brillantez visual.

Una premisa potente… que se diluye

La película parte de una idea muy potente: ¿qué ocurriría si la identidad extraterrestre de Superman se viera expuesta demasiado pronto? La llegada de otras razas alienígenas, entre ellas el carismático Lobo, introduce un conflicto que podría haber redefinido completamente la percepción pública del héroe.

Sin embargo, aquí es donde ‘Superman: man of tomorrow’ empieza a perder fuerza. Lo que se plantea como un “what if” interesante, una exploración alternativa del mito, termina resolviéndose de forma bastante convencional. La narrativa opta por caminos seguros, desaprovechando el potencial dramático de un Superman que podría haber sido visto como una amenaza desde el primer momento.

El villano principal, aunque funcional, carece del peso necesario para sostener el conflicto, a pesar de sus dimensiones de kaiju. Aquí es donde entra en juego Lex Luthor, presentado como una figura ultratecnológica que anticipó versiones más modernas del personaje, en línea con lo que posteriormente desarrollaría James Gunn en su nueva visión del universo DC. Este enfoque es interesante, pero queda algo superficial en esta entrega.

Personajes secundarios y valor como puerta de entrada

Uno de los mayores aciertos de la película es su galería de personajes secundarios. La inclusión de Lobo no solo aporta dinamismo, sino que sirve como una excelente carta de presentación para el público general. Su personalidad irreverente y su brutalidad contrastan perfectamente con la moralidad de Superman, generando algunos de los momentos más entretenidos del metraje.

Por otro lado, la presencia de Martian Manhunter funciona casi como una compensación para los fans que esperaban más del personaje en otras adaptaciones. Aquí, aunque su papel no es central, al menos se le concede una relevancia narrativa que lo dignifica.

En este sentido, la película también adquiere un valor estratégico: sirve como introducción accesible a personajes que probablemente ganen protagonismo en futuros proyectos, incluyendo la esperada conexión con el universo de Supergirl. Este tipo de sinergias no son casuales y refuerzan la sensación de que sin llegar a formar parte de la misma narrativa estamos ante una pieza dentro de un plan mayor que se mantiene vivo gracias a la animación.

Ficha de ‘Superman: man of tomorrow’

Estreno en España: 2020. Título original: Superman: man of tomorrow. Duración: 86 min. País: EE.UU. Dirección: Chris Palmer. Guion: Tim Sheridan. Música: Kevin Riepl. Reparto principal (doblaje original): Darren Criss, Alexandra Daddario, Zachary Quinto, Ryan Hurst, Ike Amadi. Producción: DC Entertainment, Warner Bros. Animation. Distribución: Warner Bros. Género: ciencia ficción. Web oficial.

Crítica: ’53 domingos’

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La tragedia cínica de no soportar a tu propia familia

Cesc Gay vuelve a apoyarse en su mayor fortaleza: los actores en espacios íntimos y reducidos. En ‘53 domingos’ reúne a un cuarteto de intérpretes que funcionan como un mecanismo de relojería dramática. Carmen Machi y Javier Cámara vuelven a interpretar juntos, algo que ya de por sí despierta expectativas, y lo hacen acompañados por dos pesos pesados como Javier Gutiérrez y Alexandra Jiménez.

Es precisamente Jiménez quien articula la película desde su arranque. Rompiendo la cuarta pared con naturalidad y mala leche, su personaje se convierte en catalizador del conflicto familiar, exponiendo sin filtros las miserias de una familia política marcada por el reproche y el doble sentido. Desde esa posición, marca el ritmo del relato, como si levantara la batuta de una orquesta en la que los demás ejecutan cada réplica cargada de intención.

El guion, fiel al estilo de Gay, convierte los diálogos en auténticos duelos verbales. Los hermanos protagonistas, atrapados en una dinámica de resentimientos larvados, se lanzan pullas con una mezcla de cinismo apenas disimulado y sinceridad hiriente. No hay grandes giros argumentales, pero sí una tensión constante que mantiene viva la película.

Del teatro al cine: una adaptación que mantiene su esencia

‘53 domingos’ nace de una obra teatral previa del propio director, estrenada en Cataluña en 2020. Aunque la ciudad de Madrid aparece reconocible, ese origen se percibe en su estructura y en su puesta en escena: espacios cerrados, protagonismo absoluto de la palabra y una economía narrativa que se apoya en la interpretación. En su versión en castellano, actualmente representada en el Teatro Pavón, el papel que aquí encarna Cámara es interpretado por Julián López, lo que evidencia la flexibilidad del texto y su capacidad para adaptarse a distintos registros actorales.

