Crítica: ‘Superman: man of tomorrow’

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Un origen reinventado que no termina de despegarse de lo de siempre

Hablar de ‘Superman: man of tomorrow’ es volver a confirmar una idea que se ha repetido durante años: el Universo DC siempre ha funcionado mejor en la animación que en imagen real. Mientras el llamado Snyderverse dejaba sensaciones encontradas (especialmente con personajes como Martian Manhunter, cuyo potencial quedó en nada), esta película apuesta por un enfoque más contenido, directo y, sobre todo, coherente con la esencia del personaje.

Nos encontramos ante una reinterpretación del origen de Superman que, sin romper con la tradición, introduce matices interesantes, aunque poco explotados. La historia se sitúa en un mundo con tintes retrofuturistas, una elección estética que no es casual. Este entorno mezcla tecnología avanzada con una sensibilidad visual que remite a la América de mediados del siglo XX, lo que encaja perfectamente con el simbolismo del personaje: un ideal clásico enfrentado a un mundo cambiante.

La animación es, sin duda, uno de los puntos fuertes. El trazo es limpio, dinámico y muy “americano” en el mejor sentido del término: musculatura marcada, acción clara y una narrativa visual que prioriza el espectáculo a la brillantez visual.

Una premisa potente… que se diluye

La película parte de una idea muy potente: ¿qué ocurriría si la identidad extraterrestre de Superman se viera expuesta demasiado pronto? La llegada de otras razas alienígenas, entre ellas el carismático Lobo, introduce un conflicto que podría haber redefinido completamente la percepción pública del héroe.

Sin embargo, aquí es donde ‘Superman: man of tomorrow’ empieza a perder fuerza. Lo que se plantea como un “what if” interesante, una exploración alternativa del mito, termina resolviéndose de forma bastante convencional. La narrativa opta por caminos seguros, desaprovechando el potencial dramático de un Superman que podría haber sido visto como una amenaza desde el primer momento.

El villano principal, aunque funcional, carece del peso necesario para sostener el conflicto, a pesar de sus dimensiones de kaiju. Aquí es donde entra en juego Lex Luthor, presentado como una figura ultratecnológica que anticipó versiones más modernas del personaje, en línea con lo que posteriormente desarrollaría James Gunn en su nueva visión del universo DC. Este enfoque es interesante, pero queda algo superficial en esta entrega.

Personajes secundarios y valor como puerta de entrada

Uno de los mayores aciertos de la película es su galería de personajes secundarios. La inclusión de Lobo no solo aporta dinamismo, sino que sirve como una excelente carta de presentación para el público general. Su personalidad irreverente y su brutalidad contrastan perfectamente con la moralidad de Superman, generando algunos de los momentos más entretenidos del metraje.

Por otro lado, la presencia de Martian Manhunter funciona casi como una compensación para los fans que esperaban más del personaje en otras adaptaciones. Aquí, aunque su papel no es central, al menos se le concede una relevancia narrativa que lo dignifica.

En este sentido, la película también adquiere un valor estratégico: sirve como introducción accesible a personajes que probablemente ganen protagonismo en futuros proyectos, incluyendo la esperada conexión con el universo de Supergirl. Este tipo de sinergias no son casuales y refuerzan la sensación de que sin llegar a formar parte de la misma narrativa estamos ante una pieza dentro de un plan mayor que se mantiene vivo gracias a la animación.

Ficha de ‘Superman: man of tomorrow’

Estreno en España: 2020. Título original: Superman: man of tomorrow. Duración: 86 min. País: EE.UU. Dirección: Chris Palmer. Guion: Tim Sheridan. Música: Kevin Riepl. Reparto principal (doblaje original): Darren Criss, Alexandra Daddario, Zachary Quinto, Ryan Hurst, Ike Amadi. Producción: DC Entertainment, Warner Bros. Animation. Distribución: Warner Bros. Género: ciencia ficción. Web oficial.

Crítica: ’53 domingos’

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La tragedia cínica de no soportar a tu propia familia

Cesc Gay vuelve a apoyarse en su mayor fortaleza: los actores en espacios íntimos y reducidos. En ‘53 domingos’ reúne a un cuarteto de intérpretes que funcionan como un mecanismo de relojería dramática. Carmen Machi y Javier Cámara vuelven a interpretar juntos, algo que ya de por sí despierta expectativas, y lo hacen acompañados por dos pesos pesados como Javier Gutiérrez y Alexandra Jiménez.

Es precisamente Jiménez quien articula la película desde su arranque. Rompiendo la cuarta pared con naturalidad y mala leche, su personaje se convierte en catalizador del conflicto familiar, exponiendo sin filtros las miserias de una familia política marcada por el reproche y el doble sentido. Desde esa posición, marca el ritmo del relato, como si levantara la batuta de una orquesta en la que los demás ejecutan cada réplica cargada de intención.

El guion, fiel al estilo de Gay, convierte los diálogos en auténticos duelos verbales. Los hermanos protagonistas, atrapados en una dinámica de resentimientos larvados, se lanzan pullas con una mezcla de cinismo apenas disimulado y sinceridad hiriente. No hay grandes giros argumentales, pero sí una tensión constante que mantiene viva la película.

Del teatro al cine: una adaptación que mantiene su esencia

‘53 domingos’ nace de una obra teatral previa del propio director, estrenada en Cataluña en 2020. Aunque la ciudad de Madrid aparece reconocible, ese origen se percibe en su estructura y en su puesta en escena: espacios cerrados, protagonismo absoluto de la palabra y una economía narrativa que se apoya en la interpretación. En su versión en castellano, actualmente representada en el Teatro Pavón, el papel que aquí encarna Cámara es interpretado por Julián López, lo que evidencia la flexibilidad del texto y su capacidad para adaptarse a distintos registros actorales.

Lejos de esconder ese origen teatral, Gay lo abraza. La cámara no intenta “abrir” artificialmente la historia, sino que se sitúa como un testigo privilegiado de las conversaciones, subrayando gestos a escondidas y desaprobaciones veladas. Esta decisión refuerza la sensación de estar asistiendo a algo incómodamente real, casi como si el espectador estuviera sentado en el sofá de ese salón familiar donde todo se dice… y todo se guarda.

Curiosamente, dentro de la filmografía del director, esta podría considerarse una de sus propuestas más luminosas desde el punto de vista visual. El etalonaje apuesta por una paleta de colores más viva de lo habitual, en contraste con la densidad emocional de lo que se cuenta. Ese color parece dialogar con el caos interno de los personajes: cuanto más vibrante es la imagen, más evidentes resultan las grietas.

Humor ácido, crueldad soterrada y el peso de los vínculos familiares

En el núcleo de ‘53 domingos’ hay una cuestión tan universal como incómoda: qué hacer con un padre que empieza a perder la cabeza. La película no convierte este conflicto en un melodrama, sino en un campo de batalla moral donde afloran egoísmos, culpas y responsabilidades compartidas o más bien evitadas.

Gay aborda este tema con su habitual sarcasmo e ironía, construyendo escenas donde el humor emerge de lo incómodo. Las discusiones no buscan tanto resolver el problema como posponerlo, disfrazarlo o trasladarlo al otro. En ese sentido, la película habla del “amor obligatorio”, ese que se presupone entre familiares pero que, en la práctica, está lleno de fisuras.

Hay también un trasfondo particularmente incómodo en la forma en que se retrata la vejez. Sin caer en lo explícito, la película sugiere una realidad cruel: el momento en que un progenitor deja de ser figura de autoridad para convertirse en una carga. Esta idea recorre la historia como un eco constante, aportando una capa de gravedad que contrasta con la ligereza aparente del tono. Y, sin embargo, probablemente estemos ante una de las películas más accesibles de Gay. No porque suavice su mirada (que sigue siendo incisiva), sino porque el humor actúa como vía de entrada. El espectador se ríe, pero lo hace reconociendo verdades incómodas.

‘53 domingos’ es una obra que confirma la coherencia autoral de Cesc Gay: un cine de palabras, de actores y de conflictos íntimos que, sin necesidad de grandes artificios, logra interpelar directamente al espectador. Una película que, como esas comidas familiares interminables, deja un regusto agridulce: incómoda, reconocible y, en última instancia, profundamente trágica.

Ficha de ’53 domingos’

Estreno en España: 27 de marzo de 2026. Título original: 53 domingos. Duración: 78 min. País: España. Dirección: Cesc Gay. Guion: Cesc Gay. Música: Arnau Bataller. Fotografía: Andreu Rebés. Reparto principal: Carmen Machi, Javier Cámara, Javier Gutiérrez, Alexandra Jiménez. Producción: Imposible Films. Distribución: Netflix. Género: drama, comedia. Web oficial.

Crítica: ‘Invincible T4’

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La madurez de un superhéroe atrapado entre la épica cósmica y el desgaste emocional

La cuarta temporada de ‘Invincible’, adaptación del cómic de Robert Kirkman (‘The Walking Dead’, ‘Marvel Zombies’), confirma algo que ya se intuía: esta serie animada no tiene intención de frenar su ambición. Con la vista puesta en alcanzar entre siete y ocho temporadas (e incluso con margen para diez si la popularidad lo permite), esta nueva entrega se siente como una pieza clave en la arquitectura global del relato.

Uno de los grandes aciertos de la temporada reside en su expansión del lore viltrumita. Durante el segundo capítulo la trama se detiene en el pasado de Omni-Man, construyendo una suerte de crónica histórica interestelar que recuerda, en su densidad y ambición, a las mejores tradiciones de la ciencia ficción clásica. Este enfoque no solo satisface una demanda latente de los fans, sino que redefine el conflicto central: ya no estamos ante una simple lucha entre héroes y villanos, sino ante una civilización con sus propias reglas, jerarquías y contradicciones morales, una suerte de kriptonianos.

