Crítica: ‘Insidious: Fuera del más allá’

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Jacob Chase entra en ‘Insidious’ con oficio, pero sin una identidad demasiado marcada y poco margen para la sorpresa

Con ‘Insidious: Fuera del Más Allá’, Jacob Chase se estrena en la saga creada por Leigh Whannell, aunque no precisamente en el género de terror. El director ya había demostrado su afinidad por lo sobrenatural con ‘Ven a jugar’, y aquí confirma que sabe manejar los mecanismos clásicos del género. Chase tiene pulso para mover la cámara, construir espacios inquietantes y, sobre todo, decidir cuándo conviene enseñar a los demonios y cuándo es preferible hacerlos desfilar fugazmente por el encuadre para generar incomodidad. 

El problema es que ese oficio no termina de traducirse en una personalidad visual propia. Es comprensible: estamos ante la sexta entrega de una franquicia que ya ha establecido una iconografía muy reconocible. El diseño de producción, la iluminación, los colores y la concepción de ‘El Más Allá’ llevan cinco películas funcionando como una especie de manual estilístico. Chase lo utiliza con solvencia, pero precisamente por eso cuesta encontrar aquí una auténtica huella autoral.

Donde sí hay un acierto considerable es en el reparto. La elección de Amelia Eve, Maisie Richardson-Sellers y el resto del elenco funciona especialmente bien dentro de la relación maternofilial que vertebra la historia. Hay además un trabajo de casting que consigue que las diferentes generaciones resulten visualmente creíbles, algo que ayuda a que el conflicto familiar no parezca un simple instrumento narrativo.

Amelia Eve y el regreso imprescindible de Elise Rainier

Me ha sorprendido gratamente Amelia Eve. En una saga donde las situaciones extremas pueden empujar fácilmente a las interpretaciones hacia el histrionismo, su personaje transmite una desesperación mucho más reconocible. Gemma no parece reaccionar a los fenómenos sobrenaturales como alguien que simplemente necesita gritar para que sepamos que tiene miedo, sino como una persona desorientada que intenta comprender qué demonios está sucediendo. Y esa contención beneficia considerablemente al filme. 

Y, por supuesto, está Lin Shaye. Elise Rainier se ha convertido en una figura inseparable de ‘Insidious’ y su presencia vuelve a demostrar que aun hay franquicias que pueden fabricar sus propios iconos. Shaye es la única intérprete que, de una forma u otra, ha estado presente en todas las entregas, y me parece estupendo que Elise pueda entrar por derecho propio en ese particular olimpo del terror donde conviven las scream queens, los monstruos y los asesinos que han terminado formando parte del imaginario colectivo. 

Además, esta entrega introduce una interesante inversión de uno de los conceptos tradicionales del género: si tantas historias de terror han presentado a personas que intentan ayudar a quienes sufren fenómenos paranormales, ¿por qué no explorar qué sucede cuando la relación funciona en sentido contrario? La idea no es revolucionaria, pero encaja sorprendentemente bien en las reglas de este universo.

‘Insidious’ necesita ir más allá, quizá demasiado

En esencia, ‘Insidious: Fuera del Más Allá’ continúa siendo otro relato de demonios, posesiones, sustos, planos espirituales y conexiones entre nuestro mundo y ese territorio de almas perdidas. El problema es que la saga empieza a acusar el peso de sus propias reglas. Después de cinco películas, necesita introducir conceptos cada vez más elaborados para ampliar su mitología y evitar la sensación de estar repitiéndose.

La franquicia comenzó jugando con los viajes astrales, las paradojas temporales y posteriormente desarrolló diferentes mecanismos para explicar cómo las entidades podían relacionarse con nuestro mundo. Ahora añade una nueva posibilidad que no voy a destripar pero que es aún más fantasiosa.

La idea funciona mientras permanece vinculada al terror, pero también revela el principal problema de esta sexta entrega: en su intento de ampliar el universo, ‘Insidious’ empieza a aproximarse peligrosamente a una fantasía sobrenatural cada vez más compleja y sin límites. Y cuanto más se multiplican las reglas, más difícil resulta que el espectador mantenga la suspensión de incredulidad.

Con todo, estamos ante una entrega que supera a algunas de sus predecesoras. Consigue despertar interés por nuevos personajes, mantiene conexiones con lo anterior y demuestra que todavía existen posibilidades dentro de este universo. Eso sí, expandir el lore también exige algo más al espectador: una considerable dosis de fe en las reglas que la propia franquicia continúa inventando sobre la marcha.

Ficha de ‘Insidious: Fuera del más allá’

Estreno en España: 21 de agosto de 2026. Título original: Insidious: Out of the Further. Duración: 1106 min. País: EE.UU. Dirección: Jacob Chase. Guion: Jacob Chase, David Leslie Johnson. Música: Joseph Bishara. Fotografía: Dave Garbett. Reparto principal: Lin Shaye, Amelia Eve, Brandon Perea. Producción: Atomic Monster, Blumhouse Productions, Screen

Crítica: ‘Lanterns’

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Dos formas de entender el heroísmo que conviven perfectamente con la esencia de los Green Lanterns

Conviene dejar claro desde el principio que esta es una reseña del primer capítulo de ‘Lanterns’, no una valoración de la temporada completa ya que no he podido acceder a ella. Pero las ganas que tenía de abordar a estos personajes me supera.

La expectación por ‘Lanterns’ no nace con el actual DCU de James Gunn, sino que es el último capítulo de una larga historia de intentos de devolver a Green Lantern a la primera línea audiovisual. Tras el fracaso de ‘Green Lantern’ (2011), Warner anunció en 2014 ‘Green Lantern Corps’, una nueva película que llegó a plantearse alrededor de Hal Jordan y John Stewart y que estaba vinculada a la etapa del DCEU de Zack Snyder. El propio Snyder quiso introducir a John Stewart en ‘Justice League’, llegando a rodar una escena con Wayne T. Carr que finalmente fue descartada por Warner y sustituida por la aparición de Martian Manhunter en ‘Zack Snyder’s Justice League’. Poco después, en 2019, Greg Berlanti anunció una serie de ‘Green Lantern’ para HBO Max que también sufrió una larga evolución hasta terminar siendo replanteada.

Con la creación de DC Studios, James Gunn y Peter Safran recuperaron el proyecto desde una nueva perspectiva, convirtiéndolo en ‘Lanterns’, con Chris Mundy, Tom King y Damon Lindelof al frente. Por eso la serie ha tardado tantos años en llegar: no estamos ante un proyecto que haya tardado en producirse desde su anuncio actual, sino ante más de una década de intentos, reinicios y cambios de enfoque para encontrar la manera adecuada de adaptar de nuevo a Green Lantern.

La historia arranca jugando con tres momentos temporales. En 1996 conocemos al joven John Stewart, todavía creciendo bajo la influencia de un padre estricto mientras observa a Hal Jordan como la encarnación de aquello que aspira a ser. En 2016, Hal ya es su mentor y ambos investigan una inquietante presencia extraterrestre en un pequeño pueblo de Nebraska. Finalmente, en 2026, un año después de lo sucedido en ‘Superman’, encontramos a John convertido en Green Lantern de pleno derecho y actuando por su cuenta. Es una estructura que funciona porque cada salto temporal aporta información sobre la relación entre ambos. Lo lógico es pensar que los siguientes episodios se moverán fundamentalmente entre 2016 y 2026, dejando la infancia de John como una pieza puntual para comprender su personalidad.

El resultado tiene una evidente naturaleza superheroica, pero también abraza el suspense policial. De ahí las inevitables comparaciones con ‘True Detective’, una influencia que, además, no es casual: James Gunn ya había definido el proyecto como un misterio terrestre con protagonistas que funcionan prácticamente como policías intergalácticos.

Hal Jordan y John Stewart: dos maneras de entender el heroísmo

Una de las mejores decisiones de ‘Lanterns’ es presentar a sus protagonistas sin necesidad de ocultar quiénes son. Hal Jordan no no es un eascarado: es un héroe conocido, cercano a la población y con libertad para intervenir cuando existe una amenaza extraterrestre. Es una representación muy cercana a la tradición de los cómics, donde la identidad de Green Lantern no siempre necesita funcionar como un secreto.

La relación entre Hal y John es todavía más interesante. Los dos son hombres honorables y quieren hacer lo correcto, pero entienden el deber de maneras muy diferentes. Ahí aparece el eco de aquel cómic ‘Green Lantern/Green Arrow’ de Dennis O’Neil, Elliot Maggin y Neal Adams en el que el personaje podía servir para confrontar distintas formas de interpretar la justicia, la responsabilidad y el poder.

Kyle Chandler da la talla como un Hal Jordan crepuscular, veterano y algo irreverente. Su actitud transmite el cansancio de alguien que lleva décadas desempeñando un trabajo extraordinario prácticamente en solitario. Vemos básicamente el desgaste de un héroe que ha vivido demasiado tiempo dentro de su propia leyenda.

Aaron Pierre encaja magníficamente con la rigidez de John Stewart. Tiene el porte, la mirada y esa sensación de disciplina contenida que asociamos al personaje en las viñetas. Y hay un concepto fundamental que atraviesa el episodio: el miedo. Para un Green Lantern, vencerlo no es una simple cuestión de valentía, sino parte de la esencia misma del personaje. La serie acierta en tratar esto constantemente y los actores han sabido incorporarlo a sus interpretaciones.

De momento las pistas van solo para los más cafeteros

Por el momento nos dan alguna pista de qué tipo de problemas van a encontrarse estos héroes en su aventura por la América cerrada. Pero solo aquellos que estén bien empapados de las historias de Green Lantern sabrán ver bien quién es el auténtico enemigo a batir en esta primera temporada. De hecho, los tráilers ya nos daban buenas pistas.

Por lo que deja entrever este primer capítulo, entre Jordan y Stewart también habrá espacio para una relación de rivalidad, admiración y cierto amor-odio que conecta directamente con la tradición de los cómics. Cuando John Stewart apareció por primera vez en ‘Green Lantern’ #87, en 1971, fue elegido como sustituto de Hal y el propio Jordan recibió el encargo de entrenarlo, aunque desde el principio desconfió de sus métodos y de su actitud frente a la autoridad. Con el tiempo, aquella relación pasó de la desconfianza inicial a convertirse en una auténtica camaradería, hasta el punto de que ambos han llegado a compartir el peso del legado de Green Lantern en diferentes etapas.

