Crítica: ‘Yo siempre a veces’

Un retrato tan incómodo como honesto de una juventud entre la libertad y la deriva emocional

El estreno el 23 de abril en Movistar Plus+ de ‘Yo siempre a veces’, creada por Marta Loza y Marta Bassols, se sitúa dentro de esa corriente reciente del audiovisual español que busca capturar el pulso de una generación sin filtros ni paternalismos. En este sentido, no es casual que la serie se perciba como un nuevo hallazgo generacional impulsado directamente por la estela creativa de Los Javis, cuyo sello ha redefinido la forma de narrar la juventud contemporánea.

‘Yo siempre a veces’ funciona, ante todo, como un espejo. No idealiza ni demoniza, sino que pretende observar, o al menos así he percibido. La serie retrata a una juventud profundamente conectada con el mundo, cosmopolita, con referentes internacionales y una relación fluida con la cultura digital. Sin embargo, esa apertura convive con una cierta desorientación vital: los personajes se mueven en un terreno donde las responsabilidades tradicionales parecen diluidas, casi opcionales.

Uno de los aspectos más llamativos, y tratados con una naturalidad que puede incomodar a ciertos sectores, es la normalización del consumo de drogas. Lejos de moralismos, la serie lo integra como parte del ecosistema social de sus protagonistas, evidenciando hasta qué punto estos comportamientos forman parte de su día a día. No hay épica ni tragedia exagerada, solo rutina.

Este retrato se completa con una visión renovada y a menudo fragmentada de la familia. Las estructuras clásicas se diluyen en favor de modelos más líquidos, donde los vínculos afectivos se redefinen constantemente. La serie no juzga este cambio, pero sí deja entrever sus consecuencias emocionales: una sensación persistente de inestabilidad.

Personajes que incomodan porque resultan reconocibles

El mayor acierto de ‘Yo siempre a veces’ reside en su guion, que construye personajes complejos, contradictorios y profundamente humanos. La protagonista, interpretada por la debutante Ana Boga, es un ejemplo paradigmático de esta ambivalencia.

Su personaje vive atrapado entre dos mundos: el de una juventud prolongada (encarnada en una madre que se resiste a abandonar la fiesta y la despreocupación) y el de una adultez que exige responsabilidades que no está preparada para asumir. Este conflicto no se presenta de forma explícita, sino que se filtra en sus decisiones erráticas, en su incapacidad para aceptar trabajos o ayudas que le permitirían estabilizarse.

Hay algo casi desesperante en verla avanzar “como pollo sin cabeza”, consciente de sus problemas económicos pero incapaz de actuar en consecuencia. Y, sin embargo, esa frustración es precisamente lo que la hace creíble. No estamos ante una heroína ni ante un ejemplo moral, sino ante un reflejo incómodo de una generación que, en muchos casos, ha crecido con más opciones que certezas.

En este sentido, la interpretación de Ana Boga resulta especialmente destacable. Esta es su primera gran incursión en un proyecto de alcance popular, lo que añade una capa adicional de autenticidad a su interpretación: hay en su mirada una mezcla de fragilidad y atrevimiento que difícilmente podría impostarse.

Una serie sobre el error, el perdón y la reconstrucción

Más allá de su retrato generacional, ‘Yo siempre a veces’ articula un discurso más profundo sobre la gestión del error. Todos sus personajes, sin excepción, están definidos por sus fallos: decisiones equivocadas, relaciones mal gestionadas, oportunidades desperdiciadas…

Lo interesante es que la serie no busca redimirlos de forma convencional. En lugar de grandes giros dramáticos, opta por una aproximación más íntima, donde el perdón, tanto propio como ajeno, se construye de manera lenta y, a menudo, incompleta. Se nota un esfuerzo por entender y mostrar que crecer no implica necesariamente resolver todos los conflictos, sino aprender a convivir con ellos.

También resulta destacable cómo la serie plantea nuevas formas de entendimiento mutuo. Frente a modelos rígidos del pasado, los personajes exploran maneras más flexibles de relacionarse, donde la comunicación, aunque imperfecta, se convierte en una herramienta esencial. Con esto, aunque es una serie exasperante en la construcción de su protagonista, logra capturar algo difícil de definir pero fácil de reconocer: la incertidumbre de una generación que, pese a tenerlo todo al alcance, sigue buscando su lugar en el mundo.

Crítica de la segunda temporada de ‘Bronca’

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Chantajes, traiciones y mucha bronca

Tenemos una nueva temporada de ‘Bronca’ gracias a Netflix. La producción de A24 llega a nuestras pantallas con un nuevo reparto y un nuevo conflicto que hace que las cosas se les vayan de las manos a nuestros personajes.

Conflictos, chantajes y muchos personajes

En esta temporada conocemos a Austin y Ashley, dos jóvenes prometidos que trabajan en una gran mansión. Una noche tenían que llevar algo a uno de sus jefes y graban una gran discusión entre éste y su mujer. Con ello comenzarán los chantajes y un gran conflicto que les llevará a diferentes situaciones de las que les costará salir.

Esta temporada me ha parecido bastante buena, pero no mejor que su primera temporada. Y es que llega un momento que detrás de este conflicto inicial aparecen demasiadas situaciones increíbles. Todo el mundo es demasiado ruin, hay poca gente buena y satura un poco.

Pero aún así, esta segunda temporada es muy entretenida, está muy bien escrita y dirigida. Hay escenas muy bien dirigidas, como podemos ver en una de las escenas del episodio final, llena de acción y que tiene unos planos increíbles. Además la serie tiene bastante crítica y también un humor bastante turbio. ‘Bronca’ es una serie bastante incómoda y que logra crear una sensación desagradable con todo lo que vamos viviendo con los personajes.

¿A quién vemos en esta segunda temorada de ‘Bronca’?

Oscar Isaac, Carey Mulligan, Charles Melton y Cailee Spaeny, son los protagonistas de esta serie. Todos ellos ruines, intentando conseguir cada uno su propio beneficio pisando al contrario. Personajes despreciables, que según avanza la serie vemos como unos van redimiéndose, mientras otros cambian a peor.

Pero no solo son ellos las caras conocidas, la segunda temporada de ‘Bronca’, tiene un reparto espectacular. Entre ellos encontramos a William Fichtner (‘Talamasca: The Secret Order’), Seoyeon Jang (‘Snowdrop’), Song Kang-ho (‘Parásitos’) o Youn Yuh-Jung (‘Minari’) entre muchos otros.

Me parece formidable como Lee Sung Jin, creador y guionista de la serie, cuida cada una de las distintas personalidades de todos y cada uno de los personajes. Son tan diferentes y están tan bien estudiados para mostrarnos las distintas evoluciones. Además, el como refleja lo peor del ser humano, en todas sus facetas. Deja ver un estudio bastante complejo acerca de la psicología humana.

Colores y planos

Sin duda la serie está cuidada al mínimo detalle, no solo la dirección o el guion. Todo en su conjunto es importante, tenemos un vestuario increíble. Donde vemos como cada personaje está representado bien por un vestuario bastante marcado. Todo esto es gracias a Olga Mill (Hereditary’ o ‘Sangre en los labios’), que consigue darle personalidad a todos.

Me gustaría quería resaltar el trabajo de James Laxton. Con una fotografía muy luminosa, llena de colores pasteles en los lugares lujosos. Mientras que en la vida real, en esa vida sin lujos donde viven los personajes es algo más oscura y deprimente, en donde ves sus verdaderas vidas, con las que no están nada satisfechos.

Junto la fotografía, esto también se refleja en la decoración, Kelly Jo Tinney, hace un gran trabajo en este sentido. Al igual, mostrando ostentosidad, con materiales aparentemente caros y llenos de detalles en las zonas donde los millonarios se juntan. Mientras que en las zonas de las personas trabajadoras, sus casas son humildes sin apenas decoración.

Desenlace y conclusiones

Esta segunda temporada de ‘Bronca’ también es una gran crítica a los diferentes estatus sociales. Donde los más ricos tienen siempre el poder y consiguen siempre lo que quieren en cuanto sacan dinero. Mientas que la gente pobre tiene que luchar para poder lograr cualquier avance. Además que también se nos muestra que no siempre se es feliz con dinero, ya que termina corrompiendo a las personas.

Como digo, una segunda temporada diferente, en mi caso me ha parecido algo peor, pero por el simple hecho de que se enreda demasiado con muchos personajes. Pero lo dicho, no significa que sea mala serie, ya que la historia y las situaciones que nos vamos encontrando están muy bien. Y el final de la serie, además de que está muy bien rodado, está bien resuelto.