En paralelo, la serie mantiene su sello distintivo: una galería de enemigos tan variopinta como impredecible. Regresan los inquietantes sequids, claros herederos de los invasores de ‘Ultracuerpos’ o ‘The Faculty’, mientras que nuevas amenazas como un villano con estética de dinosaurio o una valkiria verde obsesionada con la energía amplían el catálogo de rarezas. La reaparición de Conquest aporta ese peso dramático que solo los antagonistas más brutales pueden ofrecer y que todos los espectadores podían preeveer. Y vuelve el Satán doblado por Bruce Campbell en uno de los mejores episodios de lo que va de serie.

Todo ello se articula con una fina capa de sátira hacia el género superheroico. ‘Invincible’ sigue jugando a deformar los códigos de franquicias más conocidas, rozando a veces la parodia sin perder su identidad. Es precisamente en ese equilibrio donde la serie encuentra uno de sus mayores ganchos.

El dilema moral de Mark y la sensación de déjà vu

Si hay un elemento que genera sensaciones encontradas, es el arco del protagonista. Mark Grayson continúa atrapado en un bucle narrativo: entra y sale de los Guardianes, duda de Cecil Stedman, y vuelve a cuestionar su lugar en el mundo. Aunque estos conflictos son inherentes al personaje, la reiteración empieza a evidenciar cierto desgaste.

No obstante, la temporada introduce un matiz interesante: el debate sobre cruzar la línea de matar. Esta cuestión, que inevitablemente remite a dilemas clásicos asociados a figuras como Batman, se convierte en el eje moral de varios episodios. ¿Es lícito sacrificar a alguien para salvar a muchos? ¿Puede un héroe seguir siéndolo tras mancharse las manos de forma irreversible?

A nivel estructural, se agradece un guion más ágil y chispeante. Los diálogos ganan en frescura, los gags se multiplican y las tramas paralelas resultan más dinámicas. La presencia de Allen, con la voz del siempre eficaz Seth Rogen, aporta un contrapunto humorístico que funciona especialmente bien en medio de tanta densidad dramática.

Sin embargo, no todo suma. Las subtramas familiares, especialmente las relacionadas con los padres de Atom Eve y la madre de Mark, ralentizan el ritmo hasta el tedio. Son segmentos que parecen anclados en una versión más melodramática y menos interesante de la serie, rompiendo la inercia de los episodios más potentes, aquellos que se regodean en el fantástico.

Entre lo grotesco y lo infantil: una estética que divide… y engancha

Uno de los aspectos más discutibles y a la vez más fascinantes de ‘Invincible’ sigue siendo su apartado visual. La cuarta temporada insiste en ese contraste casi esquizofrénico entre diseños que rozan lo infantil y una violencia explícita que no escatima en desmembramientos ni lenguaje soez.

Algunos extraterrestres parecen sacados de una estética simplificada, como ese dragón que podría confundirse con la ilustración de una barraca de feria de bajo presupuesto. Y, sin embargo, esta aparente disonancia se convierte en uno de los mayores atractivos de la serie. La inocencia visual actúa como un caballo de Troya que amplifica el impacto de la brutalidad, generando una experiencia incómoda pero adictiva.

En este sentido, ‘Invincible’ demuestra una vez más su capacidad para romper convenciones. No busca la coherencia estética tradicional, sino provocar al espectador, obligarle a reconciliar dos lenguajes aparentemente incompatibles.

La temporada también amplía el foco sobre personajes secundarios, aunque con resultados desiguales. Mientras algunos ganan profundidad, otros quedan desdibujados. El caso de Oliver, por ejemplo, es especialmente llamativo: su cambio de tonalidad (mucho menos morado que en la temporada anterior) genera desconcierto, pero por el contrario es un personaje menos irritante. En ese sentido esta cuarta temporada no es perfecta, pero sí representa un paso adelante en ambición narrativa y riqueza temática, dando alas a sus vertientes cósmica y satánica.

Crítica: ‘Shelter: El protector’

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Un título repetido para una historia mil veces contada

Hay algo casi irónico y desde luego revelador, en el hecho de que ‘Shelter: El protector’ llegue a nuestras carteleras con un título que parece reciclado de una cadena de montaje. No es la primera vez que vemos algo así: en su día con Stallone, Dolph Lundgren, Denzel Washington, Liam Neeson e incluso con Banderas y hasta con Santiago Segura y su ‘Torrente 3’ ya tuvimos un “protector”. De hecho, ‘Homefront’ (2013) y ‘Beekeeper’ (2024) ya se tradujeron en España como ‘El protector’. Estamos ante una fórmula harto explotada, que demuestra que lo de Jason Statham ya no es pasión por hacer cine sino ir en piloto automático.

En este contexto, el filme de Ric Roman Waugh no solo no intenta diferenciarse, sino que parece abrazar sin complejos el piloto automático. No estamos ante una revisión del arquetipo, ni siquiera ante una variación especialmente ingeniosa: es, sencillamente, otra iteración. Y eso se nota desde el primer minuto.

El cine de acción contemporáneo ha encontrado en esta plantilla un refugio seguro, quizá el título es ‘Shelter’. Se sienten cómodos dentro de la misma receta: protagonista masculino, pasado oscuro, intento fallido de vida calmada y una espiral de violencia que lo arrastra de nuevo a lo que mejor sabe hacer para salvar a alguien y alcanzando a una organización criminal. ‘Shelter: El protector’ no solo encaja en este molde, sino que lo reproduce con una fidelidad casi académica.

Jason Statham y el héroe funcional

El rostro visible de esta maquinaria es Jason Statham, quien lleva años perfeccionando un tipo de personaje que aquí alcanza su forma más depurada (o más vacía, según se mire). En esta ocasión, su profesión alternativa roza lo pintoresco: farero, una elección que parece diseñada más por su carga simbólica que por su credibilidad narrativa. Al final va a conseguir interpretar más profesiones que Homer Simpson. Creo que esta broma ya la había hecho, pero si Statham se puede permitir repetir una y otra vez lo mismo, ¿por qué yo no?

Y sí, hay perro. Un detalle que, en el cine de acción contemporáneo, funciona casi como un presagio: si alguien amenaza a ese animal, la violencia posterior estará no solo justificada, sino emocionalmente amplificada. Es un recurso tan eficaz como previsible.

Statham cumple, como siempre. Su presencia física, su economía gestual y su capacidad para transmitir amenaza siguen intactas. Pero también lo está su falta de evolución. El actor británico no parece interesado, ni quizá necesitado, de salir de esta zona de confort, y ‘Shelter: El protector’ no le exige lo contrario.

Ric Roman Waugh y el agotamiento del modelo

Si hay un responsable último de esta sensación de déjà vu constante, ese es su director. Ric Roman Waugh lleva años orbitando este tipo de cine, con títulos como ‘Angel Has Fallen’ dentro de la conocida saga de acción institucional. Su filmografía revela una clara inclinación por relatos de hombres al límite enfrentados a sistemas corruptos o amenazas desproporcionadas.

En ‘Shelter: El protector’, esa tendencia alcanza un punto de saturación. No hay riesgo formal, no hay búsqueda estética ni narrativa. Todo está calculado para funcionar dentro de unos parámetros conocidos: ritmo constante, escenas de acción eficaces pero intercambiables y una progresión dramática que avanza sin sorpresas.

Algunas curiosidades de producción, como el énfasis en realizar escenas de acción con el menor uso posible de efectos digitales o la insistencia de Statham en ejecutar personalmente muchas de sus secuencias físicas, aportan cierto valor artesanal. Sin embargo, estos detalles, que podrían enriquecer la experiencia, quedan diluidos en un conjunto que nunca aspira a ser más que correcto. Es una película que no ofende, pero tampoco entusiasma ni defiende un género que hoy en día busca nuevos códigos para reivindicarse. Funciona como entretenimiento inmediato, pero carece de cualquier tipo de resonancia. Es cine de consumo rápido, diseñado para ser olvidado con la misma facilidad con la que se ve.

Ficha de ‘Shelter: El protector’

Estreno en España: 27 de marzo de 2026. Título original: Shelter. Duración: 107 min. País: EE.UU. Dirección: Ric Roman Waugh. Guion: Ward Parry. Música: David Buckley. Fotografía: Martin Ahlgren. Reparto principal: Jason Statham, Bill Nighy, Bodhi Rae Breathnach, Naomi Ackie, Daniel Mays. Producción: Black Bear, CineMachine Media Works, Eastern Film, Fire Hawk Productions, Punch Palace Productions, Quebec Film and Television Tax Credit, RVK Studios, Stampede Ventures. Distribución: Diamond Films. Género: acción. Web oficial.

Crítica: ‘Peaky Blinders: el hombre inmortal’

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Un crepúsculo con menos profundidad y más ruido

Tras seis temporadas que redefinieron el drama criminal televisivo hasta el punto de ser comparada con gigantes como ‘El padrino’ o ‘Los Soprano’, Peaky Blinders da el salto definitivo al cine con ‘Peaky Blinders: el hombre inmortal’, una película dirigida por Tom Harper (‘Wild Rose’) y escrita por su creador original, Steven Knight. Rodada en 2024, esta clausura cinematográfica no solo busca cerrar tramas o servir de relevo, sino encapsular el legado de una de las ficciones británicas más influyentes del siglo XXI.

