Crítica: ‘El joven Sherlock’

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Un origen innecesario y un protagonista sin magnetismo

Había margen para explorar la juventud de Sherlock Holmes. El canon de Arthur Conan Doyle deja un vacío biográfico deliberado: Holmes aparece ya formado, cerebral, casi quirúrgico en su método. Pero una cosa es expandir y otra reescribir sin red. ‘El joven Sherlock’, producida y parcialmente dirigida por Guy Ritchie, arranca torcida desde su casting principal: Hero Fiennes Tiffin no logra sostener el peso icónico del personaje ni siquiera bajo la coartada de la inmadurez.

Su interpretación reproduce tics ya vistos en la saga ‘After’: mirada intensa pero vacía, presencia física correcta y escasa densidad dramática. No hay ironía afilada, ni esa electricidad mental que asociamos al detective de Baker Street. Si comparamos, el joven Nicholas Rowe en ‘Young Sherlock Holmes’ (‘El secreto de la pirámide’) irradiaba curiosidad e inteligencia precoz; incluso Guy Henry en la serie ‘Young Sherlock Holmes’ de 1982 aportaba un poso reflexivo más coherente con el canon. Aquí, en cambio, Holmes es un héroe juvenil genérico con barniz victoriano.

El guion toma una decisión arriesgada y discutible al convertir a Sherlock y a James Moriarty en amigos y compañeros de aventura. El germen de su enemistad se pospone tanto que otro personaje ocupa el rol de villano maquiavélico durante buena parte de la temporada. Se diluye así la tensión fundacional entre genio y némesis. No hay duelo intelectual, hay trama funcional en piloto automático.

Psicología forzada y un Holmes convertido en aventurero

Ritchie ya había reinterpretado al personaje en ‘Sherlock Holmes’ y ‘Sherlock Holmes: A Game of Shadows’, con un Holmes físico y pendenciero encarnado por Robert Downey Jr.. Allí el riesgo funcionaba porque la química y el ritmo compensaban la heterodoxia. En ‘El joven Sherlock’, el director redobla la apuesta inventando una hermana, Beatrice, y otorgando entidad dramática al padre, Silas (interpretado por Joseph Fiennes), figura ausente en las novelas. Conan Doyle construyó a Holmes como personaje funcional a la narrativa detectivesca. La introspección psicológica y el desarrollo familiar no eran prioridades del género en esa etapa victoriana y los autores de ahora parece que quieren llenar un vacío que nadie ha pedido llenar.

La madre, en una línea que recuerda a ‘Enola Holmes’, es presentada como perturbada, aunque aquí al menos se sugiere una vertiente artística coherente con la mención canónica a la ascendencia vinculada al pintor Horace Vernet. Natascha McElhone compone una figura materna magnética, sin nada que envidiar a Helena Bonham Carter en la citada película. Pero la serie confunde inteligencia deductiva con memoria eidética: Holmes parece un prodigio fotográfico antes que un lógico experimental. Se echa de menos el método científico, la observación microscópica, la inferencia encadenada.

En lo formal, el sello Ritchie asoma en personajes de aire caballeresco mezclados con bajos fondos, aunque el tono promete más de lo que entrega. La canción del opening (ya asociada por el imaginario contemporáneo a ‘Peaky Blinders’) sugiere un Sherlock más canalla, pero la serie no abraza ese filo autoral. Tampoco el guion ofrece un caso de complejidad real que invite al espectador a colaborar intelectualmente. Hay acción, vestuario fastuoso (tres o cuatro looks por capítulo) y cliffhangers previsibles: sabemos que el héroe saldrá indemne.

Reparto, relevo generacional y una dirección dispersa

El casting evidencia un curioso relevo generacional: Max Irons (hijo de Jeremy Irons) comparte cartel con Hero Fiennes Tiffin, sobrino de Ralph y Joseph Fiennes. Pero el verdadero acierto es Dónal Finn como Moriarty. Finn es el único que parece comprender la psique de su personaje y anticipar su deriva hacia la amoralidad estratégica. Cuando está en pantalla, la serie respira.

Ritchie dirige dos episodios, pero la temporada se reparte con Anders Engström (‘See’), Dennie Gordon (‘Kingdom’) y Tricia Brock (‘Bridgerton’). La falta de unidad tonal se percibe: Holmes termina siendo un aventurero más en situaciones límite que erosionan el suspense. No hay aliciente intelectual ni enriquecimiento del lore. ‘El joven Sherlock’ de Prime Video es una expansión que prioriza la estética y la psicología inventada sobre la esencia deductiva. Queda la sensación de que, en su empeño por modernizar, la serie ha olvidado lo elemental.

Crítica: ‘El problema de los tres cuerpos’

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Exhibe mucha complejidad y espectacularidad, pero como en ‘Juego de Tronos’, procrastina en exceso el desenlace

Netflix estrena este 21 de marzo la adaptación a televisión de ‘El problema de los tres cuerpos’. La rompedora obra de ciencia ficción escrita por el escritor chino Liu Cixin que causó sensación cuando se publicó la primera parte de la trilogía, ahora se convierte en serie de ocho episodios. Han sido los artífices de ‘Juego de Tronos’, David Benioff y D.B. Weiss, quienes han realizado esta traslación. Y les pega mucho esta narración pues al igual que la obra de R.R. Martin nos hace saltar rápidamente por diferentes localizaciones, épocas y personajes, sembrando misterio y peligro allá por donde va. Pero sobre todo se asemeja en que todo trata sobre una amenaza en principio desconocida y a priori imposible de vencer, además de que no hay personaje que esté a salvo.

