Crítica: ‘Daredevil: born again’ T2

En qué plataforma ver Daredevil: born again

Marvel afina su serie más madura

Cuando ‘Daredevil’ apareció originalmente en Netflix, buena parte de su prestigio nació de algo inmediato y visceral: la brutalidad elegante de sus escenas de acción. Aquellos planos secuencia en pasillos estrechos, los combates agotadores donde cada golpe parecía doler de verdad y la fisicidad casi enfermiza de Matt Murdock convirtieron la serie en una rara avis dentro del universo superheroico televisivo. Era violencia coreografiada con inteligencia narrativa. Acción que no solo impresionaba, sino que contaba algo sobre el sufrimiento de sus personajes.

Sin embargo, estas dos temporadas de ‘Daredevil: Born Again’ han terminado encontrando otro camino. Uno más pausado, más psicológico y, probablemente, más cercano al espíritu de muchos de los mejores cómics del personaje. La acción sigue ahí (y cuando aparece continúa siendo magnífica), pero ya no es el principal reclamo. Lo verdaderamente fascinante es observar cómo la serie se obsesiona con desmontar emocionalmente a sus protagonistas.

Y ahí emerge el verdadero centro gravitacional de esta segunda temporada: Wilson Fisk.

Vincent D’Onofrio vuelve a demostrar que Kingpin no es únicamente uno de los grandes villanos de Marvel, sino posiblemente el antagonista más complejo que ha construido el género superheroico televisivo moderno. La serie dedica muchísimo tiempo a explorar su psique, sus inseguridades, sus impulsos violentos y su enfermiza necesidad de control. Fisk ya no es solo un mafioso gigantesco capaz de aplastar cráneos con una puerta de coche. Es un hombre atrapado entre la monstruosidad y el deseo imposible de legitimidad.

La temporada entiende perfectamente que a menudo los mejores villanos son aquellos que se consideran héroes de su propia historia. Y Fisk vive constantemente intentando convencerse de que todo lo que hace tiene una lógica moral superior. La grandeza de ‘Born Again’ aparece precisamente en esos silencios incómodos, en las conversaciones tensas y en la forma en la que el personaje parece debatirse entre la furia animal y una humanidad residual que jamás termina de desaparecer. Es ahí donde la serie se destaca del resto de producciones de Marvel Studios (exceptuando ‘Caballero Luna’), encontrando un tono más adulto y melancólico.

Matt Murdock continúa funcionando mejor cuando está roto

Una de las grandes virtudes de esta segunda temporada es cómo consigue acercarse a la esencia de ciertas etapas fundamentales del personaje en viñetas. No porque adapte literalmente arcos concretos, sino porque entiende qué hacía especiales aquellos relatos escritos por autores como Frank Miller, Brian Michael Bendis o Ed Brubaker: la idea de que Daredevil siempre fue un superhéroe profundamente humano.

Charlie Cox vuelve a demostrar por qué el personaje le pertenece por completo. Su interpretación mantiene esa mezcla entre agotamiento físico, culpa católica y obstinación moral que convierte a Matt en un héroe distinto al resto de figuras de Marvel. La temporada insiste constantemente en destruir emocionalmente al personaje, enfrentándolo a decisiones donde la línea entre justicia y venganza se vuelve cada vez más difusa.

Y es precisamente esa construcción (o destrucción) de los protagonistas lo que convierte la serie en algo mucho más interesante que un simple producto de acción superheroica. ‘Daredevil: Born Again’ entiende que las máscaras solo funcionan cuando debajo existe un individuo complejo, contradictorio y lleno de heridas. Por supuesto, eso no significa que la serie abandone el espectáculo. Hay secuencias de acción excelentes, varias sorpresas muy bien integradas y algunos episodios que recuperan el nervio violento de la etapa Netflix.

Aunque ya vimos una escena entre Matt Murdock y Peter Parker la serie ya no parece tan interesada en conectar constantemente con el gran tablero cinematográfico de Marvel. Prefiere encerrarse en callejones húmedos, despachos corruptos y conflictos íntimos. Por eso he de reconocer que se hecha por tierra una teoría que muchos habíamos alimentado durante meses: la posibilidad de que esta temporada funcionase como una especie de evento puente hacia la película de ‘The Punisher’ y posteriormente hacia la nueva entrega de ‘Spider-Man’. Había suficientes piezas aparentemente preparadas para ello y ciertos rumores alimentaron la idea de una gran convergencia urbana dentro del MCU. Finalmente, ‘Born Again’ opta por algo más contenido y autónomo. Y probablemente sea una decisión acertada, aunque rompa ciertas expectativas de interconectividad.

Michael Gandolfini y el inesperado eco de ‘Los Soprano’

Otro de los elementos más atractivos de la temporada aparece en un lugar inesperado: la presencia de Michael Gandolfini. Resulta curioso que en una historia donde las dinámicas mafiosas vuelven a tener tanto peso aparezca precisamente el hijo de James Gandolfini, una figura inseparable de la televisión criminal moderna gracias a ‘The Sopranos’. Y lo más llamativo es que Michael no solo recuerda físicamente a su padre en determinados gestos o miradas, sino que empieza a mostrar una presencia interpretativa realmente poderosa.

Hay momentos concretos donde resulta imposible no pensar en Tony Soprano. No como una imitación, sino como una herencia emocional involuntaria. Una manera de ocupar el espacio o de transmitir vulnerabilidad bajo una fachada criminal. La temporada utiliza muy bien esa energía. En una serie obsesionada con personajes fracturados por el poder, la violencia y la culpa, la presencia de Gandolfini añade una capa metatextual muy interesante.

En el fondo, ‘Daredevil: Born Again’ temporada 2 termina funcionando precisamente porque comprende algo que muchas adaptaciones superheroicas olvidan: los poderes nunca fueron lo importante. Lo verdaderamente relevante son las personas que intentan sobrevivir detrás del disfraz. Y pocas veces Marvel había mostrado esas cicatrices con tanta crudeza y acierto.

Crítica: ‘El fuego de la venganza’

En qué plataforma ver El fuego de la venganza

Un thriller de tintes clásicos que transita entre la justicia y la redención

Nueva adaptación de ‘Man on fire’, la novela de Philip Nicholson a.k.a. A. J. Quinnell. En España se conoce como ‘El fuego de la venganza’ y tuvo una versión cinematográfica en 2004 con Denzel Washington, Christopher Walken y una jovencísima Dakota Fanning. Ahora llega a Netflix en formato de serie manteniendo una propuesta que mezcla el thriller de acción con el drama moral. Esta nueva adaptación, orquestada por Steven Caple Jr. y creada para televisión por Kyle Killen, no solo respeta el núcleo temático del material original, sino que lo amplifica hacia territorios más incómodos y contemporáneos. Tanto la película como esta nueva serie protagonizada por Yahya Abdul-Mateen II siguen pautas de la novela original, pero ambas trasladan su acción a Latinoamérica en lugar de a Italia. Todas coinciden en esbozar a un agente quemado, con pasado oscuro y desarrollar una historia en la que tiene que entenderse e incluso coger cariño a la joven a la que acepta proteger.

Desde su primer episodio, la serie plantea una tensión constante entre tres fuerzas que vertebran la narrativa: la venganza, la justicia y la protección de una joven cuya presencia redefine el propósito del protagonista. Este triángulo moral no es nuevo dentro del género, pero aquí se explora con una insistencia casi obsesiva. El protagonista es una figura fracturada que utiliza la violencia no solo como herramienta narrativa, sino como mecanismo de autorreparación emocional.

Uno de los detalles más interesantes es que el proyecto estuvo durante años en desarrollo con distintos enfoques, y que Caple Jr. insistió en rodar varias escenas clave en localizaciones reales inspiradas en favelas latinoamericanas, buscando una textura visual más orgánica y menos estilizada que otras producciones del género. Sin duda eso funciona pues forma parte del nudo de la serie y son los episodios más verosímiles.

Violencia, clase social y personajes que rompen prejuicios

Si algo define a ‘El fuego de la venganza’ es su representación cruda de la violencia. Es, sin exagerar, una de las series con mayor densidad de escenas de tortura por minuto que se recuerdan en el catálogo reciente de Netflix. Este exceso, lejos de reforzar siempre la narrativa, termina por jugar en su contra en determinados tramos, generando una sensación de repetición y desgaste. La serie entra en bucles donde la brutalidad deja de impactar y se convierte en un recurso predecible.