Un regreso marcado por la guerra y la decadencia

La película retoma la historia de Tommy Shelby (uno de los papeles más icónicos de Cillian Murphy) en un momento de retiro autoimpuesto. Alejado del poder, escribe sus memorias mientras contempla los restos de un imperio que ya no reconoce como propio. Este punto de partida conecta directamente con el tono crepuscular que impregna todo el filme, ambientado en plena Segunda Guerra Mundial, donde la violencia ya no es solo un instrumento de poder, sino una consecuencia inevitable del derrumbe moral. Y con este toque histórico llega otro hecho, la serie ha llevado a sus personajes más allá de lo que fueron en la realidad, con este largometraje les otorga las sombras a las que la historia les condenó.

Harper y Knight optan por una narrativa más introspectiva, en la que el enemigo (como en cada temporada) vuelve a mutar, aunque aquí se diluye en una amenaza más abstracta y sistémica, profundamente ligada al contexto bélico europeo. Ya no hay una mafia concreta que derribar, el antagonista es el propio tiempo, la búsqueda de paz interior, la historia y el peso de las decisiones pasadas.

Visualmente, la película mantiene la estética que convirtió a la serie en un referente: encuadres estilizados, uso simbólico de la cámara lenta y una banda sonora anacrónica pero eficaz. Sin embargo, el paso al formato cinematográfico también impone limitaciones. Lo que antes se cocía a fuego lento ahora debe resolverse en poco más de dos horas, lo que afecta especialmente al desarrollo de conflictos secundarios y del desarrollo de nuevos personajes.

Un reparto ampliado para una despedida ambiciosa

Siguiendo la tradición de incorporar grandes nombres en cada temporada, esta película eleva la apuesta con la presencia de Rebecca Ferguson, Tim Roth, Sophie Rundle y Barry Keoghan, entre otros. A ellos se suma el regreso de Stephen Graham, consolidando un elenco de enorme peso interpretativo.

Especial mención merece Keoghan, quien da vida a Erasmus “Duke” Shelby en una versión más adulta del personaje. Su presencia no es anecdótica: Duke se convierte en una pieza clave del relato, representando la herencia más cruda y peligrosa de los Shelby. Su interpretación aporta una energía impredecible que contrasta con el agotamiento emocional de Tommy, generando un interesante relevo generacional.

No obstante, el filme también evidencia ciertas carencias estructurales. La progresiva desaparición de miembros clave de la familia Shelby obliga a introducir nuevos personajes y conflictos que, en algunos casos, se resuelven con giros que rozan lo telenovelesco. Esta sensación de urgencia narrativa impide que algunos secundarios alcancen la profundidad que sí tenían en la serie.

Entre la épica y la melancolía: un cierre imperfecto pero digno

‘Peaky Blinders: el hombre inmortal’ es, ante todo, una elegía. Un relato sobre el desgaste, la culpa y la imposibilidad de escapar del propio legado. La película insiste en los temas que definieron la serie (familia, poder, traición y redención) pero los aborda desde una perspectiva más sombría y definitiva.

Uno de los aspectos más interesantes, es el esfuerzo por mantener más que nunca la autenticidad histórica: parte del vestuario se confeccionó utilizando técnicas tradicionales de sastrería británica, algunos exteriores se rodaron en localizaciones reales afectadas por bombardeos durante la guerra y la trama principal se basa en un hecho real de la II Guerra Mundial. Se refuerza así esa sensación de mundo en ruinas.

Sin embargo, la película no logra escapar del todo a la sensación de condensación. La psique de Tommy Shelby, uno de los personajes más complejos de la televisión reciente, ya había sido ampliamente explorada, y aquí se encuentra en una fase más contemplativa que transformadora. Esto puede resultar anticlimático para quienes esperaban una conclusión más explosiva, restando incluso emoción al cierre.

Aun así, el filme acierta al no traicionar su esencia. No busca un final complaciente, sino coherente con el universo que ha construido durante años. El precio del poder, parece decirnos, no es la muerte, sino la supervivencia. ‘Peaky Blinders: el hombre inmortal’ no alcanza del todo la grandeza sostenida de la serie, pero sí ofrece un cierre digno, cargado de simbolismo y con momentos de gran intensidad. Es una despedida que, como su protagonista, avanza entre las cenizas: imperfecta, agotada, pero imposible de ignorar.

Ficha de ‘Peaky Blinders: el hombre inmortal’

Estreno en España: 20 de marzo de 2026. Título original: Peaky Blinders: The Immortal Man. Duración: 112 min. País: Reino Unido. Dirección: Tom Harper. Guion: Steven Knight. Música: Antony Genn, Martin Slattery. Fotografía: George Steel, Ben Wilson. Reparto principal: Cillian Murphy, Rebecca Ferguson, Tim Roth, Sophie Rundle, Barry Keoghan, Stephen Graham. Producción: Netflix, BBC. Distribución: Netflix. Género: drama, suspense. Web oficial.

Crítica: ‘Elon Musk al descubierto’

El sueño eléctrico del tecnofeudalismo y sus ovejitas

Dirigido por Andreas Pichler y conocido internacionalmente como ‘Elon Musk Unveiled: The Tesla Experiment’, este filme no es un retrato complaciente del magnate, sino una disección incómoda de la figura de Elon Musk y, sobre todo, del sistema que ha contribuido a construir. Lejos de la narrativa heroica que suele rodear al fundador de Tesla o SpaceX, la película se adentra en un territorio más cercano al cyberpunk distópico que al relato de innovación que tantas veces se ha vendido.

Una narrativa que desmonta el mito tecnológico

Pichler no intenta narrar el nacimiento del coche eléctrico, de hecho, se encarga de subrayar que Tesla no inventó esta tecnología, sino que centra su enfoque en algo mucho más inquietante: el control. El documental expone cómo una empresa puede moldear el discurso público, presionar instituciones y redefinir los límites de lo aceptable en nombre del progreso y a costa del rebaño que le sigue fielmente.

En este sentido, ‘Elon Musk al descubierto’ funciona como una advertencia. La acumulación masiva de datos (hablamos de volúmenes que superan con creces el concepto tradicional de Big Data) convierte a los vehículos en nodos de vigilancia permanente. Cada trayecto, cada frenada, cada error humano o mecánico se transforma en información procesable. Lo que el filme sugiere, apoyándose en testimonios y material documental, es que esta recolección no solo busca mejorar la tecnología, sino consolidar una posición de poder sin precedentes.

El material se nutre de filtraciones internas y testimonios recogidos durante años, en ocasiones bajo condiciones de anonimato. Este detalle refuerza la sensación de estar ante una obra que no solo informa, sino que revela. Y es que todo el reportaje gira en torno a una muerte, un accidente o fallo de sistema que desde el año pasado ha puesto en jaque la fiabilidad del famoso Autopilot.

Voces desde dentro: el coste humano del progreso

Uno de los mayores aciertos del documental es dar voz a empleados y ex-empleados de Tesla. Sus testimonios construyen un retrato de Musk alejado del visionario carismático: lo describen como alguien obsesionado con la perfección tecnológica, especialmente en proyectos vinculados a SpaceX, pero profundamente desconectado en lo humano hasta el punto de ser incapaz de hacer amigos de verdad.

Las declaraciones coinciden en un patrón: jornadas extenuantes, presión constante y una cultura corporativa donde el error no es una posibilidad, sino un paso necesario en un proceso de ensayo y error llevado al extremo. El problema, como subraya el film, es que ese “error” no siempre se queda en un laboratorio. En ocasiones, se traslada a la carretera.

Aquí es donde el documental golpea con más fuerza. Casos de “frenada fantasma” y “aceleración involuntaria”, fenómenos ampliamente discutidos por usuarios, son presentados con pruebas y testimonios. No como fallos anecdóticos, sino como síntomas de un sistema que experimenta en tiempo real con sus propios clientes. La idea es inquietante: los usuarios no son solo consumidores, sino participantes involuntarios en un experimento a escala global para mejorar un producto.

Tecnofeudalismo y legado: la historia que no se contará

‘Elon Musk al descubierto’ trasciende la figura de su protagonista para plantear una reflexión más amplia: vivimos en una era que podría definirse como tecnofeudalismo. Grandes corporaciones tecnológicas acumulan poder económico, informativo y político hasta niveles que rivalizan o superan ya a los estados.

El documental deja una pregunta en el aire: ¿cómo será recordado Elon Musk? Probablemente, como el impulsor del coche eléctrico moderno y una figura influyente en la política global, con conexiones que han llegado hasta Donald Trump en su etapa de presidente de los Estados Unidos. Pero lo que difícilmente aparecerá en los libros de historia son las historias individuales: trabajadores quemados, usuarios afectados, vidas alteradas por decisiones tomadas en despachos donde la ética parece secundaria frente a la innovación.

Pichler construye así un relato incómodo pero necesario. No demoniza la tecnología, pero sí cuestiona el sistema que la impulsa. Y en ese cuestionamiento reside su mayor valor: obligar al espectador a replantearse hasta qué punto estamos dispuestos a ceder control a cambio de progreso.

Ficha de ‘Elon Musk al descubierto’

Estreno en España: 20 de marzo de 2026. Título original: Elon Musk Unveiled: The Tesla Experiment. Duración: 90 min. País: Alemania. Dirección: Andreas Pichler. Guion: Andreas Pichler, Christian Beetz, Anne von Petersdorff. Música: Henning Fuchs. Fotografía: Tom Bergmann, Jakob Stark. Reparto principal: Elon Musk, John Bernal, Lukasz Krupski, Esben Pedersen. Producción: Beetz Brothers Film Production. Distribución: Filmin. Género: documental. Web oficial.