‘Lanterns’ parece recuperar esa dinámica, pero introduciendo una diferencia fundamental: todo apunta a que el gran protagonista de este nuevo DCU será John Stewart. Eso no significa, sin embargo, que vayamos a despedirnos de Hal Jordan. Al contrario, el primer capítulo deja claro que su presencia seguirá siendo determinante y que, incluso después de su muerte, podría continuar guiando a John a través de un peculiar “halograma”, una suerte de holograma que recuerda inevitablemente al papel que desempeñaba Jor-El con Superman. De esta manera, Hal puede convertirse en algo más que el mentor del nuevo Lantern: en la figura que representa el pasado del Cuerpo mientras John encarna su futuro. Una relación que, si la serie sabe desarrollarla, puede ser uno de sus grandes atractivos.

El peso de su historia y un futuro prometedor

No es casualidad que detrás de ‘Lanterns’ estén Tom King, Chris Mundy y Damon Lindelof. King aporta su experiencia como uno de los grandes guionistas contemporáneos de DC y autor de obras magnas, acostumbrado a utilizar los superhéroes para hablar de identidad, trauma y humanidad.  Mundy, responsable de ‘Ozark’, sabe construir tensión criminal y personajes sometidos a una presión constante.  Y Lindelof, creador de ‘Lost’, ‘The Leftovers’ y ‘Watchmen’, conoce perfectamente el misterio serializado y la capacidad de convertir una historia fantástica en un relato sobre personas.

El primer capítulo demuestra que la mezcla puede funcionar. Incluso cuando abraza el misterio, nunca pierde completamente la identidad superheroica. Y el destino de Hal Jordan deja claro que la serie no piensa limitarse a recuperar una franquicia: quiere utilizarla para construir un misterio con consecuencias.

Un último detalle especialmente interesante para el público español aparece al final de los créditos: el sello del Ministerio de Cultura. La explicación está en la participación de empresas españolas en la producción de efectos visuales, entre ellas El Ranchito, que figura entre las compañías encargadas de los VFX de la serie y que ha promocionado expresamente su trabajo en ‘Lanterns’.

Crítica: ‘Palestina 36’

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La biopsia de unas heridas no cerradas que están a una década de cumplir 100 años

Hay películas que reconstruyen el pasado y otras que consiguen hacernos ver que el pasado aún se reproduce delante de nuestros ojos. ‘Palestina 36’, de Annemarie Jacir, pertenece a la segunda categoría. Su punto de partida es la Gran Revuelta Árabe de Palestina de 1936-1939, pero su verdadera ambición consiste en demostrar que aquel levantamiento no surgió de la nada, sino de una acumulación de decisiones políticas, coloniales y territoriales cuyas consecuencias todavía resuenan.

Jacir abre el filme con imágenes de archivo restauradas y coloreadas. No es un simple recurso estético: la propia directora ha explicado que quiso recuperar esas imágenes para que no parecieran un pasado muerto, sino una realidad que continúa avanzando hacia el presente. El resultado es extraordinario. El material documental y la ficción se funden hasta convertir Palestina en el auténtico protagonista. La única lástima es que ese material de archivo no consiste en pruebas concretas sobre lo que se denuncia, solo conforma imágenes cotidianas, ninguna retrata ningún hecho concreto relevante o que fuese parte real de la narración que nos transmite, solo es ambientación y nostalgia de lo que era aquella tierra.

Colonialismo, resistencia y una historia incómoda

La película construye un amplio mosaico de personajes para explicar cómo el Mandato británico fue transformando la vida cotidiana. La huelga general de 1936, las restricciones, la represión, las detenciones y el progresivo paso de la protesta a la lucha armada aparecen como respuestas a una situación que los protagonistas perciben como insoportable. No estamos ante una rebelión presentada como un estallido irracional: Jacir intenta reconstruir sus causas políticas y sociales.

Y ahí aparece uno de los mayores méritos de ‘Palestina 36’: mostrar el colonialismo no únicamente mediante soldados y armas, sino a través de sus herramientas administrativas. La prensa, la radio, la circulación, el control territorial, los permisos, las políticas de tierra y la creación de estructuras de vigilancia forman parte de un mismo mecanismo de poder.

La película sostiene además una tesis muy clara sobre el papel británico en el crecimiento del proyecto sionista. La Declaración Balfour y la posterior política del Mandato forman el telón de fondo de una transformación que los personajes palestinos viven como pérdida de control sobre su propio territorio. La Comisión Peel, presentada dentro de este proceso, adquiere una importancia especial: en 1937 recomendó la partición de Palestina, una prueba para Jacir de que el conflicto territorial ya había alcanzado un punto de ruptura.

Del pasado al presente

La producción adquiere una dimensión casi paradójica. ‘Palestina 36’ es una coproducción en la que participan Palestina, Reino Unido, Francia, Dinamarca, Noruega, Qatar, Arabia Saudí y Jordania, con respaldo de instituciones británicas como BBC Film y el BFI.

Y el rodaje estuvo condicionado por la guerra iniciada tras octubre de 2023: la producción tuvo que afrontar interrupciones y dificultades para trabajar en los escenarios previstos, antes de poder completar parte del rodaje en Palestina. Ese dato convierte inevitablemente la película en algo más que una reconstrucción histórica.

Hay, además, una imagen final particularmente hermosa: un palestino tocando una gaita. ¿Por qué una gaita, instrumento que asociamos inmediatamente con Escocia y el ejército británico? Jacir explicó que las gaitas llegaron a Oriente Próximo desde Europa durante las Cruzadas y que, con el tiempo, también pasaron a formar parte de la cultura musical de la región. La imagen funciona así como una apropiación simbólica: un instrumento que asociamos al poder europeo termina integrado en una identidad palestina propia.

‘Palestina 36’ no pretende ser una lección neutral. Es una película de memoria, resistencia y denuncia. Y precisamente por eso resulta más interesante discutirla desde la historia que descartarla por su posicionamiento político. Muchas de las circunstancias que utiliza como materia dramática están documentadas: la Revuelta de 1936, la huelga general, la represión británica, la política del Mandato y la propuesta de partición de Peel no son invenciones cinematográficas. Os recomiendo hacer como yo, tomar nota de ciertos eventos que relata y contrastarlos con la hemeroteca.

Puede discutirse la interpretación, el reparto de responsabilidades o aquello que Jacir decide dejar fuera de campo. Lo que resulta mucho más difícil es negar que detrás de la película existe un episodio histórico real, complejo y extraordinariamente violento que durante décadas ha ocupado un espacio sorprendentemente pequeño en el cine occidental teniendo en cuenta la de vidas que ha sesgado.

Ficha de ‘Palestina 36’

Estreno en España: 14 de agosto de 2026. Título original: Palestine ’36. Duración: 120 0min. País: Palestina, Reino Unido, Francia. Dirección: Annemarie Jacir. Guion: Annemarie Jacir. Música: Ben Frost. Fotografía: Sarah Blum, Tim Fleming, Hélène Louvart. Reparto principal: Hiam Abbass,Kamel Al Basha, Yasmine Al Massri, Jalal Altawil, Robert Aramayo, Saleh Bakri, Yafa Bakri, Karim Daoud Anaya, Wardi Eilabouni, Ward Helou, Billy Howle, Dhafer L’Abidine, Liam Cunningham, Jeremy Irons. Producción: Distribución: La Aventura. Género: drama, hechos reales. Web oficial.

Crítica: ‘X-Men 97’ Temporada 2

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Cuando el homenaje mutante se convierte en un puzle incompleto

Hay algo especialmente valioso en esta segunda temporada de ‘X-Men ’97’: su voluntad de recordar que los X-Men nunca fueron simplemente un grupo de superhéroes. Son una familia, una comunidad, un conflicto ideológico y, sobre todo, uno de los universos de ciencia ficción más desbordantes que ha dado el cómic. La temporada abraza esa naturaleza poliédrica hasta sus últimas consecuencias, recuperando personajes, conceptos y sensibilidades procedentes de distintas etapas de Marvel.

El tributo a guionistas como Chris Claremont resulta evidente. La serie mezcla ecos de ‘La era de Apocalipsis’ con ‘Días del futuro pasado’, juega con diferentes líneas temporales y vuelve a demostrar que adaptar los cómics no significa reproducirlos literalmente. Hay modificaciones importantes respecto a las historias originales, pero lo verdaderamente destacable es que se conserva su espíritu y, al mismo tiempo, el ADN de la serie animada de los noventa.

No es casualidad que el primer episodio lleve por título ‘Days of Past Future’: la temporada convierte el tiempo en otro personaje y utiliza las diferentes épocas para explorar las consecuencias de las decisiones de los mutantes. Además, la primera entrega está dedicada a Karen Hathaway, montadora y profesional de postproducción fallecida en 2025 que trabajó también en esta temporada. El problema aparece cuando todas esas piezas tienen que encajar.

Una temporada construida a golpe de piezas

‘X-Men ’97’ temporada 2 es, en buena medida, una serie hecha por parches. Y esto no tiene por qué ser necesariamente negativo. La narración fragmentada puede ser una herramienta magnífica cuando el espectador termina comprendiendo que cada pieza estaba colocada para conducir hacia un mismo punto. El problema es que aquí el ensamblaje no alcanza la contundencia esperada.

La temporada gira alrededor de Apocalipsis y de la profecía que condena a Cable a dedicar prácticamente toda su existencia a acabar con él. De ese conflicto nacen algunos de los mejores momentos de la temporada, pero también se abren demasiadas puertas. La relación entre Pícara y Gambito adquiere una nueva dimensión, mientras que, de forma más secundaria, se profundiza en Cíclope y Jean Grey o en la compleja amistad entre Magneto y Xavier.

Y después están X-Factor y X-Force, cuya presencia constituye una nueva demostración de la riqueza del material original. Para quienes conozcan menos los cómics, la experiencia puede recordar a lo que supuso ‘Deadpool 2’: descubrir que el universo mutante es muchísimo más grande que los protagonistas habituales.