Crítica: ‘Machos Alfa’ T5

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El regreso con el final más agrio

El próximo 17 de abril marca el estreno de la quinta temporada de ‘Machos Alfa’, una serie de Netflix que, lejos de acomodarse en su fórmula de éxito, decide tensarla hasta un punto incómodo. Lo que en sus primeras entregas funcionaba como sátira atrevida sobre la masculinidad contemporánea, aquí se convierte en una disección más amarga de cuatro hombres que ya no creen ni en sí mismos ni en el discurso que intentaron adoptar, es decir, están más perdidos que al principio, si es que en algún momento han llegado a encontrarse.

Los protagonistas (Gorka Otxoa, Fele Martínez, Fernando Gil y Raúl Tejón) regresan “de vuelta de todo”. No solo están desengañados con la deconstrucción masculina, sino que han empezado a desconfiar profundamente de las mujeres y, sobre todo, de su propia capacidad para entenderlas. Este conflicto interno (ese constante tira y afloja entre su yo machirulo y su yo supuestamente evolucionado) se convierte en el principal motor narrativo de la temporada.

Hay un cambio de tono evidente: la comedia sigue presente, pero ahora está impregnada de una sensación de desgaste emocional. Ya no se trata solo de reírse de los errores de estos personajes, sino de observar cómo se hunden en ellos. Es una evolución lógica, pero también arriesgada, que demuestra que la serie no teme incomodar a su audiencia.

Convivencia, cameos y una comedia cada vez más coral

Uno de los grandes aciertos de esta temporada es llevar al límite la convivencia entre los protagonistas. Lo que empezó como una solución práctica se transforma en un experimento social fallido: viven juntos, pero no se soportan. Cada uno ve en el otro aquello que detesta de sí mismo, generando una dinámica casi claustrofóbica que, paradójicamente, potencia los momentos cómicos.

Esta convivencia forzada permite a los creadores, Alberto y Laura Caballero, explorar nuevas situaciones sin perder el ritmo ágil característico de su estilo. La influencia de sus trabajos anteriores se hace notar, especialmente en la introducción de nuevos personajes y cameos. Actores como Juan Díaz, María Adánez, Diego Martín, Adrià Collado o Víctor Clavijo aparecen en roles que funcionan tanto como guiños para el espectador habitual como catalizadores de nuevas tramas.

Este tipo de casting no es casual: los Caballero han construido una especie de “universo compartido” de la comedia española televisiva. De hecho, se supone que varios de estos cameos fueron concebidos desde el guion como homenajes conscientes a ‘Aquí no hay quien viva’, reforzando esa sensación de continuidad creativa.

En paralelo, la serie no abandona su vocación de retrato social. La temporada introduce temas actuales con una mezcla de ironía y crítica directa: desde el feminismo de postureo hasta las fracturas internas dentro del propio movimiento, pasando por fenómenos virales como las técnicas para ligar en supermercados (sí, el famoso “método Mercadona” encuentra aquí su parodia definitiva) e incluso un suceso real que convierte a esta temporada en quizás la más crítica y ácida de todas.

Sin embargo, lo más interesante es cómo estos elementos no se sienten forzados. Se integran orgánicamente en las tramas, funcionando como espejo deformado de una realidad que el espectador reconoce fácilmente. Y estaría pecando de no tomar ejemplo con la historia de estos personajes si omitiese las líneas argumentales de los personajes de Kira Miró, Raquel Guerrero, María Hervás, Kira Miró y Cayetana Cabezas. Siendo la de Hervás la más delicada de tratar y la de Guerrero la más divertida.

Entre la risa y el golpe final: una temporada que deja cicatriz

Si algo distingue a esta quinta temporada de ‘Machos Alfa’ es su capacidad para equilibrar el humor con un trasfondo dramático cada vez más evidente. La serie sigue siendo divertida, incluso hilarante en muchos momentos, pero hay una sombra constante que anticipa que algo no va a acabar bien.

Sin entrar en spoilers concretos, el tramo final de la temporada abandona parcialmente el tono de comedia para sumergirse en un drama inesperadamente contundente para un par de personajes. Las decisiones tienen consecuencias reales, y no todos salen indemnes. Este giro puede resultar chocante para quienes esperaban una resolución más ligera. Sin ser algo definitivo, la serie parece que nos reserva más temporadas, pero si puede marcar mucho cierto drama en su sexta entrega.

En este sentido, ‘Machos Alfa’ temporada 5 no es solo una comedia: es un retrato generacional disfrazado de sitcom. Una obra que utiliza el humor como vehículo para hablar de identidad, inseguridad y contradicción. Por supuesto también como disparador de discusiones y debates entre parejas y amigos. Puede que no todos los espectadores conecten con su tono más paródico, pero quienes lo hagan encontrarán una de las propuestas más interesantes de la comedia española reciente.

Crítica: ‘Lucky Luke’

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Un western crepuscular que olvida disparar a la comedia

La nueva adaptación de ‘Lucky Luke’ intenta (voluntariamente o no) distanciarse del imaginario clásico del personaje nacido del cómic franco-belga. Lo hace apostando por un tono más realista, incluso áspero, en el que el polvo, el sudor y la suciedad sustituyen al colorido limpio de las viñetas originales. Sin embargo, en ese giro hay también una casi renuncia arriesgada: la esencia humorística que definía al pistolero más rápido que su sombra.

Históricamente, el personaje ha tenido múltiples encarnaciones en acción real, desde el carisma y vínculo tradicional de Terence Hill con el western hasta la reinterpretación más irónica de Jean Dujardin, pasando por el enfoque más juvenil de Til Schweiger. Incluso existen versiones menos conocidas (y bastante discutibles) en producciones turcas no oficiales. Esta nueva iteración, sin embargo, opta por una aproximación que busca profundidad emocional… pero pierde por el camino la identidad del personaje.

El protagonista, interpretado por Alban Lenoir no termina de encajar en el estilismo y chulería del personajee. Su Lucky Luke es introspectivo, taciturno y, en ocasiones, excesivamente melancólico. Es una elección que podría haber funcionado en otro contexto, pero aquí entra en conflicto con el ADN del personaje. La ausencia de elementos icónicos (como el juego con su sombra, los diálogos hacia su caballo o la presencia de Rantanplan= acentúa esa desconexión. Incluso se ha eliminado el famoso cigarrillo que pende siempre de su boca, pero de ello prescindió incluso Hanna-Barbera en su versión animada.

Un western más cercano a ‘Valor de ley’ que al cómic original

Dirigida por Benjamin Rocher, conocido por su trabajo en thrillers de acción como ‘Escuadrón de élite 2’, la serie apuesta por un tono sorprendentemente sombrío. Resulta paradójico que un director habituado al ritmo y la intensidad firme aquí una obra que, en muchos momentos, carece de dinamismo. Las escenas se dilatan, los silencios pesan más de lo necesario y la narrativa avanza con cierta pesadez.

Hay momentos que rozan lo crepuscular, casi en la línea de ‘Valor de ley’, con muertes tratadas con una solemnidad que desentona con el material de origen. Esta gravedad, sumada a un tono por momentos depresivo, termina generando una sensación de extrañamiento. No estamos ante una reinterpretación adulta al estilo de un western revisionista, sino ante una obra que parece no decidir qué quiere ser.

Aun así, hay destellos de lo que podría haber sido. La subtrama de la amnesia de uno de los Dalton y su delirio de paternidad aporta un humor absurdo que conecta brevemente con el espíritu original. También resulta interesante el coqueteo con figuras históricas como Calamity Jane o Abraham Lincoln, en una tradición heredada de los cómics belgas, similar a lo que hacía Astérix con la historia clásica. Pero estos elementos son anecdóticos, insuficientes para sostener el conjunto.

Rodaje en Almería: la gran noticia

Si hay algo que realmente destaca en esta producción es su apartado visual y su apuesta por localizaciones españolas. El rodaje en Almería, especialmente en el desierto de Tabernas, devuelve al western europeo a uno de sus escenarios más emblemáticos. A esto se suman localizaciones en Castilla y León y Castilla-La Mancha, configurando un paisaje que, al menos visualmente, sí respira autenticidad.

La implicación de productores españoles como Juan Solá o Mark Albela (vinculados a títulos como ‘La piel fría’, ‘El reino de los cielos’ o ‘Godzilla vs Kong’) refuerza esa sensación de ambición internacional. En términos de producción, la serie cumple con solvencia, pero no logra que su envoltorio eleve un contenido narrativo irregular.