Lejos de esconder ese origen teatral, Gay lo abraza. La cámara no intenta “abrir” artificialmente la historia, sino que se sitúa como un testigo privilegiado de las conversaciones, subrayando gestos a escondidas y desaprobaciones veladas. Esta decisión refuerza la sensación de estar asistiendo a algo incómodamente real, casi como si el espectador estuviera sentado en el sofá de ese salón familiar donde todo se dice… y todo se guarda.

Curiosamente, dentro de la filmografía del director, esta podría considerarse una de sus propuestas más luminosas desde el punto de vista visual. El etalonaje apuesta por una paleta de colores más viva de lo habitual, en contraste con la densidad emocional de lo que se cuenta. Ese color parece dialogar con el caos interno de los personajes: cuanto más vibrante es la imagen, más evidentes resultan las grietas.

Humor ácido, crueldad soterrada y el peso de los vínculos familiares

En el núcleo de ‘53 domingos’ hay una cuestión tan universal como incómoda: qué hacer con un padre que empieza a perder la cabeza. La película no convierte este conflicto en un melodrama, sino en un campo de batalla moral donde afloran egoísmos, culpas y responsabilidades compartidas o más bien evitadas.

Gay aborda este tema con su habitual sarcasmo e ironía, construyendo escenas donde el humor emerge de lo incómodo. Las discusiones no buscan tanto resolver el problema como posponerlo, disfrazarlo o trasladarlo al otro. En ese sentido, la película habla del “amor obligatorio”, ese que se presupone entre familiares pero que, en la práctica, está lleno de fisuras.

Hay también un trasfondo particularmente incómodo en la forma en que se retrata la vejez. Sin caer en lo explícito, la película sugiere una realidad cruel: el momento en que un progenitor deja de ser figura de autoridad para convertirse en una carga. Esta idea recorre la historia como un eco constante, aportando una capa de gravedad que contrasta con la ligereza aparente del tono. Y, sin embargo, probablemente estemos ante una de las películas más accesibles de Gay. No porque suavice su mirada (que sigue siendo incisiva), sino porque el humor actúa como vía de entrada. El espectador se ríe, pero lo hace reconociendo verdades incómodas.

‘53 domingos’ es una obra que confirma la coherencia autoral de Cesc Gay: un cine de palabras, de actores y de conflictos íntimos que, sin necesidad de grandes artificios, logra interpelar directamente al espectador. Una película que, como esas comidas familiares interminables, deja un regusto agridulce: incómoda, reconocible y, en última instancia, profundamente trágica.

Ficha de ’53 domingos’

Estreno en España: 27 de marzo de 2026. Título original: 53 domingos. Duración: 78 min. País: España. Dirección: Cesc Gay. Guion: Cesc Gay. Música: Arnau Bataller. Fotografía: Andreu Rebés. Reparto principal: Carmen Machi, Javier Cámara, Javier Gutiérrez, Alexandra Jiménez. Producción: Imposible Films. Distribución: Netflix. Género: drama, comedia. Web oficial.

Crítica: ‘Shelter: El protector’

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Un título repetido para una historia mil veces contada

Hay algo casi irónico y desde luego revelador, en el hecho de que ‘Shelter: El protector’ llegue a nuestras carteleras con un título que parece reciclado de una cadena de montaje. No es la primera vez que vemos algo así: en su día con Stallone, Dolph Lundgren, Denzel Washington, Liam Neeson e incluso con Banderas y hasta con Santiago Segura y su ‘Torrente 3’ ya tuvimos un “protector”. De hecho, ‘Homefront’ (2013) y ‘Beekeeper’ (2024) ya se tradujeron en España como ‘El protector’. Estamos ante una fórmula harto explotada, que demuestra que lo de Jason Statham ya no es pasión por hacer cine sino ir en piloto automático.

En este contexto, el filme de Ric Roman Waugh no solo no intenta diferenciarse, sino que parece abrazar sin complejos el piloto automático. No estamos ante una revisión del arquetipo, ni siquiera ante una variación especialmente ingeniosa: es, sencillamente, otra iteración. Y eso se nota desde el primer minuto.