Crítica: ‘Una hija en Tokio’

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El mapa más difícil de descifrar no es el metro de Tokio, es el corazón de estos protagonistas

El cine europeo lleva décadas explorando el choque cultural como herramienta dramática, pero pocas veces lo hace desde una perspectiva tan íntima y silenciosa como la que propone ‘Una hija en Tokio’, el drama dirigido por Guillaume Senez y protagonizado por Romain Duris. A primera vista, su planteamiento podría recordar inevitablemente a ‘Wasabi’, la popular comedia de acción protagonizada por Jean Reno y escrita por Luc Besson. En ambos casos encontramos a un padre francés que viaja a Japón para reconectar con una hija a la que apenas conoce. Sin embargo, cualquier similitud termina ahí.

Lejos del tono desenfadado y caricaturesco de aquella película de principios de siglo, ‘Una hija en Tokio’ opta por un drama contenido, profundamente humano y marcado por la incomunicación emocional. La película narra la historia de Jay, un francés que lleva casi una década recorriendo las calles de Tokio en un taxi que ni siquiera es suyo mientras busca a la hija que perdió tras su separación. Cuando está a punto de desistir parece tener suerte y cree haberla encontrado, pero la joven no lo reconoce. Ese momento, aparentemente sencillo, sirve como detonante de una historia sobre la identidad, la paternidad y el peso de las diferencias culturales.

La propuesta de Senez no pretende ofrecer un relato de redención convencional. Más bien se construye como una observación paciente de un hombre que intenta recuperar un vínculo roto en un país cuya cultura y leyes parecen conspirar contra él.

Un choque cultural que condiciona cada gesto

Uno de los aspectos más interesantes de ‘Una hija en Tokio’ es la manera en que la película utiliza el choque cultural como elemento narrativo constante. No se trata solo de la distancia geográfica entre Francia y Japón, sino de un abismo emocional y social que condiciona cada interacción. La trama se inspira en una realidad jurídica japonesa poco conocida en Europa: en los divorcios, la custodia suele recaer exclusivamente en uno de los padres, el que primero se lleva al hijo/a, sin que exista un sistema de custodia compartida ni visitas garantizadas. Esta circunstancia ha generado miles de casos de padres y madres que pierden todo contacto con sus hijos, algo que el propio director investigó entrevistando a personas afectadas por esta situación.

Por otro lado, Senez evita caer en el exotismo fácil. La intención era clara: retratar un Japón cotidiano, casi invisible, lejos de la postal turística. Aparecen lugares conocidos como el cruce de Shibuya o el Shinjuku Golden-Gai, pero desde una perspectiva alejada de lo instagrameable. Esa decisión estética refuerza la sensación de aislamiento del protagonista. Tokio aparece como un espacio inmenso y críptico en el que Jay se desenvuelve con más soltura que dentro de sus propios sentimientos, por lo que no deja de sentirse fuera de lugar.

Esta mezcla entre la sensibilidad narrativa francesa y la introspección emocional japonesa produce un ritmo particular. La historia avanza despacio, a veces con una deliberada sensación de estancamiento. Pero ese tempo pausado forma parte del discurso de la película: reconstruir una relación rota no es algo que suceda de forma inmediata y el mapa para encontrar el camino correcto se antoja más difícil que el del metro de Tokio.

Romain Duris y la desesperación silenciosa de un padre

Si la película funciona emocionalmente es, en gran medida, gracias al trabajo de Romain Duris. El actor, conocido por títulos como ‘Los tres mosqueteros’ o ‘Esperando a Mister Bojangles’, demuestra una vez más que pertenece a ese grupo de intérpretes capaces de dominar registros muy distintos.

En ‘Una hija en Tokio’ su actuación es profundamente emocional. Duris compone a un hombre cansado, obstinado y vulnerable, atrapado entre su deseo de recuperar a su hija y las barreras culturales que le impiden hacerlo. El actor incluso tuvo que aprender japonés fonéticamente hablando para el papel, una preparación poco habitual en su carrera. Curiosamente, según contó el propio equipo del film, su pronunciación llegó a ser demasiado correcta para el personaje, por lo que tuvo que “desaprender” parte del idioma para sonar como un extranjero real.

Ese detalle resume bastante bien el espíritu de la película: todo en ella gira en torno a la idea de no encajar del todo. Jay vive en Japón desde hace años, pero nunca deja de ser un outsider, un gaijin. La desesperación de su personaje no se expresa mediante grandes explosiones dramáticas, sino a través de una resistencia casi obstinada. También se construye el personaje a través de la aparición de actores secundarios que han pasado previamente por las mismas fases que él.

Un drama sobre lo que nunca se puede recuperar del todo

‘Una hija en Tokio’ es una película sobre el tiempo perdido. Sobre esos vínculos familiares que, una vez rotos, jamás vuelven a reconstruirse exactamente igual. Guillaume Senez construye un drama que evita el sentimentalismo fácil y que apuesta por una mirada más realista sobre la paternidad, el desarraigo y la identidad cultural. Su fuerza reside precisamente en los pequeños momentos de conexión que surgen entre dos personas que deberían conocerse, pero que en realidad son casi extrañas.

En un mundo donde todo parece resolverse de manera inmediata, ‘Una hija en Tokio’ recuerda que ciertas heridas requieren años y a veces toda una vida para empezar a cicatrizar. En un panorama cinematográfico cada vez más dominado por narrativas frenéticas, la película de Senez apuesta por el silencio, la observación y la paciencia. Y en esa apuesta reside, precisamente, su mayor virtud.

Ficha de ‘Una hija en Tokio’

Estreno en España: 20 de marzo de 2026. Título original: Une part manquante. Duración: 98 min. País: Francia. Dirección: Guillaume Senez. Guion: Guillaume Senez, Jean Denizot. Música: Olivier Marguerit. Fotografía: Elin Kirschfink. Reparto principal: Romain Duris, Judith Chemla. Producción: Les Films Pelléas, Versus Production, France 2 Cinéma, RTFB, Proximus, VOO, BE TE, Savage Film. Distribución: A Contracorriente Films. Género: drama. Web oficial.

Crítica: ‘La cosa en la niebla’

Un viaje con gracia y misterio pero sin cinturón de seguridad a través de la ciencia ficción

Cuando nos sentamos en la butaca del cine para enfrentarnos a una ópera prima de un director, a menudo esperamos encontrarnos con un ejercicio de contención, un drama intimista o una historia que no arriesgue demasiado. Sin embargo, el director Chedey Reyes ha decidido que su carta de presentación en el largometraje sea exactamente lo opuesto. Con ‘La cosa en la niebla’, Reyes nos invita a abrocharnos los cinturones en un vuelo turbulento que esquiva a volantazos la prudencia narrativa. Encerrados en la cabina de un avión de pasajeros, nos sumergimos en una aventura que abraza el caos cósmico, el humor absurdo y el terror con una pasión desbordante que contagia desde el primer fotograma hasta los créditos finales donde han introducido unas siempre divertidas secuencias de tomas falasas.

Un despegue entre el homenaje pulp y el neón retro

Para entender la propuesta visual de esta cinta, hay que dejar los prejuicios estéticos del cine contemporáneo en la puerta de embarque. La película es una mezcla con sabor pulp y color retro lisérgico de las producciones fosforitas de ciencia ficción de los 60 y 70. Lejos de las paletas desaturadas y grises que inundan las superproducciones de hoy en día, aquí los colores estallan en la pantalla, creando una atmósfera alienígena, extraña e irreal.

Resulta interesante descubrir, buceando entre las curiosidades de su rodaje, que para lograr este entorno inmersivo sin caer en el aspecto plano del croma tradicional, el equipo rodó en Gran Canaria utilizando pantallas de tecnología LED, imitando el estilo Stagecraft tan popularizado por ‘The Mandalorian’. Al proyectar los fondos nubosos o interdimensionales en tiempo real, los rostros de Ismael, un piloto veterano interpretado con una vis cómica impecable por Martín Garabal, y Daniela, su atípica y novata copiloto a la que da vida Elena de Lara, se tiñen orgánicamente con esas luces vibrantes. A través de los cristales surge una amenaza que evoca directamente a los cómics clásicos sesenteros como ‘Mars Attacks’ o ‘Strange Tales’.

Más allá de John Carpenter: ecos de la ciencia ficción de culto

El título de la cinta es toda una declaración de intenciones. Cualquiera que ame el terror clásico sabe a qué maestro del terror se está invocando. Sin embargo, limitar la película a un simple tributo sería injusto. Aunque el propio título y muchos otros guiños recuerdan a películas de Carpenter como ‘They live’, a nuestra cabeza también vienen referentes más cercanos como ‘Perdidos’, ‘Fringe’, clásicos de la ciencia ficción cómica como ‘Men in Black’ o la actual ‘Pluribus’, rodada en buena parte también en Canarias. No quiero entrar en más detalles al respecto por no destriparos nada, pero espero que esos referentes susciten tanto vuestra imaginación como para comprar una entrada si os llegáis a cruzar con esta película.

El guion, firmado por Juan José Ramírez Mascaró, es un artefacto que asimila todas estas influencias y las destila en un formato claustrofóbico. Nos encontramos ante una narrativa que sabe combinar la tensión de la supervivencia a miles de pies de altura con las anomalías del estratosféricas. Los diálogos tienen una chispa y un carisma que lo protagonistas han sabido materializar, de tal modo que rápidamente nos enganchamos a su aventura.