Sin embargo, sería injusto reducirla a eso. La serie introduce un interesante conflicto de clase entre sus antagonistas. Por un lado, personajes que han crecido en entornos de marginalidad extrema (favelas donde la supervivencia dicta las reglas) y que encuentran en el crimen su única salida. Por otro, figuras provenientes de entornos privilegiados que, de forma casi nihilista, deciden colaborar con lo peor de la sociedad. Esta dicotomía no solo enriquece el relato, sino que obliga al espectador a cuestionar sus propios prejuicios.

Especial mención merece el tratamiento de dos personajes secundarios surgidos de estos entornos marginales. Lo que comienza como un retrato aparentemente estereotipado evoluciona hacia una construcción compleja, con un giro narrativo que rompe expectativas y desmonta sesgos. Aquí es donde la serie demuestra una ambición narrativa que va más allá del espectáculo.

Acción eficaz, pero un desenlace que traiciona su propia premisa

En términos de ritmo, ‘El fuego de la venganza’ sabe dosificar bien sus momentos de tensión. Las escenas de acción están bien orquestadas y mantienen un nivel de intensidad notable, mientras que los segmentos dramáticos cuentan con el espacio necesario para desarrollarse de forma que los veamos tan necesarios como comprensibles.

El problema surge a partir del arco carcelario. A medida que la historia avanza hacia su tramo final, la serie abandona progresivamente su realismo. El protagonista, que hasta entonces operaba como un individuo contra el sistema, comienza a disponer de recursos prácticamente ilimitados. Este cambio de escala narrativa diluye uno de los mayores atractivos de la serie: la sensación de vulnerabilidad.

Lo que en un inicio era una historia de resistencia individual se transforma en una fantasía de poder que resta credibilidad al conjunto. El clímax, aunque efectivo en términos visuales, carece del peso emocional que prometía en sus primeros episodios.

Aun así, ‘El fuego de la venganza’ logra mantenerse como una propuesta sólida dentro del catálogo de la N roja. Ofrece suficientes matices, especialmente en su exploración de la moralidad y la desigualdad social, como para justificar su visionado.

Crítica: ‘Invincible’ T4

En qué plataforma ver Invincible

Por fin el tablero cósmico está en plena ebullición

La cuarta temporada de Invincible en Prime Video vuelve a apoyarse en una estructura coral que, en entregas anteriores, tendía a diluir la progresión dramática de Mark Grayson a.k.a. Invincible. Aquí ocurre algo distinto. El desplazamiento del foco hacia personajes secundarios y tramas paralelas no solo es funcional, sino necesario (algo que no siempre se podía afirmar antes). La serie abraza definitivamente su vocación de space opera, elevando la escala narrativa y expandiendo su universo más allá de la Tierra.

El desarrollo de Viltrum y su jerarquía interna, con especial atención a su regente, aporta una dimensión política y cultural que hasta ahora solo estaba esbozada. Este contexto no solo enriquece el lore, sino que reconfigura el conflicto central: ya no estamos ante una historia de legado familiar con tintes superheroicos, sino ante un choque de civilizaciones con implicaciones existenciales. En este sentido, la temporada encuentra un equilibrio interesante entre lo íntimo y lo cósmico (aunque no siempre perfecto).

Se refuerza sin duda esa sensación de mundo expandido. Además, el equipo creativo ha reutilizado ciertos diseños conceptuales descartados de temporadas anteriores para dar coherencia visual a Viltrum (una práctica habitual en animación, pero aquí especialmente bien integrada). Recuperamos esa faceta de parodia que siempre ha tenido también ‘Invincible’, sobre todo a Superman, con todo un trasfondo que recuerda a la antigua gloria de Krypton.

Evolución emocional frenada y violencia con propósito

Uno de los puntos más discutibles (y a la vez coherentes con la obra original de Robert Kirkman) es la relativa escasa evolución de los protagonistas. Mark, como Invincible, parece estancado en ciertos dilemas morales, pero la serie compensa este estatismo desarrollando con mayor precisión la dinámica familiar: la relación entre padre e hijos se convierte en el eje emocional más sólido de la temporada.

El tono dramático sigue apoyándose de forma reiterativa en la figura materna (en un bucle que ya es extenuante), pero no pierde efectividad. Hay una insistencia temática que roza la redundancia, sí, pero también una coherencia emocional que mantiene el peso de las decisiones de los personajes para mantenerles pegados a la tierra entre tanto viaje intergaláctico y hazañas titánicas.

En cuanto a la violencia, ‘Invincible’ vuelve a cruzar límites. Y lo hace con convicción. Las secuencias más explícitas no se perciben como gratuitas, sino como extensiones directas del estado psicológico de los personajes (especialmente en momentos de desesperación o furia). El enfrentamiento con Conquest destaca como uno de los picos de acción de toda la serie: impacto visual sin concesiones y una tensión dramática sostenida.

El episodio centrado en el virus (uno de los más comentados en redes) representa un giro hacia la ciencia ficción más dura. Aquí la serie demuestra que puede jugar en registros más conceptuales sin perder accesibilidad. De hecho, este capítulo incorpora elementos clásicos del género (aislamiento, dilemas éticos, conciencia de especie) con una ejecución sorprendentemente madura.

Un cierre estratégico que abre interrogantes de cara a la temporada 5

El desenlace de la temporada plantea un movimiento estratégico interesante, casi como una jugada de ajedrez a escala galáctica. Sin embargo, también deja la sensación de ser menos complejo de lo que aparenta (una resolución potencialmente más sencilla de lo sugerido). Esto no es necesariamente un defecto: forma parte del ADN narrativo de Kirkman, quien ha demostrado en repetidas ocasiones su habilidad para introducir giros inesperados incluso cuando el camino parece evidente.

De cara a la quinta temporada esperamos que no se convierta en un trasunto de los ‘Ultracuerpos’ o un ‘Secret invasion’. Las expectativas giran en torno a varios ejes claros: la consolidación del conflicto con Viltrum, el posible desarrollo de una guerra abierta y la evolución definitiva de Mark hacia una figura más cercana a su herencia viltrumita. También se esperamos que progresen con la tarma que narra la guerra contra lo seres de otra dimensión que ha quedado colgada en exceso. Si se mantiene el equilibrio entre espectáculo, drama y ciencia ficción, ‘Invincible’ tiene margen para convertirse en una de las grandes epopeyas animadas contemporáneas.

Crítica: ‘Stranger Things: Relatos del 85’

En qué plataforma ver Stranger Things: Relatos del 85

Una aventura llena de acción y nostalgia

Regresa a nuestras pantallas nuestros protagonistas favoritos de Netflix. Y es que después de dar por terminada la serie de ‘Stranger Things’ este pasado 1 de enero de 2026, volvemos a Hawkins, para vivir una pequeña aventura entre la segunda y tercera temporada.

Eric Robles es el showrunner de esta nueva serie animada junto con la producción de los hermanos Duffer. Dirigida por Phil Allora, quien trabajó en el departamento de animación de las estupenda ‘Lilo & Stitch’, ‘Hermano Oso’ o ‘Tarzan’.

¿Qué está pasando en Hawkins?

Estamos en 1985, con un Hawkins nevado y con nuestros protagonistas, Eleven, Mike, Will, Lucas, Dustin y Max intentan buscarse la vida aprovechando las nevadas y los poderes de Eleven para poder invertir en su campaña de Dragones y Mazmorras.

Pero no todo va a ser tranquilidad y felicidad y es que vuelven los monstruos. Pero esta vez no van a estar solos, ya que aparece en la ecuación Nikki Baxter, una joven algo mayor que ellos, pero que encuentra su lugar junto a estos extraños chavales.

Aunque sencillita, ‘Stranger Things: Relatos del 85’, me ha gustado bastante. Una aventurilla de 10 episodios cortitos que entretienen desde el primer momento. Y es que la ventaja de ser una simple aventura, hace que nos centremos en estos amigos y sus pequeñas locuras. Como pasaba un poco en la primera temporada. Además de que vemos nuevos monstruos y tienen que ver como acabar con ellos y sobre todo, averiguar como han aparecido de nuevo. Un nuevo misterio que tendrán que investigar y llegar al fondo del asunto.

Nuevo formato y nuevas voces

Los fans van a echar de menos escuchar las voces originales de sus actores favoritos. No se si ha sido por decisión de producción o de los artistas. Al final, están en una edad bastante diferente a la actual y pueden ser ambas razones.

Brett Gipson, Luca Díaz, Brooklyn Davey Norstedt, Braxton Quinney, Elisha Williams, Ben Plessala y Jolie Hoang-Rappaport, son los encargados de dar vida a los protagonistas de este ‘Stranger Things. Relatos del 85’.