El cine de acción contemporáneo ha encontrado en esta plantilla un refugio seguro, quizá el título es ‘Shelter’. Se sienten cómodos dentro de la misma receta: protagonista masculino, pasado oscuro, intento fallido de vida calmada y una espiral de violencia que lo arrastra de nuevo a lo que mejor sabe hacer para salvar a alguien y alcanzando a una organización criminal. ‘Shelter: El protector’ no solo encaja en este molde, sino que lo reproduce con una fidelidad casi académica.

Jason Statham y el héroe funcional

El rostro visible de esta maquinaria es Jason Statham, quien lleva años perfeccionando un tipo de personaje que aquí alcanza su forma más depurada (o más vacía, según se mire). En esta ocasión, su profesión alternativa roza lo pintoresco: farero, una elección que parece diseñada más por su carga simbólica que por su credibilidad narrativa. Al final va a conseguir interpretar más profesiones que Homer Simpson. Creo que esta broma ya la había hecho, pero si Statham se puede permitir repetir una y otra vez lo mismo, ¿por qué yo no?

Y sí, hay perro. Un detalle que, en el cine de acción contemporáneo, funciona casi como un presagio: si alguien amenaza a ese animal, la violencia posterior estará no solo justificada, sino emocionalmente amplificada. Es un recurso tan eficaz como previsible.

Statham cumple, como siempre. Su presencia física, su economía gestual y su capacidad para transmitir amenaza siguen intactas. Pero también lo está su falta de evolución. El actor británico no parece interesado, ni quizá necesitado, de salir de esta zona de confort, y ‘Shelter: El protector’ no le exige lo contrario.

Ric Roman Waugh y el agotamiento del modelo

Si hay un responsable último de esta sensación de déjà vu constante, ese es su director. Ric Roman Waugh lleva años orbitando este tipo de cine, con títulos como ‘Angel Has Fallen’ dentro de la conocida saga de acción institucional. Su filmografía revela una clara inclinación por relatos de hombres al límite enfrentados a sistemas corruptos o amenazas desproporcionadas.

En ‘Shelter: El protector’, esa tendencia alcanza un punto de saturación. No hay riesgo formal, no hay búsqueda estética ni narrativa. Todo está calculado para funcionar dentro de unos parámetros conocidos: ritmo constante, escenas de acción eficaces pero intercambiables y una progresión dramática que avanza sin sorpresas.

Algunas curiosidades de producción, como el énfasis en realizar escenas de acción con el menor uso posible de efectos digitales o la insistencia de Statham en ejecutar personalmente muchas de sus secuencias físicas, aportan cierto valor artesanal. Sin embargo, estos detalles, que podrían enriquecer la experiencia, quedan diluidos en un conjunto que nunca aspira a ser más que correcto. Es una película que no ofende, pero tampoco entusiasma ni defiende un género que hoy en día busca nuevos códigos para reivindicarse. Funciona como entretenimiento inmediato, pero carece de cualquier tipo de resonancia. Es cine de consumo rápido, diseñado para ser olvidado con la misma facilidad con la que se ve.

Ficha de ‘Shelter: El protector’

Estreno en España: 27 de marzo de 2026. Título original: Shelter. Duración: 107 min. País: EE.UU. Dirección: Ric Roman Waugh. Guion: Ward Parry. Música: David Buckley. Fotografía: Martin Ahlgren. Reparto principal: Jason Statham, Bill Nighy, Bodhi Rae Breathnach, Naomi Ackie, Daniel Mays. Producción: Black Bear, CineMachine Media Works, Eastern Film, Fire Hawk Productions, Punch Palace Productions, Quebec Film and Television Tax Credit, RVK Studios, Stampede Ventures. Distribución: Diamond Films. Género: acción. Web oficial.

Crítica: ‘Peaky Blinders: el hombre inmortal’

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Un crepúsculo con menos profundidad y más ruido

Tras seis temporadas que redefinieron el drama criminal televisivo hasta el punto de ser comparada con gigantes como ‘El padrino’ o ‘Los Soprano’, Peaky Blinders da el salto definitivo al cine con ‘Peaky Blinders: el hombre inmortal’, una película dirigida por Tom Harper (‘Wild Rose’) y escrita por su creador original, Steven Knight. Rodada en 2024, esta clausura cinematográfica no solo busca cerrar tramas o servir de relevo, sino encapsular el legado de una de las ficciones británicas más influyentes del siglo XXI.