La imaginación desatada como única regla de vuelo

Lo que verdaderamente convierte a ‘La cosa en la niebla’ en una experiencia divertida es su absoluta falta de complejos. Llega un momento en el que parece que puede salirte por donde sea, pero por donde sea en plan de términos fantásticos con cualquier tipo de giro o solución. Chedey Reyes y su equipo no tienen reparos en dar rienda suelta a la imaginación puramente de ciencia ficción, abandonando las pesadas ataduras del realismo para abrazar lo inverosímil.

Eso está divertido porque tanto guionista como espectador juegan con la trama según se va sucediendo. La película juega constantemente con la imaginación y con el conocimiento de fantástico del espectador. Cuando crees que la historia tomará la ruta predecible de un thriller de la aviación, te lanza a la cara una paradoja loca. Es evidente que no busca la verosimilitud científica, busca el impacto, la sorpresa y la pura diversión. En definitiva, ‘La cosa en la niebla’ es un billete de ida a otra dimensión que demuestra que, con atrevimiento, el cine de género puede volar por encima de cualquier expectativa.

PD: que los protagonistas vistan el mismo traje de tripulación que Robert Hays y Julie Hagerty en ‘Aterriza como puedas’ para mí ya es señal de que, a los autores no les importa el qué dirán y además tienen buen gusto.

Ficha de ‘La cosa en la niebla’

Estreno en España: 2026. Título original: La cosa en la niebla. Duración: 85 min. País: España. Dirección: Chedey Reyes. Guion: Juanjo Ramírez. Música: Fotografía: Teresa Ruano Santana. Reparto principal: Elena de Lara, Martín Garabal, Carla Miranda, Pablo Padrón, Paco Show. Producción: Barrios Producciones, Instituto del Cine Canarias, Jugoplástika. Distribución: por determinar. Género: comedia, ciencia ficción, terror. Web oficial.

Crítica: ‘Pioneras. Solo querían jugar’

Conecta con un presente que celebra lo que en el pasado se reprimía

Al leer la sinopsis de esta película inmediatamente me vino la cabeza el título de una serie reciente llamada ‘Las pelotaris 1926’, en la cual, se contaba la historia real de unas mujeres que fueron ninguneadas por su afán de pretender ser deportistas de élite y, por no ser hombres y sin tener en cuenta la relevancia internacional que alcanzaron ni el talento que realmente tenían, pasaron al olvido histórico. Con las pelotaris también estaba el hecho posterior de que el franquismo favorecía el mundo del fútbol frente a otros deportes que podían estar más vinculados con País Vasco y Navarra, pero no se llegó a tocar eso pues la serie no tuvo más temporadas. Con ‘Pioneras. Solo querían jugar’ si tenemos el elemento futbolístico, pero obviando eso, por comparativa gana esta película por goleada pues la serie citada, estrenada por SkyShowtime en 2024, cometía el tremendo error de transformar el relato, de usar los códigos errados, en concreto los de las telenovelas, con todos sus amoríos y giros melodramáticos que ello conlleva, destrozando así cualquier reivindicación y visibilización planteada.

Dirigida por Marta Díaz de Lope Díaz llega una película que usa el fútbol como campo de batalla simbólico. La película, ambientada en los años setenta y presentada en un formato 4:3 que refuerza su vocación de crónica de época, se inspira en hechos reales como el primer partido femenino disputado en Villaverde o aquel despropósito ridículo que contó con las folclóricas de la época. Desde el inicio se advierte que está “inspirada en hechos reales”, y no es un mero reclamo: la cinta se apoya en documentación histórica, rescatando también figuras de periodistas en la época que como Sara Estévez Urquijo a.k.a. Maratón, tuvieron que luchar contra lo establecido para ejercer la profesión que les gustaba.

Fútbol femenino y memoria histórica: más allá del deporte

‘Pioneras. Solo querían jugar’ no habla solo de fútbol femenino en la España tardofranquista y de la Transición; habla de un país encerrado en sus propios prejuicios. Si en ‘Las pelotaris 1926’ se insinuaba el olvido histórico de aquellas mujeres, aquí el balón es un espejo social. La directora, que ya había demostrado sensibilidad para retratar comunidades cerradas en ‘Mi querida cofradía’ y ‘Los buenos modales’, vuelve a explorar la fricción entre tradición y deseo de emancipación.

El deporte funciona como vehículo narrativo para retratar un machismo estructural que no se limita al vestuario. Hay insultos en la grada, burlas en la prensa, paternalismo institucional. Y, sin necesidad de subrayados discursivos, la película conecta con realidades que aún persisten: el odio en el deporte, el racismo que aflora en los estadios, las corruptelas que convierten la pasión en negocio. No es casual que hoy, tras los recientes éxitos de la selección española femenina, esta historia resuene con fuerza: el presente celebra lo que el pasado reprimía.

Como exentrenador de fútbol base femenino, puedo afirmar que la película acierta en la textura cotidiana: la precariedad de los entrenamientos, la incomprensión familiar, la mezcla de ilusión y vergüenza que muchas niñas han sentido al desafiar lo establecido. ‘Pioneras. Solo querían jugar’ entiende que el gesto de calzarse unas botas podía ser, en aquel contexto, un acto tan subversivo como necesario y evolutivamente inevitable.

Contención frente al melodrama: una decisión estética y política

Uno de los mayores aciertos del filme es su negativa a caer en la hipérbole. No convierte la reivindicación en catálogo de causas ni introduce subtramas forzadas para amplificar la agenda. No hay una acumulación de conflictos diseñados para arrancar aplausos fáciles. Esa sobriedad la distancia de productos como ‘Las chicas del cable’, donde la sobrecarga temática terminaba diluyendo la fuerza del relato.

Aquí no se instrumentaliza la identidad ni se introducen discursos impostados; se muestra la desigualdad con naturalidad, dejando que la injusticia hable por sí sola. Incluso el recurso al 4:3 no es un capricho estético, sino una forma de encuadrar a las protagonistas en un marco físico y simbólico más estrecho, acorde con las limitaciones que enfrentaban.

La película tampoco convierte a sus personajes masculinos en villanos unidimensionales. Hay ignorancia, hay desprecio, pero también hay contradicción y matices. Esa complejidad evita el panfleto y fortalece la dimensión humana de la historia. Porque, al final, ‘Pioneras. Solo querían jugar’ no es un alegato contra los hombres, sino contra una mentalidad que reprime a las mujeres. Si eres de los que se sienten cómodos con la mujer confinada al hogar (como ocurría hace apenas medio siglo), probablemente esta película te incomode y eso es precisamente parte de su valor y de tu problema.

Ficha de ‘Pioneras. Solo querían jugar’

Estreno en España: 5 de junio de 2026. Título original: Pioneras. Solo querían jugar. Duración: por determinar. País: España. Dirección: Marta Díaz. Guion: Marta Díaz, Zebina Guerra. Música: Fotografía: Maria Codina. Reparto principal: Daniel Ibáñez, Aixa Villagrán, Sofía de Iznájar, Bruna Lucadamo, Nora Otxoteko, Leire Aguiar, Lorea Carballo, Miriam Rubio. Producción: Cine365 Films, Ciudadano Ciskul, Crea SGR, ICAA, Movistar Plus+, Nadie es Perfecto, Pioneras la película, RTVE. Distribución: Filmax. Género: drama. Web oficial.

Crítica: ‘Línea de extinción’

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Una monster movie a rebufo de ‘Un lugar tranquilo’

‘Línea de extinción’ parte de una premisa que busca la originalidad dentro del marco de la ciencia ficción postapocalíptica. Sobre el papel resulta sugerente: la humanidad ha sido empujada a sobrevivir únicamente por encima de los 2400 metros sobre el nivel del mar. Esa cota marca el límite infranqueable para unas criaturas surgidas del subsuelo que han arrasado la civilización tal y como la conocíamos. El dato altimétrico no es una mera cifra decorativa, sino la regla fundacional de este nuevo orden mundial: por debajo, la muerte; por encima, una frágil supervivencia.

El proyecto viene avalado por los productores de ‘La purga’ y, sobre todo, de ‘Un lugar tranquilo’, referencia ineludible por su planteamiento: criaturas que emergen y fuerzan a los supervivientes a vivir bajo estrictas normas de comportamiento. De hecho, ‘Línea de extinción’ podría encajar sin demasiada fricción dentro del universo de ‘Un lugar tranquilo’, del mismo modo que en su día se especuló con la posible conexión entre ‘Un lugar tranquilo’ y ‘Cloverfield’. Sin embargo, donde aquellas destacaban por su tensión y su originalidad conceptual, aquí encontramos una propuesta más funcional que inspirada.

La cinta arranca con uno de los tópicos más sobados del cine de catástrofes: el niño con problemas respiratorios cuya medicación se ha agotado y su padre (Anthony Mackie) en busca de una solución. Este recurso, diseñado para forzar la salida del refugio y precipitar la acción, transmite una sensación de déjà vu que juega en contra del arranque. A ello se suma otro cliché: en el mismo enclave montañoso donde resisten los protagonistas se halla, casualmente, la única persona con capacidad real para investigar a las criaturas y ofrecer una posible solución. Se trata de una científica femenina (Morena Baccarin), con cuya presencia con personaje arisco pero a la vez intelectual, al menos se subvierte parcialmente la inercia habitual del género. La actriz que reincide en el terreno postapocalíptico tras su participación en las dos entregas de ‘Greenland’.