El problema de fondo es claro: ‘Lucky Luke’ no era solo un western, era una comedia disfrazada de western. Aquí, en cambio, el disfraz se ha quedado sin alma. Hay momentos en los que los personajes rozan el tono tontorrón, pero son excepciones en un conjunto que se toma demasiado en serio.

Para quienes crecieron con el personaje, la experiencia puede resultar decepcionante. No hay gags memorables, no hay chispa, no hay esa clase que hacía del personaje algo único. Y aunque es positivo ver el regreso del western europeo a escenarios como Almería, uno no puede evitar pensar que esta adaptación de Disney ha apuntado al corazón equivocado.

Crítica: ‘Errores épicos’

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Comedia neurótica, caos moral y decisiones al límite

Dan Levy junto y Taylor Ortega traen a través de Netflix la serie ‘Errores épicos’, una serie que se construye desde una premisa aparentemente sencilla: dos personajes profundamente desubicados en sus propias vidas se ven arrastrados a una espiral de decisiones absurdas con consecuencias cada vez más graves y criminales. Él, un pastor ejemplar incapaz de confesar su homosexualidad a su comunidad y ella, una actriz fracasada que regresa de Nueva York cargada de frustración y cinismo, forman un dúo tan improbable como explosivo.

Ambos son hermanos pero no biológicos, lo cual forma entre ellos una conexión tan frágil y volátil como obligatoria. Levy encarna a un protagonista que recuerda poderosamente al Leonard interpretado por Johnny Galecki en ‘The Big Bang Theory’: nervioso, dubitativo, atrapado en su propia inseguridad. Sin embargo, aquí ese arquetipo se desplaza hacia terrenos más incómodos, donde la represión personal no es solo un rasgo cómico, sino el motor de decisiones erráticas. Ortega, por su parte, construye un personaje abrasivo, casi hostil, un auténtico vórtice emocional que sorprende tanto por su agresividad como por el dato de haber mantenido una relación de 17 años con su pareja, lo que añade una capa de absurdo existencial a su carácter.

La química entre ambos no es la clásica de comedia ligera, es más bien un constante forcejeo. Se necesitan, pero también se empujan mutuamente hacia el desastre. En ese sentido, ‘Errores épicos’ encuentra su voz en el conflicto permanente, en la incomodidad sostenida, en el espectador que ríe pero también sufre con cada decisión equivocada.

Tradición de enredos criminales con sello propio

Narrativamente, la serie (que se estrena este 9 de abril en Netflix) se inscribe en una tradición bien conocida: la de individuos corrientes atrapados en tramas criminales que les superan. Transita un viaje similar al de ‘Una terapia peligrosa’ o ‘Falsas apariencias’, donde el humor surge del contraste entre la banalidad de los protagonistas y la gravedad de las situaciones en las que se ven envueltos. Incluso podría rastrearse una conexión conceptual con relatos como ‘La empresa de sillas’ o ‘Bronca’, donde lo cotidiano se descompone en una cadena de decisiones desafortunadas y momentos de locura y desconcierto.

Aquí, el detonante no es tanto el crimen en sí como la incapacidad de los personajes para gestionar el estrés. Cada error genera otro mayor, en una progresión casi matemática del desastre. La escritura destaca precisamente por eso: por su precisión en el caos. Los diálogos están cargados de timing cómico, pero también de una tensión creciente que convierte cada escena en una bomba a punto de estallar.

Esta podría ser una serie improvisada por cómo se va de madre y por cómo los personajes elevan aún más las réplicas de sus compañeros. Esto se traduce en momentos que se sienten naturales, casi incómodamente reales, como si el guion se estuviera desmoronando ante nuestros ojos… cuando en realidad parece calculado hacia el surrealismo.

Una comedia no apta para nervios sensibles

De algo que conviene mucho avisar con ‘Errores épicos’ es de su capacidad para generar ansiedad en el espectador. No es una serie relajante, de hecho, podría decirse que es abiertamente hostil para quienes sufren de “empatía hiperactiva”: ver a los personajes tomar decisiones claramente equivocadas, una tras otra, puede resultar estresante.

En este sentido, la figura materna interpretada por Laurie Metcalf actúa como catalizador del caos. Su personaje, histérico y controlador, evoca inevitablemente a la Madre Amantísima de ‘Futurama’, tanto por su ambición desmedida como por su capacidad para manipular emocionalmente a sus propios hijos. No es el problema central, pero sí el combustible que mantiene la maquinaria del desastre en funcionamiento.

La temporada ofrece una resolución satisfactoria sin renunciar a dejar cabos sueltos que apuntan claramente a una continuación. Así es que tampoco es apta para aquellos incapaces de convivir con finales abiertos y con cancelaciones de Netflix. Los hilos argumentales que se insinúan en los últimos episodios sugieren una segunda temporada aún más desbordada, donde las consecuencias de los errores acumulados podrían alcanzar dimensiones mayores.

Crítica: ‘Invincible T4’

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La madurez de un superhéroe atrapado entre la épica cósmica y el desgaste emocional

La cuarta temporada de ‘Invincible’, adaptación del cómic de Robert Kirkman (‘The Walking Dead’, ‘Marvel Zombies’), confirma algo que ya se intuía: esta serie animada no tiene intención de frenar su ambición. Con la vista puesta en alcanzar entre siete y ocho temporadas (e incluso con margen para diez si la popularidad lo permite), esta nueva entrega se siente como una pieza clave en la arquitectura global del relato.

Uno de los grandes aciertos de la temporada reside en su expansión del lore viltrumita. Durante el segundo capítulo la trama se detiene en el pasado de Omni-Man, construyendo una suerte de crónica histórica interestelar que recuerda, en su densidad y ambición, a las mejores tradiciones de la ciencia ficción clásica. Este enfoque no solo satisface una demanda latente de los fans, sino que redefine el conflicto central: ya no estamos ante una simple lucha entre héroes y villanos, sino ante una civilización con sus propias reglas, jerarquías y contradicciones morales, una suerte de kriptonianos.

En paralelo, la serie mantiene su sello distintivo: una galería de enemigos tan variopinta como impredecible. Regresan los inquietantes sequids, claros herederos de los invasores de ‘Ultracuerpos’ o ‘The Faculty’, mientras que nuevas amenazas como un villano con estética de dinosaurio o una valkiria verde obsesionada con la energía amplían el catálogo de rarezas. La reaparición de Conquest aporta ese peso dramático que solo los antagonistas más brutales pueden ofrecer y que todos los espectadores podían preeveer. Y vuelve el Satán doblado por Bruce Campbell en uno de los mejores episodios de lo que va de serie.

Todo ello se articula con una fina capa de sátira hacia el género superheroico. ‘Invincible’ sigue jugando a deformar los códigos de franquicias más conocidas, rozando a veces la parodia sin perder su identidad. Es precisamente en ese equilibrio donde la serie encuentra uno de sus mayores ganchos.

El dilema moral de Mark y la sensación de déjà vu

Si hay un elemento que genera sensaciones encontradas, es el arco del protagonista. Mark Grayson continúa atrapado en un bucle narrativo: entra y sale de los Guardianes, duda de Cecil Stedman, y vuelve a cuestionar su lugar en el mundo. Aunque estos conflictos son inherentes al personaje, la reiteración empieza a evidenciar cierto desgaste.

No obstante, la temporada introduce un matiz interesante: el debate sobre cruzar la línea de matar. Esta cuestión, que inevitablemente remite a dilemas clásicos asociados a figuras como Batman, se convierte en el eje moral de varios episodios. ¿Es lícito sacrificar a alguien para salvar a muchos? ¿Puede un héroe seguir siéndolo tras mancharse las manos de forma irreversible?

A nivel estructural, se agradece un guion más ágil y chispeante. Los diálogos ganan en frescura, los gags se multiplican y las tramas paralelas resultan más dinámicas. La presencia de Allen, con la voz del siempre eficaz Seth Rogen, aporta un contrapunto humorístico que funciona especialmente bien en medio de tanta densidad dramática.

Sin embargo, no todo suma. Las subtramas familiares, especialmente las relacionadas con los padres de Atom Eve y la madre de Mark, ralentizan el ritmo hasta el tedio. Son segmentos que parecen anclados en una versión más melodramática y menos interesante de la serie, rompiendo la inercia de los episodios más potentes, aquellos que se regodean en el fantástico.

Entre lo grotesco y lo infantil: una estética que divide… y engancha

Uno de los aspectos más discutibles y a la vez más fascinantes de ‘Invincible’ sigue siendo su apartado visual. La cuarta temporada insiste en ese contraste casi esquizofrénico entre diseños que rozan lo infantil y una violencia explícita que no escatima en desmembramientos ni lenguaje soez.