Un regreso marcado por la guerra y la decadencia

La película retoma la historia de Tommy Shelby (uno de los papeles más icónicos de Cillian Murphy) en un momento de retiro autoimpuesto. Alejado del poder, escribe sus memorias mientras contempla los restos de un imperio que ya no reconoce como propio. Este punto de partida conecta directamente con el tono crepuscular que impregna todo el filme, ambientado en plena Segunda Guerra Mundial, donde la violencia ya no es solo un instrumento de poder, sino una consecuencia inevitable del derrumbe moral. Y con este toque histórico llega otro hecho, la serie ha llevado a sus personajes más allá de lo que fueron en la realidad, con este largometraje les otorga las sombras a las que la historia les condenó.

Harper y Knight optan por una narrativa más introspectiva, en la que el enemigo (como en cada temporada) vuelve a mutar, aunque aquí se diluye en una amenaza más abstracta y sistémica, profundamente ligada al contexto bélico europeo. Ya no hay una mafia concreta que derribar, el antagonista es el propio tiempo, la búsqueda de paz interior, la historia y el peso de las decisiones pasadas.

Visualmente, la película mantiene la estética que convirtió a la serie en un referente: encuadres estilizados, uso simbólico de la cámara lenta y una banda sonora anacrónica pero eficaz. Sin embargo, el paso al formato cinematográfico también impone limitaciones. Lo que antes se cocía a fuego lento ahora debe resolverse en poco más de dos horas, lo que afecta especialmente al desarrollo de conflictos secundarios y del desarrollo de nuevos personajes.

Un reparto ampliado para una despedida ambiciosa

Siguiendo la tradición de incorporar grandes nombres en cada temporada, esta película eleva la apuesta con la presencia de Rebecca Ferguson, Tim Roth, Sophie Rundle y Barry Keoghan, entre otros. A ellos se suma el regreso de Stephen Graham, consolidando un elenco de enorme peso interpretativo.

Especial mención merece Keoghan, quien da vida a Erasmus “Duke” Shelby en una versión más adulta del personaje. Su presencia no es anecdótica: Duke se convierte en una pieza clave del relato, representando la herencia más cruda y peligrosa de los Shelby. Su interpretación aporta una energía impredecible que contrasta con el agotamiento emocional de Tommy, generando un interesante relevo generacional.

No obstante, el filme también evidencia ciertas carencias estructurales. La progresiva desaparición de miembros clave de la familia Shelby obliga a introducir nuevos personajes y conflictos que, en algunos casos, se resuelven con giros que rozan lo telenovelesco. Esta sensación de urgencia narrativa impide que algunos secundarios alcancen la profundidad que sí tenían en la serie.

Entre la épica y la melancolía: un cierre imperfecto pero digno

‘Peaky Blinders: el hombre inmortal’ es, ante todo, una elegía. Un relato sobre el desgaste, la culpa y la imposibilidad de escapar del propio legado. La película insiste en los temas que definieron la serie (familia, poder, traición y redención) pero los aborda desde una perspectiva más sombría y definitiva.

Uno de los aspectos más interesantes, es el esfuerzo por mantener más que nunca la autenticidad histórica: parte del vestuario se confeccionó utilizando técnicas tradicionales de sastrería británica, algunos exteriores se rodaron en localizaciones reales afectadas por bombardeos durante la guerra y la trama principal se basa en un hecho real de la II Guerra Mundial. Se refuerza así esa sensación de mundo en ruinas.

Sin embargo, la película no logra escapar del todo a la sensación de condensación. La psique de Tommy Shelby, uno de los personajes más complejos de la televisión reciente, ya había sido ampliamente explorada, y aquí se encuentra en una fase más contemplativa que transformadora. Esto puede resultar anticlimático para quienes esperaban una conclusión más explosiva, restando incluso emoción al cierre.

Aun así, el filme acierta al no traicionar su esencia. No busca un final complaciente, sino coherente con el universo que ha construido durante años. El precio del poder, parece decirnos, no es la muerte, sino la supervivencia. ‘Peaky Blinders: el hombre inmortal’ no alcanza del todo la grandeza sostenida de la serie, pero sí ofrece un cierre digno, cargado de simbolismo y con momentos de gran intensidad. Es una despedida que, como su protagonista, avanza entre las cenizas: imperfecta, agotada, pero imposible de ignorar.

