Crítica del final de ‘Stranger Things’

Stranger Things dice adiós con un final calculadamente ambiguo

El último capítulo de ‘Stranger Things’, el 5×08, clausura una de las series más influyentes del catálogo de Netflix con un episodio que aspiraba a la épica total y, al mismo tiempo, evidencia muchas de las tensiones creativas que han acompañado a la ficción desde hace años. Los hermanos Duffer se despiden con un capítulo largo, con un epílogo más largo que el de ‘El Retorno del Rey’. Su conclusión, en pretensiones, guión y marketing, ha sido ambiciosa y calculadamente abierta al debate, consciente de que el cierre debía funcionar como espectáculo pero también como detonante de conversación. El resultado es un final que no deja indiferente, pero que tampoco logra escapar del todo a los vicios que la propia serie arrastra desde hace tiempo.

El peso de la nostalgia y la repetición como estructura narrativa

A lo largo de esta quinta temporada, y especialmente en su último episodio, ‘Stranger Things’ ha vuelto a apoyarse en una estructura reconocible: el secuestro de niños, el rescate in extremis y la sensación de vuelta a empezar. Este patrón, que en sus primeras temporadas se percibía como un homenaje juguetón al cine de aventuras y de terror juvenil, aquí se siente más mecánico. Las comparaciones con entregas previas han sido inevitables, así como con series de estreno simultáneo como ‘It. Wellcome to Derry’, donde el terror infantil se articula desde un prisma más sombrío y menos complaciente. En ese duelo implícito, la serie de Netflix sale perdiendo en frescura.

La dependencia de la nostalgia vuelve a ser uno de los elementos más discutidos. En este 5×08 se detectan ecos claros de ‘Jurassic Park’ calcando una escena mítica, aromas de ‘El Señor de los Anillos’ en varias escenas y por supuesto, alusiones constantes a Stephen King o ‘Star Wars’ como marco mitológico. El universo sigue bebiendo de la imaginería de ‘Dragones y Mazmorras’, con su propio underdark y criaturas de otro plano como los illicidos. Cada referencia resta un poco de identidad propia. La sensación de déjà vu se impone, y la serie parece más interesada en reconocer sus influencias que en trascenderlas.

Anticlímax, desarrollo acelerado y el problema del ritmo

Uno de los reproches más reiterados hacia esta temporada ha sido su acumulación de anticlímax. El episodio final no es una excepción. Grandes momentos de acción se ven interrumpidos por pausas prolongadas, conversaciones explicativas y revelaciones estiradas en exceso. Estas decisiones narrativas cortan el pulso dramático y bajan las pulsaciones justo cuando la serie debería abrazar sin complejos su vertiente más adrenalínica.

Paradójicamente, ‘Stranger Things’ siempre fue acusada de hacer progresar poco a sus personajes, atrapados en el bucle del homenaje ochentero. En esta quinta temporada, los Duffer parecen haber intentado corregir esa crítica a pasos acelerados. En el 5×08 se concentran cierres emocionales, redenciones y traumas resueltos con cierta prisa, como si la serie quisiera justificar retrospectivamente años de estancamiento. El resultado es irregular: hay arcos que funcionan y otros que se sienten forzados, más pendientes de cumplir expediente que de surgir de forma orgánica.

Vecna, el desenlace y la huella cultural de Stranger Things

Si hay un elemento que sostiene con solvencia el tramo final, ese es el villano. Vecna, interpretado por Jamie Campbell Bower y reforzado por su alter ego, a veces maquillado y a veces digital, se consolida como uno de los antagonistas más memorables del terror televisivo reciente. Con referencias claras a ‘Pesadilla en Elm Street’, recordemos que su padre estaba interpretado por Robert Englund, los Duffer aciertan donde muchas franquicias fallan: dar a su enemigo una presencia icónica y perturbadora, además de un trasfondo sólido. No obstante, el enfrentamiento final, con su despliegue visual y dimensiones exageradas, recuerda más a una película de Paul W. S. Anderson que a la intimidad terrorífica que definió los mejores momentos de la serie.

El cierre ofrece, eso sí, una solución elegante y de doble interpretación. Una decisión claramente pensada para alimentar el debate en redes sociales y dividir de forma sana a los fans. A muchos espectadores les ha venido a la cabeza la resolución de ‘El hombre de acero’ con Kevin Costner, un sacrificio que busca edulcorar la despedida y dejar una puerta entreabierta. No es descabellado pensar que Netflix, consciente del valor de la marca, pueda utilizar esta ambigüedad en el futuro para recuperar el universo.

Más allá de sus aciertos y tropiezos, ‘Stranger Things’ cierra su recorrido como uno de los mayores fenómenos culturales de la era del streaming. Ha redefinido el consumo seriado, impulsado carreras, revitalizado recuerdos olvidados y convertido la nostalgia en una herramienta comercial de primer orden dentro del catálogo de Netflix. El 5×08 no es el final perfecto, pero sí uno coherente con lo que la serie siempre ha sido: un gran espectáculo popular, profundamente consciente de su legado y de sus límites.