Algunos extraterrestres parecen sacados de una estética simplificada, como ese dragón que podría confundirse con la ilustración de una barraca de feria de bajo presupuesto. Y, sin embargo, esta aparente disonancia se convierte en uno de los mayores atractivos de la serie. La inocencia visual actúa como un caballo de Troya que amplifica el impacto de la brutalidad, generando una experiencia incómoda pero adictiva.

En este sentido, ‘Invincible’ demuestra una vez más su capacidad para romper convenciones. No busca la coherencia estética tradicional, sino provocar al espectador, obligarle a reconciliar dos lenguajes aparentemente incompatibles.

La temporada también amplía el foco sobre personajes secundarios, aunque con resultados desiguales. Mientras algunos ganan profundidad, otros quedan desdibujados. El caso de Oliver, por ejemplo, es especialmente llamativo: su cambio de tonalidad (mucho menos morado que en la temporada anterior) genera desconcierto, pero por el contrario es un personaje menos irritante. En ese sentido esta cuarta temporada no es perfecta, pero sí representa un paso adelante en ambición narrativa y riqueza temática, dando alas a sus vertientes cósmica y satánica.

Crítica: ‘El joven Sherlock’

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Un origen innecesario y un protagonista sin magnetismo

Había margen para explorar la juventud de Sherlock Holmes. El canon de Arthur Conan Doyle deja un vacío biográfico deliberado: Holmes aparece ya formado, cerebral, casi quirúrgico en su método. Pero una cosa es expandir y otra reescribir sin red. ‘El joven Sherlock’, producida y parcialmente dirigida por Guy Ritchie, arranca torcida desde su casting principal: Hero Fiennes Tiffin no logra sostener el peso icónico del personaje ni siquiera bajo la coartada de la inmadurez.

Su interpretación reproduce tics ya vistos en la saga ‘After’: mirada intensa pero vacía, presencia física correcta y escasa densidad dramática. No hay ironía afilada, ni esa electricidad mental que asociamos al detective de Baker Street. Si comparamos, el joven Nicholas Rowe en ‘Young Sherlock Holmes’ (‘El secreto de la pirámide’) irradiaba curiosidad e inteligencia precoz; incluso Guy Henry en la serie ‘Young Sherlock Holmes’ de 1982 aportaba un poso reflexivo más coherente con el canon. Aquí, en cambio, Holmes es un héroe juvenil genérico con barniz victoriano.

El guion toma una decisión arriesgada y discutible al convertir a Sherlock y a James Moriarty en amigos y compañeros de aventura. El germen de su enemistad se pospone tanto que otro personaje ocupa el rol de villano maquiavélico durante buena parte de la temporada. Se diluye así la tensión fundacional entre genio y némesis. No hay duelo intelectual, hay trama funcional en piloto automático.

Psicología forzada y un Holmes convertido en aventurero

Ritchie ya había reinterpretado al personaje en ‘Sherlock Holmes’ y ‘Sherlock Holmes: A Game of Shadows’, con un Holmes físico y pendenciero encarnado por Robert Downey Jr.. Allí el riesgo funcionaba porque la química y el ritmo compensaban la heterodoxia. En ‘El joven Sherlock’, el director redobla la apuesta inventando una hermana, Beatrice, y otorgando entidad dramática al padre, Silas (interpretado por Joseph Fiennes), figura ausente en las novelas. Conan Doyle construyó a Holmes como personaje funcional a la narrativa detectivesca. La introspección psicológica y el desarrollo familiar no eran prioridades del género en esa etapa victoriana y los autores de ahora parece que quieren llenar un vacío que nadie ha pedido llenar.

La madre, en una línea que recuerda a ‘Enola Holmes’, es presentada como perturbada, aunque aquí al menos se sugiere una vertiente artística coherente con la mención canónica a la ascendencia vinculada al pintor Horace Vernet. Natascha McElhone compone una figura materna magnética, sin nada que envidiar a Helena Bonham Carter en la citada película. Pero la serie confunde inteligencia deductiva con memoria eidética: Holmes parece un prodigio fotográfico antes que un lógico experimental. Se echa de menos el método científico, la observación microscópica, la inferencia encadenada.

En lo formal, el sello Ritchie asoma en personajes de aire caballeresco mezclados con bajos fondos, aunque el tono promete más de lo que entrega. La canción del opening (ya asociada por el imaginario contemporáneo a ‘Peaky Blinders’) sugiere un Sherlock más canalla, pero la serie no abraza ese filo autoral. Tampoco el guion ofrece un caso de complejidad real que invite al espectador a colaborar intelectualmente. Hay acción, vestuario fastuoso (tres o cuatro looks por capítulo) y cliffhangers previsibles: sabemos que el héroe saldrá indemne.

Reparto, relevo generacional y una dirección dispersa

El casting evidencia un curioso relevo generacional: Max Irons (hijo de Jeremy Irons) comparte cartel con Hero Fiennes Tiffin, sobrino de Ralph y Joseph Fiennes. Pero el verdadero acierto es Dónal Finn como Moriarty. Finn es el único que parece comprender la psique de su personaje y anticipar su deriva hacia la amoralidad estratégica. Cuando está en pantalla, la serie respira.

Ritchie dirige dos episodios, pero la temporada se reparte con Anders Engström (‘See’), Dennie Gordon (‘Kingdom’) y Tricia Brock (‘Bridgerton’). La falta de unidad tonal se percibe: Holmes termina siendo un aventurero más en situaciones límite que erosionan el suspense. No hay aliciente intelectual ni enriquecimiento del lore. ‘El joven Sherlock’ de Prime Video es una expansión que prioriza la estética y la psicología inventada sobre la esencia deductiva. Queda la sensación de que, en su empeño por modernizar, la serie ha olvidado lo elemental.

Crítica: ‘El caballero de los Siete Reinos’

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Poniente cambia los dragones por la comedia y la justa

Es difícil regresar a Poniente sin esperar el sonido de alas dracónicas o el choque de ejércitos masivos. Sin embargo, lo primero que hay que advertir al espectador desprevenido es que ‘El caballero de los Siete Reinos’, aunque firmemente ambientada en el mundo de R.R. Martin, cambia radicalmente de tono. Para algunos fans puristas, curtidos en la solemnidad política de ‘Juego de Tronos’ o la tragedia shakesperiana de ‘La casa del dragón’, este giro podrá resultar desconcertante, quizás incluso malo. Pero para otros, será una bocanada de aire fresco absolutamente necesaria.

HBO parece haber entendido que la única forma de evitar el hastío del espectador ante tantas conspiraciones palaciegas era apostar por algo diametralmente opuesto: la sencillez y sorprendentemente, el humor. Si las anteriores entregas eran óperas wagnerianas, ‘El caballero de los Siete Reinos’ se acerca más a una balada folk tocada en una taberna ruidosa. Es una manera inteligente de conseguir esquivar las comparaciones directas que habrían hundido a cualquier otro spin-off que intentara imitar la escala de sus predecesoras.

Un tono radicalmente distinto: entre Lanthimos y el cine medieval

En los libros originales ya se ve que este es un texto mucho más ligero, casi una novela picaresca medieval, y la serie abraza esta naturaleza sin complejos. Es abiertamente más cómica, apoyándose en la química de una extraña pareja. Por momentos, la dirección y los diálogos afilados hacen que parezca más ‘La favorita’ de Yorgos Lanthimos que ‘Juego de Tronos’. Hay un absurdo delicioso en la burocracia de los torneos y en la pomposidad de los caballeros que la serie explota con maestría.

Incluso si la serie fuese un poco más allá con el espectáculo de la comedia y la anacronía musical, estaríamos hablando de la nueva versión de ‘Destino de caballero’, aquella película de culto protagonizada por Heath Ledger. La comparación no es gratuita, puesto que la trama se ambienta completamente en una justa, con todo el color, el polvo y el bullicio que ello conlleva. Sin embargo, descuidad que este tono lúdico se mantiene sobretodo durante los tres primeros capítulos. Es ahí cuando la cosa cambia. Tras los episodios dirigidos por Owen Harris (conocido por ‘Black Mirror’), tiene lugar un giro que cambia la dinámica de la serie, recordándonos que, a fin de cuenta, en Poniente nadie está completamente a salvo. Y es por todo esto que el episodio 5 regresa a la brutalidad de los campos de batalla de Westeros, con toda la violencia e impredecibilidad que ello conlleva.