También encontramos la inconfundible voz de Odessa A’zion (‘Marty Supreme’) como Nikki Baxter.

El que hayan realizado la serie en animación, también me parece un acierto. Al final es como os dije, una aventura aparte, en la que meter muchos más bichos y por supuesto, mucha más batalla. Una manera de no gastar tanto dinero en efectos especiales y además con la animación puedes jugar mucho con la imagen y el color. Pues esta serie, aunque sea bastante tenebrosa, en el sentido de que estamos mucho tiempo de noche o en espacios cerrados, tiene mucho color.

¿Era necesaria esta serie?

Creo que no, pero no significa que una vez hecha, la serie merezca mucho la pena. En mi caso, me ha entretenido mucho, la animación me ha parecido muy chula y bien realizada. Además, me he quedado con ganas de más, así que ojalá, hagan alguna que otra historia más entre temporadas y poder disfrutar de otra manera de los protagonistas de ‘Stranger Things’.

Crítica: ‘Yo siempre a veces’

Un retrato tan incómodo como honesto de una juventud entre la libertad y la deriva emocional

El estreno el 23 de abril en Movistar Plus+ de ‘Yo siempre a veces’, creada por Marta Loza y Marta Bassols, se sitúa dentro de esa corriente reciente del audiovisual español que busca capturar el pulso de una generación sin filtros ni paternalismos. En este sentido, no es casual que la serie se perciba como un nuevo hallazgo generacional impulsado directamente por la estela creativa de Los Javis, cuyo sello ha redefinido la forma de narrar la juventud contemporánea.

‘Yo siempre a veces’ funciona, ante todo, como un espejo. No idealiza ni demoniza, sino que pretende observar, o al menos así he percibido. La serie retrata a una juventud profundamente conectada con el mundo, cosmopolita, con referentes internacionales y una relación fluida con la cultura digital. Sin embargo, esa apertura convive con una cierta desorientación vital: los personajes se mueven en un terreno donde las responsabilidades tradicionales parecen diluidas, casi opcionales.

Uno de los aspectos más llamativos, y tratados con una naturalidad que puede incomodar a ciertos sectores, es la normalización del consumo de drogas. Lejos de moralismos, la serie lo integra como parte del ecosistema social de sus protagonistas, evidenciando hasta qué punto estos comportamientos forman parte de su día a día. No hay épica ni tragedia exagerada, solo rutina.

Este retrato se completa con una visión renovada y a menudo fragmentada de la familia. Las estructuras clásicas se diluyen en favor de modelos más líquidos, donde los vínculos afectivos se redefinen constantemente. La serie no juzga este cambio, pero sí deja entrever sus consecuencias emocionales: una sensación persistente de inestabilidad.

Personajes que incomodan porque resultan reconocibles

El mayor acierto de ‘Yo siempre a veces’ reside en su guion, que construye personajes complejos, contradictorios y profundamente humanos. La protagonista, interpretada por la debutante Ana Boga, es un ejemplo paradigmático de esta ambivalencia.

Su personaje vive atrapado entre dos mundos: el de una juventud prolongada (encarnada en una madre que se resiste a abandonar la fiesta y la despreocupación) y el de una adultez que exige responsabilidades que no está preparada para asumir. Este conflicto no se presenta de forma explícita, sino que se filtra en sus decisiones erráticas, en su incapacidad para aceptar trabajos o ayudas que le permitirían estabilizarse.

Hay algo casi desesperante en verla avanzar “como pollo sin cabeza”, consciente de sus problemas económicos pero incapaz de actuar en consecuencia. Y, sin embargo, esa frustración es precisamente lo que la hace creíble. No estamos ante una heroína ni ante un ejemplo moral, sino ante un reflejo incómodo de una generación que, en muchos casos, ha crecido con más opciones que certezas.

En este sentido, la interpretación de Ana Boga resulta especialmente destacable. Esta es su primera gran incursión en un proyecto de alcance popular, lo que añade una capa adicional de autenticidad a su interpretación: hay en su mirada una mezcla de fragilidad y atrevimiento que difícilmente podría impostarse.

Una serie sobre el error, el perdón y la reconstrucción

Más allá de su retrato generacional, ‘Yo siempre a veces’ articula un discurso más profundo sobre la gestión del error. Todos sus personajes, sin excepción, están definidos por sus fallos: decisiones equivocadas, relaciones mal gestionadas, oportunidades desperdiciadas…

Lo interesante es que la serie no busca redimirlos de forma convencional. En lugar de grandes giros dramáticos, opta por una aproximación más íntima, donde el perdón, tanto propio como ajeno, se construye de manera lenta y, a menudo, incompleta. Se nota un esfuerzo por entender y mostrar que crecer no implica necesariamente resolver todos los conflictos, sino aprender a convivir con ellos.

También resulta destacable cómo la serie plantea nuevas formas de entendimiento mutuo. Frente a modelos rígidos del pasado, los personajes exploran maneras más flexibles de relacionarse, donde la comunicación, aunque imperfecta, se convierte en una herramienta esencial. Con esto, aunque es una serie exasperante en la construcción de su protagonista, logra capturar algo difícil de definir pero fácil de reconocer: la incertidumbre de una generación que, pese a tenerlo todo al alcance, sigue buscando su lugar en el mundo.

Crítica: ‘Machos Alfa’ T5

En qué plataforma ver Machos Alfa T5

El regreso con el final más agrio

El próximo 17 de abril marca el estreno de la quinta temporada de ‘Machos Alfa’, una serie de Netflix que, lejos de acomodarse en su fórmula de éxito, decide tensarla hasta un punto incómodo. Lo que en sus primeras entregas funcionaba como sátira atrevida sobre la masculinidad contemporánea, aquí se convierte en una disección más amarga de cuatro hombres que ya no creen ni en sí mismos ni en el discurso que intentaron adoptar, es decir, están más perdidos que al principio, si es que en algún momento han llegado a encontrarse.

Los protagonistas (Gorka Otxoa, Fele Martínez, Fernando Gil y Raúl Tejón) regresan “de vuelta de todo”. No solo están desengañados con la deconstrucción masculina, sino que han empezado a desconfiar profundamente de las mujeres y, sobre todo, de su propia capacidad para entenderlas. Este conflicto interno (ese constante tira y afloja entre su yo machirulo y su yo supuestamente evolucionado) se convierte en el principal motor narrativo de la temporada.

Hay un cambio de tono evidente: la comedia sigue presente, pero ahora está impregnada de una sensación de desgaste emocional. Ya no se trata solo de reírse de los errores de estos personajes, sino de observar cómo se hunden en ellos. Es una evolución lógica, pero también arriesgada, que demuestra que la serie no teme incomodar a su audiencia.

Convivencia, cameos y una comedia cada vez más coral

Uno de los grandes aciertos de esta temporada es llevar al límite la convivencia entre los protagonistas. Lo que empezó como una solución práctica se transforma en un experimento social fallido: viven juntos, pero no se soportan. Cada uno ve en el otro aquello que detesta de sí mismo, generando una dinámica casi claustrofóbica que, paradójicamente, potencia los momentos cómicos.

Esta convivencia forzada permite a los creadores, Alberto y Laura Caballero, explorar nuevas situaciones sin perder el ritmo ágil característico de su estilo. La influencia de sus trabajos anteriores se hace notar, especialmente en la introducción de nuevos personajes y cameos. Actores como Juan Díaz, María Adánez, Diego Martín, Adrià Collado o Víctor Clavijo aparecen en roles que funcionan tanto como guiños para el espectador habitual como catalizadores de nuevas tramas.

Este tipo de casting no es casual: los Caballero han construido una especie de “universo compartido” de la comedia española televisiva. De hecho, se supone que varios de estos cameos fueron concebidos desde el guion como homenajes conscientes a ‘Aquí no hay quien viva’, reforzando esa sensación de continuidad creativa.

En paralelo, la serie no abandona su vocación de retrato social. La temporada introduce temas actuales con una mezcla de ironía y crítica directa: desde el feminismo de postureo hasta las fracturas internas dentro del propio movimiento, pasando por fenómenos virales como las técnicas para ligar en supermercados (sí, el famoso “método Mercadona” encuentra aquí su parodia definitiva) e incluso un suceso real que convierte a esta temporada en quizás la más crítica y ácida de todas.