No obstante, aunque el filme supera su arranque y consigue desarrollarse de un modo entreteniendo, comete un error estratégico: aplaza la explicación sólida de la regla de los 2400 metros para una hipotética secuela declarada a través de una escena post-créditos. La altitud como barrera biológica o física es una idea demasiado atractiva como para dejarla en el aire. Ese aplazamiento debilita el cierre y refuerza la sensación de producto concebido con calculadora comercial en mano.

Lo mejor, las criaturas y los conflictos

El diseño de las criaturas es, sin duda, uno de los aspectos más estimulantes. Estas entidades recuerdan a una mezcla entre saltamontes gigantes y escarabajos acorazados, con escamas duras que evocan a un dragón mitológico. La textura y morfología transmiten amenaza física real, y hay momentos en los que la puesta en escena consigue exprimir esa cualidad insectoide para generar inquietud. Con esta película nos sucede lo mismo que con ‘Godzilla Minus One’, hay poco presupuesto para las imágenes generadas por ordenador pero se aprovechan los recursos y se juega bien desde el guión para que la amenaza parezca constantemente presente.

Por otro lado, el conflicto central se articula en torno a dos posturas enfrentadas: huir, recolectar y perpetuar una supervivencia precaria o arriesgarlo todo para investigar y hallar una solución definitiva. Este dilema dota al relato de una dimensión ética interesante. Los protagonistas no están unidos por una tensión romántica latente (otro alivio frente al automatismo de género), sino por una relación áspera, casi hostil, que añade fricción dramática. La convivencia forzada y la desconfianza mutua aportan una capa de realismo emocional que, por momentos, eleva el conjunto.

Aun así, la película se aproxima más en tono y ambición a ‘Skyline’ que a ‘Un lugar tranquilo’. Su presupuesto más contenido y su entrega sin complejos a la ciencia ficción pura la sitúan en un terreno donde prima la premisa espectacular sobre la sofisticación narrativa. Donde ‘Un lugar tranquilo’ convertía el silencio en dispositivo dramático y terrorífico y ‘Cloverfield’ explotaba la incertidumbre del fuera de campo, ‘Línea de extinción’ se limita a ejecutar una fórmula algo más conocida.

El propio director, George Nolfi, carga con una herencia creativa que aquí pesa más por contraste que por continuidad. Fue guionista en títulos con un denominador común, Matt Damon (‘El ultimátum de Bourne’, ‘Ocean’s Twelve’ o ‘Destino oculto’). En aquellas producciones brillaban la arquitectura narrativa, el ritmo y ciertos juegos de identidad o conspiración. En ‘Línea de extinción’ no hay rastro de esa complejidad estructural ni de esa chispa de sofisticación. La puesta en escena es correcta, pero raramente sorprendente.

Marketing, títulos y sensación de oportunidad desaprovechada

Si algo resume la experiencia de ‘Línea de extinción’ es la sensación de no estar ante una obra moldeada por imperativos de mercado, el hecho de ser una producción de no muy alto presupuesto nos refuerza esa impresión. Quizá por eso ha sido víctima de otro tópico, el cambio de título según qué país. El título original, ‘Elevation’, remitía de forma directa al elemento clave y no explicado de la historia: la altitud. En España se optó por ‘Línea de extinción’ y en Latinoamérica por ‘Criaturas: línea de extinción’, una decisión que evidencia la necesidad de subrayar explícitamente el componente monstruoso. Ese añadido semántico parece diseñado por departamentos de marketing ansiosos por justificar su presupuesto más que por respetar la sutileza conceptual del original.

Es una pena porque ‘Línea de extinción’ ofrece una premisa jugosa, un diseño de criaturas convincente y un conflicto moral interesante, pero no alcanza la tensión ni la originalidad de las obras a las que inevitablemente remite. Además es fácil que el espectador fan del género se enganche pues los protagonistas son harto queridos por la audiencia. Es un entretenimiento competente dentro del cine postapocalíptico, con destellos de potencial que quedan parcialmente lastrados por clichés narrativos y por la voluntad de dejar puertas abiertas a futuras entregas. En un panorama saturado de distopías y monstruos, eso puede ser suficiente para pasar el rato, pero no para trascender.

Ficha de ‘Línea de extinción’

Estreno en España: 6 de marzo de 2026. Título original: Elevation. Duración: 90 min. País: EE.UU. Dirección: George Nolfi. Guion: John Glenn, Jacob Roman, Kenny Ryan. Música: H. Scott Salinas. Fotografía: Shelly Johnson. Reparto principal: Anthony Mackie, Morena Baccarin, Maddie Hasson. Producción: Lyrical Media, Grinder Monkey, John Glenn Entertainment. Distribución: Tripictures. Género: ciencia ficción, terror. Web oficial.

Crítica: ‘Septeno’

Porque en el oeste de España también hay antiguas tradiciones que dan para cine

La película ‘Septeno’, dirigida por Óscar Pérez, se presenta como un proyecto profundamente ligado a su tierra. Rodada en los parajes la Sierra de Francia donde nos encontramos pueblos como La Alberca, Miranda del Castañar o Mogarraz (territorio colindante con Las Hurdes, tierra otrora documentada antropológica y terroríficamente por Buñuel), la cinta es, en esencia, una producción salmantina de principio a fin. Incluso su cartel, obra del ilustrador Tomás Hijo, refleja ese espíritu artesanal y muy arraigado en lo local.

La historia bebe del imaginario del “folkhorror castellano” y de tradiciones profundamente enraizadas en la zona. En La Alberca, por ejemplo, cada noche se mantiene la figura de la Moza de Ánimas, que recorre las calles con su comitiva en honor a las Ánimas Benditas. Ese eco de creencias antiguas sirve como punto de partida para una narración donde se habla de normas que no deben romperse y de criaturas que regresan cada cierto tiempo. La advertencia es clara: hay noches en las que no conviene salir al bosque.

Tradición frente a progreso

Uno de los aspectos más interesantes de ‘Septeno’ es su planteamiento temático. La película sugiere un conflicto entre el avance del progreso representado por aquellos que viven en la gran ciudad y la supervivencia de las leyendas ancestrales, un tema que conecta con los pueblos casi abandonados hoy en día y el folk que cineastas como Paul Urkijo Alijo buscan reivindicar. Sin embargo, aquí el relato se apoya más en la invención que en una exploración profunda de las tradiciones reales.

El punto de partida resulta quizás inspirado por películas como ‘El laberinto del Fauno’: la España rural del franquismo como un escenario en el que la represión y las leyendas te siguen por igual. En ese contexto, la película deja entrever una reivindicación de la llamada España vaciada, esa geografía olvidada del oeste peninsular donde las historias sobreviven casi siempre entre líneas o en viejos escritos de paisanos con nostalgia.

Virtudes visuales y limitaciones narrativas

A nivel técnico, ‘Septeno’ deja sensaciones mixtas. La fotografía y el etalonaje funcionan correctamente, y las localizaciones, tanto naturales como rurales, aportan una atmósfera convincente. Los encuadres también demuestran cierta sensibilidad visual que ayuda a sostener el interés.

No ocurre lo mismo con otros apartados. El sonido resulta en ocasiones demasiado artificial y recurre a recursos muy explotados en el género (como los niños canturreando) que terminan restando fuerza al conjunto. Además, el desarrollo narrativo se queda corto: la idea inicial prometía más profundidad de la que finalmente se explora.

En conjunto, la película transmite un espíritu claramente amateur. Su tono recuerda por momentos a un reportaje alargado del programa ‘Cuarto Milenio’, con misterio rural y leyendas locales como eje central. Aun así, se percibe una intención sincera de poner en valor un territorio y un imaginario cultural que rara vez encuentran espacio en el cine.

Ficha de ‘Septeno’

Estreno en España: 2026. Título original: Septeno. Duración: 29 min. País: España. Dirección: Óscar Pérez. Guion: Óscar Pérez. Música: Aleix Losa. Fotografía: Luis Bascuñana. Reparto principal: Jordan Blasco, Agus de Cabo, Fernando Saldaña, Carolina Morocho, Alejandra Pérez, Ana del Pozo, Mario del Pozo. Producción: Reto Films. Distribución: Reto Films. Género: terror. Web oficial.

Crítica: ‘El mago del Kremlin’

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Interesante retrato del “Rasputín” de Putin

Hablar de ‘El mago del Kremlin’ supone partir de una paradoja: la película se presenta como adaptación de una novela histórica que, en realidad, es una ficción inspirada en hechos reales. Ese triple filtro (realidad, ficción literaria y reinterpretación cinematográfica) le resta de entrada cierta credibilidad documental que ya de por sí llega velada por el oscurantismo y la opacidad de la Rusia de Putin. Sin embargo, también le otorga libertad dramática. Lo que propone Olivier Assayas no es una crónica periodística, sino una disección moral del poder contemporáneo.

Inspirada en la novela de Giuliano da Empoli, la película articula el ascenso de Vladimir Putin a través de la figura de Vadim Baranov, trasunto evidente de Vladislav Surkov. En pantalla, Baranov es interpretado por Paul Dano, que compone un personaje frío, cerebral y magnéticamente ambiguo. Se le ha llamado el “Rasputín moderno”, y la comparación no es gratuita: no gobierna, pero susurrando al oído del poder modela el destino de un país.

La cinta funciona como una lección acelerada de historia reciente rusa, desde el caos postsoviético hasta la consolidación del Kremlin putinista. Y lo hace sin caer en el didactismo explícito, sino a través de una estructura narrativa fragmentada y retrospectiva.