El caballero de los Siete Reinos como serie pequeña en una historia inmensa

George R. R. Martin figura como co-creador y productor ejecutivo, con Ira Parker ejerciendo de showrunner, y se nota el cariño por el material original. Estamos ante una precuela con un formato inusual: seis episodios de poco más de 30 minutos. Esta duración, más propia de una sitcom que de un drama de prestigio, juega a su favor, evitando el relleno innecesario.

Cronológicamente, la acción ocurre aproximadamente 90–100 años antes de ‘Juego de Tronos’ y se sitúa también unos 70 años después de los eventos más tempranos narrados en ‘La casa del dragón’. Es una época fascinante por lo que no tiene: es un mundo donde los dragones son solo recuerdos y cráneos polvorientos. El linaje Targaryen ostenta el Trono de Hierro, sí, pero su poder ya genera cuestionamientos. Sin la amenaza nuclear de los dragones, la autoridad se mantiene mediante la política y la percepción, algo que vemos a través de los ojos del caballero errante Dunk (interpretado por un inmenso Peter Claffey) y su escudero Egg (el joven Dexter Sol Ansell).

La serie se desarrolla durante la era de la Primera Rebelión Fuegoscuro, aunque el foco está en las interacciones personales. La participación de personajes como Aerion Targaryen (Finn Bennett), Lyonel Baratheon (Daniel Ings) y Baelor Targaryen (Bertie Carvel) aporta ese toque de realeza divina y peligrosa, pero vista desde abajo. Muy bien cogido el reparto, especialmente la dinámica entre Claffey y Ansell, que sostienen el peso emocional de la trama con una naturalidad pasmosa y llana.

La sombra de los Targaryen y el giro que lo cambia todo

Para quienes vengan de la literatura, sabrán que en su historia editorial en España, ‘El caballero de los Siete Reinos’ es una compilación de tres relatos: ‘The Hedge Knight’ (El caballero errante), ‘The Sworn Sword’ (La espada leal) y ‘The Mystery Knight’ (El caballero misterioso). La serie narra las aventuras de este caballero, que no es otro que el antepasado de Brienne de Tarth, un dato que explica mucho sobre el tamaño del personaje y el código de honor que veremos en pantalla.

Lo brillante de esta propuesta es que aporta una perspectiva más «a ras de tierra». Ofrece una profundización cultural y social sobre cómo vivían distintas capas de la sociedad en esa época, lejos de la Fortaleza Roja. Es por ello una historia mucho más pequeña y mucho más sencilla que todo lo que hemos visto hasta ahora. Pero no os dejéis engañar por la escala: en buena parte sienta las bases de lo que transcurre durante ‘Juego de Tronos’.

La serie es diferente incluso en su tratamiento de la acción: evita mostrar muertes violentas gratuitas, buscando más el impacto narrativo que el visual. Pero eso no quita que no haya violencia; cuando el acero choca, se siente pesado y peligroso. Constantemente sentimos que esto es el mundo de R.R. Martin y puede morir un personaje repentinamente.

Si no quieres destriparte el primer giro interesante que llega en el tercer capítulo, no mires exactamente de qué va esta historia en internet. Solo diré que la inocencia del torneo da paso a una realidad política mucho más oscura. ‘El caballero de los Siete Reinos’ demuestra que no hacen falta dragones para contar una gran historia de Poniente. Solo hacen falta un buen caballero, un escudero sabiondo e insolente y un guion que sepa reírse de sí mismo antes de sacar la espada.

La serie se estrena el 18 de enero y tiene anunciada segunda temporada para 2027.

Crítica: ‘Primal’ temporada 3

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La barbarie como espectáculo total

Tres años después, ‘Primal’ regresa desde y a través de los canales habituales: Adult Swim y HBO, con una tercera temporada que se estrena el 11 de enero (12 de enero en España) y que constará de 10 episodios semanales de unos 20 minutos. La espera no ha sido corta, y eso se nota tanto en la ambición formal como en la voluntad clara de ofrecer un regreso que sea, en sentido literal, un acontecimiento. Genndy Tartakovsky sigue al frente del proyecto, y su impronta es tan reconocible que basta un plano, un movimiento de cámara o una elipsis salvaje para saber que estamos, de nuevo, en su terreno.

La gran sorpresa y el mayor golpe de efecto de la temporada es la recuperación de Spear, el cavernícola, en una forma que, sinceramente, no recuerdo haber visto jamás asociada a la prehistoria en ningún otro relato audiovisual. Es una decisión radical, arriesgada y, sobre todo, profundamente coherente con la lógica interna de la serie: en ‘Primal’ nada está sujeto a la historia, a la ciencia ni a la ortodoxia narrativa. Aquí manda la emoción primaria y la iconografía extrema. Ese regreso redefine la dinámica del relato y sirve como motor para una temporada que se siente más autoconsciente que nunca.

Porque si algo deja claro esta tercera tanda de episodios es que ‘Primal’ sabe perfectamente qué esperan de ella sus seguidores. La violencia sigue siendo bruta, excesiva y omnipresente. No importa cuán tierno o aparentemente inocente sea un personaje, ni cuán animalista o contemplativa quiera ponerse la puesta en escena: la naturaleza primitiva siempre se impone. La sangre corre sin pudor, y las carnicerías, cada vez más imaginativas, convierten cada episodio en un catálogo de brutalidad creativa que roza lo operístico.

Psicodelia, monstruos y heavy metal animado

La tercera temporada también redobla su apuesta por la psicodelia, la magia y las criaturas fantásticas. Hay episodios que parecen construidos como un mal viaje ilustrado, y uno de los capítulos finales es, sin exagerar, un desfile de monstruosidades que compite consigo mismo por ver cuál deja una imagen más perturbadora en la retina. Tartakovsky vuelve a demostrar que la animación es el medio ideal para cruzar géneros sin pedir permiso: fantasía oscura, terror corporal, aventura pulp y épica trágica conviven sin fricción.

Los títulos de casi todos los episodios (‘El reino del dolor’, ‘Caverna de horrores’, ‘La venganza de la muerte’) suenan más a canciones de heavy metal que a capítulos de una serie de animación, y esa estética no es casual. Hay una escena concreta que evoca de forma muy clara el imaginario de ‘Heavy Metal’, tanto en composición como en actitud: exceso, sensualidad violenta y un desprecio absoluto por la contención. En otros momentos, la serie parece guiñar el ojo a ‘Planet Hulk’, con sociedades primitivas organizadas alrededor de la fuerza bruta, o a los Morlocks subterráneos de ‘La máquina del tiempo’, cuando desciende a entornos opresivos dominados por criaturas que viven al margen de la luz.

Sin embargo, en medio de todo este ruido visual y conceptual, sigue estando el corazón de ‘Primal’: el vínculo de cariño, dependencia y supervivencia entre Spear y la dinosaurio. Esa relación, casi muda, sigue siendo el ancla emocional de la serie y lo que evita que el conjunto se convierta en un simple ejercicio de estilo. Cuando ‘Primal’ recuerda que la violencia no es solo espectáculo sino consecuencia, es cuando alcanza sus mejores momentos.

¿Cierre satisfactorio o exceso de fan service?

Si el final de la temporada dos podía interpretarse como un cierre, triste, sí, pero coherente, la conclusión de esta tercera temporada apunta claramente a dejar satisfechos a los fans más entregados. Especialmente a aquellos que disfrutan de la capacidad anacrónica de la serie para mezclar épocas, géneros y referencias sin ningún tipo de complejo. En ese sentido, el final funciona: es grandilocuente, emocional y visualmente memorable.

Ahora bien, desde una perspectiva crítica, es difícil ignorar que ‘Primal’ cae aquí en un fan service excesivo. La temporada parece diseñada para ofrecer, episodio tras episodio, exactamente lo que se espera de ella, sin apenas espacio para la sorpresa conceptual o la evolución temática profunda. Todo es más grande, más violento, más explícito… pero no necesariamente más significativo. Tartakovsky juega sobre seguro, y aunque el resultado es indudablemente poderoso, deja la sensación de que la serie se mira demasiado al espejo.

Aun así, ‘Primal’ temporada 3 sigue siendo una anomalía maravillosa dentro del panorama televisivo actual. Una serie que entiende la animación como un lenguaje adulto, libre y salvaje, y que se atreve a ser extrema sin pedir disculpas. Puede que no sea su entrega más arriesgada, pero sí una de las más contundentes y coherentes con su propio mito.