Sin embargo, lo más interesante es cómo estos elementos no se sienten forzados. Se integran orgánicamente en las tramas, funcionando como espejo deformado de una realidad que el espectador reconoce fácilmente. Y estaría pecando de no tomar ejemplo con la historia de estos personajes si omitiese las líneas argumentales de los personajes de Kira Miró, Raquel Guerrero, María Hervás, Kira Miró y Cayetana Cabezas. Siendo la de Hervás la más delicada de tratar y la de Guerrero la más divertida.

Entre la risa y el golpe final: una temporada que deja cicatriz

Si algo distingue a esta quinta temporada de ‘Machos Alfa’ es su capacidad para equilibrar el humor con un trasfondo dramático cada vez más evidente. La serie sigue siendo divertida, incluso hilarante en muchos momentos, pero hay una sombra constante que anticipa que algo no va a acabar bien.

Sin entrar en spoilers concretos, el tramo final de la temporada abandona parcialmente el tono de comedia para sumergirse en un drama inesperadamente contundente para un par de personajes. Las decisiones tienen consecuencias reales, y no todos salen indemnes. Este giro puede resultar chocante para quienes esperaban una resolución más ligera. Sin ser algo definitivo, la serie parece que nos reserva más temporadas, pero si puede marcar mucho cierto drama en su sexta entrega.

En este sentido, ‘Machos Alfa’ temporada 5 no es solo una comedia: es un retrato generacional disfrazado de sitcom. Una obra que utiliza el humor como vehículo para hablar de identidad, inseguridad y contradicción. Por supuesto también como disparador de discusiones y debates entre parejas y amigos. Puede que no todos los espectadores conecten con su tono más paródico, pero quienes lo hagan encontrarán una de las propuestas más interesantes de la comedia española reciente.

Crítica: ‘Lucky Luke’

En qué plataforma ver Lucky Luke

Un western crepuscular que olvida disparar a la comedia

La nueva adaptación de ‘Lucky Luke’ intenta (voluntariamente o no) distanciarse del imaginario clásico del personaje nacido del cómic franco-belga. Lo hace apostando por un tono más realista, incluso áspero, en el que el polvo, el sudor y la suciedad sustituyen al colorido limpio de las viñetas originales. Sin embargo, en ese giro hay también una casi renuncia arriesgada: la esencia humorística que definía al pistolero más rápido que su sombra.

Históricamente, el personaje ha tenido múltiples encarnaciones en acción real, desde el carisma y vínculo tradicional de Terence Hill con el western hasta la reinterpretación más irónica de Jean Dujardin, pasando por el enfoque más juvenil de Til Schweiger. Incluso existen versiones menos conocidas (y bastante discutibles) en producciones turcas no oficiales. Esta nueva iteración, sin embargo, opta por una aproximación que busca profundidad emocional… pero pierde por el camino la identidad del personaje.

El protagonista, interpretado por Alban Lenoir no termina de encajar en el estilismo y chulería del personajee. Su Lucky Luke es introspectivo, taciturno y, en ocasiones, excesivamente melancólico. Es una elección que podría haber funcionado en otro contexto, pero aquí entra en conflicto con el ADN del personaje. La ausencia de elementos icónicos (como el juego con su sombra, los diálogos hacia su caballo o la presencia de Rantanplan= acentúa esa desconexión. Incluso se ha eliminado el famoso cigarrillo que pende siempre de su boca, pero de ello prescindió incluso Hanna-Barbera en su versión animada.

Un western más cercano a ‘Valor de ley’ que al cómic original

Dirigida por Benjamin Rocher, conocido por su trabajo en thrillers de acción como ‘Escuadrón de élite 2’, la serie apuesta por un tono sorprendentemente sombrío. Resulta paradójico que un director habituado al ritmo y la intensidad firme aquí una obra que, en muchos momentos, carece de dinamismo. Las escenas se dilatan, los silencios pesan más de lo necesario y la narrativa avanza con cierta pesadez.

Hay momentos que rozan lo crepuscular, casi en la línea de ‘Valor de ley’, con muertes tratadas con una solemnidad que desentona con el material de origen. Esta gravedad, sumada a un tono por momentos depresivo, termina generando una sensación de extrañamiento. No estamos ante una reinterpretación adulta al estilo de un western revisionista, sino ante una obra que parece no decidir qué quiere ser.

Aun así, hay destellos de lo que podría haber sido. La subtrama de la amnesia de uno de los Dalton y su delirio de paternidad aporta un humor absurdo que conecta brevemente con el espíritu original. También resulta interesante el coqueteo con figuras históricas como Calamity Jane o Abraham Lincoln, en una tradición heredada de los cómics belgas, similar a lo que hacía Astérix con la historia clásica. Pero estos elementos son anecdóticos, insuficientes para sostener el conjunto.

Rodaje en Almería: la gran noticia

Si hay algo que realmente destaca en esta producción es su apartado visual y su apuesta por localizaciones españolas. El rodaje en Almería, especialmente en el desierto de Tabernas, devuelve al western europeo a uno de sus escenarios más emblemáticos. A esto se suman localizaciones en Castilla y León y Castilla-La Mancha, configurando un paisaje que, al menos visualmente, sí respira autenticidad.

La implicación de productores españoles como Juan Solá o Mark Albela (vinculados a títulos como ‘La piel fría’, ‘El reino de los cielos’ o ‘Godzilla vs Kong’) refuerza esa sensación de ambición internacional. En términos de producción, la serie cumple con solvencia, pero no logra que su envoltorio eleve un contenido narrativo irregular.

El problema de fondo es claro: ‘Lucky Luke’ no era solo un western, era una comedia disfrazada de western. Aquí, en cambio, el disfraz se ha quedado sin alma. Hay momentos en los que los personajes rozan el tono tontorrón, pero son excepciones en un conjunto que se toma demasiado en serio.

Para quienes crecieron con el personaje, la experiencia puede resultar decepcionante. No hay gags memorables, no hay chispa, no hay esa clase que hacía del personaje algo único. Y aunque es positivo ver el regreso del western europeo a escenarios como Almería, uno no puede evitar pensar que esta adaptación de Disney ha apuntado al corazón equivocado.

Crítica: ‘Errores épicos’

En qué plataforma ver Errores épicos

Comedia neurótica, caos moral y decisiones al límite

Dan Levy junto y Taylor Ortega traen a través de Netflix la serie ‘Errores épicos’, una serie que se construye desde una premisa aparentemente sencilla: dos personajes profundamente desubicados en sus propias vidas se ven arrastrados a una espiral de decisiones absurdas con consecuencias cada vez más graves y criminales. Él, un pastor ejemplar incapaz de confesar su homosexualidad a su comunidad y ella, una actriz fracasada que regresa de Nueva York cargada de frustración y cinismo, forman un dúo tan improbable como explosivo.

Ambos son hermanos pero no biológicos, lo cual forma entre ellos una conexión tan frágil y volátil como obligatoria. Levy encarna a un protagonista que recuerda poderosamente al Leonard interpretado por Johnny Galecki en ‘The Big Bang Theory’: nervioso, dubitativo, atrapado en su propia inseguridad. Sin embargo, aquí ese arquetipo se desplaza hacia terrenos más incómodos, donde la represión personal no es solo un rasgo cómico, sino el motor de decisiones erráticas. Ortega, por su parte, construye un personaje abrasivo, casi hostil, un auténtico vórtice emocional que sorprende tanto por su agresividad como por el dato de haber mantenido una relación de 17 años con su pareja, lo que añade una capa de absurdo existencial a su carácter.

La química entre ambos no es la clásica de comedia ligera, es más bien un constante forcejeo. Se necesitan, pero también se empujan mutuamente hacia el desastre. En ese sentido, ‘Errores épicos’ encuentra su voz en el conflicto permanente, en la incomodidad sostenida, en el espectador que ríe pero también sufre con cada decisión equivocada.

Tradición de enredos criminales con sello propio

Narrativamente, la serie (que se estrena este 9 de abril en Netflix) se inscribe en una tradición bien conocida: la de individuos corrientes atrapados en tramas criminales que les superan. Transita un viaje similar al de ‘Una terapia peligrosa’ o ‘Falsas apariencias’, donde el humor surge del contraste entre la banalidad de los protagonistas y la gravedad de las situaciones en las que se ven envueltos. Incluso podría rastrearse una conexión conceptual con relatos como ‘La empresa de sillas’ o ‘Bronca’, donde lo cotidiano se descompone en una cadena de decisiones desafortunadas y momentos de locura y desconcierto.