Con la Revolución Cultural china y el mundo actual como telón de fondo, la novela explora temas como las carreras tecnológicas, la política y la búsqueda de vida extraterrestre, asimilándose en algunos aspectos a los relatos de Asimov. El libro es más lineal que la serie, la cual alterna mucho más las diferentes líneas temporales. Aún así no se ha perdido el toque de Liu Cixin, el cual tejió una historia compleja y sugerente que ahonda en las consecuencias de las acciones humanas y los retos existenciales que plantean los encuentros con civilizaciones avanzadas. Quizá habría que decir que el libro es intelectualmente más interesante pues profundiza mucho más en cuestiones tecnológicas, pero emocionalmente la serie está al mismo nivel, sobre todo gracias al poder de sus imágenes, las cuales plasman perfectamente todo aquello que imaginamos al leer el libro. Evidentemente esto sucede sobre todo en las escenas del videojuego o en los momentos más enmarcados en situaciones fantásticas. Pero más allá de su gancho visual uno de los puntos fuertes de ‘El problema de los tres cuerpos’ reside en su retrato de la colisión entre diferentes ideologías y la naturaleza impredecible del comportamiento humano ante una amenaza cósmica. Igualmente se entremezclan conceptos científicos con indagaciones filosóficas, no al nivel de magníficas obras como ‘Devs’, pero si de un modo que abre debate. Por ejemplo, yo me cuestiono si se ha incurrido en un fallo enorme de guión cuando se habla de diferencias de tecnología poniendo sobre la mesa la picotecnología alien frente a la capacidad del ser humano de progresar de manera exponencial.

Por otro lado, aunque es una historia interesante y cautivadora hay que reconocer que tiene demasiados puntos en común con ‘El juego de Ender’. Un videojuego que no es ni un entrenamiento, ni un entretenimiento recreativo, sino que sirve a intereses reales además de un enfrentamiento interplanetario con una especie alienígena que nunca vemos. De igual manera podemos asemejarla a ‘Ready Player One’, donde los protagonistas también debían resolver un acertijo en un mundo virtual cuyo resultado afectaba a la realidad.

Los personajes están bien desarrollados, cada uno de ellos lidiando con sus propios dilemas morales y luchas personales mientras navegan por las complejidades de la misteriosa amenaza y los desconcertantes eventos con los que se tropiezan. Por encima de un reparto con rostros conocidos como los de Liam Cunningham, Jonathan Pryce o Benedict Wong cabe destacar los papeles de Zine Tseng y Eiza González. Esta última se diría que gracias a ‘El problema de los tres cuerpos’ ha encontrado un papel que le permite mostrar sus verdaderas dotes interpretativas más allá de su figura y su rostro, normalmente cosificados.

En conjunto, esta primera temporada de ‘El problema de los tres cuerpos’ es un visionado cautivador que invita a la reflexión y que traspasa los límites de la ciencia ficción tradicional. Su exploración de grandes temas cósmicos combinada con un drama humano íntimo la convierte en una obra por encima de la media. Tanto si te gusta la ciencia ficción pura y dura como la especulación filosófica, esta serie ofrece una experiencia rica y gratificante que permanecerá en tus pensamientos mucho tiempo después de que hayas terminado el último episodio, sobre todo porque su final queda abierto.

Tráiler de ‘El problema de los tres cuerpos’

En Netflix el 21 de marzo

Los desarrolladores de ‘Juego de Tronos’ estrenan serie en Netflix. David Benioff y D.B. Weiss (‘Juego de Tronos’) junto a Alexander Woo (‘True Blood’) han llevado a cabo la adaptación de otra famosa saga de novelas, ‘El problema de los 3 cuerpos’.

El próximo 21 de marzo podremos ver esta historia que tiene mucho sabor a la China de los 60. La historia cuenta como a partir de la detección de una misteriosa señal y de un misterioso juego ha de resolverse el destino de toda la humanidad. ‘El problema de los tres cuerpos’ es una novela de Lin Cixin que ha vendido millones de ejemplares por todo el mundo gracias a como trata los pormenores técnicos y la curiosa historia que plantea.

Protagonizan Jovan Adepo (‘Babylon’, ‘The Leftovers’), John Bradley (‘Juego de Tronos’), Rosalind Chao (‘Sweet Tooth: El niño ciervo’, ‘Mulán’), Liam Cunningham (‘Juego de Tronos’), Eiza González (‘Baby Driver’, ‘Fast & Furious: Hobbs & Shaw’), Jess Hong (‘Creamerie’), Marlo Kelly (‘Joe vs. Carole’), Alex Sharp (‘El juicio de los 7 de Chicago’), Sea Shimooka (‘Arrow’), Zine Tseng, Saamer Usmani (‘¿Quién es Anna?’), Benedict Wong (‘Doctor Strange’) y Jonathan Pryce (‘Juego de Tronos’).