Crítica del final de ‘Stranger Things’

Stranger Things dice adiós con un final calculadamente ambiguo

El último capítulo de ‘Stranger Things’, el 5×08, clausura una de las series más influyentes del catálogo de Netflix con un episodio que aspiraba a la épica total y, al mismo tiempo, evidencia muchas de las tensiones creativas que han acompañado a la ficción desde hace años. Los hermanos Duffer se despiden con un capítulo largo, con un epílogo más largo que el de ‘El Retorno del Rey’. Su conclusión, en pretensiones, guión y marketing, ha sido ambiciosa y calculadamente abierta al debate, consciente de que el cierre debía funcionar como espectáculo pero también como detonante de conversación. El resultado es un final que no deja indiferente, pero que tampoco logra escapar del todo a los vicios que la propia serie arrastra desde hace tiempo.

El peso de la nostalgia y la repetición como estructura narrativa

A lo largo de esta quinta temporada, y especialmente en su último episodio, ‘Stranger Things’ ha vuelto a apoyarse en una estructura reconocible: el secuestro de niños, el rescate in extremis y la sensación de vuelta a empezar. Este patrón, que en sus primeras temporadas se percibía como un homenaje juguetón al cine de aventuras y de terror juvenil, aquí se siente más mecánico. Las comparaciones con entregas previas han sido inevitables, así como con series de estreno simultáneo como ‘It. Wellcome to Derry’, donde el terror infantil se articula desde un prisma más sombrío y menos complaciente. En ese duelo implícito, la serie de Netflix sale perdiendo en frescura.

La dependencia de la nostalgia vuelve a ser uno de los elementos más discutidos. En este 5×08 se detectan ecos claros de ‘Jurassic Park’ calcando una escena mítica, aromas de ‘El Señor de los Anillos’ en varias escenas y por supuesto, alusiones constantes a Stephen King o ‘Star Wars’ como marco mitológico. El universo sigue bebiendo de la imaginería de ‘Dragones y Mazmorras’, con su propio underdark y criaturas de otro plano como los illicidos. Cada referencia resta un poco de identidad propia. La sensación de déjà vu se impone, y la serie parece más interesada en reconocer sus influencias que en trascenderlas.

Anticlímax, desarrollo acelerado y el problema del ritmo

Uno de los reproches más reiterados hacia esta temporada ha sido su acumulación de anticlímax. El episodio final no es una excepción. Grandes momentos de acción se ven interrumpidos por pausas prolongadas, conversaciones explicativas y revelaciones estiradas en exceso. Estas decisiones narrativas cortan el pulso dramático y bajan las pulsaciones justo cuando la serie debería abrazar sin complejos su vertiente más adrenalínica.

Paradójicamente, ‘Stranger Things’ siempre fue acusada de hacer progresar poco a sus personajes, atrapados en el bucle del homenaje ochentero. En esta quinta temporada, los Duffer parecen haber intentado corregir esa crítica a pasos acelerados. En el 5×08 se concentran cierres emocionales, redenciones y traumas resueltos con cierta prisa, como si la serie quisiera justificar retrospectivamente años de estancamiento. El resultado es irregular: hay arcos que funcionan y otros que se sienten forzados, más pendientes de cumplir expediente que de surgir de forma orgánica.

Vecna, el desenlace y la huella cultural de Stranger Things

Si hay un elemento que sostiene con solvencia el tramo final, ese es el villano. Vecna, interpretado por Jamie Campbell Bower y reforzado por su alter ego, a veces maquillado y a veces digital, se consolida como uno de los antagonistas más memorables del terror televisivo reciente. Con referencias claras a ‘Pesadilla en Elm Street’, recordemos que su padre estaba interpretado por Robert Englund, los Duffer aciertan donde muchas franquicias fallan: dar a su enemigo una presencia icónica y perturbadora, además de un trasfondo sólido. No obstante, el enfrentamiento final, con su despliegue visual y dimensiones exageradas, recuerda más a una película de Paul W. S. Anderson que a la intimidad terrorífica que definió los mejores momentos de la serie.

El cierre ofrece, eso sí, una solución elegante y de doble interpretación. Una decisión claramente pensada para alimentar el debate en redes sociales y dividir de forma sana a los fans. A muchos espectadores les ha venido a la cabeza la resolución de ‘El hombre de acero’ con Kevin Costner, un sacrificio que busca edulcorar la despedida y dejar una puerta entreabierta. No es descabellado pensar que Netflix, consciente del valor de la marca, pueda utilizar esta ambigüedad en el futuro para recuperar el universo.

Más allá de sus aciertos y tropiezos, ‘Stranger Things’ cierra su recorrido como uno de los mayores fenómenos culturales de la era del streaming. Ha redefinido el consumo seriado, impulsado carreras, revitalizado recuerdos olvidados y convertido la nostalgia en una herramienta comercial de primer orden dentro del catálogo de Netflix. El 5×08 no es el final perfecto, pero sí uno coherente con lo que la serie siempre ha sido: un gran espectáculo popular, profundamente consciente de su legado y de sus límites.

Crítica: ‘Fallout’ 2×01

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Mientras el yermo de Fallout se expande, la moral de los protagonistas se agrieta

La segunda temporada de ‘Fallout’ arranca con una decisión clara y, en términos dramáticos, acertada: mirar atrás para entender por qué el presente es tan cruel. El primer episodio dedica buena parte de su metraje a profundizar en el pasado del Ghoul (Walton Goggins), un personaje que ya en la anterior entrega funcionaba como conciencia torcida de la serie. Lejos de convertirlo en un simple icono violento, la temporada opta por humanizarlo aún más, explorando su origen y el proceso que lo llevó a convertirse en esa figura cínica, pragmática y letal que deambula por el yermo. Este viaje al pasado por parte de la serie de Prime Video no es un simple ejercicio de “lore” para fans del videojuego, sino una herramienta narrativa que refuerza el tono trágico de la serie y la aleja de la fantasía ligera.

En paralelo, la persecución junto a Lucy (Ella Purnell) del padre interpretado por Kyle MacLachlan se erige como motor narrativo central. La serie entiende que no hay nada más poderoso que un objetivo emocionalmente cargado, y aquí lo explota con eficacia: no se trata solo de encontrar a alguien, sino de ajustar cuentas con un pasado que nunca terminó de cerrarse. Esta línea argumental aporta gravedad y estructura a una temporada que, de otro modo, podría perderse en episodios autoconclusivos sin verdadero peso dramático.

Humor negro y violencia: el ADN intacto del yermo

Uno de los mayores aciertos de la primera temporada fue su capacidad para equilibrar drama y humor negro, y la segunda entrega no traiciona esa identidad. La violencia sigue siendo explícita, incómoda y, en muchos casos, grotescamente cómica. ‘Fallout’ continúa jugando con la idea de que el horror y la risa pueden convivir en un mismo plano, y lo hace con una puesta en escena que no teme recrearse en lo absurdo ni en lo cruel.

En este contexto, el personaje de Ella Purcell se consolida como uno de los contrapuntos más interesantes. Su inocencia, casi infantil, choca frontalmente con un mundo donde la supervivencia exige cinismo y brutalidad. La serie utiliza este contraste para lanzar preguntas incómodas: ¿es posible mantener una ética en un entorno diseñado para destruirla? ¿O la inocencia es solo una fase previa a la corrupción inevitable? Lejos de ser un simple recurso humorístico, Ella se convierte en un espejo que refleja la degradación moral del resto de personajes, reforzando ese tono retorcido que define a ‘Fallout’.

Personajes en pausa y un mundo que respira

No todo avanza al mismo ritmo, y la temporada es consciente de ello. El personaje de Maximus (Aaron Moten), por ejemplo, queda en un segundo plano durante este arranque, casi en estado de “stand by”, al contrario que el de Moises Arias que tiene más protagonismo. Esta decisión puede generar cierta frustración, pero también demuestra una voluntad clara de no saturar la narrativa. La serie prefiere dosificar sus piezas, dejando que el mundo respire y que cada arco tenga su momento.

A nivel de producción, la segunda temporada amplía el yermo con nuevas localizaciones y facciones, reforzando la sensación de un universo vivo, hostil y contradictorio. ‘Fallout’ no se limita a reproducir iconografía del videojuego, lo cual ya nos adelantaban los tráilers de esta segunda temporada, sino que la integra en un discurso propio sobre el poder, la memoria y la degradación. En este sentido, la serie confirma que su mayor fortaleza no está en la acción, sino en su mirada irónica y desesperanzada sobre lo que queda cuando la civilización se derrumba.