Pero esa misma abundancia juega en contra de la temporada. Hay tantos personajes, tantas líneas argumentales y tantos conceptos que algunos quedan necesariamente relegados. Los X-Men son así en los cómics, sí, pero la televisión exige administrar el tiempo de otra manera.

Apocalipsis merecía mucho más

El gran problema llega con el clímax. Después de convertir a Apocalipsis en el eje de la temporada, su derrota resulta demasiado sencilla. El villano, cuya presencia debería justificar una auténtica culminación épica, termina siendo menos formidable de lo que la construcción previa hacía esperar. Es una sensación similar a la que produjo el tratamiento de Galactus en la reciente ‘Los 4 Fantásticos’: un personaje gigantesco sobre el papel al que la narración no termina de sacar todo el partido.

Y quizá haya que mirar también al número de episodios. La segunda temporada tiene nueve capítulos, uno menos que la primera. Beau DeMayo, creador y showrunner original despedido por Marvel, afirmó que la compañía había descartado el décimo episodio que había preparado. Según su versión, aquel capítulo resolvía la trama con Onslaught y terminaba con Gambito liberando a Bishop de una prisión situada en la realidad de ‘La era de Apocalipsis’, mientras ambos huían de un Cíclope malvado. Además, DeMayo aseguró que su plan era dedicar toda la tercera temporada a esa realidad alternativa. Todo bastante diferente a cómo ha sido.

No podemos saber si aquella versión habría sido mejor, pero sí resulta tentador pensar que un episodio adicional habría permitido que el enorme puzle de esta temporada respirase antes de llegar al desenlace. La escena postcréditos, además, deja claro que el objetivo es seguir ampliando el tablero. Es una declaración de intenciones tan evidente que resta algo de contundencia al cierre.

Y, pese a todo, ‘X-Men ’97’ sigue siendo una serie extraordinariamente disfrutable. Su capacidad para defender la diversidad de los personajes, su naturaleza de ciencia ficción sin límites, su respeto por el material original y su voluntad de explorar todas las caras del universo mutante compensan buena parte de sus desequilibrios. Puede que el puzle no encaje perfectamente, pero las piezas siguen siendo demasiado buenas como para dejar de jugar con ellas.

Crítica: ‘El final de Oak Street’

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Mitchell se pasa el cine de aventuras con una anomalía repleta de personalidad y sabor clásico

¿Recordáis aquella película de animación en la que una familia debía huir en su coche desde su cómodo barrio de casas y jardines porque eran atacados por seres implacables? Trataba de cómo familias acomodadas veían rota su rutina y tenían que ponerse en pie de guerra o atrincherarse en sus hogares. Se llamaba ‘Los Mitchell contra las máquinas’. Todo eso lo tenemos en esta nueva película que además está dirigida por alguien que se apellida Mitchell. David Robert Mitchell, director de ‘It Follows’ y ‘Lo que esconde Silver Lake’, es uno de esos cineastas que dificultan cualquier intento de anticipar su siguiente película. Entre ambas obras ya existía una distancia considerable y ‘El final de Oak Street’ confirma que su filmografía no parece dispuesta a acomodarse en una fórmula. El volantazo respecto a sus anteriores propuestas de terror psicológico y suspense es considerable: aquí Mitchell se adentra de lleno en el cine de criaturas, la ciencia ficción y la aventura familiar.

La película, protagonizada por Anne Hathaway, Ewan McGregor, Maisy Stella y Christian Convery, parte de una premisa tan sencilla, de esas que te sumergen en una cotidianidad de la que no quieres salir. Un barrio residencial de los años ochenta es arrancado de su realidad y transportado a un entorno prehistórico. La comparación inmediata con ‘Jurassic Park’ resulta inevitable, aunque Mitchell utiliza el concepto para construir algo diferente. Podría parecer un ‘Jurassic Park’ sangriento trasladado a la estética de ‘Cadillacs and Dinosaurs’, pero debajo de los dinosaurios hay una historia familiar que intenta sostenerse por sí misma.

Un Spielberg con la mirada puesta en lo desconocido… y en lo conocido

La música, la ambientación ochentera y el tono familiar remiten inevitablemente al cine de Steven Spielberg. Durante buena parte del metraje tenemos esa sensación de aventura al son de la música de John Williams, de hecho, la banda sonora la pone quien es considerado su heredero natural, Michael Giacchino. La familia se enfrenta a algo extraordinario, que conecta con el imaginario de los grandes clásicos de aquella época. Sin embargo, Mitchell introduce elementos que no encajarían tranquilamente en una película amigable al estilo Spielberg. Hay momentos de auténtico horror y violencia que alteran esa sensación de seguridad.

También aparece una dimensión casi verniana. Como en Julio Verne, el ser humano vuelve a sentirse diminuto ante la magnitud de un mundo que no comprende. Oak Street deja de ser un barrio conocido para convertirse en una isla diminuta frente a secretos que pertenecen a un pasado remoto. La serie ‘The Outer Limits’ ya había jugado con una idea semejante en ‘A Feasibility Study’, episodio en el que un vecindario entero era capturado misteriosamente. La coincidencia resulta especialmente curiosa porque la película parece tomar aquella premisa y convertirla en una aventura prehistórica a más escala.

Los dinosaurios son además uno de los grandes atractivos. La película se distancia de cierta imagen tradicional del cine Cretácico (a menudo confundido con el Jurásico) y apuesta por criaturas más próximas a la reconstrucción paleontológica contemporánea, con Sarcosuchus y Spinosaurus e incluyendo animales con plumas como el Gallimimus o el T-Rex. No se trata simplemente de recuperar dinosaurios reconocibles, sino de utilizarlos para convertir un barrio residencial en un territorio hostil y fascinante.

Mucho más que dinosaurios en un barrio

La principal virtud de ‘El final de Oak Street’ aparece cuando Mitchell entiende que las criaturas no pueden ser el único motor. El verdadero conflicto está también en la familia protagonista, en una pareja que arrastra problemas propios y en la manera en que ambos utilizan diferentes vías de escape para evitar afrontar una realidad que les resulta incómoda.

Por eso la película funciona mejor cuando alterna aventura y drama. El barrio convertido en escenario prehistórico podría haber sido únicamente un ejercicio de imaginación, una excusa para enfrentar a ciudadanos estadounidenses contra criaturas del Cretácico. Mitchell intenta darle una dimensión emocional que justifique que permanezcamos junto a estos personajes incluso cuando los dinosaurios no están en pantalla.

También resulta inevitable hablar de las expectativas generadas alrededor de J.J. Abrams y Bad Robot. El proyecto llegó a despertar teorías sobre una posible conexión con el universo ‘Cloverfield’, especialmente con su última entrega, ‘Paradox’ por los saltos espacio temporales y porque inicialmente se presentó también bajo otro nombre (‘Flowervale Street’). Sin embargo, aunque pudiese serlo y no esté realizada junto a Paramount Pictures, ‘El final de Oak Street’ no pertenece al universo ‘Cloverfield’. Las especulaciones fueron comprensibles (incluso yo hice mis hipótesis al respecto), pero conviene juzgar la película por lo que realmente es y no por la película que algunos espectadores imaginaron que podía ser. Y todo esto a pesar de la curiosa conexión extracinematográfica: Ewan McGregor es pareja de Mary Elizabeth Winstead, protagonista de ‘10 Cloverfield Lane’. McGregor llegó al proyecto después de que Oscar Isaac abandonara el reparto.

El único gran talón de Aquiles, de tamaño de una pata de Triceratops

La película concluye pero lo hace no solo con algo de fan service, sino también dejándonos un tanto descolgados. Porque Mitchell no es un director de franquicias, sino diría que esto podría ser un inicio de saga. La conclusión del filme tiene algo de ‘Tiempo’ de Shyamalan y de ‘The Cabin in the Woods’ de Drew Goddard. Nos dejan con la sensación de que lo ocurrido puede modificar un paradigma mucho mayor que el de los protagonistas, que tiene impacto mucho más allá de su círculo íntimo pero que en escala es mucho más difícil de desarrollar, como ya comprobamos con ‘Jurassic World: Dominion‘. Mitchell no se moja con explicaciones ni soluciones específicas, ni da pistas para que podamos desarrollar interpretaciones. ‘El final de oak street’ queda colgado como tantos misterios de la ya citada ‘The Outer Limits’ o de la mítica ‘The twilight zone’. Y como en esas series, se conforma con dejarnos una pequeña ligera moraleja y un final reconciliador.

Ficha de ‘El final de Oak Street’

Estreno en España: 14 de agosto de 2026. Título original: The End of Oak Street. Duración: 100 min. País: EE.UU. Dirección: David Robert Mitchell. Guion: David Robert Mitchell. Música: Michael Giacchino. Fotografía: Mike Gioulakis. Reparto principal: Anne Hathaway, Ewan McGregor, Maisy Stella, Christian Convery. Producción: Bad Robot, Good Fear Content, Jackson Pictures, Tommy Harper Productions, Warner Bros. Discovery. Distribución: Warner Bros. Género: ciencia ficción, suspense. Web oficial.

Crítica: ‘Marsupilami’

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Philippe Lacheau y su tropa convierten al mítico personaje en una divertidísima gamberrada

Philippe Lacheau vuelve a demostrar que posee un talento especial para la comedia física desatada, el humor de acumulación y las referencias cinematográficas. Con ‘Marsupilami’, el director francés firma una continuación espiritual (y también argumental) de ‘En busca de Marsupilami’ (2012), recuperando incluso al personaje de Pablito Camaron interpretado por Jamel Debbouze, convertido en la única persona del mundo que conoce el paradero del legendario animal creado por André Franquin. No hace falta haber visto aquella película para seguir esta aventura, aunque el enlace entre ambas recompensa a quienes sí lo hicieron.

Paradójicamente, el gran problema del filme es precisamente aquello que promete su título. Se suponía que reproducir al Marsupilami mediante una marioneta física y efectos animatrónicos permitiría una presencia más tangible y creíble del personaje. Y, cuando finalmente aparece, esa apuesta se agradece muchísimo. La criatura posee textura, peso y una naturalidad que difícilmente habría conseguido un modelo completamente digital. Sin embargo, durante buena parte del metraje da la impresión de que el presupuesto hubiese obligado a esconderlo tanto como si estuviera realizado únicamente mediante CGI. El Marsupilami tarda cerca de media hora en hacer acto de presencia, una espera excesiva para una película construida alrededor de él.