Crítica de la T4 de ‘Stranger Things’

Una mezcla de ‘The Ring’, ‘Pesadilla en Elm Street’, ‘Elfen lied’ y ‘El corazón del guerrero’

Siguiendo una mecánica que ya empieza a convertirse en costumbre en Netflix, la cuarta temporada de ‘Stranger Things’ va a llegar dividida en dos partes. Los primeros episodios estarán subidos en la plataforma el 27 de mayo y los dos últimos podrán ser vistos a partir del 1 de julio, ojo a su duración. Habrá un total de nueve capítulos de la que de momento es la penúltima temporada, pues hay anunciado que habrá por lo menos una más.

Soy de los que reconoce abiertamente que no le gusta ‘Stranger Things’ por su enorme dependencia de los elementos nostálgicos. Ahora bien, habiendo puesto en marcha su propio universo la serie ha llegado a un punto de madurez en el que ya no se cimenta (tanto) en las reminiscencias del pasado y si me ha enganchado, solo ha hecho falta llegar a cuatro temporadas para ello. Si buscamos referencias la serie puede recordar a ‘Pesadilla en Elm Street’ (lo reconoce abiertamente) con una mecánica de muertes muy a lo ‘The ring’ y volviendo a esos aspectos de Eleven que recuerdan a ‘Elfen lied’, un anime que os recomiendo.

Salvando el romantiqueo juvenil y el humor ridículo podemos decir que ‘Stranger things’ ha madurado, quizá a pasos agigantados y dejando un poco atrás su público más fiel, el adolescente. Va más allá con el tema de la sangre y las muertes alcanzando cotas del terror japonés más escalofriante y presentando monstruosidades que de nuevo pueden recordar a las de Stephen King o Guillermo del Toro. Este nuevo tramo empieza retrocediendo al 78, a los laboratorios donde Once ganó sus poderes. Pero la acción transcurre en marzo del 86, seis meses después de la batalla de Starcourt. Como siempre una festividad es el marco de la serie, en esta cuarta temporada son las vacaciones de primavera (spring break).

Y no puede ser más clásica la historia. Tenemos a los típicos nerds (gilís como diría Homer Simpson) que pasan de ser populares, al capullo del capitán del instituto, a la animadora de turno, a la inadaptada deprimida… Y como en las otras tres temporadas no se pierde ese sabor a ‘Los Goonies’ o ‘Cuenta conmigo’. Pero sí que es cierto que sobre esa retahíla de referencias ochenteras se imponen los traumas y las secuelas de lo vivido al finalizar la pasada temporada.

Con esto llegamos a algo que también cansa a los que jugamos al rol, la criminalización o miedo hacia Dungeons & Dragons y similares. Bien es cierto que ‘Stranger things’ ha jugado buen papel en ese sentido, mostrando que no es nada más que un juego de tablero e interpretación. Pero esta temporada da un paso atrás y sigue la estela de títulos como ‘El corazón del guerrero’. La turba contra el freak que pasa su tiempo libre junto a sus amigos sectarios cazando monstruos. Si el Demogorgon aludía a una criatura del juego de tablero ahora es un mago oscuro, un azotamentes, quien pone en peligro al mundo. Ojalá que la serie se meta en la mente de los espectadores para picar la curiosidad a los jóvenes por un hobbie la mar de enriquecedor en vez de alimentar ese estigma.

Aunque este universo esté más que lanzado a la independencia o a su propia creatividad no os preocupéis que sigue introduciendo guiños y referencias a los 60, 70 u 80 o a clásicos del terror. Empieza con California Dreamin’, aparecen los Gremlins, Eddie Murphy en ‘Superdetective en Hollywood’, ‘Halloween’, ‘El silencio de los corderos’ y por supuesto Freddy Krueger. La mayor expectativa en ese sentido era la incorporación de Robert Englund al reparto. Lástima que como temíamos tiene una aparición escueta y que nos vamos viendo venir tras el primer y segundo episodio. Por lo menos así sucede en los seis primeros episodios que es lo que Netflix nos ha permitido visionar previo al estreno.

‘Stranger things’ T4 consiste en una persecución y dos rescates. Lo que hace interesante y aporta ritmo a esta temporada es el hecho de que los protagonistas están más separados más que nunca. Ya sea en la distancia o por la influencia de sus hormonas o la presión social, los protagonistas descubren que cada uno quiere emprender un camino distinto al del resto y la cohesión del grupo se ve amenazada. Es por eso que esta es más que nunca una historia de adolescencia y amistad.

Hay cosas que me han sacado de quicio y otras que me han enganchado mucho. Ya veréis la escena del interrogatorio al capitán de baloncesto, enerva como el personaje tarda en sumar uno más uno. Igual que no funciona todo el trasunto de Eleven a lo Carrie, paupérrima Millie Bobby Brown, cada vez me transmite menos. Sin embargo el cuarto episodio, dirigido por Shawn Levy (‘Noche en el museo’), es estupendo. Lo mejor de esta temporada es la interpretación de Joseph Quinn como Eddie Munson y la relación tan cómica entre Dustin y Steve.