Crítica: ‘Yakarta’

Diego San José sorprende con ‘Yakarta’, una serie turbia, honesta y magistralmente interpretada

Diego San José apuesta de nuevo por el formato televisivo y nos presenta ‘Yakarta’. Esta serie de seis episodios que se estrena en Movistar Plus+ el 6 de noviembre, es una pieza compleja y profundamente moral que, arriesgando y en gran medida consiguiendo, traza el retrato de personajes al borde del abismo. En el centro está un hombre en horas bajas, un exjugador olímpico de bádminton convertido en profesor de educación física en un instituto de Vallecas (Javier Cámara), que ve su última oportunidad de vengarse de la vida en una muchacha adolescente con talento (Carla Quílez). Esa propuesta de “cumplir un sueño frustrado” a través de una joven promesa es tan genuina como inquietante, porque, desde el arranque, la reputación ética del protagonista queda comprometida: un sujeto denostado, con prácticas poco limpias, que prácticamente acosa a la joven y a su madre para obtener el permiso de entrenarla y llevarla hasta un torneo en Yakarta.

La fuerza de ‘Yakarta’ reside en su capacidad para situar la historia en un deporte poco o nada popular como el bádminton y, al mismo tiempo, abrir una ventana hacia lo turbio de la ambición, la manipulación y la fragilidad humana. Los personajes no son héroes: son grises, desplazados, víctimas de sus propias miserias y la serie no rehúye ese tono sombrío. La relación entre el entrenador y la joven promesa funciona como espejo de sus vidas rotas, de su necesidad de sentirse algo más que fagocitados por el sistema o el olvido. Y esa empatía que se forja entre ellos tiene tanto de salvación mutua como de coartada moral.

Bajo la dirección de Elena Trapé (acompañada de Fernando Delgado-Hierro e incluso de Javier Cámara al mando de algún episodio) la serie aprovecha el espacio de las ciudades de provincias, los polideportivos a medio gas, las pensiones desvencijadas, para narrar “esa España sin carisma” a la que, según el propio San José, le gustan las historias de gente que “pierde incluso cuando gana”.

La interpretación de Javier Cámara vuelve a demostrar su dominio y matiz: un hombre que quiere servir de ejemplo aunque sus métodos chirrían, al que vemos caer, arrastrarse y ofrecerse como salvador cuando en realidad él está más perdido que su alumna. Y Carla Quílez como la joven promesa da voz al conflicto y a la vulnerabilidad, abriendo la posibilidad de esa “otra revelación” que viene de la mano del descubrimiento mutuo. La relación entre Cámara y Quílez podría dar a luz a otro descubrimiento como el que en su día vivimos con ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’ y Natalia de Molina, aunque a Quílez ya se la haya reconocido por ‘La maternal’.

Como obra televisiva, ‘Yakarta’ es quizá la más seria de San José hasta la fecha, que nos tiene más acostumbrados a comedias como ‘Ocho apellidos vascos’, ‘Fe de etarras’ o ‘Superlópez’ e incluso la recientemente renovada ‘Su majestad’ o la saga ‘Vota/Vamos/Venga Juan’. Aquí abandona el registro ligero para internarse en la radiografía honda, casi áspera, de un deporte marginal, de vidas mediocres y como siempre de un pequeño fragmento de nuestro país. Y en ese margen encuentra libertad para contar algo que pocas veces se ve: lo que ocurre detrás de los focos, antes del aplauso, en la periferia de la gloria. Y lo hace sin concesiones, con personajes condenados a entenderse a través de la complicidad de su desdicha y planteando muchos detalles que acaban cobrando sentido. En sus secretos y revelaciones nos topamos con una historia a la altura del ‘Gracias a Dios’ de François Ozon, para el buen entendedor.

El ritmo podría haber sido más ligero pues en algún tramo acusa cierta dilatación del viaje emocional, pero quizá ese tempo comedido es justo el que favorece que los detalles que parecen inconexos al inicio cobren significado al final. Con todo y con esto ‘Yakarta’ no es complaciente: incomoda, cuestiona, interpela. Y lo hace con una estética sobria, sin grandilocuencia, lo que agradece en este tipo de drama íntimo. Recomendable para quienes buscan ficciones que planteen más preguntas que respuestas y que no rehúyen el costo moral de sus personajes.

Crítica: ‘It: bienvenidos a Derry’

En qué plataforma ver It: bienvenidos a Derry

Mantiene la esencia del payaso y abre nuevas puertas al multiverso King

Cada 27 años It, Eso o Pennywise vuelve a acechar a los niños de Derry. Tras la TV movie de 1990 tuvimos que esperar ese mismo ciclo para tener dos partes (iniciadas en 2017) que nos devolviesen al mítico payaso de Stephen King. Por suerte, el monstruo interpretado por Bill Skarsgård no se ha hecho derogar tanto. ‘It: bienvenidos a Derry’ nos hace volver a la visión de Andy y Bárbara Muschietti estrenándose el 26 de octubre. Aunque HBO Max no muestra el primer capítulo en España hasta el día 27 nosotros hemos podido ver los cinco primeros y pese a que esto es una precuela os contamos sin spoilers.

Respondamos antes que nada a una simple pregunta. Sí, si te gustaron las películas de los Muschietti te gustará ‘It: bienvenidos a Derry’. Y sí, vas a ver mismo escenario, mismo payaso y mismo tipo de horrores. Pero también has de estar abierto a un par de libertades creativas que como lector de Stephen King quizás no te gusten. Todos asumimos que la cronología de las películas es diferente, sin duda en un intento de congratularse con los jóvenes del siglo XXI. Las películas transcurrían en 1989 y 2016 y esta nueva serie ha de retroceder a 1962. Y eso no altera ni un milímetro la esencia de la historia, es más, el primer episodio arranca fuerte enganchando instantáneamente. Más adelante comentaremos qué tipo de libertad se han tomado, como he dicho, sin destripar nada.

HBO nos permite, tal y como aparece en el perfil de IMDB de la serie, contaros que como protagonista tenemos al soldado Hanlon interpretado por Jovan Adepo. Hace las veces del abuelo de Mike Hanlon, uno de los niños de ‘It’ que acabaron con el alien interdimensional Pennywise a través del Ritual de Chüd. Sin embargo, el patrón narrativo se mantiene fiel a la novela original: los protagonistas son un grupo de niños que emprenden la búsqueda de otros menores desaparecidos mientras enfrentan las atrocidades del payaso y la indiferencia de los adultos.

Aunque ‘It’ y con ello incluyo también a ‘It: bienvenidos a Derry’, tiene personajes magníficamente bien trabajados reconozcamos que el verdadero atractivo es Pennywise. El payaso sigue como constante obvia, aunque bastante menos visible que en los filmes, manifestándose con toda una batería de nuevos horrores y burlas macabras que os inquietarán y pondrán la adrenalina al máximo. Y como auguraba el meteorito del tráiler se cuenta su llegada a la Tierra y con ello toca hablar de su antagonista. Desde luego Maturin la Tortuga está en la mente de los Muschietti, aunque quizá no en el modo en que querrían los lectores. Lo que no se puede negar es que su presencia es la habitual, sutil y protectora. Aparece fugazmente como mascota del instituto, como amuleto en una pulsera, como garabato en la pizarra, en una caseta de feria, en unos dibujos animados…

Quizá lo más destacado de ‘It: bienvenidos a Derry’, sea otro de los pocos papeles ya hechos públicos. Chris Chalk interpreta a Dick Hallorann, el personaje de ‘El Resplandor’ que ayuda al niño protagonista. Se enlaza así con ese universo siempre conectado de Stephen King aferrándose a unas líneas de ‘It’ que colocan al personaje en Derry cuando se habla del incendio del club de noche para afroamericanos llamado Black Spot. Y es que este ‘It’ tiene momentos tan terroríficos como misteriosos, pero ya no es solo una simple historia de terror, es una celebración en forma de crossover tal y como quiso hacer en su día Mike Flanagan. Es una historia de horrores y género fantástico, que se disfruta a más niveles si has leído las novelas. Cuando Stephen King escribió ‘It’ puede que no pero ahora en su obra hay un sentido de universo compartido. Lo que ha de tener cuidado la serie en ese sentido es en no caer en incoherencias o en perder su espíritu. Ahí es cuando podemos pasar de un disfrute fan a una pesadilla para puristas. Es a mitad de la temporada cuando aparece un elemento que parece que se han sacado de la manga y que desentona bastante con lo que ha sido hasta ahora la historia, de tal modo que ya habrían querido los miembros del Club de los Perdedores disponer de esta nueva inclusión.