Flashbacks y densidad política

Assayas apuesta por un thriller político de ritmo pausado y arquitectura compleja. La narración se despliega mediante múltiples flashbacks que, en ocasiones, contienen a su vez otros recuerdos insertados. Esta estructura en abismo podría haber resultado farragosa, pero la actualidad de los acontecimientos y la escasez de ficciones cinematográficas centradas en la trastienda del poder ruso sostienen el interés durante sus casi dos horas y media de metraje.

La acción física es secundaria frente a la batalla simbólica. No se trata de espionaje clásico, sino de ingeniería narrativa. Baranov diseña el concepto de “democracia soberana”, formulación ideológica que legitima un sistema formalmente democrático, pero profundamente centralizado y controlado, de hecho, se le conocía también como “El cardenal gris”. La película convierte ese término en eje dramático: ¿es la democracia una estructura institucional o un relato cuidadosamente administrado?

En este punto, el filme trasciende el caso ruso y se adentra en una reflexión más amplia sobre las autocracias contemporáneas. La manipulación mediática, la creación de oposiciones controladas y la fabricación de consensos aparecen como piezas de un tablero donde la verdad es moldeable. Los medios no son meros observadores, sino actores activos en lo que la película sugiere como planes maquiavélicos para alcanzar fines políticos o económicos.

Hay una secuencia especialmente elocuente que remite a la gestión del hundimiento del Kursk en el mar de Barents. La inacción política, el cálculo oportunista y el sensacionalismo mediático dialogan con resonancias contemporáneas que trascienden Rusia. Resulta inevitable que el espectador español detecte paralelismos con la gestión de crisis propias, donde la búsqueda de la verdad se diluye entre intereses cruzados.

Reparto al servicio del retrato de la autocracia

Aunque Alicia Vikander aparece como cabeza de cartel, su papel es más bien episódico y funcional. Sirve para iluminar algunas facetas íntimas de Baranov, pero no altera el eje narrativo. El verdadero protagonista es Paul Dano, cuya interpretación sostiene el peso moral e intelectual de la película. Su Baranov no es un villano caricaturesco, sino un estratega patriota convencido de que la estabilidad justifica la manipulación.

Como secundarios con verdadero peso dramático destacan Jude Law (en una composición contenida que evoca al propio Putin sin caer en la imitación grotesca) y Will Keen, cuyo personaje aporta contrapunto ideológico y mayor presencia en pantalla que la propia Vikander. Junto a ellos el rodaje recrea con meticulosa fidelidad despachos y ambientes del Kremlin en localizaciones europeas, evitando filmar en Rusia por razones obvias. El resultado es un retrato de una Rusia edificada a través de actos violentos, no siempre bélicos ni explícitos, pero sí estructurales: violencia simbólica, institucional y narrativa. Evidentemente están los conflictos de Crimea y la guerra en Ucrania que planean sobre la historia como consecuencia lógica de un sistema donde el relato precede a la realidad.

‘El mago del Kremlin’ puede incomodar. Es probable que escueza en determinados círculos rusos, y cuesta imaginar a Putin asistiendo a una proyección privada. Pero más allá de su dimensión geopolítica, la película funciona como advertencia universal: cuando la verdad se convierte en herramienta, la democracia deja de ser un sistema y pasa a ser una escenografía. Propone es una mirada lúcida y densa sobre el poder contemporáneo. Y en ese terreno, ‘El mago del Kremlin’ no es solo un thriller político, sino un espejo incómodo de nuestro tiempo.

Ficha de ‘El mago del Kremlin’

Estreno en España: 6 de marzo de 2026. Título original: Le Mage du Kremlin. Duración: 156 min. País: Francia. Dirección: Olivier Assayas. Guion: Emmanuel Carrère, Olivier Assayas. Fotografía: Yorick Le Saux. Reparto principal: Jude Law, Paul Dano, Alicia Vikander, Tom Sturridge, Jeffrey Wright. Producción: Curiosa Films, Gaumont, France 2 Cinema, Tribune Pictures, LB Entertainment. Distribución: DeAPlaneta. Género: suspense. Web oficial.

Crítica: ‘El joven Sherlock’

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Un origen innecesario y un protagonista sin magnetismo

Había margen para explorar la juventud de Sherlock Holmes. El canon de Arthur Conan Doyle deja un vacío biográfico deliberado: Holmes aparece ya formado, cerebral, casi quirúrgico en su método. Pero una cosa es expandir y otra reescribir sin red. ‘El joven Sherlock’, producida y parcialmente dirigida por Guy Ritchie, arranca torcida desde su casting principal: Hero Fiennes Tiffin no logra sostener el peso icónico del personaje ni siquiera bajo la coartada de la inmadurez.

Su interpretación reproduce tics ya vistos en la saga ‘After’: mirada intensa pero vacía, presencia física correcta y escasa densidad dramática. No hay ironía afilada, ni esa electricidad mental que asociamos al detective de Baker Street. Si comparamos, el joven Nicholas Rowe en ‘Young Sherlock Holmes’ (‘El secreto de la pirámide’) irradiaba curiosidad e inteligencia precoz; incluso Guy Henry en la serie ‘Young Sherlock Holmes’ de 1982 aportaba un poso reflexivo más coherente con el canon. Aquí, en cambio, Holmes es un héroe juvenil genérico con barniz victoriano.

El guion toma una decisión arriesgada y discutible al convertir a Sherlock y a James Moriarty en amigos y compañeros de aventura. El germen de su enemistad se pospone tanto que otro personaje ocupa el rol de villano maquiavélico durante buena parte de la temporada. Se diluye así la tensión fundacional entre genio y némesis. No hay duelo intelectual, hay trama funcional en piloto automático.

Psicología forzada y un Holmes convertido en aventurero

Ritchie ya había reinterpretado al personaje en ‘Sherlock Holmes’ y ‘Sherlock Holmes: A Game of Shadows’, con un Holmes físico y pendenciero encarnado por Robert Downey Jr.. Allí el riesgo funcionaba porque la química y el ritmo compensaban la heterodoxia. En ‘El joven Sherlock’, el director redobla la apuesta inventando una hermana, Beatrice, y otorgando entidad dramática al padre, Silas (interpretado por Joseph Fiennes), figura ausente en las novelas. Conan Doyle construyó a Holmes como personaje funcional a la narrativa detectivesca. La introspección psicológica y el desarrollo familiar no eran prioridades del género en esa etapa victoriana y los autores de ahora parece que quieren llenar un vacío que nadie ha pedido llenar.

La madre, en una línea que recuerda a ‘Enola Holmes’, es presentada como perturbada, aunque aquí al menos se sugiere una vertiente artística coherente con la mención canónica a la ascendencia vinculada al pintor Horace Vernet. Natascha McElhone compone una figura materna magnética, sin nada que envidiar a Helena Bonham Carter en la citada película. Pero la serie confunde inteligencia deductiva con memoria eidética: Holmes parece un prodigio fotográfico antes que un lógico experimental. Se echa de menos el método científico, la observación microscópica, la inferencia encadenada.

En lo formal, el sello Ritchie asoma en personajes de aire caballeresco mezclados con bajos fondos, aunque el tono promete más de lo que entrega. La canción del opening (ya asociada por el imaginario contemporáneo a ‘Peaky Blinders’) sugiere un Sherlock más canalla, pero la serie no abraza ese filo autoral. Tampoco el guion ofrece un caso de complejidad real que invite al espectador a colaborar intelectualmente. Hay acción, vestuario fastuoso (tres o cuatro looks por capítulo) y cliffhangers previsibles: sabemos que el héroe saldrá indemne.

Reparto, relevo generacional y una dirección dispersa

El casting evidencia un curioso relevo generacional: Max Irons (hijo de Jeremy Irons) comparte cartel con Hero Fiennes Tiffin, sobrino de Ralph y Joseph Fiennes. Pero el verdadero acierto es Dónal Finn como Moriarty. Finn es el único que parece comprender la psique de su personaje y anticipar su deriva hacia la amoralidad estratégica. Cuando está en pantalla, la serie respira.

Ritchie dirige dos episodios, pero la temporada se reparte con Anders Engström (‘See’), Dennie Gordon (‘Kingdom’) y Tricia Brock (‘Bridgerton’). La falta de unidad tonal se percibe: Holmes termina siendo un aventurero más en situaciones límite que erosionan el suspense. No hay aliciente intelectual ni enriquecimiento del lore. ‘El joven Sherlock’ de Prime Video es una expansión que prioriza la estética y la psicología inventada sobre la esencia deductiva. Queda la sensación de que, en su empeño por modernizar, la serie ha olvidado lo elemental.

Crítica: ‘El último vikingo’

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Fábula nórdica, cruel y sorprendentemente tierna

Anders Thomas Jensen lleva años demostrando que la comedia negra escandinava no es un simple ejercicio de provocación, sino una herramienta quirúrgica para diseccionar la culpa, el duelo y la violencia cotidiana. En ‘El último vikingo’, el director danés vuelve a apoyarse en ese humor incómodo que provoca carcajadas y a veces inseguras, para luego obligar al espectador a empatizar con unos personajes que no viven ni de lejos una comedia. No es casual que el filme esté protagonizado por Mads Mikkelsen (‘Otra ronda’) y Nikolaj Lie Kaas (‘Los casos del departamento Q’), dos intérpretes que ya han demostrado con él, especialmente en ‘Jinetes de la justicia’, una capacidad excepcional para moverse entre la farsa y el drama sin que se note la costura.