Ficha de ‘Peaky Blinders: el hombre inmortal’

Estreno en España: 20 de marzo de 2026. Título original: Peaky Blinders: The Immortal Man. Duración: 112 min. País: Reino Unido. Dirección: Tom Harper. Guion: Steven Knight. Música: Antony Genn, Martin Slattery. Fotografía: George Steel, Ben Wilson. Reparto principal: Cillian Murphy, Rebecca Ferguson, Tim Roth, Sophie Rundle, Barry Keoghan, Stephen Graham. Producción: Netflix, BBC. Distribución: Netflix. Género: drama, suspense. Web oficial.

Crítica: ‘Elon Musk al descubierto’

El sueño eléctrico del tecnofeudalismo y sus ovejitas

Dirigido por Andreas Pichler y conocido internacionalmente como ‘Elon Musk Unveiled: The Tesla Experiment’, este filme no es un retrato complaciente del magnate, sino una disección incómoda de la figura de Elon Musk y, sobre todo, del sistema que ha contribuido a construir. Lejos de la narrativa heroica que suele rodear al fundador de Tesla o SpaceX, la película se adentra en un territorio más cercano al cyberpunk distópico que al relato de innovación que tantas veces se ha vendido.

Una narrativa que desmonta el mito tecnológico

Pichler no intenta narrar el nacimiento del coche eléctrico, de hecho, se encarga de subrayar que Tesla no inventó esta tecnología, sino que centra su enfoque en algo mucho más inquietante: el control. El documental expone cómo una empresa puede moldear el discurso público, presionar instituciones y redefinir los límites de lo aceptable en nombre del progreso y a costa del rebaño que le sigue fielmente.

En este sentido, ‘Elon Musk al descubierto’ funciona como una advertencia. La acumulación masiva de datos (hablamos de volúmenes que superan con creces el concepto tradicional de Big Data) convierte a los vehículos en nodos de vigilancia permanente. Cada trayecto, cada frenada, cada error humano o mecánico se transforma en información procesable. Lo que el filme sugiere, apoyándose en testimonios y material documental, es que esta recolección no solo busca mejorar la tecnología, sino consolidar una posición de poder sin precedentes.

El material se nutre de filtraciones internas y testimonios recogidos durante años, en ocasiones bajo condiciones de anonimato. Este detalle refuerza la sensación de estar ante una obra que no solo informa, sino que revela. Y es que todo el reportaje gira en torno a una muerte, un accidente o fallo de sistema que desde el año pasado ha puesto en jaque la fiabilidad del famoso Autopilot.

Voces desde dentro: el coste humano del progreso

Uno de los mayores aciertos del documental es dar voz a empleados y ex-empleados de Tesla. Sus testimonios construyen un retrato de Musk alejado del visionario carismático: lo describen como alguien obsesionado con la perfección tecnológica, especialmente en proyectos vinculados a SpaceX, pero profundamente desconectado en lo humano hasta el punto de ser incapaz de hacer amigos de verdad.

Las declaraciones coinciden en un patrón: jornadas extenuantes, presión constante y una cultura corporativa donde el error no es una posibilidad, sino un paso necesario en un proceso de ensayo y error llevado al extremo. El problema, como subraya el film, es que ese “error” no siempre se queda en un laboratorio. En ocasiones, se traslada a la carretera.

Aquí es donde el documental golpea con más fuerza. Casos de “frenada fantasma” y “aceleración involuntaria”, fenómenos ampliamente discutidos por usuarios, son presentados con pruebas y testimonios. No como fallos anecdóticos, sino como síntomas de un sistema que experimenta en tiempo real con sus propios clientes. La idea es inquietante: los usuarios no son solo consumidores, sino participantes involuntarios en un experimento a escala global para mejorar un producto.

Tecnofeudalismo y legado: la historia que no se contará

‘Elon Musk al descubierto’ trasciende la figura de su protagonista para plantear una reflexión más amplia: vivimos en una era que podría definirse como tecnofeudalismo. Grandes corporaciones tecnológicas acumulan poder económico, informativo y político hasta niveles que rivalizan o superan ya a los estados.