Aquí, el detonante no es tanto el crimen en sí como la incapacidad de los personajes para gestionar el estrés. Cada error genera otro mayor, en una progresión casi matemática del desastre. La escritura destaca precisamente por eso: por su precisión en el caos. Los diálogos están cargados de timing cómico, pero también de una tensión creciente que convierte cada escena en una bomba a punto de estallar.

Esta podría ser una serie improvisada por cómo se va de madre y por cómo los personajes elevan aún más las réplicas de sus compañeros. Esto se traduce en momentos que se sienten naturales, casi incómodamente reales, como si el guion se estuviera desmoronando ante nuestros ojos… cuando en realidad parece calculado hacia el surrealismo.

Una comedia no apta para nervios sensibles

De algo que conviene mucho avisar con ‘Errores épicos’ es de su capacidad para generar ansiedad en el espectador. No es una serie relajante, de hecho, podría decirse que es abiertamente hostil para quienes sufren de “empatía hiperactiva”: ver a los personajes tomar decisiones claramente equivocadas, una tras otra, puede resultar estresante.

En este sentido, la figura materna interpretada por Laurie Metcalf actúa como catalizador del caos. Su personaje, histérico y controlador, evoca inevitablemente a la Madre Amantísima de ‘Futurama’, tanto por su ambición desmedida como por su capacidad para manipular emocionalmente a sus propios hijos. No es el problema central, pero sí el combustible que mantiene la maquinaria del desastre en funcionamiento.

La temporada ofrece una resolución satisfactoria sin renunciar a dejar cabos sueltos que apuntan claramente a una continuación. Así es que tampoco es apta para aquellos incapaces de convivir con finales abiertos y con cancelaciones de Netflix. Los hilos argumentales que se insinúan en los últimos episodios sugieren una segunda temporada aún más desbordada, donde las consecuencias de los errores acumulados podrían alcanzar dimensiones mayores.

Crítica: ‘Invincible T4’

En qué plataforma ver Invincible

La madurez de un superhéroe atrapado entre la épica cósmica y el desgaste emocional

La cuarta temporada de ‘Invincible’, adaptación del cómic de Robert Kirkman (‘The Walking Dead’, ‘Marvel Zombies’), confirma algo que ya se intuía: esta serie animada no tiene intención de frenar su ambición. Con la vista puesta en alcanzar entre siete y ocho temporadas (e incluso con margen para diez si la popularidad lo permite), esta nueva entrega se siente como una pieza clave en la arquitectura global del relato.

Uno de los grandes aciertos de la temporada reside en su expansión del lore viltrumita. Durante el segundo capítulo la trama se detiene en el pasado de Omni-Man, construyendo una suerte de crónica histórica interestelar que recuerda, en su densidad y ambición, a las mejores tradiciones de la ciencia ficción clásica. Este enfoque no solo satisface una demanda latente de los fans, sino que redefine el conflicto central: ya no estamos ante una simple lucha entre héroes y villanos, sino ante una civilización con sus propias reglas, jerarquías y contradicciones morales, una suerte de kriptonianos.

En paralelo, la serie mantiene su sello distintivo: una galería de enemigos tan variopinta como impredecible. Regresan los inquietantes sequids, claros herederos de los invasores de ‘Ultracuerpos’ o ‘The Faculty’, mientras que nuevas amenazas como un villano con estética de dinosaurio o una valkiria verde obsesionada con la energía amplían el catálogo de rarezas. La reaparición de Conquest aporta ese peso dramático que solo los antagonistas más brutales pueden ofrecer y que todos los espectadores podían preeveer. Y vuelve el Satán doblado por Bruce Campbell en uno de los mejores episodios de lo que va de serie.

Todo ello se articula con una fina capa de sátira hacia el género superheroico. ‘Invincible’ sigue jugando a deformar los códigos de franquicias más conocidas, rozando a veces la parodia sin perder su identidad. Es precisamente en ese equilibrio donde la serie encuentra uno de sus mayores ganchos.

El dilema moral de Mark y la sensación de déjà vu

Si hay un elemento que genera sensaciones encontradas, es el arco del protagonista. Mark Grayson continúa atrapado en un bucle narrativo: entra y sale de los Guardianes, duda de Cecil Stedman, y vuelve a cuestionar su lugar en el mundo. Aunque estos conflictos son inherentes al personaje, la reiteración empieza a evidenciar cierto desgaste.

No obstante, la temporada introduce un matiz interesante: el debate sobre cruzar la línea de matar. Esta cuestión, que inevitablemente remite a dilemas clásicos asociados a figuras como Batman, se convierte en el eje moral de varios episodios. ¿Es lícito sacrificar a alguien para salvar a muchos? ¿Puede un héroe seguir siéndolo tras mancharse las manos de forma irreversible?

A nivel estructural, se agradece un guion más ágil y chispeante. Los diálogos ganan en frescura, los gags se multiplican y las tramas paralelas resultan más dinámicas. La presencia de Allen, con la voz del siempre eficaz Seth Rogen, aporta un contrapunto humorístico que funciona especialmente bien en medio de tanta densidad dramática.

Sin embargo, no todo suma. Las subtramas familiares, especialmente las relacionadas con los padres de Atom Eve y la madre de Mark, ralentizan el ritmo hasta el tedio. Son segmentos que parecen anclados en una versión más melodramática y menos interesante de la serie, rompiendo la inercia de los episodios más potentes, aquellos que se regodean en el fantástico.

Entre lo grotesco y lo infantil: una estética que divide… y engancha

Uno de los aspectos más discutibles y a la vez más fascinantes de ‘Invincible’ sigue siendo su apartado visual. La cuarta temporada insiste en ese contraste casi esquizofrénico entre diseños que rozan lo infantil y una violencia explícita que no escatima en desmembramientos ni lenguaje soez.

Algunos extraterrestres parecen sacados de una estética simplificada, como ese dragón que podría confundirse con la ilustración de una barraca de feria de bajo presupuesto. Y, sin embargo, esta aparente disonancia se convierte en uno de los mayores atractivos de la serie. La inocencia visual actúa como un caballo de Troya que amplifica el impacto de la brutalidad, generando una experiencia incómoda pero adictiva.

En este sentido, ‘Invincible’ demuestra una vez más su capacidad para romper convenciones. No busca la coherencia estética tradicional, sino provocar al espectador, obligarle a reconciliar dos lenguajes aparentemente incompatibles.

La temporada también amplía el foco sobre personajes secundarios, aunque con resultados desiguales. Mientras algunos ganan profundidad, otros quedan desdibujados. El caso de Oliver, por ejemplo, es especialmente llamativo: su cambio de tonalidad (mucho menos morado que en la temporada anterior) genera desconcierto, pero por el contrario es un personaje menos irritante. En ese sentido esta cuarta temporada no es perfecta, pero sí representa un paso adelante en ambición narrativa y riqueza temática, dando alas a sus vertientes cósmica y satánica.

Crítica: ‘El joven Sherlock’

En qué plataforma ver El joven Sherlock

Un origen innecesario y un protagonista sin magnetismo

Había margen para explorar la juventud de Sherlock Holmes. El canon de Arthur Conan Doyle deja un vacío biográfico deliberado: Holmes aparece ya formado, cerebral, casi quirúrgico en su método. Pero una cosa es expandir y otra reescribir sin red. ‘El joven Sherlock’, producida y parcialmente dirigida por Guy Ritchie, arranca torcida desde su casting principal: Hero Fiennes Tiffin no logra sostener el peso icónico del personaje ni siquiera bajo la coartada de la inmadurez.

Su interpretación reproduce tics ya vistos en la saga ‘After’: mirada intensa pero vacía, presencia física correcta y escasa densidad dramática. No hay ironía afilada, ni esa electricidad mental que asociamos al detective de Baker Street. Si comparamos, el joven Nicholas Rowe en ‘Young Sherlock Holmes’ (‘El secreto de la pirámide’) irradiaba curiosidad e inteligencia precoz; incluso Guy Henry en la serie ‘Young Sherlock Holmes’ de 1982 aportaba un poso reflexivo más coherente con el canon. Aquí, en cambio, Holmes es un héroe juvenil genérico con barniz victoriano.

El guion toma una decisión arriesgada y discutible al convertir a Sherlock y a James Moriarty en amigos y compañeros de aventura. El germen de su enemistad se pospone tanto que otro personaje ocupa el rol de villano maquiavélico durante buena parte de la temporada. Se diluye así la tensión fundacional entre genio y némesis. No hay duelo intelectual, hay trama funcional en piloto automático.