La premisa parece salida de un chiste cruel contado en un bar de carretera: un botín enterrado en paradero desconocido, escondido por el hermano de un ladrón con problemas de salud mental que se cree un Beatle y que se pasa la vida robando perros a los vecinos. Jensen abraza lo grotesco desde el primer minuto. Cada elemento absurdo no está ahí para despistar, sino para preparar el terreno emocional. Como en muchas canciones de The Beatles, aparentemente luminosas, pero con letras sorprendentemente duras, la película disfraza su mensaje con un barniz de humor constante y situaciones surrealistas que esconden una verdad mucho más amarga.

‘El último vikingo’ funciona, en esencia, como un road trip de entendimiento fraternal. El viaje físico es también un desplazamiento moral: dos hermanos obligados a convivir con sus errores, sus resentimientos y una herencia emocional imposible de enterrar, por mucho que uno se empeñe incluso de manera inconsciente. Jensen no juzga a sus personajes, los observa con una mezcla de ironía y compasión que resulta profundamente incómoda.

Mads Mikkelsen y Nikolaj Lie Kaas: química y dolor

Uno de los grandes aciertos del filme es volver a reunir a Mads Mikkelsen y Nikolaj Lie Kaas bajo la batuta de Jensen. Su química no es explosiva pero si palpable y eso que ambos personajes están condenados a los desencuentros y el enfrentamiento constante. Mikkelsen aporta esa gravedad natural que convierte su frialdad en contención emocional. Lie Kaas, por su parte, encarna a un personaje vil y desesperado, un hombre que se refugia en la posibilidad de salvar el pescuezo a través de una remota posibilidad de recuperar el dinero. El actor interpreta bien esa situación entre la espada y la pared limitada por un cariño fraternal frágil.

Jensen utiliza el humor como anestesia temporal. Reímos ante situaciones que, en otro contexto, serían directamente trágicas: la violencia, el abandono, la incapacidad de comunicarse entre hermanos. Esa risa es clave para que el golpe posterior sea más contundente. Cuando el drama emerge sin aviso, lo hace sin música subrayando la emoción ni discursos explicativos. Simplemente está ahí, como una constatación brutal de que el dolor no desaparece por reírse de él.

Una moraleja incómoda: el cuento nórdico y la herencia de la violencia

La estructura circular del filme, con un cuento narrado al principio y al final, refuerza su condición de fábula retorcida. Quizá, como suele decirse, haya que ser nórdico para aceptar sin reservas la moraleja que propone ‘El último vikingo’. No hay redención fácil ni aprendizaje luminoso. La conclusión es truculenta, estremecedora y deliberadamente ambigua, como si Jensen se negara a ofrecer consuelo al espectador.

Aquí reside la fuerza (y también la incomodidad) de la película. ‘El último vikingo’ no pretende gustar a todo el mundo. Su humor es áspero, su visión del ser humano profundamente pesimista, y su mensaje final deja un poso inquietante. Pero precisamente por eso resulta coherente con la filmografía de su director. Jensen vuelve a recordarnos que la risa puede ser una forma de violencia, y que la familia, lejos de ser un refugio, puede convertirse en un campo de minas emocional.

En última instancia, la película plantea una pregunta incómoda: ¿Cómo tratamos a esas personas que se sienten en una realidad distinta a la nuestra? La respuesta del director de ‘El último vikingo’ es empática, pero altamente radical.

Ficha de ‘El último vikingo’

Estreno en España: 6 de marzo de 2026. Título original: Den sidste viking. Duración: 116 min. País: Dinamarca. Dirección: Anders Thomas Jensen. Guion: Anders Thomas Jensen. Música: Jeppe Kaas. Fotografía: Sebastian Blenkov. Reparto principal: Mads Mikkelsen, Nikolaj Lie Kaas, Søren Malling, Sofie Gråbøl, Nicolas Bro. Producción: Zentropa Entertainment, Film i Väst, FilmFyn, TV2, The Danish Film Institute Archive. Distribución: Avalon. Género: drama, comedia. Web oficial.

Crítica: ‘ORWELL 2+2=5’

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Raoul Peck plasma que la escalofriante profecía de la posverdad de Orwell ya está aquí

Hubo un tiempo en que la capacidad de anticipar el porvenir se atribuía a profetas como Nostradamus. Sin embargo, el siglo XX tuvo su propio visionario laico: George Orwell. Sin necesidad de efectos especiales ni de una ciencia ficción espectacular, sino a través de una prosa austera y cortante, el autor de ‘1984’ imaginó un futuro que hoy se antoja incómodamente reconocible. En ‘Orwell: 2+2=5’, Raoul Peck retoma esa capacidad predictiva y la convierte en un documental que no solo revisa una obra literaria, sino que interpela directamente a nuestra contemporaneidad.

La verdad como campo de batalla

El título del documental no es una provocación arbitraria. “2+2=5” alude a la imposición de la mentira como verdad oficial, al sometimiento del individuo ante el poder que reescribe la realidad. Es la ecuación imposible convertida en dogma. Peck articula su relato a partir de fragmentos de ‘1984’ y de ‘Rebelión en la granja’, enfrentándolos a imágenes de archivo del siglo XX y del XXI: guerras, discursos políticos, propaganda, multitudes enfervorizadas y pantallas que vomitan consignas.

El documental cuenta con la voz del actor Damian Lewis, quien encarna a Orwell. No se trata de una mera narración en off, sino de una presencia fantasmal que guía al espectador por un paisaje moral devastado. Peck intercala adaptaciones cinematográficas de ‘1984’ y material de noticiarios antiguos y recientes, estableciendo un diálogo visual que eriza la piel. La sensación es clara: la humanidad no aprende, repite. Se oprime y se deja oprimir. Se manipula y se deja manipular.

El filme subraya algo que ya estaba en la novela: el totalitarismo no es un fósil ideológico, muta, se adapta, se disfraza. Hoy no necesita botas militares ni uniformes idénticos, le basta con algoritmos, polarización y saturación informativa. La comodidad en la ignorancia (esa anestesia colectiva) es presentada como uno de los grandes peligros contemporáneos. Peck no señala con el dedo a un único régimen: traza un mapa global de autoritarismos, guerras y manipulaciones mediáticas que conectan el pasado con la posverdad actual.

La biografía como herida política

Uno de los mayores aciertos de ‘Orwell: 2+2=5’ es cómo integra la biografía del escritor en el análisis de su obra. Peck no convierte a Orwell en estatua, sino en hombre atravesado por contradicciones. Desde su juventud como policía imperial en Birmania (engranaje temprano de la maquinaria del imperialismo británico) hasta su experiencia traumática en la Guerra Civil Española, donde fue herido y asistió a las luchas internas del bando republicano, todo aparece como materia prima de su literatura.

Su etapa en la BBC también ocupa un pequeño lugar. Allí trabajó en propaganda durante la Segunda Guerra Mundial, experiencia que alimentó su escepticismo respecto a la manipulación del lenguaje y la información. Peck sugiere que esa vivencia institucional fue clave para que Orwell llegase hasta su odio visceral a la política.

El documental tampoco elude aspectos íntimos: su tuberculosis, que lo fue consumiendo físicamente, la precariedad económica, la tensión constante entre idealismo y desencanto. Todo ello dibuja una personalidad marcada por la culpa colonial, la conciencia de clase y la obsesión por la honestidad intelectual. La raíz de su crítica al totalitarismo está, paradójicamente, en su temprana participación en el sistema imperial que luego denunciaría.

Ecos contemporáneos: de Ken Loach a Michael Moore

Peck amplía el foco e introduce figuras que, desde el cine, han continuado esa tradición crítica. Ken Loach aparece como referencia recurrente, no solo por su mirada sobre la Guerra Civil Española, sino por su insistencia en retratar un sistema defectuoso que amplía la brecha entre ricos y pobres. En su cine late la misma indignación moral que en Orwell: la denuncia de estructuras que perpetúan desigualdades bajo apariencias democráticas.

También se evoca la obra de Michael Moore, cuya filmografía ha cuestionado el poder corporativo y político en Estados Unidos. Peck no equipara estilos (Loach es sobrio, Moore es provocador), pero sí los sitúa en una genealogía de cineastas que entienden el audiovisual como herramienta de combate ideológico.

Formalmente, ‘Orwell: 2+2=5’ tiene mucho de ensayo cinematográfico. Peck, que ya exploró la memoria política en trabajos anteriores, demuestra aquí un dominio notable del montaje. El archivo no es un simple apoyo ilustrativo, es argumento. Las imágenes dialogan, se contradicen, se superponen. El resultado es un retrato escalofriante de una humanidad que, pese a las advertencias, reincide en los mismos mecanismos de auto-opresión.

El documental no ofrece consuelo. Su mayor virtud es obligar al espectador a preguntarse en qué medida participa, consciente o inconscientemente, de esa ecuación perversa en la que dos más dos pueden llegar a ser cinco si se lo permitimos al poder. Peck convierte a Orwell en contemporáneo, en testigo incómodo de nuestra era digital. Y al hacerlo, demuestra que la verdadera ciencia ficción no habla de naves espaciales, sino de la fragilidad de la verdad.

Ficha de ‘ORWELL 2+2=5’

Estreno en España: 27 de febrero de 2026. Título original: ORWELL 2+2 =5. Duración: 119 min. País: Francia. Dirección: Raoul Peck. Guion: Raoul Peck. Música: Alexei Aigui. Reparto principal: George Orwell, U Win Khine, Min Aung Hlaing, Augusto Pinochet, Vladimir Putin, George W. Bush, Colin Powell, Donald Trump, Damian Lewis (voz). Producción: Anonymous Content, Closer Media, Jigaw Productions, Velvet Film, Neon. Distribución: Caramel Films, Filmin. Género: documental. Web oficial.