Hasta ese momento, Lacheau, convertido también en protagonista, junto al resto de su reparto habitual, mantiene el interés gracias a una sucesión constante de situaciones absurdas, caídas, persecuciones y equívocos. La película nunca deja de entretener, es divertida sin peros al respecto. Simplemente permanece la sensación de que habría sido mucho más satisfactoria con una mayor presencia del animal.

Humor desenfrenado, parodias y una criatura adorable

Cuando el pequeño Marsupilami entra realmente en escena, el filme encuentra por fin su auténtica personalidad. Aquí no pronuncia el mítico «¡Houba!», sino que emite pequeños sonidos que recuerdan inevitablemente a Gizmo, una decisión lógica si entendemos que se trata de una cría del Marsupilami clásico. Conserva, eso sí, toda esa naturaleza salvaje, imprevisible, indómita y dada al caos que convierte auténticas barbaridades en simples travesuras entrañables.

Además, Lacheau aprovecha cualquier ocasión para desplegar su pasión por la parodia. El pequeño Marsupilami puede perrear, recrear momentos de ‘Titanic’, homenajear a ‘E.T.’ o incluso evocar ‘Liberar a Willy’. No sorprende demasiado viniendo del responsable de ‘Super ¿quién?’, una película que ya demostraba su habilidad para burlarse con cariño de los grandes éxitos del cine comercial. Tampoco conviene olvidar que esta no es su primera adaptación de una obra ilustrada. En 2018 dirigió ‘City Hunter’, cuya irreverencia terminó conquistando incluso al autor del manga original. Aquellas mismas pillerías narrativas aparecen aquí una y otra vez.

Como ya es habitual, Lacheau vuelve a rodearse prácticamente de toda La bande à Fifi, ese grupo de colaboradores con los que lleva más de una década construyendo sus comedias (casi como Santiago Segura haciendo filmes con sus amiguetes). A ese equipo suma dos nombres de enorme peso dentro de la comedia francesa como Jamel Debbouze y Jean Reno, cuya sola presencia aporta un plus de carisma.

Una comedia más adulta de lo que parece, entre la nostalgia del cómic y el cine popular

Aunque visualmente resulte una película accesible para el público infantil gracias a las monerías del Marsupilami, la abundancia de humor verde y algunos chistes de doble sentido dejan claro que buena parte de sus destinatarios son quienes crecieron leyendo los álbumes del personaje. No porque adapte fielmente las viñetas y por sus subidas de tono, sino porque también conecta con la nostalgia de una generación concreta.

Curiosamente, muchos de los mejores gags ni siquiera dependen del Marsupilami. Funcionan gracias al reparto humano y a una maquinaria cómica perfectamente engrasada. Eso provoca una sensación contradictoria: durante bastantes minutos podría tratarse de cualquier otra comedia de Philippe Lacheau sin pertenecer necesariamente al universo del animal de Palombia.

El componente familiar aparece sobre todo mediante la relación entre el protagonista infantil y la criatura, una amistad que intenta llenar el vacío emocional provocado por unos padres continuamente en disputa. Esa dimensión aporta algo de corazón entre tanta locura.

Pero quizá el aspecto más interesante sea otro. Más allá de su obsesión por imitar superproducciones hollywoodienses o elevar ligeramente el rango de edad de sus películas, Lacheau reivindica aquí una tradición muy francesa: la del humor heredero del cómic franco-belga. No solo recupera a uno de sus personajes más emblemáticos, sino que salpica el relato de referencias generacionales como ‘E.T.’, ‘Liberar a Willy’ o la inolvidable serie ‘Érase una vez… la vida’, estableciendo un puente entre varias décadas de cultura popular.

Ficha de ‘Marsupilami’

Estreno en España: 12 de agosto de 2026. Título original: Marsupilami. Duración: 99 min. País: Francia. Dirección: Philippe Lacheau. Guion: Julien Arruti, Pierre Dudan, Philippe Lacheau, Pierre Lacheau. Música: Maxime Desprez, Michaël Tordjman. Fotografía: Pierric Gantelmi d’Ille. Reparto principal: Philippe Lacheau, Jamel Debbouze, Elódie Fontan, Tarek Boudali, Jean Reno. Producción: Pathé, Baf Prod, TF1 Films Production, Logical Content Ventures, Artémis Productions, Shelter Prod, Canal+. Distribución: YouPlanet. Género: comedia, adaptación. Web oficial.

Crítica: ‘Ghost in the Shell’ (2026)

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‘Ghost in the Shell’: volver al manga ochentero para encontrar el futuro

Desde que Shirow Masamune publicara el manga en 1989, ‘Ghost in the Shell’ ha vivido múltiples vidas audiovisuales: la película de Mamoru Oshii de 1995, su continuación ‘Ghost in the Shell 2: Innocence’, las series ‘Ghost in the Shell: Stand Alone Complex’ y ‘2nd GIG’, ‘Solid State Society’, la etapa ‘Arise’, la película de 2015, la adaptación estadounidense de imagen real de 2017 y ‘SAC_2045’. Ahora Prime Video recupera el material original con una nueva serie producida por Science SARU que, paradójicamente, parece entender mejor que ninguna otra adaptación de dónde procedía realmente la singularidad de Shirow.

El ‘Ghost in the Shell’ más cercano a Shirow Masamune

Dirigen Touma Kimura y Tooru Hasutani (acostumbrados a series rápidas y ágiles como ‘Dan Da Dan’ o ‘Scott Pilgrim da el salto’) junto a Jun’ya Iwake (más vinculado a animes juveniles y preciosistas como ‘La princesa Kaguya del cosmos’) con el guión de Tô Enjo (que nos sorprendió en 2021 con ‘Godzilla Singular Point’) fuertemente inspirado en el manga de Shirow Masamune. 10 episodios de emisión semanal que escogen muy bien qué adaptar del manga original.

Y aquí está la principal virtud de la serie: es mucho más parecida al manga original, de hecho casi un calco en cuanto a estilo, personalidad de personajes y tramas. La animación puede parecer que da un paso atrás cuando vemos que los personajes adoptan en ocasiones un aspecto casi chibi (una representación deliberadamente deformada, con cabezas grandes, cuerpos simplificados y proporciones casi infantiles que Shirow utilizaba para introducir humor y ligereza), pero basta con detenerse en los fondos, la cantidad de elementos animados, los movimientos, los detalles mecánicos o las transiciones al mundo virtual para comprobar el extraordinario trabajo de Science SARU. De hecho el estilo puede recordar a series actuales como ‘Dorohedoro’. Y por otro lado es la primera adaptación que adopta deliberadamente el estilo visual del manga y que se atreve con la sexualidad del mismo. Si siempre se ha dicho que las adaptaciones cosificaban al personaje de Motoko Kusanagi, esta puede escandalizar a puritanos.

Cyberpunk sucio, humor y mucha más Motoko

Este ‘Ghost in the Shell’ es mucho más cyberpunk sucio que sus anteriores adaptaciones. Hay más calle, más mugre, más máquinas imperfectas y una sensación de futuro vivido que contrasta con la elegancia casi metafísica de Oshii. En algunos momentos se percibe compleja por su geopolítica y sus conceptos transhumanistas, pero resulta menos enrevesada o filosófica que las películas.

También hay más acción y, sobre todo, una Kusanagi más abierta y habladora, sin ese halo de misterio permanente que la acompañaba en otras versiones. Es más cómica, pero nunca deja de ser la tipa dura y eficiente que triunfa tanto en el mundo real como en el virtual. Es una recuperación muy inteligente de la Motoko de Shirow, capaz de pasar de una conversación técnica a una situación absurda sin perder autoridad.

El resultado tiene además un delicioso aroma a los años noventa: los títulos de crédito, el dibujo, las inquietudes científicas y hasta la manera de presentar la tecnología remiten a una época en la que el manga se adelantó muchísimo a su tiempo. Shirow bebía de ideas que iban desde ‘Neuromante’ hasta el transhumanismo y conceptos filosóficos como la paradoja de la nave de Teseo, pero lo hacía mezclándolos con una fascinación casi obsesiva por las máquinas y la ingeniería. Y todo esto sin perder de vista personajes tan bobalicones como Chicho Terremoto.

Hay un detalle para cafeteros que me encanta. Como en el manga, aparecen anotaciones del autor explicando tecnología, geopolítica y pormenores sociales. También se dibujan onomatopeyas. Lejos de infantilizar el relato, estos recursos devuelven la obra a la tradición del manga clásico y recuerdan que su complejidad nunca estuvo reñida con el humor. La serie comprende algo fundamental: ‘Ghost in the Shell’ no nació siendo solemne.

Una adaptación que mira hacia atrás para avanzar

Quizá lo más estimulante de esta nueva versión sea precisamente su aparente contradicción. Mientras buena parte de la ciencia ficción contemporánea intenta modernizar ‘Ghost in the Shell’, esta serie decide volver a 1989 para descubrir que allí ya estaba buena parte del futuro que seguimos intentando imaginar.

No pretende competir con la profundidad filosófica de Oshii ni con la complejidad política de ‘Stand Alone Complex’. Su apuesta es distinta: recuperar el manga, su humor, su ritmo, su suciedad y su imaginación tecnológica. Y funciona especialmente bien porque no se limita a copiar su estética, sino que entiende qué había detrás de ella.

Cuida todos los detalles. Incluso los títulos finales hacen un breve repaso a la historia de la robótica, como una última declaración de intenciones. ‘Ghost in the Shell’ vuelve así a demostrar que quizá la mejor manera de actualizar un clásico no consiste en cambiarlo, sino en recordar por qué fue revolucionario.

Crítica: ‘Gatos Callejeros’

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La vida vista a través de una pandilla de gatos

Desde el momento en el que me enteré de que Ricky Gervais estrenaba una serie sobre gatos, me crearon una necesidad. ‘Gatos callejeros’ llega este viernes 7 de agosto con 6 episodios de unos 15 minutos más o menos cada uno.

En total, 90 minutos de serie que, aunque no era lo que me esperaba, me ha hecho pensar mucho y realmente me ha gustado ese aire pesimista que nos ha dado Gervais con esta serie de animación.