El documental deja una pregunta en el aire: ¿cómo será recordado Elon Musk? Probablemente, como el impulsor del coche eléctrico moderno y una figura influyente en la política global, con conexiones que han llegado hasta Donald Trump en su etapa de presidente de los Estados Unidos. Pero lo que difícilmente aparecerá en los libros de historia son las historias individuales: trabajadores quemados, usuarios afectados, vidas alteradas por decisiones tomadas en despachos donde la ética parece secundaria frente a la innovación.

Pichler construye así un relato incómodo pero necesario. No demoniza la tecnología, pero sí cuestiona el sistema que la impulsa. Y en ese cuestionamiento reside su mayor valor: obligar al espectador a replantearse hasta qué punto estamos dispuestos a ceder control a cambio de progreso.

Ficha de ‘Elon Musk al descubierto’

Estreno en España: 20 de marzo de 2026. Título original: Elon Musk Unveiled: The Tesla Experiment. Duración: 90 min. País: Alemania. Dirección: Andreas Pichler. Guion: Andreas Pichler, Christian Beetz, Anne von Petersdorff. Música: Henning Fuchs. Fotografía: Tom Bergmann, Jakob Stark. Reparto principal: Elon Musk, John Bernal, Lukasz Krupski, Esben Pedersen. Producción: Beetz Brothers Film Production. Distribución: Filmin. Género: documental. Web oficial.

Crítica: ‘Una hija en Tokio’

En qué plataforma ver Una hija en Tokio

El mapa más difícil de descifrar no es el metro de Tokio, es el corazón de estos protagonistas

El cine europeo lleva décadas explorando el choque cultural como herramienta dramática, pero pocas veces lo hace desde una perspectiva tan íntima y silenciosa como la que propone ‘Una hija en Tokio’, el drama dirigido por Guillaume Senez y protagonizado por Romain Duris. A primera vista, su planteamiento podría recordar inevitablemente a ‘Wasabi’, la popular comedia de acción protagonizada por Jean Reno y escrita por Luc Besson. En ambos casos encontramos a un padre francés que viaja a Japón para reconectar con una hija a la que apenas conoce. Sin embargo, cualquier similitud termina ahí.

Lejos del tono desenfadado y caricaturesco de aquella película de principios de siglo, ‘Una hija en Tokio’ opta por un drama contenido, profundamente humano y marcado por la incomunicación emocional. La película narra la historia de Jay, un francés que lleva casi una década recorriendo las calles de Tokio en un taxi que ni siquiera es suyo mientras busca a la hija que perdió tras su separación. Cuando está a punto de desistir parece tener suerte y cree haberla encontrado, pero la joven no lo reconoce. Ese momento, aparentemente sencillo, sirve como detonante de una historia sobre la identidad, la paternidad y el peso de las diferencias culturales.

La propuesta de Senez no pretende ofrecer un relato de redención convencional. Más bien se construye como una observación paciente de un hombre que intenta recuperar un vínculo roto en un país cuya cultura y leyes parecen conspirar contra él.

Un choque cultural que condiciona cada gesto

Uno de los aspectos más interesantes de ‘Una hija en Tokio’ es la manera en que la película utiliza el choque cultural como elemento narrativo constante. No se trata solo de la distancia geográfica entre Francia y Japón, sino de un abismo emocional y social que condiciona cada interacción. La trama se inspira en una realidad jurídica japonesa poco conocida en Europa: en los divorcios, la custodia suele recaer exclusivamente en uno de los padres, el que primero se lleva al hijo/a, sin que exista un sistema de custodia compartida ni visitas garantizadas. Esta circunstancia ha generado miles de casos de padres y madres que pierden todo contacto con sus hijos, algo que el propio director investigó entrevistando a personas afectadas por esta situación.

Por otro lado, Senez evita caer en el exotismo fácil. La intención era clara: retratar un Japón cotidiano, casi invisible, lejos de la postal turística. Aparecen lugares conocidos como el cruce de Shibuya o el Shinjuku Golden-Gai, pero desde una perspectiva alejada de lo instagrameable. Esa decisión estética refuerza la sensación de aislamiento del protagonista. Tokio aparece como un espacio inmenso y críptico en el que Jay se desenvuelve con más soltura que dentro de sus propios sentimientos, por lo que no deja de sentirse fuera de lugar.