Quién sabe si lo que tienen en mente es dirigirse hacia la ‘La torre oscura’, desde luego Andy Muschietti disfruta de los crossovers como ya demostró con ‘Flash’, cómic al que dedica aquí un guiño. Ha introducido elementos como el Juniper Hill Asylum que está cerca de Castle Rock, se habla de la prisión de Shawshank que es donde transcurre ‘Rita Hayworth and Shawshank Redemption’, conocida en España como ‘Cadena perpetua’, vemos un cartel de un Hotel que se llama “punta de flecha”, que es el mismo nombre del proyecto que da luz a todo lo que pasa en ‘La niebla’… Incluso parece que por casualidad cuenta con el actor Joshua Odjick quien aparece en otra reciente historia basada en el universo King pues actúa en ‘La larga marcha’. El propio director hace un cameo y ha dejado caer por ahí un mate con el escudo del River Plate. Es un sin fin de alusiones. Y ahí reside la gran diferencia con las películas de ‘It’, que todo tiene un mayor sentido de conjunto pero arriesgando a perder la esencia.

‘It: Bienvenidos a Derry’ no reinventa el terror, pero sí lo enmarca dentro de una visión más amplia del universo de Stephen King y no se convierte en otra serie fallida tipo ‘Territorio Lovecraft’. Se respetan las pautas de la obra original y la atmósfera de las películas, al tiempo que introduce conexiones y referencias que harán las delicias de los fans más atentos. Pese a las libertades creativas que pueden distraer de la trama infantil, el resultado es un relato sólido, visualmente potente y con un tono de terror que demuestra que Pennywise sigue siendo una de las criaturas más fascinantes del género. Esperemos que el cosmos literario de King sigua expandiéndose de esta manera y los lectores lleguen a profundizar en el Macrocosmos.

Crítica: ‘Silencio’

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Sinopsis

Dos hermanas vampiras luchan por sobrevivir durante la Peste Negra. Siglos después, su descendiente enfrenta retos similares en la España de los 80s. Una historia sobre prejuicios, amor prohibido y el peso del silencio a través del tiempo.

Crítica

Casanova establece una nueva y valiosa metáfora

Eduardo Casanova debuta como director en el formato seriado con ‘Silencio’, una miniserie de tres capítulos producida por Movistar Plus+ (estreno el 1 de diciembre) que lleva su sello visual extremo y su sentido del humor incómodo a un nuevo terreno: el del mito vampírico. La serie confirma que el creador de ‘Pieles’ y ‘La Piedad’ sigue empeñado en convertir el exceso o lo kitsch en un vehículo de emoción, identidad y denuncia.

‘Silencio’ se plantea como una tragicomedia de terror queer rodada en 16 mm, donde lo grotesco y lo poético conviven con naturalidad. La historia salta entre dos tiempos: la peste negra y la España de los años 80, cuando la epidemia del VIH marcó a toda una generación de un modo similar a la que asoló Europa en la Edad Media. En ambos periodos, unas vampiras enfrentan un mismo mal: el miedo m, la agresividad y el silencio que impone la sociedad ante lo diferente. En esa condena, Casanova encuentra una poderosa metáfora de la exclusión y el deseo reprimido, pero sobretodo una manera de dar visibilidad a figuras que permanecen en la sombra, las mujeres que tienen VIH y los personajes vampíricos femeninos.

Visualmente, la serie es un despliegue de color, textura y teatralidad. Cada plano parece un cuadro barroco iluminado por los diferentes tonos de rosa. Una mezcla de lo sagrado y lo hortera que ya define al director. Pero aquí ese estilo no es un capricho: el artificio se convierte en lenguaje emocional. Los cuerpos pálidos, los decorados imposibles y los diálogos cargados de humor negro no son una mera parodia, sino una forma de exorcismo. Casanova se atreve a usar la estética como catarsis, igual que Taika Waititi se sirvió de la comedia para humanizar a los vampiros en ‘Lo que hacemos en las sombras’, pero desde una sensibilidad profundamente española y queer.

Como suele hacer Paco Plaza en sus películas, Casanova usa canciones populares del último cuarto del siglo XX como un anzuelo emocional, un guiño al espectador que mezcla nostalgia y terror. Bajo su apariencia, ‘Silencio’ es una obra profundamente política y social: habla del miedo al contagio, de la soledad y de la necesidad de amar pese al juicio ajeno.

Si algo parece querer complacer ‘Silencio’ es a aquellos que necesitan voz y si algo parece querer provocar, es a los que se regodean en la incomprensión. Es incómoda, excesiva y sincera, pero también jocosa. Casanova firma una obra que, más que reinventar el vampirismo, lo utiliza para enfrentarnos a nuestros propios monstruos, centrándose en ese silencio que aún pesa sobre muchos aspectos de nuestra realidad.

Crítica: ‘Marvel Zombies’

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El crossover marvelita de no-muertos cobra vida

‘Marvel Zombies’ llega a Disney+ con una misión clara: recuperar la esencia macabra y gamberra que tanto fascinó en los cómics, y al mismo tiempo encajar dentro del cada vez más complejo engranaje del MCU. La serie se convierte en un paso adelante hacia contenidos más oscuros y adultos, alejados del tono familiar que suele caracterizar las producciones de la Casa de las Ideas. Evidentemente todo dentro de los esquemas de un what if.

El recorrido de Marvel Zombies en las viñetas arranca a mediados de los 2000 con guionistas como Robert Kirkman, padre de ‘The Walking Dead’, al frente de una saga que pronto se convirtió en objeto de culto. Entre las historias más celebradas destaca ‘Hambre insaciable’, donde héroes y villanos convertidos en muertos vivientes devoran todo a su paso en un festival de horror y referencias al universo marvelita. La primera aparición animada de esta idea llegó años después con el capítulo dedicado a los zombies en ‘What if…?’, que fue recibido con entusiasmo y abrió la puerta a esta nueva serie.

Disney+ mantiene el mismo estilo visual que ‘What if…?’, un cel-shading elegante, dinámico y capaz de combinar la acción superheroica con la crudeza del gore. Y es ahí donde se produce la primera gran sorpresa: Marvel se atreve a mostrar muertes sangrientas, brutales y sin censura, recordándonos que, como en cualquier historia de zombies que se precie, nadie está a salvo.

La gran diferencia respecto a otros relatos de muertos vivientes está en que los héroes infectados mantienen sus poderes. Ver a personajes que conocemos desde hace más de una década en el MCU devorando carne humana con la misma facilidad con la que antes salvaban el mundo, es un espectáculo grotesco pero fascinante. Es un recordatorio de que Marvel, cuando quiere, sabe dar un giro radical a sus fórmulas.

Los protagonistas cambian respecto a los cómics más emblemáticos, y esa decisión funciona bien: permite explorar una aventura fresca dentro de la misma realidad alternativa. Se respira el mismo espíritu de crossover que en cualquier gran evento editorial: cada capítulo está plagado de guiños, cameos y detalles que los lectores veteranos sabrán apreciar. Desde referencias a los skrulls y las vacas hasta alusiones a títulos recientes del MCU como ‘Thunderbolts’, ‘The Marvels’, ‘Doctor Strange en el multiverso de la locura’, ‘Wakanda Forever’ o ‘Thor: Love and Thunder’ en última instancia. Incluso hay espacio para un guiño inesperado a ‘Star Trek’ con el vehículo que los héroes usan en uno de los primeros episodios a pesar de que no es una franquicia de Disney/Marvel.

La estrategia de Marvel Studios parece clara: evitar abusar de los personajes más icónicos y dar aire a nuevas figuras, preparando el terreno para una nueva fase. Una de las curiosidades más llamativas es la aparición de un Blade fusionado con el Caballero Luna, interpretado por la voz de Todd Williams. El actor, que tiene cierto parecido físico con el cazador de vampiros, se rumorea como posible plan B en caso de que Mahershala Ali no continúe en el proyecto de ‘Blade’ en acción real. En la animación, la cara sigue siendo la de Ali, pero su voz no. Este detalle muestra cómo Marvel juega sus cartas con cautela, manteniendo el misterio y abriendo posibles caminos para el futuro.

‘Marvel Zombies’ podría ser un simple spin-off o un producto secundario. Pero no deja de ser una apuesta arriesgada que recuerda a los fans que Marvel puede ser mucho más que un desfile de efectos digitales y chistes recurrentes. Aquí hay horror, sangre y riesgo narrativo. Para los comiqueros es un banquete de referencias, y para los fans del MCU, una invitación a aceptar que el futuro de la saga puede ser tan oscuro como imprevisible.