Los gatos nihilistas

Conocemos a un grupo de gatos callejeros viviendo su día a día en un barrio que pasa totalmente de ellos. Un barrio repleto de humanos que hacen como que no les conocen. Pero sus monótonos días cambian al conocer a una pequeña gatita que ha salido de casa y no sabe volver. Comienza así una pequeña aventura diaria donde le dan vueltas a la vida, la muerte y la existencia en general.

Creo que venderla como una comedia no es la mejor manera, si que tiene humor, ese humor ácido que tanto nos gusta británico, pero, aun así, es una serie bastante amarga. Que como digo, no lo veo mal, creo que deja un poso bastante hondo y va a dar mucho que hablar. Ya que estos gatos, reflejan perfectamente la sociedad, nos van desnudando desde el primer minuto y hasta el final.

Ricky Gervais y la animación

El comediante, creador, director y guionista de esta serie, ha comentado lo mucho que ha disfrutado haciendo esta historia. Además, según cuenta, se siente muy identificado con los gatos. En este caso además le pone voz a Gus, un gato gruñón pero que tiene un grandísimo corazón.

Esta pandilla está compuesta de Fang (Andrew Brooke) un gato enorme negro y blanco que tiene unos colmillos descomunales, Puke (David Earl), un gato débil y bastante enfermizo en muchos sentidos, Olive (Diane Morgan), una gata que vive cerca de ellos y Ponce (Tom Basden), un gato pijo que tiene hogar, pero aun así le gusta acercarse a charlar con sus amigos. A ellos se les une Kitten (Jo Hartley), la gatita perdida. Cada uno con su personalidad, con sus pensamientos y creando una gran familia.

Blink Industries ha sido el estudio de animación encargado de crear a todos estos animales. Una animación sencilla, un dibujo igual, bastante fácil, porque realmente no necesitamos una animación espectacular, ya que lo que verdaderamente importa es escucharles.

Moraleja de ‘Gatos callejeros’

Para mí el mensaje claro de esta serie es que la importancia de los amigos y la familia es lo más importante de todo. Incluso esos amigos, se suelen convertir en familia y logran hacer que no nos sintamos solos. Que todo lo que ocurra, puede superarse cuando te ves rodeado de gente que te quiere y que quieres.

Como digo, una serie un tanto amarga, una serie que muestra una realidad de manera quizás un poco brusca, pero que en el fondo nos enseña que todo se puede superar.

Crítica: ‘Batman: el cruzado enmascarado’

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Bruce Timm continúa siendo uno de los que mejor conoce al personaje de Kane y Finger

Cuando Bruce Timm recuperó el universo de Batman con ‘Batman: el cruzado enmascarado’, muchos pensaron que el objetivo sería recrear la magia de ‘Batman: La serie animada’. Sin embargo, la segunda temporada confirma que aquella comparación resulta cada vez menos pertinente. Sí, la influencia estética permanece intacta, pero el verdadero espíritu de la serie mira hacia otra dirección. Aquí el referente no es tanto la nostalgia como la reinterpretación contemporánea del Caballero Oscuro, muy cercana a la sensibilidad del universo cinematográfico construido alrededor del Batman de Matt Reeves.

La producción (desarrollada por Bruce Timm junto a J.J. Abrams y Matt Reeves tras el cambio de estrategia de Warner, que terminó llevando el proyecto de HBO Max a Prime Video) abraza sin complejos el cine negro. Gotham vuelve a ser una ciudad dominada por mafiosos, corrupción institucional, callejones iluminados por pobres farolas, automóviles inspirados en los años cuarenta y armas propias de los relatos criminales clásicos. Todo ello envuelto en una dirección artística donde la influencia del expresionismo alemán resulta incluso más evidente que en la primera temporada. Las sombras exageradas, las arquitecturas imposibles y los encuadres deformados convierten la ciudad en un personaje más.

La diferencia respecto a la serie de los noventa también es significativa. Aquella ya evitaba tratar al espectador como si fuera un niño, alejándose de otras producciones animadas de la época. Esta nueva versión responde a sensibilidades actuales y da un paso adicional hacia una violencia mucho más explícita, con asesinatos, cadáveres y consecuencias dramáticas que rara vez se ocultan tras una elipsis. Nunca pierde el tono clásico, pero sí endurece considerablemente su discurso.

Nuevos villanos, viejas ideas y algunos cambios que no terminan de convencer

La temporada vuelve a demostrar que el mayor acierto de la serie consiste en escapar constantemente de los villanos más habituales. Resulta refrescante recuperar personajes poco explotados como Roxy Rocket, cuyo episodio posee una marcada estética steampunk que recuerda inevitablemente a ‘The Rocketeer’. Además, el conflicto adquiere una lectura sorprendentemente contemporánea al abordar la fascinación por la tecnología militar y la escalada armamentística desde una aventura que nunca deja de ser entretenida.

También funciona especialmente bien la recuperación de Mister Zero, respetando el nombre original con el que debutó el personaje antes de convertirse en el popular Mr. Freeze. Es una muestra de que los responsables conocen profundamente la historia editorial de DC y disfrutan rescatando detalles olvidados por el gran público.

No todos los cambios, sin embargo, resultan igual de acertados. La nueva versión del Sombrerero Loco apenas conserva rasgos del personaje clásico. El problema no reside en el cambio de género, sino en convertirlo prácticamente en una presentadora televisiva con maneras que recuerdan inevitablemente a Ana Rosa Quintana. Más discutible todavía resulta la reinterpretación de Enigma, reducido aquí a un mafioso impulsivo y violento que pierde precisamente aquello que siempre definió al personaje: su superioridad intelectual.

Tampoco termina de funcionar el episodio dedicado a Barbatos. Su principal antagonista posee una apariencia que recuerda demasiado a Venger, el célebre villano de ‘Dragones y Mazmorras’, mezclado con algunos diseños de la serie animada de ‘Los Cazafantasmas’. El resultado roza involuntariamente el ridículo dentro de una serie que normalmente presume de enorme coherencia estética. Por fortuna, estos tropiezos son excepciones dentro de una temporada notable.

Un Batman implacable con un final que apunta hacia una tercera temporada

Uno de los mayores logros sigue siendo el propio Bruce Wayne. Este Batman desconfía profundamente de la naturaleza humana, se muestra frío, contundente y mucho menos compasivo que otras encarnaciones recientes. En ese contexto adquiere especial sentido la recuperación de Cerillas Malone como una herramienta más dentro de su guerra psicológica contra el crimen.

También convence el regreso de Harley Quinn. No deja de ser un guiño cargado de simbolismo recordar que el personaje debutó el 11 de septiembre de 1992 en el episodio ‘Un favor para el Joker’ de ‘Batman: La serie animada’, convirtiéndose con el tiempo en uno de los escasos personajes creados para televisión que terminaron integrándose plenamente en el universo de los cómics.

La serie mantiene además un inteligente juego de anticipación mediante pequeños cliffhangers al final de prácticamente todos los episodios. Poco a poco va construyendo la presencia del Joker hasta convertirlo en el gran clímax de la temporada. Aunque su aparición resulta efectiva, quizá habría sido más estimulante apostar por un antagonista inesperado. El Joker era la opción más evidente y precisamente por ello también la menos arriesgada. En cualquier caso, el desenlace deja abierta de forma natural una tercera temporada y el doblaje por parte de Matthew Needham le viene como anillo al dedo a un Joker psicópata pero más frío que un alemán en plena filomena.

Si seguimos con el apartado interpretativo destaca Hamish Linklater, que asume el complejo reto de suceder al inolvidable Kevin Conroy aportando una personalidad propia sin caer en la imitación. Y, si hablamos del doblaje español, Claudio Serrano continúa siendo insustituible. Su identificación con Batman ya alcanza un nivel comparable al que Constantino Romero logró con otras grandes figuras del cine. Solo le falta presentar un programa de televisión para completar el paralelismo.

‘Batman: el cruzado enmascarado’ demuestra en esta segunda temporada que aún es posible reinterpretar al personaje sin renunciar a su esencia. Puede discutirse alguna decisión creativa concreta, visualmente sigue brillando gracias a su extraordinaria dirección artística, aunque algunas secuencias realizadas mediante animación digital en tres dimensiones (especialmente las relacionadas con vehículos) rompen ocasionalmente la armonía visual Pero el conjunto confirma que esta sigue siendo una de las aproximaciones audiovisuales más interesantes que ha recibido el Caballero Oscuro en los últimos años.

Crítica: ‘El síndrome Rembrandt’

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Una premisa fascinante con un desarrollo irregular

Hay películas que plantean grandes preguntas y otras que buscan ofrecer grandes respuestas. ‘El síndrome Rembrandt’ pertenece claramente al primer grupo. Pierre Schoeller construye una obra de vocación intelectual que utiliza el arte como catalizador para reflexionar sobre la ética científica, la energía nuclear, el cambio climático y la responsabilidad individual. El problema es que, en su empeño por resultar trascendente, termina sacrificando buena parte de la implicación emocional del espectador.

La premisa es, sin duda, sugerente y muy intrigante. Una prestigiosa física nuclear ve cómo la contemplación de varias pinturas de Rembrandt altera su percepción del mundo y la lleva a cuestionar todo aquello en lo que ha creído durante décadas. Es una idea fascinante porque enfrenta dos formas aparentemente incompatibles de entender la realidad: la objetividad de la ciencia frente al poder irracional del arte. Sin embargo, el guion desarrolla ese conflicto de manera excesivamente abstracta. La transformación de la protagonista se acepta más como una metáfora que como un proceso psicológico plenamente convincente.

Camille Cottin y Romain Duris sostienen el relato

Camille Cottin soporta buena parte del peso dramático con una interpretación contenida, llena de pequeños matices y silencios que transmiten la creciente fractura interior de su personaje. A su lado, Romain Duris aporta equilibrio interpretando a un hombre que observa cómo la mujer con la que ha compartido toda una vida comienza a convertirse en alguien casi irreconocible. Ambos construyen una relación creíble incluso cuando el relato se vuelve más simbólico que narrativo.