Esta mezcla entre la sensibilidad narrativa francesa y la introspección emocional japonesa produce un ritmo particular. La historia avanza despacio, a veces con una deliberada sensación de estancamiento. Pero ese tempo pausado forma parte del discurso de la película: reconstruir una relación rota no es algo que suceda de forma inmediata y el mapa para encontrar el camino correcto se antoja más difícil que el del metro de Tokio.

Romain Duris y la desesperación silenciosa de un padre

Si la película funciona emocionalmente es, en gran medida, gracias al trabajo de Romain Duris. El actor, conocido por títulos como ‘Los tres mosqueteros’ o ‘Esperando a Mister Bojangles’, demuestra una vez más que pertenece a ese grupo de intérpretes capaces de dominar registros muy distintos.

En ‘Una hija en Tokio’ su actuación es profundamente emocional. Duris compone a un hombre cansado, obstinado y vulnerable, atrapado entre su deseo de recuperar a su hija y las barreras culturales que le impiden hacerlo. El actor incluso tuvo que aprender japonés fonéticamente hablando para el papel, una preparación poco habitual en su carrera. Curiosamente, según contó el propio equipo del film, su pronunciación llegó a ser demasiado correcta para el personaje, por lo que tuvo que “desaprender” parte del idioma para sonar como un extranjero real.

Ese detalle resume bastante bien el espíritu de la película: todo en ella gira en torno a la idea de no encajar del todo. Jay vive en Japón desde hace años, pero nunca deja de ser un outsider, un gaijin. La desesperación de su personaje no se expresa mediante grandes explosiones dramáticas, sino a través de una resistencia casi obstinada. También se construye el personaje a través de la aparición de actores secundarios que han pasado previamente por las mismas fases que él.

Un drama sobre lo que nunca se puede recuperar del todo

‘Una hija en Tokio’ es una película sobre el tiempo perdido. Sobre esos vínculos familiares que, una vez rotos, jamás vuelven a reconstruirse exactamente igual. Guillaume Senez construye un drama que evita el sentimentalismo fácil y que apuesta por una mirada más realista sobre la paternidad, el desarraigo y la identidad cultural. Su fuerza reside precisamente en los pequeños momentos de conexión que surgen entre dos personas que deberían conocerse, pero que en realidad son casi extrañas.

En un mundo donde todo parece resolverse de manera inmediata, ‘Una hija en Tokio’ recuerda que ciertas heridas requieren años y a veces toda una vida para empezar a cicatrizar. En un panorama cinematográfico cada vez más dominado por narrativas frenéticas, la película de Senez apuesta por el silencio, la observación y la paciencia. Y en esa apuesta reside, precisamente, su mayor virtud.

Ficha de ‘Una hija en Tokio’

Estreno en España: 20 de marzo de 2026. Título original: Une part manquante. Duración: 98 min. País: Francia. Dirección: Guillaume Senez. Guion: Guillaume Senez, Jean Denizot. Música: Olivier Marguerit. Fotografía: Elin Kirschfink. Reparto principal: Romain Duris, Judith Chemla. Producción: Les Films Pelléas, Versus Production, France 2 Cinéma, RTFB, Proximus, VOO, BE TE, Savage Film. Distribución: A Contracorriente Films. Género: drama. Web oficial.

Crítica: ‘La cosa en la niebla’

Un viaje con gracia y misterio pero sin cinturón de seguridad a través de la ciencia ficción

Cuando nos sentamos en la butaca del cine para enfrentarnos a una ópera prima de un director, a menudo esperamos encontrarnos con un ejercicio de contención, un drama intimista o una historia que no arriesgue demasiado. Sin embargo, el director Chedey Reyes ha decidido que su carta de presentación en el largometraje sea exactamente lo opuesto. Con ‘La cosa en la niebla’, Reyes nos invita a abrocharnos los cinturones en un vuelo turbulento que esquiva a volantazos la prudencia narrativa. Encerrados en la cabina de un avión de pasajeros, nos sumergimos en una aventura que abraza el caos cósmico, el humor absurdo y el terror con una pasión desbordante que contagia desde el primer fotograma hasta los créditos finales donde han introducido unas siempre divertidas secuencias de tomas falasas.