Psicología forzada y un Holmes convertido en aventurero

Ritchie ya había reinterpretado al personaje en ‘Sherlock Holmes’ y ‘Sherlock Holmes: A Game of Shadows’, con un Holmes físico y pendenciero encarnado por Robert Downey Jr.. Allí el riesgo funcionaba porque la química y el ritmo compensaban la heterodoxia. En ‘El joven Sherlock’, el director redobla la apuesta inventando una hermana, Beatrice, y otorgando entidad dramática al padre, Silas (interpretado por Joseph Fiennes), figura ausente en las novelas. Conan Doyle construyó a Holmes como personaje funcional a la narrativa detectivesca. La introspección psicológica y el desarrollo familiar no eran prioridades del género en esa etapa victoriana y los autores de ahora parece que quieren llenar un vacío que nadie ha pedido llenar.

La madre, en una línea que recuerda a ‘Enola Holmes’, es presentada como perturbada, aunque aquí al menos se sugiere una vertiente artística coherente con la mención canónica a la ascendencia vinculada al pintor Horace Vernet. Natascha McElhone compone una figura materna magnética, sin nada que envidiar a Helena Bonham Carter en la citada película. Pero la serie confunde inteligencia deductiva con memoria eidética: Holmes parece un prodigio fotográfico antes que un lógico experimental. Se echa de menos el método científico, la observación microscópica, la inferencia encadenada.

En lo formal, el sello Ritchie asoma en personajes de aire caballeresco mezclados con bajos fondos, aunque el tono promete más de lo que entrega. La canción del opening (ya asociada por el imaginario contemporáneo a ‘Peaky Blinders’) sugiere un Sherlock más canalla, pero la serie no abraza ese filo autoral. Tampoco el guion ofrece un caso de complejidad real que invite al espectador a colaborar intelectualmente. Hay acción, vestuario fastuoso (tres o cuatro looks por capítulo) y cliffhangers previsibles: sabemos que el héroe saldrá indemne.

Reparto, relevo generacional y una dirección dispersa

El casting evidencia un curioso relevo generacional: Max Irons (hijo de Jeremy Irons) comparte cartel con Hero Fiennes Tiffin, sobrino de Ralph y Joseph Fiennes. Pero el verdadero acierto es Dónal Finn como Moriarty. Finn es el único que parece comprender la psique de su personaje y anticipar su deriva hacia la amoralidad estratégica. Cuando está en pantalla, la serie respira.

Ritchie dirige dos episodios, pero la temporada se reparte con Anders Engström (‘See’), Dennie Gordon (‘Kingdom’) y Tricia Brock (‘Bridgerton’). La falta de unidad tonal se percibe: Holmes termina siendo un aventurero más en situaciones límite que erosionan el suspense. No hay aliciente intelectual ni enriquecimiento del lore. ‘El joven Sherlock’ de Prime Video es una expansión que prioriza la estética y la psicología inventada sobre la esencia deductiva. Queda la sensación de que, en su empeño por modernizar, la serie ha olvidado lo elemental.

Crítica: ‘Primal’ temporada 3

En qué plataforma ver Primal

La barbarie como espectáculo total

Tres años después, ‘Primal’ regresa desde y a través de los canales habituales: Adult Swim y HBO, con una tercera temporada que se estrena el 11 de enero (12 de enero en España) y que constará de 10 episodios semanales de unos 20 minutos. La espera no ha sido corta, y eso se nota tanto en la ambición formal como en la voluntad clara de ofrecer un regreso que sea, en sentido literal, un acontecimiento. Genndy Tartakovsky sigue al frente del proyecto, y su impronta es tan reconocible que basta un plano, un movimiento de cámara o una elipsis salvaje para saber que estamos, de nuevo, en su terreno.

La gran sorpresa y el mayor golpe de efecto de la temporada es la recuperación de Spear, el cavernícola, en una forma que, sinceramente, no recuerdo haber visto jamás asociada a la prehistoria en ningún otro relato audiovisual. Es una decisión radical, arriesgada y, sobre todo, profundamente coherente con la lógica interna de la serie: en ‘Primal’ nada está sujeto a la historia, a la ciencia ni a la ortodoxia narrativa. Aquí manda la emoción primaria y la iconografía extrema. Ese regreso redefine la dinámica del relato y sirve como motor para una temporada que se siente más autoconsciente que nunca.

Porque si algo deja claro esta tercera tanda de episodios es que ‘Primal’ sabe perfectamente qué esperan de ella sus seguidores. La violencia sigue siendo bruta, excesiva y omnipresente. No importa cuán tierno o aparentemente inocente sea un personaje, ni cuán animalista o contemplativa quiera ponerse la puesta en escena: la naturaleza primitiva siempre se impone. La sangre corre sin pudor, y las carnicerías, cada vez más imaginativas, convierten cada episodio en un catálogo de brutalidad creativa que roza lo operístico.

Psicodelia, monstruos y heavy metal animado

La tercera temporada también redobla su apuesta por la psicodelia, la magia y las criaturas fantásticas. Hay episodios que parecen construidos como un mal viaje ilustrado, y uno de los capítulos finales es, sin exagerar, un desfile de monstruosidades que compite consigo mismo por ver cuál deja una imagen más perturbadora en la retina. Tartakovsky vuelve a demostrar que la animación es el medio ideal para cruzar géneros sin pedir permiso: fantasía oscura, terror corporal, aventura pulp y épica trágica conviven sin fricción.

Los títulos de casi todos los episodios (‘El reino del dolor’, ‘Caverna de horrores’, ‘La venganza de la muerte’) suenan más a canciones de heavy metal que a capítulos de una serie de animación, y esa estética no es casual. Hay una escena concreta que evoca de forma muy clara el imaginario de ‘Heavy Metal’, tanto en composición como en actitud: exceso, sensualidad violenta y un desprecio absoluto por la contención. En otros momentos, la serie parece guiñar el ojo a ‘Planet Hulk’, con sociedades primitivas organizadas alrededor de la fuerza bruta, o a los Morlocks subterráneos de ‘La máquina del tiempo’, cuando desciende a entornos opresivos dominados por criaturas que viven al margen de la luz.

Sin embargo, en medio de todo este ruido visual y conceptual, sigue estando el corazón de ‘Primal’: el vínculo de cariño, dependencia y supervivencia entre Spear y la dinosaurio. Esa relación, casi muda, sigue siendo el ancla emocional de la serie y lo que evita que el conjunto se convierta en un simple ejercicio de estilo. Cuando ‘Primal’ recuerda que la violencia no es solo espectáculo sino consecuencia, es cuando alcanza sus mejores momentos.

¿Cierre satisfactorio o exceso de fan service?

Si el final de la temporada dos podía interpretarse como un cierre, triste, sí, pero coherente, la conclusión de esta tercera temporada apunta claramente a dejar satisfechos a los fans más entregados. Especialmente a aquellos que disfrutan de la capacidad anacrónica de la serie para mezclar épocas, géneros y referencias sin ningún tipo de complejo. En ese sentido, el final funciona: es grandilocuente, emocional y visualmente memorable.

Ahora bien, desde una perspectiva crítica, es difícil ignorar que ‘Primal’ cae aquí en un fan service excesivo. La temporada parece diseñada para ofrecer, episodio tras episodio, exactamente lo que se espera de ella, sin apenas espacio para la sorpresa conceptual o la evolución temática profunda. Todo es más grande, más violento, más explícito… pero no necesariamente más significativo. Tartakovsky juega sobre seguro, y aunque el resultado es indudablemente poderoso, deja la sensación de que la serie se mira demasiado al espejo.

Aun así, ‘Primal’ temporada 3 sigue siendo una anomalía maravillosa dentro del panorama televisivo actual. Una serie que entiende la animación como un lenguaje adulto, libre y salvaje, y que se atreve a ser extrema sin pedir disculpas. Puede que no sea su entrega más arriesgada, pero sí una de las más contundentes y coherentes con su propio mito.

Crítica: ‘Fallout’ 2×01

En qué plataforma ver Fallout

Mientras el yermo de Fallout se expande, la moral de los protagonistas se agrieta

La segunda temporada de ‘Fallout’ arranca con una decisión clara y, en términos dramáticos, acertada: mirar atrás para entender por qué el presente es tan cruel. El primer episodio dedica buena parte de su metraje a profundizar en el pasado del Ghoul (Walton Goggins), un personaje que ya en la anterior entrega funcionaba como conciencia torcida de la serie. Lejos de convertirlo en un simple icono violento, la temporada opta por humanizarlo aún más, explorando su origen y el proceso que lo llevó a convertirse en esa figura cínica, pragmática y letal que deambula por el yermo. Este viaje al pasado por parte de la serie de Prime Video no es un simple ejercicio de “lore” para fans del videojuego, sino una herramienta narrativa que refuerza el tono trágico de la serie y la aleja de la fantasía ligera.