Una puesta en escena elegante al servicio de las ideas

Visualmente, Schoeller apuesta por una puesta en escena sobria. La fotografía evita cualquier artificio y encuentra en los cuadros de Rembrandt un recurso visual poderoso, utilizando la luz y las sombras como prolongación del estado emocional de los personajes. No es casual: el claroscuro característico del pintor se convierte aquí en una metáfora constante de las zonas grises entre conocimiento, intuición y conciencia moral.

Un ritmo pausado que no conectará con todo el público

Donde la película puede dividir más al público es en su ritmo. Es un cine pausado, construido a partir de conversaciones, silencios y largos momentos de contemplación. Quien espere un thriller sobre una conspiración nuclear probablemente salga decepcionado, porque el suspense nunca es el verdadero objetivo. La tensión procede de las dudas éticas y existenciales de sus protagonistas, no de la acción.

El mayor mérito de ‘El síndrome Rembrandt’ reside precisamente en no ofrecer desvelar sus cartas de manera explícita. Invita al espectador a preguntarse hasta qué punto el conocimiento científico basta para comprender el mundo o si el arte puede revelar verdades que escapan a la razón. No obstante, esa misma ambición intelectual acaba jugando en su contra cuando la película prioriza el discurso sobre la emoción y convierte algunas secuencias en ejercicios de reflexión más que en auténticos momentos dramáticos.

En definitiva, Pierre Schoeller firma una obra elegante, inteligente y profundamente europea, destinada a un público dispuesto a dejarse llevar por las ideas más que por la trama. Es una película de  esas que requieren una conversación post visionado.

Ficha de ‘El síndrome Rembrandt’

Estreno en España: 7 de agosto de 2026. Título original: Rembrandt. Duración: 107 min. País: Francia. Dirección: Pierre Schoeller. Guion: Pierre Schoeller, Anne-Louise Trividic. Música: Pawel Mykietyn. Fotografía: Nicolas Loir. Reparto principal: Camille Cottin, Romain Duris, Denis Podalydès. Producción: Trésor Films, France 3 Cinema, Zinc, Artémis Productions, BE TV, Proximus, Canal+, Netflix. Distribución: Vercine. Género: drama, suspense. Web oficial.

Crítica: ‘En mar abierto’

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Renny Harlin regresa a un territorio conocido, con pretensiones honestas y factura española

Tras haber estado muy entretenido con la trilogía remake de ‘The Strangers’, Renny Harlin cambia de tercio. El director de ‘Deep Blue Sea’ vuelve a rodar con sobre tiburones y también regresa al género del cine de acción pues es también el más lucrativo para él. Recordemos que Harlin es el director de ‘Jungla de Cristal 2’, ‘La isla de las cabezas cortadas’ o ‘Máximo riesgo’, entre otras. Con todo esto y aunque la calidad de las películas de este finés siempre se pone en entredicho (es el autor de ‘Hércules: el origen de la leyenda’), cabía esperar una película que no fuese de mera explotación. ‘En mar abierto’ es exactamente eso, pero con bastante buena calidad técnica.

¿Se puede tener tan mala suerte de que, tras la fortuna de sobrevivir a un aterrizaje forzoso en el mar, te veas rodeado de tiburones? Harlin piensa que es plausible y es la premisa que plantea para desarrollar la acción. Y lo hace a partir del texto los guionistas de películas calificadas casi de serie B como son Shane Armstrong y S. P. Krause, autores de ‘Bait’, ‘Black Chamber’ o ‘The Darkness’. Se percibe el bajo presupuesto pese a los nombres de su reparto, pero la película sale airosa por lo que comentaba anteriormente, hay una mano diestra tras la cámara y en postproducción que sabe darle a todo un halo de realismo y de película más costosa de lo que realmente es. Quien sabe, quizás si se hubiese concebido como originalmente se pensaba, que era como secuela de ‘Bait’, la cosa habría sido peor.

Harlin demuestra desde los primeros minutos que sabe manejar el ritmo. Tiene alguna que otra toma curiosa a la hora de reflejar la dimensión de la catástrofe o de darle espectacularidad a la acción, especialmente durante el accidente, donde la planificación transmite una sensación de caos bastante conseguida. Resulta llamativo que varias de las secuencias acuáticas se rodaran en grandes depósitos de agua combinados con escenarios físicos y efectos digitales, una solución habitual en este tipo de producciones que aquí logra un resultado más convincente de lo esperado.

También es interesante comprobar cómo el director recupera una idea que ya dominó en ‘Deep Blue Sea’: los tiburones funcionan mejor cuando son una amenaza constante que cuando ocupan el centro del plano. La tensión nace más de la espera que del ataque. Y por otro lado el coste, a raíz de tener que recrear menos tiburones, se reduce.

Un entretenimiento consciente de sus excesos

Uno de los mayores aciertos del guion de ‘En mar abierto’ consiste en no limitar toda la acción a un único espacio. La película dispone varios escenarios dentro del mismo desastre. Encierros, tensión social, carreras delante de un tiburón… Entre las tres consiguen mantener nuestra atención, que por supuesto solo quiere ver muertes con escualos. Esa fragmentación evita que la propuesta caiga en la monotonía y permite alternar momentos de suspense con otros mucho más cercanos al cine de aventuras.

Eso no significa que el libreto esté libre de decisiones cuestionables. Como en toda película de estas características hay alguna que otra decisión por parte de los protagonistas que carece de sentido o lógica. Hay personajes que parecen olvidar el peligro en el momento más inoportuno o que escogen siempre la alternativa más arriesgada. Sin embargo, Harlin parece plenamente consciente de ello y, en ocasiones, incluso juega con esos tópicos. No es casual la inclusión de un personaje que, en mitad del caos, grita el clásico «soy ciudadano americano», una frase que funciona casi como una broma metacinematográfica sobre determinados clichés del cine de acción estadounidense.

Dentro del reparto sorprende especialmente la presencia de Ben Kingsley. Su participación es prácticamente una broma, reducida a un papel tan breve que cuesta creer que un intérprete de su prestigio figure entre los principales reclamos del cartel. Más que un personaje, parece un elegante cameo destinado a aportar un nombre de peso a la producción.

Aaron Eckhart sostiene la aventura

Quien realmente carga con el peso del relato es Aaron Eckhart. El actor recupera el rol de piloto como ya hizo en ‘Sully’. Es uno de los protagonistas en esta historia que realmente tiene protagonismo compartido al fragmentarse en distintas situaciones, pero es evidente que la narración regresa a él una y otra vez. Eckhart aporta la presencia, más que demostrada anteriormente, como líder y cumple con el perfil de héroe clásico.

Y sí, llega ese momento que resume perfectamente la filosofía del filme: Aaron Eckhart liándose a golpes con un remo con un tiburón que le triplica en tamaño. Es una escena que supone una declaración de intenciones y que seguro que más de un superviviente real te diría que no es tan loca como parece. Sea como fuere está claro que Harlin no busca realismo, sino una diversión extraída de la tensión.

Un desastre aéreo que sabe cómo no acabar estrellándose

La producción es consciente en todo momento de qué clase de película quiere ser. No aspira al terror sofisticado ni a la profundidad psicológica. Aporta ciertos dramas para cada personaje pero su objetivo es mantener al espectador tenso durante poco más de hora y media enlazando accidentes, ataques, rescates imposibles y algún que otro sacrificio heroico.

‘En mar abierto’ no alcanzará el estatus de clásico dentro del subgénero de tiburones, pero sí representa cierto sector del terror actual que esquiva la parte peyorativa de la etiqueta serie B comprendiendo perfectamente cuáles son sus fortalezas. Renny Harlin aporta el oficio suficiente para ello. Es un pasatiempo honesto y a veces eso basta para disfrutar.

Por último, cabe señalar que la película tiene factura española pues está producida por Nostromo Pictures y parte de su rodaje ha transcurrido en Canarias. La banda sonora es del getxotarra Fernando Velázquez y han trabajado en ella estudios de efectos como Orca Studios o El Ranchito. Es pro ello que está dedicada a la memoria de Lionel Estivill, experto en VFX quien con solo 34 años fue profesor de la ESCAC y trabajó en películas como ‘Transformers’, ‘Thor’, ‘Paddington’ o ‘Apocalipsis Z’.

Ficha de ‘En mar abierto’

Estreno en España: 7 de agosto de 2026. Título original: Deep Water. Duración: 110 min. País: EE.UU., España. Dirección: Renny Harlin. Guion: Pete Bridges, Shayne Armstrong, S.P. Krause. Música: Fernando Velázquez. Fotografía: DJ Stipsen. Reparto principal: Ben Kingsley, Aaron Eckhart, Angus Sampson, Molly Belle Wright. Producción: Nostromo Pictures, Arclight Films, Aristos Films, Aventura, Blue Rider Pictures, Pink308, Rabbits Black, SSS Entertainment, Simmons/Hamilton Productions, Top Film Distribution. Distribución: DeAPlaneta. Género: acción, terror. Web oficial.

Crítica: ‘Mother Mary’

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Misteriosa, cautivadora y visualmente impecable

David Lowery puede gustar o no, pero no podemos negar que siempre nos trae cosas originales, distintas y visualmente logra siempre crear un montón de sensaciones. ‘Mother Mary’ es un sinfín de sensaciones, musicales, sensoriales, visuales que logran que te quedes inmerso en estas casi dos horas de película.

El reencuentro de dos almas en un ático

Un icono del pop de fama mundial regresa a los escenarios tras un grave accidente. Quiere volver de una manera espectacular y perfecta y para ello decide huir a un campo inglés en busca de Sam Anselm, su antigua diseñadora de vestuario de la cual se había distanciado desde hace mucho tiempo.

La película es un gran diálogo entre ellas dos, recordando, echándose cosas en cara pero sin rencor. El rencor ya se terminó, solo queda una tristeza que vemos reflejada en el ambiente. El color de la película logra representar este sentimiento desde que entramos en el estudio de la diseñadora. Ellas dos son la película, mostrando su alma desde el momento en el que Mary entra en la habitación y ambas deben enfrentarse a sus fantasmas pasados. ‘Mother Mary’ me ha gustado muchísimo, un musical, un thriller psicológico, un toque terrorífico pero sin fantasmas reales.

