Crítica: ‘El mago del Kremlin’

En qué plataforma ver El mago del Kremlin

Interesante retrato del “Rasputín” de Putin

Hablar de ‘El mago del Kremlin’ supone partir de una paradoja: la película se presenta como adaptación de una novela histórica que, en realidad, es una ficción inspirada en hechos reales. Ese triple filtro (realidad, ficción literaria y reinterpretación cinematográfica) le resta de entrada cierta credibilidad documental que ya de por sí llega velada por el oscurantismo y la opacidad de la Rusia de Putin. Sin embargo, también le otorga libertad dramática. Lo que propone Olivier Assayas no es una crónica periodística, sino una disección moral del poder contemporáneo.

Inspirada en la novela de Giuliano da Empoli, la película articula el ascenso de Vladimir Putin a través de la figura de Vadim Baranov, trasunto evidente de Vladislav Surkov. En pantalla, Baranov es interpretado por Paul Dano, que compone un personaje frío, cerebral y magnéticamente ambiguo. Se le ha llamado el “Rasputín moderno”, y la comparación no es gratuita: no gobierna, pero susurrando al oído del poder modela el destino de un país.

La cinta funciona como una lección acelerada de historia reciente rusa, desde el caos postsoviético hasta la consolidación del Kremlin putinista. Y lo hace sin caer en el didactismo explícito, sino a través de una estructura narrativa fragmentada y retrospectiva.

Flashbacks y densidad política

Assayas apuesta por un thriller político de ritmo pausado y arquitectura compleja. La narración se despliega mediante múltiples flashbacks que, en ocasiones, contienen a su vez otros recuerdos insertados. Esta estructura en abismo podría haber resultado farragosa, pero la actualidad de los acontecimientos y la escasez de ficciones cinematográficas centradas en la trastienda del poder ruso sostienen el interés durante sus casi dos horas y media de metraje.

La acción física es secundaria frente a la batalla simbólica. No se trata de espionaje clásico, sino de ingeniería narrativa. Baranov diseña el concepto de “democracia soberana”, formulación ideológica que legitima un sistema formalmente democrático, pero profundamente centralizado y controlado, de hecho, se le conocía también como “El cardenal gris”. La película convierte ese término en eje dramático: ¿es la democracia una estructura institucional o un relato cuidadosamente administrado?

En este punto, el filme trasciende el caso ruso y se adentra en una reflexión más amplia sobre las autocracias contemporáneas. La manipulación mediática, la creación de oposiciones controladas y la fabricación de consensos aparecen como piezas de un tablero donde la verdad es moldeable. Los medios no son meros observadores, sino actores activos en lo que la película sugiere como planes maquiavélicos para alcanzar fines políticos o económicos.

Hay una secuencia especialmente elocuente que remite a la gestión del hundimiento del Kursk en el mar de Barents. La inacción política, el cálculo oportunista y el sensacionalismo mediático dialogan con resonancias contemporáneas que trascienden Rusia. Resulta inevitable que el espectador español detecte paralelismos con la gestión de crisis propias, donde la búsqueda de la verdad se diluye entre intereses cruzados.

Reparto al servicio del retrato de la autocracia

Aunque Alicia Vikander aparece como cabeza de cartel, su papel es más bien episódico y funcional. Sirve para iluminar algunas facetas íntimas de Baranov, pero no altera el eje narrativo. El verdadero protagonista es Paul Dano, cuya interpretación sostiene el peso moral e intelectual de la película. Su Baranov no es un villano caricaturesco, sino un estratega patriota convencido de que la estabilidad justifica la manipulación.

Como secundarios con verdadero peso dramático destacan Jude Law (en una composición contenida que evoca al propio Putin sin caer en la imitación grotesca) y Will Keen, cuyo personaje aporta contrapunto ideológico y mayor presencia en pantalla que la propia Vikander. Junto a ellos el rodaje recrea con meticulosa fidelidad despachos y ambientes del Kremlin en localizaciones europeas, evitando filmar en Rusia por razones obvias. El resultado es un retrato de una Rusia edificada a través de actos violentos, no siempre bélicos ni explícitos, pero sí estructurales: violencia simbólica, institucional y narrativa. Evidentemente están los conflictos de Crimea y la guerra en Ucrania que planean sobre la historia como consecuencia lógica de un sistema donde el relato precede a la realidad.

‘El mago del Kremlin’ puede incomodar. Es probable que escueza en determinados círculos rusos, y cuesta imaginar a Putin asistiendo a una proyección privada. Pero más allá de su dimensión geopolítica, la película funciona como advertencia universal: cuando la verdad se convierte en herramienta, la democracia deja de ser un sistema y pasa a ser una escenografía. Propone es una mirada lúcida y densa sobre el poder contemporáneo. Y en ese terreno, ‘El mago del Kremlin’ no es solo un thriller político, sino un espejo incómodo de nuestro tiempo.

Ficha de ‘El mago del Kremlin’

Estreno en España: 6 de marzo de 2026. Título original: Le Mage du Kremlin. Duración: 156 min. País: Francia. Dirección: Olivier Assayas. Guion: Emmanuel Carrère, Olivier Assayas. Fotografía: Yorick Le Saux. Reparto principal: Jude Law, Paul Dano, Alicia Vikander, Tom Sturridge, Jeffrey Wright. Producción: Curiosa Films, Gaumont, France 2 Cinema, Tribune Pictures, LB Entertainment. Distribución: DeAPlaneta. Género: suspense. Web oficial.