En paralelo, la persecución junto a Lucy (Ella Purnell) del padre interpretado por Kyle MacLachlan se erige como motor narrativo central. La serie entiende que no hay nada más poderoso que un objetivo emocionalmente cargado, y aquí lo explota con eficacia: no se trata solo de encontrar a alguien, sino de ajustar cuentas con un pasado que nunca terminó de cerrarse. Esta línea argumental aporta gravedad y estructura a una temporada que, de otro modo, podría perderse en episodios autoconclusivos sin verdadero peso dramático.

Humor negro y violencia: el ADN intacto del yermo

Uno de los mayores aciertos de la primera temporada fue su capacidad para equilibrar drama y humor negro, y la segunda entrega no traiciona esa identidad. La violencia sigue siendo explícita, incómoda y, en muchos casos, grotescamente cómica. ‘Fallout’ continúa jugando con la idea de que el horror y la risa pueden convivir en un mismo plano, y lo hace con una puesta en escena que no teme recrearse en lo absurdo ni en lo cruel.

En este contexto, el personaje de Ella Purcell se consolida como uno de los contrapuntos más interesantes. Su inocencia, casi infantil, choca frontalmente con un mundo donde la supervivencia exige cinismo y brutalidad. La serie utiliza este contraste para lanzar preguntas incómodas: ¿es posible mantener una ética en un entorno diseñado para destruirla? ¿O la inocencia es solo una fase previa a la corrupción inevitable? Lejos de ser un simple recurso humorístico, Ella se convierte en un espejo que refleja la degradación moral del resto de personajes, reforzando ese tono retorcido que define a ‘Fallout’.

Personajes en pausa y un mundo que respira

No todo avanza al mismo ritmo, y la temporada es consciente de ello. El personaje de Maximus (Aaron Moten), por ejemplo, queda en un segundo plano durante este arranque, casi en estado de “stand by”, al contrario que el de Moises Arias que tiene más protagonismo. Esta decisión puede generar cierta frustración, pero también demuestra una voluntad clara de no saturar la narrativa. La serie prefiere dosificar sus piezas, dejando que el mundo respire y que cada arco tenga su momento.

A nivel de producción, la segunda temporada amplía el yermo con nuevas localizaciones y facciones, reforzando la sensación de un universo vivo, hostil y contradictorio. ‘Fallout’ no se limita a reproducir iconografía del videojuego, lo cual ya nos adelantaban los tráilers de esta segunda temporada, sino que la integra en un discurso propio sobre el poder, la memoria y la degradación. En este sentido, la serie confirma que su mayor fortaleza no está en la acción, sino en su mirada irónica y desesperanzada sobre lo que queda cuando la civilización se derrumba.

Crítica: ‘Yakarta’

Diego San José sorprende con ‘Yakarta’, una serie turbia, honesta y magistralmente interpretada

Diego San José apuesta de nuevo por el formato televisivo y nos presenta ‘Yakarta’. Esta serie de seis episodios que se estrena en Movistar Plus+ el 6 de noviembre, es una pieza compleja y profundamente moral que, arriesgando y en gran medida consiguiendo, traza el retrato de personajes al borde del abismo. En el centro está un hombre en horas bajas, un exjugador olímpico de bádminton convertido en profesor de educación física en un instituto de Vallecas (Javier Cámara), que ve su última oportunidad de vengarse de la vida en una muchacha adolescente con talento (Carla Quílez). Esa propuesta de “cumplir un sueño frustrado” a través de una joven promesa es tan genuina como inquietante, porque, desde el arranque, la reputación ética del protagonista queda comprometida: un sujeto denostado, con prácticas poco limpias, que prácticamente acosa a la joven y a su madre para obtener el permiso de entrenarla y llevarla hasta un torneo en Yakarta.

La fuerza de ‘Yakarta’ reside en su capacidad para situar la historia en un deporte poco o nada popular como el bádminton y, al mismo tiempo, abrir una ventana hacia lo turbio de la ambición, la manipulación y la fragilidad humana. Los personajes no son héroes: son grises, desplazados, víctimas de sus propias miserias y la serie no rehúye ese tono sombrío. La relación entre el entrenador y la joven promesa funciona como espejo de sus vidas rotas, de su necesidad de sentirse algo más que fagocitados por el sistema o el olvido. Y esa empatía que se forja entre ellos tiene tanto de salvación mutua como de coartada moral.

Bajo la dirección de Elena Trapé (acompañada de Fernando Delgado-Hierro e incluso de Javier Cámara al mando de algún episodio) la serie aprovecha el espacio de las ciudades de provincias, los polideportivos a medio gas, las pensiones desvencijadas, para narrar “esa España sin carisma” a la que, según el propio San José, le gustan las historias de gente que “pierde incluso cuando gana”.

La interpretación de Javier Cámara vuelve a demostrar su dominio y matiz: un hombre que quiere servir de ejemplo aunque sus métodos chirrían, al que vemos caer, arrastrarse y ofrecerse como salvador cuando en realidad él está más perdido que su alumna. Y Carla Quílez como la joven promesa da voz al conflicto y a la vulnerabilidad, abriendo la posibilidad de esa “otra revelación” que viene de la mano del descubrimiento mutuo. La relación entre Cámara y Quílez podría dar a luz a otro descubrimiento como el que en su día vivimos con ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’ y Natalia de Molina, aunque a Quílez ya se la haya reconocido por ‘La maternal’.

Como obra televisiva, ‘Yakarta’ es quizá la más seria de San José hasta la fecha, que nos tiene más acostumbrados a comedias como ‘Ocho apellidos vascos’, ‘Fe de etarras’ o ‘Superlópez’ e incluso la recientemente renovada ‘Su majestad’ o la saga ‘Vota/Vamos/Venga Juan’. Aquí abandona el registro ligero para internarse en la radiografía honda, casi áspera, de un deporte marginal, de vidas mediocres y como siempre de un pequeño fragmento de nuestro país. Y en ese margen encuentra libertad para contar algo que pocas veces se ve: lo que ocurre detrás de los focos, antes del aplauso, en la periferia de la gloria. Y lo hace sin concesiones, con personajes condenados a entenderse a través de la complicidad de su desdicha y planteando muchos detalles que acaban cobrando sentido. En sus secretos y revelaciones nos topamos con una historia a la altura del ‘Gracias a Dios’ de François Ozon, para el buen entendedor.

El ritmo podría haber sido más ligero pues en algún tramo acusa cierta dilatación del viaje emocional, pero quizá ese tempo comedido es justo el que favorece que los detalles que parecen inconexos al inicio cobren significado al final. Con todo y con esto ‘Yakarta’ no es complaciente: incomoda, cuestiona, interpela. Y lo hace con una estética sobria, sin grandilocuencia, lo que agradece en este tipo de drama íntimo. Recomendable para quienes buscan ficciones que planteen más preguntas que respuestas y que no rehúyen el costo moral de sus personajes.

Crítica: ‘It: bienvenidos a Derry’

En qué plataforma ver It: bienvenidos a Derry

Mantiene la esencia del payaso y abre nuevas puertas al multiverso King

Cada 27 años It, Eso o Pennywise vuelve a acechar a los niños de Derry. Tras la TV movie de 1990 tuvimos que esperar ese mismo ciclo para tener dos partes (iniciadas en 2017) que nos devolviesen al mítico payaso de Stephen King. Por suerte, el monstruo interpretado por Bill Skarsgård no se ha hecho derogar tanto. ‘It: bienvenidos a Derry’ nos hace volver a la visión de Andy y Bárbara Muschietti estrenándose el 26 de octubre. Aunque HBO Max no muestra el primer capítulo en España hasta el día 27 nosotros hemos podido ver los cinco primeros y pese a que esto es una precuela os contamos sin spoilers.

Respondamos antes que nada a una simple pregunta. Sí, si te gustaron las películas de los Muschietti te gustará ‘It: bienvenidos a Derry’. Y sí, vas a ver mismo escenario, mismo payaso y mismo tipo de horrores. Pero también has de estar abierto a un par de libertades creativas que como lector de Stephen King quizás no te gusten. Todos asumimos que la cronología de las películas es diferente, sin duda en un intento de congratularse con los jóvenes del siglo XXI. Las películas transcurrían en 1989 y 2016 y esta nueva serie ha de retroceder a 1962. Y eso no altera ni un milímetro la esencia de la historia, es más, el primer episodio arranca fuerte enganchando instantáneamente. Más adelante comentaremos qué tipo de libertad se han tomado, como he dicho, sin destripar nada.