David Lowery y sus metáforas

Qué deciros de este director, todos nos acordamos de ‘A Ghost Story’ o ‘El Caballero verde’, películas que al igual que ésta, juega mucho con las metáforas, con los colores y por supuesto logra sacar todo el jugo a sus actrices. Ambas están perfectas.

La película es super teatral, al principio la cámara casi es fija, se mueve, pero apenas lo notamos. Después de un baile, la cámara juega con el espectador, comienza a moverse de maneras diferentes mostrándonos distintos planos desde lugares insospechados. También vemos como cuida todo hasta el último milímetro. Y es que la imagen “fantasmal” que vemos en la cinta, no tiene CGI, está creada por el artista Daniel Wurtzel y es increíble la sensación que logra con una simple tela. Es espectacular.

Anne Hathaway y Michaela Coel un dúo espectacular

Sin lugar a dudas la película son ellas dos. Dan una clase magistral de actuación y de como poner los pelos de punta simplemente con sus miradas, sus silencios y sus diálogos llenos de amor, tristeza y bastante nostalgia.

En Anne Hathaway vemos el trabajo impresionante de físico y también vocal. Ya la habíamos escuchado cantar en ‘Los Miserables’, pero aquí no solo canta, si no también baila, se mueve como una gran reina del pop. Con un vestuario espectacular que le va como anillo al dedo.

Pero Michaela Coel no se queda atrás. Encargada de dar vida a esta diseñadora que nos deja ver la tristeza que tiene al ver a su antigua musa. Y a la vez, disfruta al imaginarse el vestido perfecto mientras van hablando. No creo que hubiesen cogido a nadie mejor para representar este papel lleno de paz y viveza. En la cinta también aparece Hunter Schafer, no tiene un papel principal, pero lo que la vemos, como siempre está muy bien.

Un vestuario impecable

Esta película como he comentado es el vestuario y su color. Bina Daigeler es la encargada de lograr que todo sea perfecto. Aunque también tenemos algún diseño de Iris van Herpen y Yohji Yamamoto.

En un principio el vestuario iba a ser simplemente dibujos o fotografías, pero al ver los diseños, David Lowery decidió que Anne Hathaway tendría que salir con ellos viendo las distintas actuaciones musicales. Michaela Coel fue alumna suya antes del rodaje para aprender los movimientos de la modista y poder darle más realidad a su personaje.

Música y espectáculo

La película está llena de música, de baile, aunque sea de una manera secundaria. Pero Mary es una gran cantante y debemos ver también parte de su vida para entender todo lo que vamos viendo. Las actuaciones son increíbles, como he comentado, se ve el gran trabajo de Anne Hathaway tanto físicamente como vocal y es la verdad que lo hace genial.

‘Mother Mary’ quizás no sea para todo el mundo es una película muy sensorial, llena de metáforas y que sin duda puede pesar un poco. Para mi ha sido una cinta muy inmersiva, entre la música, los colores, los movimientos de las telas y por supuesto, sus dos actrices que están inmensas. Es una película que recomiendo mucho, ya sea solo por la experiencia de verla ya solo sea por lo diferente que es.

Ficha de la película

Estreno en España: 31 de julio de 2026. Título original: Mother Mary. Duración: 112 min. País: Reino Unido. Dirección: David Lowery. Guion: David Lowery. Música: Daniel Hart. Canciones de Charli XCX, Jack Antonoff. Fotografía: Andrew Droz Palermo y Rina Yang. Reparto principal: Anne Hathaway, Michael Coel, Hunter Schafer, FKA Twigs, Sian Clifford. . Producción: A24, Augenschein Filmproducktion, Homebird Productions, Sailor Bear, First Look, Access Entertainment, IPR.VC. Distribución: Elastica Films. Género: Ficción. Web oficial.

Crítica: ‘Spider-Man: Brand New Day’

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Una fresca y nueva perspectiva a través del Spider-Man más solitario, pero a la vez el más multitudinario

Tras el terremoto emocional de ‘Spider-Man: No Way Home’, parecía evidente que el siguiente paso del Peter Parker de Tom Holland debía ser mirar hacia dentro antes que hacia el multiverso. ‘Spider-Man: Brand New Day’, dirigida por Destin Daniel Cretton, entiende perfectamente esa necesidad y construye un relato donde la melancolía pesa tanto como la acción. No llega a convertirse en una película oscura, pero sí adopta un tono más tenebroso y adulto que el de entregas anteriores, explorando la soledad del héroe derivada del conjuro que hizo que el mundo olvidara quién es realmente Peter Parker. Y ese enfoque, para mí es de las mejores bazas de este filme.

Nada más comenzar, el largometraje rompe una de las principales expectativas que había generado su campaña promocional. Como muchos sospechábamos, prácticamente todo el material más espectacular del tráiler pertenece a la secuencia de apertura. Las imágenes que recreaban viñetas míticas del cómic y ese desfile de villanos que prometía una amenaza coral se concentran en esos primeros minutos. Es una decisión inteligente porque prepara al espectador para descubrir que, en realidad, esta vez no existe un gran supervillano central que monopolice el conflicto.

De paso, la película desmonta buena parte de las teorías conspirativas que inundaron las redes sociales durante meses. Aquellos autoproclamados «expertos» que aseguraban que Sony había eliminado personajes del tráiler o escondía medio reparto han visto cómo todas sus predicciones se desmoronan. Quizá sirva para que muchos aficionados aprendan a distinguir entre quienes analizan el cine por amor al arte y quienes simplemente alimentan el algoritmo con especulaciones sin fundamento en busca de notoriedad y autobombo.

Un puente emocionante hacia el futuro… que a veces frena demasiado

Uno de los grandes aciertos del libreto consiste en recuperar la esencia científica de Spider-Man. Peter va enlazando encuentros, experimentos y situaciones donde la pseudociencia vuelve a desempeñar un papel fundamental, recuperando una tradición muy arraigada en los cómics del personaje. A ello se suma un equilibrio bastante conseguido entre la tristeza que provoca el recuerdo de MJ (Zendaya) y el humor característico del protagonista. Peter ha madurado, pero sigue echando de menos su etapa estudiantil, sus amigos y ese punto friki que siempre ha definido al personaje y que más aflora cuando está con Ned (Jacob Batalon).

Las escenas de acción también merecen una mención especial. Los balanceos por Nueva York y varias coreografías parecen diseñadas pensando directamente en quienes han disfrutado de los videojuegos recientes del personaje. Hay movimientos, encuadres y persecuciones que recuerdan claramente a esa forma tan dinámica de entender al trepamuros.

Sin embargo, donde la película deja una sensación más agridulce es en su incapacidad para culminar dos ideas realmente prometedoras. No porque vayan demasiado lejos, sino precisamente porque se quedan a medio camino.

La primera tiene que ver con los mutantes. Marvel y Sony rozan un terreno apasionante (además de recordarnos a la película ‘Fallen’), pero pisan el freno justo cuando parecía que iban a cruzar una línea importante. Jean Grey aparece (el secreto que hace tiempo que dejó de serlo) y su reinterpretación resulta muy distinta tanto para ella como para otro personaje relacionado con esa trama. Da la impresión de que Marvel Studios y los acuerdos entre compañías han preferido reservar determinadas sorpresas para producciones completamente controladas por el estudio marvelita.

La segunda oportunidad desaprovechada afecta al propio Spider-Man. Se insinúa una evolución física del héroe que podría haber acercado la historia a terrenos próximos al body horror que en su día tampoco culminó Sam Raimi, pero nuevamente la película opta por detenerse antes de cruzar ese umbral. Es fácil imaginar que Sony haya considerado que ese camino podría resultar demasiado extremo para una versión cinematográfica tan popular del personaje, pero habría estado bien aproximarse a cómics como ‘The Spectacular Spider-Man’, ‘The Other: Evolve or Die’ o ‘Mutant Agenda’.

Una película de transición marvelita pero con personalidad propia

Aunque funciona claramente como puente hacia acontecimientos futuros del Universo Cinematográfico Marvel, ‘Spider-Man: Brand New Day’ consigue evitar convertirse únicamente en un episodio de transición. Incluso encuentra tiempo para desarrollar una idea sorprendentemente original alrededor de una palabra recurrente durante el relato, construyendo una especie de pequeño ‘Ciudadano Kane’ que aporta un giro diferente dentro del cine superheróico.

No todo funciona con la misma precisión. Hay varias secuencias cuya resolución transmite cierta sensación de improvisación, especialmente una situada inmediatamente después del clímax principal, donde parece que el montaje no encuentra la mejor forma de cerrar lo que acaba de ocurrir.

Destin Daniel Cretton vuelve a demostrar la sensibilidad narrativa que ya había exhibido en ‘Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos’ o en ‘Wonder Man’. El director mantiene además un perfil especialmente interesante dentro de Marvel. Conviene mantenerle en nuestro punto de mira por eso y por ser el encargado del esperado live action de ‘Naruto’.

Entre los numerosos guiños para los aficionados destaca también la dedicatoria final a Gerry Conway, creador de The Punisher aquí interpretado nueva mente por Jon Bernthal. El homenaje resulta especialmente apropiado si recordamos que El Castigador debutó precisamente en las páginas de un cómic de Spider-Man.

Puede que ‘Spider-Man: Brand New Day’ no alcance el impacto emocional que tuvieron en su día algunas películas de Tobey MaGuire o Andrew Garfield, ni se atreva a desarrollar todas las ideas que plantea, pero sí ofrece una evolución coherente del personaje. Combina entretenimiento con melancolía y deja preparado un tablero que promete movimientos muy interesantes en el futuro del MCU.

Como añadido final y avisando de spoilers he de mencionar la escena post-créditos. Se nos avisa de la presencia de Spider-Man en el espacio exterior. Por supuesto, correrán, ríos de tinta y ahora serán todo teorías. Así es que podemos imaginar que este Spider-Man que hemos visto pertenece a otro universo, que va a recibir la visita de un equivalente de un universo paralelo o incluso podría tratarse de 2099, el Spider-Man, que veremos en la nueva película animada que cerrará la trilogía de Miles Morales, aunque este realmente de lo que viene es del futuro. Lo más probable es que tenga que ver con lo que va a pasar en ‘Secret Wars’. Pero ya sabéis que con una semillita como esta muchos sacarán oro.