Un despegue entre el homenaje pulp y el neón retro

Para entender la propuesta visual de esta cinta, hay que dejar los prejuicios estéticos del cine contemporáneo en la puerta de embarque. La película es una mezcla con sabor pulp y color retro lisérgico de las producciones fosforitas de ciencia ficción de los 60 y 70. Lejos de las paletas desaturadas y grises que inundan las superproducciones de hoy en día, aquí los colores estallan en la pantalla, creando una atmósfera alienígena, extraña e irreal.

Resulta interesante descubrir, buceando entre las curiosidades de su rodaje, que para lograr este entorno inmersivo sin caer en el aspecto plano del croma tradicional, el equipo rodó en Gran Canaria utilizando pantallas de tecnología LED, imitando el estilo Stagecraft tan popularizado por ‘The Mandalorian’. Al proyectar los fondos nubosos o interdimensionales en tiempo real, los rostros de Ismael, un piloto veterano interpretado con una vis cómica impecable por Martín Garabal, y Daniela, su atípica y novata copiloto a la que da vida Elena de Lara, se tiñen orgánicamente con esas luces vibrantes. A través de los cristales surge una amenaza que evoca directamente a los cómics clásicos sesenteros como ‘Mars Attacks’ o ‘Strange Tales’.

Más allá de John Carpenter: ecos de la ciencia ficción de culto

El título de la cinta es toda una declaración de intenciones. Cualquiera que ame el terror clásico sabe a qué maestro del terror se está invocando. Sin embargo, limitar la película a un simple tributo sería injusto. Aunque el propio título y muchos otros guiños recuerdan a películas de Carpenter como ‘They live’, a nuestra cabeza también vienen referentes más cercanos como ‘Perdidos’, ‘Fringe’, clásicos de la ciencia ficción cómica como ‘Men in Black’ o la actual ‘Pluribus’, rodada en buena parte también en Canarias. No quiero entrar en más detalles al respecto por no destriparos nada, pero espero que esos referentes susciten tanto vuestra imaginación como para comprar una entrada si os llegáis a cruzar con esta película.

El guion, firmado por Juan José Ramírez Mascaró, es un artefacto que asimila todas estas influencias y las destila en un formato claustrofóbico. Nos encontramos ante una narrativa que sabe combinar la tensión de la supervivencia a miles de pies de altura con las anomalías del estratosféricas. Los diálogos tienen una chispa y un carisma que lo protagonistas han sabido materializar, de tal modo que rápidamente nos enganchamos a su aventura.

La imaginación desatada como única regla de vuelo

Lo que verdaderamente convierte a ‘La cosa en la niebla’ en una experiencia divertida es su absoluta falta de complejos. Llega un momento en el que parece que puede salirte por donde sea, pero por donde sea en plan de términos fantásticos con cualquier tipo de giro o solución. Chedey Reyes y su equipo no tienen reparos en dar rienda suelta a la imaginación puramente de ciencia ficción, abandonando las pesadas ataduras del realismo para abrazar lo inverosímil.

Eso está divertido porque tanto guionista como espectador juegan con la trama según se va sucediendo. La película juega constantemente con la imaginación y con el conocimiento de fantástico del espectador. Cuando crees que la historia tomará la ruta predecible de un thriller de la aviación, te lanza a la cara una paradoja loca. Es evidente que no busca la verosimilitud científica, busca el impacto, la sorpresa y la pura diversión. En definitiva, ‘La cosa en la niebla’ es un billete de ida a otra dimensión que demuestra que, con atrevimiento, el cine de género puede volar por encima de cualquier expectativa.

PD: que los protagonistas vistan el mismo traje de tripulación que Robert Hays y Julie Hagerty en ‘Aterriza como puedas’ para mí ya es señal de que, a los autores no les importa el qué dirán y además tienen buen gusto.

Ficha de ‘La cosa en la niebla’

Estreno en España: 2026. Título original: La cosa en la niebla. Duración: 85 min. País: España. Dirección: Chedey Reyes. Guion: Juanjo Ramírez. Música: Fotografía: Teresa Ruano Santana. Reparto principal: Elena de Lara, Martín Garabal, Carla Miranda, Pablo Padrón, Paco Show. Producción: Barrios Producciones, Instituto del Cine Canarias, Jugoplástika. Distribución: por determinar. Género: comedia, ciencia ficción, terror. Web oficial.