HBO nos permite, tal y como aparece en el perfil de IMDB de la serie, contaros que como protagonista tenemos al soldado Hanlon interpretado por Jovan Adepo. Hace las veces del abuelo de Mike Hanlon, uno de los niños de ‘It’ que acabaron con el alien interdimensional Pennywise a través del Ritual de Chüd. Sin embargo, el patrón narrativo se mantiene fiel a la novela original: los protagonistas son un grupo de niños que emprenden la búsqueda de otros menores desaparecidos mientras enfrentan las atrocidades del payaso y la indiferencia de los adultos.

Aunque ‘It’ y con ello incluyo también a ‘It: bienvenidos a Derry’, tiene personajes magníficamente bien trabajados reconozcamos que el verdadero atractivo es Pennywise. El payaso sigue como constante obvia, aunque bastante menos visible que en los filmes, manifestándose con toda una batería de nuevos horrores y burlas macabras que os inquietarán y pondrán la adrenalina al máximo. Y como auguraba el meteorito del tráiler se cuenta su llegada a la Tierra y con ello toca hablar de su antagonista. Desde luego Maturin la Tortuga está en la mente de los Muschietti, aunque quizá no en el modo en que querrían los lectores. Lo que no se puede negar es que su presencia es la habitual, sutil y protectora. Aparece fugazmente como mascota del instituto, como amuleto en una pulsera, como garabato en la pizarra, en una caseta de feria, en unos dibujos animados…

Quizá lo más destacado de ‘It: bienvenidos a Derry’, sea otro de los pocos papeles ya hechos públicos. Chris Chalk interpreta a Dick Hallorann, el personaje de ‘El Resplandor’ que ayuda al niño protagonista. Se enlaza así con ese universo siempre conectado de Stephen King aferrándose a unas líneas de ‘It’ que colocan al personaje en Derry cuando se habla del incendio del club de noche para afroamericanos llamado Black Spot. Y es que este ‘It’ tiene momentos tan terroríficos como misteriosos, pero ya no es solo una simple historia de terror, es una celebración en forma de crossover tal y como quiso hacer en su día Mike Flanagan. Es una historia de horrores y género fantástico, que se disfruta a más niveles si has leído las novelas. Cuando Stephen King escribió ‘It’ puede que no pero ahora en su obra hay un sentido de universo compartido. Lo que ha de tener cuidado la serie en ese sentido es en no caer en incoherencias o en perder su espíritu. Ahí es cuando podemos pasar de un disfrute fan a una pesadilla para puristas. Es a mitad de la temporada cuando aparece un elemento que parece que se han sacado de la manga y que desentona bastante con lo que ha sido hasta ahora la historia, de tal modo que ya habrían querido los miembros del Club de los Perdedores disponer de esta nueva inclusión.

Quién sabe si lo que tienen en mente es dirigirse hacia la ‘La torre oscura’, desde luego Andy Muschietti disfruta de los crossovers como ya demostró con ‘Flash’, cómic al que dedica aquí un guiño. Ha introducido elementos como el Juniper Hill Asylum que está cerca de Castle Rock, se habla de la prisión de Shawshank que es donde transcurre ‘Rita Hayworth and Shawshank Redemption’, conocida en España como ‘Cadena perpetua’, vemos un cartel de un Hotel que se llama “punta de flecha”, que es el mismo nombre del proyecto que da luz a todo lo que pasa en ‘La niebla’… Incluso parece que por casualidad cuenta con el actor Joshua Odjick quien aparece en otra reciente historia basada en el universo King pues actúa en ‘La larga marcha’. El propio director hace un cameo y ha dejado caer por ahí un mate con el escudo del River Plate. Es un sin fin de alusiones. Y ahí reside la gran diferencia con las películas de ‘It’, que todo tiene un mayor sentido de conjunto pero arriesgando a perder la esencia.

‘It: Bienvenidos a Derry’ no reinventa el terror, pero sí lo enmarca dentro de una visión más amplia del universo de Stephen King y no se convierte en otra serie fallida tipo ‘Territorio Lovecraft’. Se respetan las pautas de la obra original y la atmósfera de las películas, al tiempo que introduce conexiones y referencias que harán las delicias de los fans más atentos. Pese a las libertades creativas que pueden distraer de la trama infantil, el resultado es un relato sólido, visualmente potente y con un tono de terror que demuestra que Pennywise sigue siendo una de las criaturas más fascinantes del género. Esperemos que el cosmos literario de King sigua expandiéndose de esta manera y los lectores lleguen a profundizar en el Macrocosmos.

Crítica: ‘Marvel Zombies’

En qué plataforma ver Marvel Zombies

El crossover marvelita de no-muertos cobra vida

‘Marvel Zombies’ llega a Disney+ con una misión clara: recuperar la esencia macabra y gamberra que tanto fascinó en los cómics, y al mismo tiempo encajar dentro del cada vez más complejo engranaje del MCU. La serie se convierte en un paso adelante hacia contenidos más oscuros y adultos, alejados del tono familiar que suele caracterizar las producciones de la Casa de las Ideas. Evidentemente todo dentro de los esquemas de un what if.

El recorrido de Marvel Zombies en las viñetas arranca a mediados de los 2000 con guionistas como Robert Kirkman, padre de ‘The Walking Dead’, al frente de una saga que pronto se convirtió en objeto de culto. Entre las historias más celebradas destaca ‘Hambre insaciable’, donde héroes y villanos convertidos en muertos vivientes devoran todo a su paso en un festival de horror y referencias al universo marvelita. La primera aparición animada de esta idea llegó años después con el capítulo dedicado a los zombies en ‘What if…?’, que fue recibido con entusiasmo y abrió la puerta a esta nueva serie.

Disney+ mantiene el mismo estilo visual que ‘What if…?’, un cel-shading elegante, dinámico y capaz de combinar la acción superheroica con la crudeza del gore. Y es ahí donde se produce la primera gran sorpresa: Marvel se atreve a mostrar muertes sangrientas, brutales y sin censura, recordándonos que, como en cualquier historia de zombies que se precie, nadie está a salvo.

La gran diferencia respecto a otros relatos de muertos vivientes está en que los héroes infectados mantienen sus poderes. Ver a personajes que conocemos desde hace más de una década en el MCU devorando carne humana con la misma facilidad con la que antes salvaban el mundo, es un espectáculo grotesco pero fascinante. Es un recordatorio de que Marvel, cuando quiere, sabe dar un giro radical a sus fórmulas.

Los protagonistas cambian respecto a los cómics más emblemáticos, y esa decisión funciona bien: permite explorar una aventura fresca dentro de la misma realidad alternativa. Se respira el mismo espíritu de crossover que en cualquier gran evento editorial: cada capítulo está plagado de guiños, cameos y detalles que los lectores veteranos sabrán apreciar. Desde referencias a los skrulls y las vacas hasta alusiones a títulos recientes del MCU como ‘Thunderbolts’, ‘The Marvels’, ‘Doctor Strange en el multiverso de la locura’, ‘Wakanda Forever’ o ‘Thor: Love and Thunder’ en última instancia. Incluso hay espacio para un guiño inesperado a ‘Star Trek’ con el vehículo que los héroes usan en uno de los primeros episodios a pesar de que no es una franquicia de Disney/Marvel.

La estrategia de Marvel Studios parece clara: evitar abusar de los personajes más icónicos y dar aire a nuevas figuras, preparando el terreno para una nueva fase. Una de las curiosidades más llamativas es la aparición de un Blade fusionado con el Caballero Luna, interpretado por la voz de Todd Williams. El actor, que tiene cierto parecido físico con el cazador de vampiros, se rumorea como posible plan B en caso de que Mahershala Ali no continúe en el proyecto de ‘Blade’ en acción real. En la animación, la cara sigue siendo la de Ali, pero su voz no. Este detalle muestra cómo Marvel juega sus cartas con cautela, manteniendo el misterio y abriendo posibles caminos para el futuro.

‘Marvel Zombies’ podría ser un simple spin-off o un producto secundario. Pero no deja de ser una apuesta arriesgada que recuerda a los fans que Marvel puede ser mucho más que un desfile de efectos digitales y chistes recurrentes. Aquí hay horror, sangre y riesgo narrativo. Para los comiqueros es un banquete de referencias, y para los fans del MCU, una invitación a aceptar que el futuro de la saga puede ser tan oscuro como imprevisible.