Ficha de ‘Spider-Man: Brand New Day’

Estreno en España: 29 de julio de 2026. Título original: Spider-Man: Brand New Day. Duración: 144 min. País: EE.UU. Dirección: Destin Cretton. Guion: Chris McKenna, Erik Sommers, Justin Kuritzkes. Música: Michael Giacchino. Fotografía: Brett Pawlak. Reparto principal: Tom Holland, Zendaya, Jacob Batalon, Sadie Sink, Jon Bernthal, Mark Ruffalo. Producción: Columbia Pictures, Marvel Studios, Pascal Pictures, Sony Pictures. Distribución: Sony Pictures. Género: ciencia ficción, adaptación. Web oficial.

Crítica: ‘Juggernaut’

Una narración consistente y poderosa que no necesita palabras

Hay ocasiones en las que un cortometraje demuestra que el cine sigue siendo, ante todo, un arte visual y narrativo que no entiende de tiempos. ‘Juggernaut’, dirigido por los hermanos Daniele Ricci y Emanuele Ricci, pertenece a esa categoría de obras que prescinden deliberadamente del diálogo para confiar toda su expresividad a la imagen, el sonido y la interpretación física. Es un cortometraje italiano, sí, pero también una propuesta profundamente universal, porque su historia podría comprenderse en cualquier rincón del mundo sin necesidad de traducción.

Lejos de convertirse en un mero ejercicio de estilo, el silencio es aquí una herramienta narrativa. No hay una sola línea de diálogo ni un solo texto explicativo, pero tampoco hacen falta. La historia es sencilla y está construida desde la acción, permitiendo que el espectador descubra poco a poco un universo mucho mayor del que realmente aparece en pantalla. Esa capacidad para sugerir un imaginario completo sin verbalizarlo es uno de los mayores logros del trabajo de los Ricci.

El protagonista transmite una resistencia casi sobrehumana sustentada en el estoicismo, como hacía el protagonista de ‘Sisu’, por ejemplo. Del mismo modo que el personaje creado por Jalmari Helander avanzaba soportando todo tipo de adversidades con una determinación inquebrantable, el héroe de ‘Juggernaut’ interpretado por Eugenio Krilov encuentra en la perseverancia su principal arma. Son personajes definidos mucho más por sus acciones que por sus palabras, auténticos supervivientes cuya personalidad se construye golpe tras golpe.

Una fantasía medieval de enorme riqueza visual

Si algo destaca desde el primer plano es el extraordinario trabajo fotográfico. La imagen posee un color muy trabajado, con un etalonaje que dota de personalidad propia a cada escenario. La fotografía juega constantemente con los contrastes entre espacios dominados por la oscuridad y pequeños estallidos cromáticos que enriquecen la composición sin romper la coherencia estética. Una prenda, una llama, un cielo, el color aparece para destacar entre lo tenebroso del ambiente.

La propuesta visual remite a esa fantasía medieval europea de tono oscuro que en los últimos años ha encontrado excelentes representantes. Es fácil pensar en el imaginario desarrollado por Paul Urkijo o recordar atmósferas cercanas a ‘Black Death’ y ‘El caballero verde’. No se trata de una imitación, sino de compartir una sensibilidad estética donde los bosques, las ruinas, la piedra y la naturaleza adquieren un peso dramático tan importante como los propios personajes.

Sorprende también el diseño de producción. A pesar de tratarse de una producción modesta, el cortometraje presenta un notable cuidado en la construcción de su universo. El vestuario, el atrezo y los diferentes elementos escénicos (props) poseen una credibilidad que ayuda enormemente a la inmersión. En ningún momento da la impresión de que el presupuesto limite la ambición artística, al contrario, la imaginación compensa cualquier restricción material.

Un ejercicio de cine puro que trasciende su condición de cortometraje

Quizá el mayor mérito de ‘Juggernaut’ sea precisamente su capacidad para sugerir mucho más de lo que enseña. En apenas unos minutos logra que el espectador intuya una mitología previa, un contexto histórico y unas reglas internas que nunca necesitan ser explicadas. Ese respeto por la inteligencia del público conecta con el mejor cine fantástico contemporáneo, donde la exposición deja paso a la observación.

También resulta llamativo el equilibrio entre espectáculo y sobriedad. La acción nunca cae en el exceso, sino que sirve para desarrollar al personaje y mantener un ritmo constante. No busca impresionar mediante la acumulación de secuencias grandilocuentes, sino construir una aventura de apariencia sencilla cuya verdadera riqueza reside en todo aquello que permanece implícito.

‘Juggernaut’ demuestra que el formato corto sigue siendo un extraordinario laboratorio creativo para el cine fantástico. Con una identidad visual muy marcada, una dirección artística sorprendentemente sólida y una narración completamente muda que jamás pierde claridad, Daniele Ricci y Emanuele Ricci firman una obra pequeña en duración pero grande en personalidad. Un recordatorio de que el cine puede seguir emocionando únicamente con imágenes cuando detrás existe una mirada cinematográfica auténtica.

Ficha de ‘Juggernaut’

Estreno en España: 2024. Título original: Juggernaut. Duración: 20 min. País: Italia. Dirección: Daniele Ricci, Emanuele Ricci. Guion: Eugenio Kirlov, Daniele Ricci, Emanuele Ricci. Música: Diego Guarnieri. Fotografía: Daniele Ricci. Reparto principal: Eugenio Krilov, Adriana Papana, Nicolò Cerreti. Producción: Mondo Rosso Productions. Género: terror. Web oficial.

Crítica: ‘Insaciable’

En qué plataforma ver Insaciable

Natalie Erika James vuelve a convertir el terror en un espejo incómodo

Desde su misma secuencia inicial, entre rutinas de fitness, dietas y una obsesión enfermiza por la comida, ‘Insaciable’ inevitablemente despierta el recuerdo de ‘La sustancia’. Sin embargo, sería un error considerar que el nuevo trabajo de Natalie Erika James pretende ir a rebufo del fenómeno protagonizado por Demi Moore. Ambas comparten un mismo campo de reflexión (la dictadura de la imagen, la obsesión por el cuerpo perfecto y la presión estética alimentada por las redes sociales), pero cada una desarrolla un camino muy distinto.

Si existe una producción que realmente puede entenderse como una continuación espiritual de ‘La sustancia’, esa sería ‘Thinestra’, mucho más condicionada por las inevitables comparaciones. ‘Insaciable’, en cambio, utiliza un punto de partida parecido (la aparición de un supuesto compuesto milagroso capaz de acercarte al físico que deseas), aunque pronto deriva hacia un territorio propio. La pregunta, por tanto, resulta inevitable: ¿consigue demostrar que posee una identidad diferenciada? En gran medida sí, aunque no sin ciertas contradicciones.

Natalie Erika James ya había demostrado en ‘Relic’ que el terror era únicamente el vehículo para hablar de conflictos profundamente humanos. Después llegaría su notable precuela de ‘Rosemary’s Baby’, donde volvió a exhibir una sensibilidad poco habitual para combinar el horror psicológico con dramas íntimos. En ‘Insaciable’ regresa precisamente a ese terreno donde mejor se mueve: un cine en el que el miedo nace mucho antes de que aparezca cualquier elemento sobrenatural.

El verdadero horror está en la necesidad de agradar

Lo más interesante de ‘Insaciable’ reside en que nunca limita su discurso únicamente a los trastornos alimentarios. Evidentemente estos ocupan el centro del relato, pero Natalie Erika James amplía el foco para hablar del control de las pulsiones en un sentido mucho más amplio.

La necesidad compulsiva de consultar constantemente el teléfono móvil, la facilidad con la que se ridiculiza a las personas con sobrepeso o la ansiedad por responder a unos cánones de belleza imposibles aparecen como síntomas de una misma enfermedad social. El filme plantea que la presión por agradar no solo nace del deseo de seducir a una posible pareja, sino también de la necesidad de satisfacer las expectativas familiares, especialmente las de unos padres cuya aprobación puede convertirse en una prisión invisible.

La directora construye esa angustia mediante la sugestión antes que mediante el sobresalto fácil. Su puesta en escena vuelve a apostar por imágenes desagradables, por una sensación física de incomodidad y por un ambiente malsano que consigue transmitir que algo se está pudriendo mucho antes de que el horror se haga explícito.

En ese sentido también resulta especialmente interesante la utilización de los trastornos del sueño. Aunque algunas escenas puedan parecer fantásticas, la película introduce una referencia muy real al Trastorno Alimentario Relacionado con el Sueño (TARS), una parasomnia en la que el paciente consume alimentos de forma compulsiva e incontrolada durante despertares nocturnos. Esa conexión con una condición médica existente aporta una dimensión especialmente inquietante a varias de sus secuencias.

Una parte sobrenatural menos inspirada que su discurso

El principal problema de ‘Insaciable’ aparece cuando decide explicar su componente sobrenatural. Hasta ese momento, Natalie Erika James consigue que todo funcione como una poderosa metáfora sobre la obsesión contemporánea por el aspecto físico. Sin embargo, conforme avanza el relato, esa dimensión fantástica termina desligándose del mensaje principal.

Las reglas que gobiernan esa amenaza sobrenatural responden a mecanismos mucho más convencionales, cercanos al J-Horror de principios de los años 2000 que a un terror psicológico moderno preocupado por desarrollar sus metáforas hasta las últimas consecuencias. Esa ruptura hace que el desenlace pierda parte de la fuerza acumulada durante su excelente primera mitad.

No obstante, incluso con esa irregularidad, ‘Insaciable’ continúa siendo una propuesta mucho más interesante que buena parte del terror comercial reciente. Natalie Erika James demuestra nuevamente que le interesa utilizar el género como herramienta para analizar conflictos profundamente contemporáneos tal y como hacen Alex Garland, Julia Ducournau, Damian McCarthy o Paco Plaza.

Ficha de ‘Insaciable’

Estreno en España: 24 de julio de 2026. Título original: Saccharine. Duración: 112 min. País: Australia. Dirección: Natalie Erika James. Guion: Natalie Erika James. Música: Hannah Peel. Fotografía: Charlie Sarroff. Reparto principal: Midori Francis, Danielle Macdonald, Madeleine Madden. Producción: Carver Films, IPR.VC, Thrum Films. Distribución: Diamond Films. Género: terror. Web oficial.